
La obsesión por vivir más tiempo no es nueva. Ni siquiera es moderna. Homero ya hablaba de héroes que intercambiaban años de vida por gloria instantánea. Lo que sí es nuevo es la forma en que hoy buscamos esa longevidad: no con fuentes mágicas ni con alquimistas, sino con moléculas que suenan más a suplemento de gimnasio que a secreto ancestral. El CBD, por ejemplo. Tres letras anodinas que, sin embargo, aparecen en revistas científicas, en conversaciones de sobremesa y en la esquina de las farmacias virtuales. ¿Tiene algo que decir sobre nuestra vida y su duración? La pregunta parece ingenua, pero la ciencia empieza a murmurar que quizá no lo sea tanto.
Los investigadores, siempre tan cautos, prefieren hablar de “modulación de procesos biológicos” en lugar de prometer vidas centenarias. Pero la modulación ese verbo tan gris en realidad significa mucho. En 2017, un equipo encabezado por Simona Pisanti publicaba en Pharmacology & Therapeutics que el CBD es capaz de bajar el volumen de la inflamación, esa música de fondo que, con los años, se convierte en ruido insoportable y acaba arruinando órganos enteros. Inflamación crónica, le llaman. Si el envejecimiento fuera una fiesta, esa inflamación sería el invitado pesado que nadie echa pero que todos sufren. Y el CBD, según parece, sería quien abre discretamente la ventana para que entre aire fresco.
Pero no es solo cuestión de órganos cansados. También está la mente, ese archivo donde guardamos lo que somos y que, con los años, empieza a desorganizarse como un ordenador antiguo lleno de archivos corruptos. Aquí el CBD insinúa otra virtud: la neuroprotección. Yu-Cheng Wu y colegas, en Frontiers in Pharmacology (2014), hablaban de cómo esta molécula funciona como un antioxidante con complejo de poeta, capaz de defender neuronas con un gesto mínimo. Martín-Moreno, en un estudio de 2011 en Journal of Alzheimer’s Disease, fue más allá: en ratones con modelos de demencia, el CBD calmó la inflamación y mejoró la memoria. Ratones, sí. No abuelas. Pero en ciencia, los ratones son las abuelas en potencia.
El metabolismo es otra historia. Con la edad se convierte en un coche viejo que ya no arranca a la primera, consume demasiado y no hay taller que lo deje como antes. Ahí aparece de nuevo el CBD, señalado por Silvestri y su equipo en Molecular and Cellular Endocrinology (2015), como un modulador de receptores que regulan el apetito y la energía. No es que convierta a nadie en modelo de pasarela, pero tal vez ayude a mantener a raya la grasa visceral, esa que se acumula silenciosa alrededor de los órganos y que se ríe de las dietas milagro.
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Se agradecería la traducción de CBD. Sospecho que tiene algo que ver con la cannabis, pero no estoy seguro. Gracias
Confederación Bávara de Dermatólogos (CBD).
Perla de mínimo humor, pero humor al fin y al cabo. Se agradece la inusual carcajada mañanera y su reflexión posterior: la imposibilidad de que esta desopilante respuesta la hubiese tramado una IA, por eso levanto el primer mate a su salud y ocurrencia, la única droga telúrica que hace bien al “mate” con su “mateína”, a los riñones, y a la larga, muy a la larga hace mal a la pérfida próstata según recientes estudios nativos.
Le copio lo que he encontrado:
La «molécula CBD» se refiere al cannabidiol, un cannabinoide exógeno que se encuentra en la planta de cannabis (Cannabis sativa) y que interactúa con el sistema endocannabinoide del cuerpo para producir diversos efectos terapéuticos. A diferencia de los cannabinoides endógenos producidos por el propio organismo, el CBD se introduce desde el exterior y puede interactuar con los receptores cannabinoides del cuerpo, a diferencia de la anandamida o el 2-araquidonoilglicerol (2-AG).
Un saludo
Agradezco su búsqueda e información, estimada Eva L. Lo sospechaba. Los efectos paliativos de esta yerba los pude comprobar cuando, después de fumarla por primera y ultima vez dormí de un solo tirón, una experiencia pneurofísica casi olvidada. El problema fue que alteró mi percepción de la verticalidad. Para llegar a la cama tuve que caminar “como loro en campo arado”. Suponiendo que usted no es argentina y no tuvo experiencias de la vida de campo, le informo que estas simpáticas y domésticas avecillas caminan de manera cómica, ridícula diría detrás del arado, como Carlitos Chaplín, en bandadas en busca de alimentos frescos recién desenterrado; debido a la irregularidad del terreno, aceleran en las bajadas y desaceleran en las subidas, trastabillan, ruedan, se alzan siempre con sus cortas patitas bien abiertas para no perder el equilibrio. Gracias.
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