
Hay términos que se vuelven señas de identidad de una época, como si al pronunciarlos convocaran de golpe un código compartido de agravios, reparaciones, vergüenzas y esperanzas. «Apropiación cultural» es uno de esos términos. Parecía una idea reservada a discusiones académicas sobre antropología, museología o estudios poscoloniales, y sin embargo ha impregnado el debate público con la fuerza de un dogma moral gracias al wokismo. Se denuncia, se regula, se marca con la exactitud de un interferómetros láser. El pelo, los alimentos, la moda, la música, los gestos rituales, todo puede ser etiquetado como usurpado, y de pronto se vuelve culpable. Se imponen líneas de demarcación cultural que recuerdan a las viejas castas coloniales: quién puede y quién no puede lucir un peinado, tocar un instrumento, cocinar un plato extranjero. En este clima de hipervigilancia identitaria se sitúa el artículo de Olga Thierbach-McLean, publicado en el Journal of Controversial Ideas, que merece leerse no solo como un retrato incómodo de las grietas que recorren estos tiempos que nos han tocado vivir.
La tesis de Thierbach-McLean es contundente. La apropiación cultural, dice, ha evolucionado de una herramienta crítica legítima —capaz de denunciar el expolio colonial y las desigualdades de poder— hacia un código rígido, esencialista y finalmente segregacionista, que reafirma la supremacía blanca como criterio de comparación. O, dicho de otro modo, el debate se pervierte cuando confunde cultura con raza y asigna derechos culturales según el fenotipo. Este salto, que puede parecer exagerado al lector desprevenido, se fundamenta en hechos nada anecdóticos: desde protestas por la traducción de poemas de Amanda Gorman por parte de una escritora neerlandesa blanca, hasta campañas contra chefs que osan preparar tacos sin un certificado de autenticidad genética.
La paradoja es amarga. Lo que empezó como un gesto emancipador termina reproduciendo la misma estructura colonial que pretendía desmantelar, aunque invertida. Como subraya la autora, «el modelo de apropiación cultural no ha dado lugar a una narrativa acorde con los principios básicos de la sociedad liberal, especialmente los principios de igualdad e intercambio pluralista». Basta pensar en la batalla dialéctica desatada por la actriz blanca Tilda Swinton al interpretar a un personaje asiático en Doctor Strange —críticas feroces que contrastan con los aplausos a Jodie Turner-Smith, actriz negra, encarnando a Ana Bolena— para comprobar que los dobles raseros se han normalizado. ¿Por qué unas transgresiones se celebran y otras se condenan? ¿Quién dicta la regla del juego? ¿Qué significa realmente la justicia cultural?
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La cuestión, desde mi punto de vista, es que en realidad no importa tanto el motivo como la represión. De lo que ser trata, en realidad, es de mostrar de modo performativo, quién tiene el poder, y a quién hay que temer.
La pieza central de este tablero es la condición de víctima, icono deseado por todas las pertes, y de ahí el enfrentamiento entre asiáticos con rastas y negros con letras chinas tatuadas, u otros que hemos visto, como asaltos boxísticos a los puntos, epara determuinar si está mñás oprimido un gitano o una lesbiana, un nativo americano o un salvadoreño ilegal recién llegado.
La componente punitiva ese, por tanto, esencial, en tanto se trata del objrtivo real de este tipo de nmovimientos a los, que en realidad, les importa un santo carajo la justicia, siempre que se mantenga el miedo.
Hace más de un siglo Chesterton escribió que «el mundo está lleno de ideas cristianas que se han vuelto locas».
El siglo XX tuvo el macartismo ( version soft de la inquisición )
El siglo XXI el wokismo
A la gente intolerante le encanta juzgar y condenar.
Si, vamos. Lo mismo mismito.
Las tontás que hay que leer…
Buen artículo y, como dice el autor, necesario en estos tiempos de trincheras morales.
Toda esta «concurrence victimaire» (competencia entre las víctimas) la predijo René Girard en los años 70 del pasado siglo.
Hay mucha gente que ha perdido el sentido común. Yo cuando veo a Janis Joplin cantando, o a Eric Clapton tocando la guitarra, o a los Rolling Stones haciendo “Love in vain” de Robert Johnson, lo que veo es un tremendo y sentido homenaje. Pues bien, parece que hay gente que ve apropiación cultural. Es demencial
A mí lo que me parece es que hay que dejar de decir que el wokismo es un movimiento de izquierdas, viene de USA, ¿hay izquierdas siquiera en USA? A estas alturas es un movimiento oportunista del capitalismo que nos está oprimiendo a todos y nos está dejando sin libertad de expresión, porque como bien dice Javier Perez en el primer comentario, lo más importante es el punitivismo.
Si en TODOS los países donde aterriza este movimiento importado de EEUU, es la izquierda política la que lo recibe, alimenta y hace suyo, no creo que sea una locura identificar el wokismo con la izquierda. De hecho, es una parte sustancial de los programas políticos de los partidos de izquierda a día de hoy.
Apropiación cultural? Quien no lleva puestos o tiene en su armario unos jeans o pantalones vaqueros?
Pero es que esa «izquierda» que asume el wokismo, para mí no es izquierda, es «progresismo» que no es lo mismo ni de lejos. En mi opinión, esa es la gran confusión actual.
Muy buen artículo.