Cine y TV

‘Minority Report’: las preguntas ausentes

Minority Report. Imagen 20th Century Fox.
Minority Report. Imagen: 20th Century Fox.

¿Y si la policía pudiese predecir los crímenes antes de que se cometan? En el año 2054, eso es lo que han logrado en Washington D. C. con la Unidad Precrimen. Gracias a las visiones de tres seres nacidos con poderes psíquicos —un rastro del imaginario de Philip K. Dick, autor del relato original en el que se basa la película—, la Unidad Precrimen puede ver los asesinatos antes de que ocurran y actuar para evitarlos. El sistema es infalible y la ciudad vive ahora libre de homicidios. Los (no) perpetradores son detenidos y encarcelados antes de cometer crimen alguno. 

Tejiendo alrededor de esta premisa fascinante, Steven Spielberg hace de Minority Report un thriller trepidante. Una cinta que arranca con una secuencia vertiginosa marca de la casa, con un héroe entregado a su rutina heroica, volando literalmente para evitar un asesinato contrarreloj, con un cronómetro que se detiene cerca del límite —0:01— y unas tijeras acariciando a su víctima. A partir de ahí la trama avanza siempre ágil, mezclando un relato detectivesco y escenas de acción, sobre un escenario de ciencia ficción. 

Una de las virtudes de Minority Report es, de hecho, su capacidad para dibujar un futuro creíble. Spielberg pidió a varios expertos en futurismo y tecnología que imaginasen la sociedad del siglo XXI y el resultado es uno de los mejores «futuros cercanos» que hemos visto en el cine. El 2054 de Minority Report nos asoma a una ciudad próspera, aunque desigual, una ciudad de urbanismo denso y vertical, pero salpicada todavía de edificios de ladrillo. Sus ciudadanos viven inundados en publicidad intrusiva, a la vez que enfrentan un dilema que conocemos bien: la tensión entre seguridad y control gubernamental. Durante el metraje vemos desfilar tecnologías variadas que siempre resultan plausibles. El software finge ser un objeto, las pantallas se tocan y los recuerdos se invocan con hologramas. Los coches circulan sin piloto, diminutos robots hacen trabajo policial, y una anciana se entretiene con una mezcla de jardinería e ingeniería genética. 

Sin embargo, y a pesar de sus virtudes, la película siempre me dejó un sabor agridulce. Minority Report pudo ser ciencia ficción de ideas —la mejor— en lugar de un thriller de acción, si Spielberg hubiese explorado los ángulos más oscuros de la trama. Bajo la premisa inicial se esconden preguntas terroríficas que apenas se insinúan en la película. Empezando por la fundamental: ¿puede alguien ser culpable de un delito que aún no ha cometido? Un personaje intenta sembrarnos dudas en el arranque, cuando señala que Precrimen no ve realmente el futuro —porque «no es el futuro si tú lo evitas»—, y entonces pregunta (¡nos pregunta!) si no es eso una paradoja fundamental. Por supuesto, lo es. Tampoco hay apenas referencias al dilema entre determinismo y libre albedrío, que es el gran hielo bajo el iceberg. ¿Dónde queda el libre albedrío en un universo predecible? Aunque este tema sí aparece en el relato de Philip K. Dick —siempre dispuesto a poner en cuestión la autonomía de los seres humanos—, está ausente en la película. No se trata solo de una curiosidad filosófica, sino que abre grietas en la historia. Cuestiona, por ejemplo, la necesidad de castigar a los potenciales criminales. ¿Es necesario que Precrimen castigue a los no perpetradores? Si podemos evitar sus crímenes, ¿por qué no enviarlos de vuelta a su casa una vez detenidos? Las condenas, si son innecesarias, serían solo una forma institucionalizada de venganza. 

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Un comentario

  1. Me encanta la frase «Minority Report pudo ser ciencia ficción de ideas…»
    Que cierto!
    Lamentablemente, la produccion de ciencia ficcion de ideas es TAN limitada. Y encima, a menudo falla estrepitosamente, principalmente debido a la necesidad de rendir pleitesia a las necesarias cifras de taquilla.

    Aun asi, Minority Report sigue siendo una buena pelicula.

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