
A través de la oscuridad del futuro pasado
el mago anhela ver.
Uno canta entre dos mundos:
«Fuego, camina conmigo»
(David Lynch)
Jueves, 16 de enero de 2025, pasadas las siete de la tarde. Llegaba la noticia como un mazazo. Como uno se imagina que llegará el Apocalipsis, la Tercera Guerra Mundial o una invasión extraterrestre: sin respetar horarios, y bombardeando en mil frentes simultáneos, diarios, redes sociales y mensajes de WhatsApp. «Ha muerto David Lynch». Y ahora qué, nos preguntamos. Si David Lynch se muere, es que se puede morir cualquiera. Qué tontería, eso ya lo sabíamos. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta sentirlo en lo más hondo de nuestra cinefilia. ¿Y ahora qué? ¿Cuál será la primera película que veamos en un mundo sin el autor de Mulholland Drive? ¿Será distinta por ello?
Sería fácil decir que gracias a David Lynch descubrí lo que era el cine. También sería mentira: a esa edad ya había visto lo que el cine era, al menos en parte. Lo que descubrí gracias a Lynch fue mucho más importante: lo que el cine podía llegar a ser. A saber: que la pantalla podía funcionar como un pesado telón rojo a través de cuyas rendijas se atisbaban otros planos de existencia. Que la poesía no solo la escribían los poetas, porque también podía filmarse. Que el celuloide permitía doblar el tiempo, plegar en uno solo el futuro y el pasado hasta que fueran ambas cosas al mismo tiempo, o tal vez ninguna de las dos. Que el sentido de una obra artística no era unívoco, que el relato no era soberano sobre la imagen, que el verdadero punto donde sucedía la magia no era el fotograma sino ese espacio inagotable e ingobernable que media entre el plano y la retina del que mira. Y el que miraba, en este caso, no volvió nunca a ser el mismo.
La película era Twin Peaks: Fuego, camina conmigo, pero podría haber sido cualquier otra de su repertorio. Volví a sentir aquella sensación en el estómago poco después con Terciopelo azul, con Una historia verdadera, con Mulholland Drive… incluso con su mutilada y aun así fascinante Dune. Todos esos universos cabían en la cabeza de David Lynch, y él tenía a bien compartirlos con el resto de los mortales. Cada nueva obra suya, ya fuera en cine o en televisión, sobre lienzo o en forma de música, era de una generosidad tremenda, porque en lugar de buscar dar un sentido, un cierre, al mundo que conocíamos, lo que perseguía era abrirlo más y más.
No tiene sentido tratar de explicar aquí una filmografía que él mismo se negaba a desentrañar. Cada película, decía, es su propia explicación. No hace falta ningún código secreto para descifrarla. Eso no ha impedido que se analice hasta la saciedad y que se escriba todo (y de todo) sobre ella. Así que, si no tiene sentido hacerlo y además ya se ha hecho, parece claro que no es este el lugar para abundar en exégesis. Por eso, ahora solo cabe dejar constancia de una deuda, y de un afecto. Enormes ambas cosas, y sospecho que compartidas por tantos otros. Dejar constancia también, por qué no, de un cierto egoísmo: sin David Lynch ya no habrá más películas de David Lynch. Ni podremos regresar a los bosques de Twin Peaks, suspendidos ya para siempre en ese limbo entre Estados Unidos, Canadá y alguna otra galaxia a la que se accede por los sicomoros de Glastonbury Grove.
El cine de Lynch era su búsqueda y también la nuestra. Un eterno campo de juegos donde las texturas, los sueños y el misterio se conjuraban para crear realidades mutables y mutantes. Un amplificador de la consciencia, como la meditación que él practicaba y profesaba. El cine (su cine, y gracias a él el de muchos otros cineastas, y músicos, y poetas que, cada uno a su modo, han hecho suya esa búsqueda) no está obligado a dar respuestas. Ni siquiera tiene que plantear preguntas. El cine debe ser la pregunta. En el mejor de los casos, los sueños serán la respuesta. Pero el soñador se nos ha ido, y, por ahora, solo podemos llorar su ausencia inconmensurable.









Un día triste para todos los cinéfilos, desde luego. Una escena, casi al azar de las inmurebles: Las protagonistas de Mulholland Drive van al teatro, sale Rebeka del Río cantando a capela ‘Llorando’… trasciende la pantalla.
Se me hace un nudo en el estomago al pensar que ya no veremos nada nuevo de Lynch…
Lo que nos dejo, quedara para la posteridad.
Buen viaje, maestro
El morbo supremo de esta escena.
https://youtu.be/7rFWZCEYxyU?si=CJ5JJf5T2z4YofiN
Hace mucho que no me interesa el cine. Me parece un universo mental vacío e idiota (lo que no quiere ser un insulto para nadie, sino más bien la declaración de una impotencia, de una profunda sensación de derrota). Unos pocos directores (Godard, Lynch) resistían. Lynch, además, me seducía por su enorme humanidad, y por su manera de incorporar lo absurdo en su vida y su arte. Todavía recuerdo sus informes metereologicos y el que hizo cuando murió Badalamenti: today, there will be no music…
No puedo decirle buen viaje. Su viaje lo ha hecho aquí. Ahora ya no está. Fue y no volverá a ser.
Lynch es una burbuja, una esfera, una escuela en sí mismo. No tiene maestros ni alumnos. Al menos, yo no los conozco.
¡Qué pérdida, joder!
¡Que pérdida!
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Aún a riesgo de ser «lynchado» me atrevo a decir : Tal vez el cineasta más sobrevalorado de la historia. Véase «Mullholland Drive». Un batiburrillo de imágenes sin pies ni cabeza a mayor gloria de la pedantería cultureta. PD: Se ruega dejar los insultos, ordenados por orden alfabético, y repartidos proporcionalmente entre mi padre y mi madre. Gracias.
A mí siempre me ha sorprendido mucho que haya tantas personas que no puedan seguir «Mulholland Drive» cuando es una de las películas de Lynch más claras, transparentes y fáciles de seguir. Una historia de una persona que quiere ser otra, fracasada vital y profesionalmente y que intenta desesperadamente dar sentido a ese fracaso. Tiene grandes escenas, como la del suicidio, que me pareció de una brutalidad aterradora la primera vez que la vi. Y siempre me ha parecido una genialidad que la primera parte de la película, hasta la apertura de la caja, parezca real y con sentido a pesar de que es un sueño mientras que la segunda parece un sueño pero es totalmente real. Lo grande de la película es que, aunque lo parezca, poco es gratuito en ella. Eso (dar sentido a sus historias) es algo que a Lynch no le preocupaba. Como a muchos otros artistas visuales sólo le obsesionaba la imagen como tal. Y crear crípticas imágenes impactantes es lo más fácil del mundo.
«Inland Empire» me parece un ejemplo muy claro de esto último. Algo similar ocurre con «Twin Peaks», de la que desconecté ya en la primera temporada, y cuyas continuaciones no me interesan. «Carretera Perdida», en cambio, es todo lo contrario, demasiado obvia y evidente, un mal borrador de «Mulholland Drive». «Dune», especialmente su primera mitad, siempre me gustó mucho. Es una película con personalidad, absolutamente inconfundible, que merece más crédito. Pero la otra película buena de Lynch, junto con «Mulholland Drive», es por supuesto «Blue Velvet». Quizá le iría mejor ser un poco más oscura y violenta, pero a mí ya me va bien. Y Dennis Hopper queda muy bien, aunque está al borde de la autoparodia (un riesgo muy lynchiano, seamos claros).
Supongo que sabrá que MD iba a ser una serie de tv hasta que los productores cerraron el grifo. Años después, Lynch recuperó lo que pudo y lo convirtió en un largometraje sin preocuparse de su coherencia, sabedor de que alguien ya le encontraría algún sentido (por ejemplo usted). Es bastante evidente que incluye media docena de tramas paralelas a medio terminar y que a duras penas se sostienen, pero usted elige la que le conviene ignorando el resto. Por lo demás a su explicación se le podría dar la vuelta sin complicaciones: la primera parte es la realidad contada como un sueño y la segunda, una pesadilla contada como si fuera real y funcionaría también. (Eso sin hablar de la falta de química entre las dos actrices que convierte en inverosímil su affaire). Si eso no es hacer trampas al espectador…..
https://www.elmundotoday.com/2025/01/david-lynch-rechaza-explicar-el-significado-de-su-propia-muerte/