
Epicuro (341-270 a. C.) es uno de los pocos pensadores antiguos que mantiene su vigencia porque se anticipó a nociones que la ciencia moderna tardó siglos en confirmar. Lúcido, acertó en lo sustancial de aquello que podemos verificar, lo cual nos anima a hacerle caso también en lo que dijo sin contraste objetivo. Y es que, si el hombre dio en el clavo en un tema fundamental y difícil de conocer como la composición última del universo y de la realidad, quizá valga la pena prestar atención a su propuesta para vivir bien: a su moral.
Lo que hace único a Epicuro es que sus ideas sobre la física, basadas en el atomismo, resultaron ser asombrosamente precisas. De hecho, fue el único filósofo que acertó. En un mundo donde la ciencia aún no existía como tal, Epicuro postuló que el universo se compone únicamente de átomos y vacío. Una idea, la del átomo, que no fue verificada hasta el siglo XX, cuando Albert Einstein —en su trabajo sobre el movimiento browniano de 1905— proporcionó pruebas empíricas de su existencia. Lo mismo respecto al vacío: tuvimos que esperar hasta 1887 para que Albert A. Michelson y Edward W. Morley demostraran que no hay un éter que impregne todo el universo. Sin esas medidas, la hipótesis de Epicuro no era más que una buena idea. Esta última afirmación tan potente —la epistemología que es la base de la física contemporánea— es también suya: dejó escrito que había que distinguir entre las opiniones pendientes de confirmación y aquellas verificadas por la sensación. Una forma elegante de decir que, si no hay confirmación empírica de algo, no hay conocimiento.
Epicuro tuvo enemigos poderosos, especialmente entre las élites religiosas y políticas, que veían en su atomismo y en su énfasis en los placeres sencillos una amenaza para sus estructuras de poder. Los agnósticos nunca han tenido buena prensa entre quienes creen que la religión debe impregnar toda la sociedad y que el sentimiento de culpa debe condicionar las acciones individuales. Por eso sus enseñanzas fueron caricaturizadas. Resulta bastante lamentable que la imagen que se tiene de él sea la que ofrecieron sus enemigos, así que vamos a nivelar un poco el juego.
Epicuro, el hombre, fue un ser fascinante del que sabemos poco. Por lo que comenta Diógenes Laercio, fuente principal sobre su vida, debía de ser una persona con mucho carisma, además de inteligente. Nacido en la isla de Samos, fundó en Atenas una escuela conocida como el Jardín: un espacio donde se reunía con sus amigos para reflexionar sobre la naturaleza, la vida y la felicidad. Se trataba de una parcela modesta que compró a las afueras, más una huerta que un jardín. Allí se juntaban hombres y mujeres; libres y esclavos, todos como iguales, para compartir ideas, risas y momentos de conexión. Su jardín no era solo un lugar de ocio y de trabajo manual, sino también una comunidad de aprendizaje donde se discutían ideas filosóficas, científicas y éticas. Algo así como lo que debería ser un departamento universitario.
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Es una pena que de los presocráticos nos hayan llegado pocos vestigios, pero vestigios que son de una sensatez deslumbrante. De uno de estos recuerdo (quizás fue Parménides) una reflexión que en su momento me pareció horrenda: que la realidad o el universo es, fue y será para siempre, sin principio ni fin, la eternidad, lo que implica la inútilidad de cualquier demiurgo o dios obligados a crear, ordenar y explicar mundos. Ya estaba todo hecho, incluyendo a los inservibles dioses que vendrían. Esta amplitud inabarcable además de desolante es un horror para cualquiera que se detenga por un momento a reflexionar sobre sus consecuencias: todo fue, es y será, y si tomamos como ejemplo este pequeño planeta nada bueno sucedió, sucede y sucederá, aquí o en cualquier otro lado. Tal vez esta teoría dio lugar a uno de los íconos que más me subyugan: ese ocho durmiente, el infinito, que es y está en el centro, que se va o fue para retornar y que se aleja o será para siempre retornar. Excelente defensa de un filósofo que mostraba una humanidad desconcertante para aquellos tiempos primitivos y que los poderes, viejos y nuevos ensuciaron simplificando de manera torpe sus enseñanzas. Muchísimas gracias por la amena lectura, estimado.
De estos autores tan antiguos ¿Cómo sabemos que es cierto lo que nos ha llegado de ellos y no ha sido distorsionado, aumentado o mitificado?
Estoy totalmente de acuerdo. Siempre tengo esas dudas cuando leo sobre ellos.
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Espléndido. Fresco y desenfadado sin perder rigor académico y sin pedanterías. Sirve bien como introducción a la obra de Epicuro.
Hay varias erratas de maquetación: negrilla en Pierre-Simon Laplace y falta subrayar también a Parménides, Han y a Heidegger. Y sí, Heidegger es insoportable y vacío. Una pérdida de tiempo. Estoy de acuerdo con el autor.
Pero de Heidegger tenemos toda su obra, de Epicuro apenas nada. En un ejercicio de filosofía-ficción podemos imaginar la situación inversa, que contáramos con las obras completas de Epicuro, y de Heidegger solo unos cuantos fragmentos. Y que estos fragmentos versaran sobre la serenidad y la vida retirada en una cabaña. Epicuro, sin embargo, discursearía interminablemente sobre abstrusas cuestiones metafísicas en sus infumables tochacos. No sabemos cómo era la práctica totalidad de su obra.
Respecto a Platón, el autor se limita a decir que su influencia persiste en eso que llamamos metafísica. su influencia persiste en eso que llamamos filosofía, en realidad. Incluso la inversión del platonismo tiene su origen en el propio Platón. Todos los filósofos del siglo XX han intentado matar al padre Platón, que si defensor de la sociedad cerrada, que si totalitario, metafísico… Pero el viejo no estaba muerto, polimorfo y perverso sonríe, escapando a todos los intentos de definirlo tan burdamente.
Una buena manera de presentar a los epicúreos sin dejarse casi nada. Usaré algún párrafo en mis clases de Bachillerato con mis estudiantes. Lo que dice de Han es muy cierto.
Te niego las mayores, tarde pero lo hago.
Epicuro puso el marco, el atomismo, y desde ahí se hicieron los «descubrimientos» o interpretamos lo que ocurre con el polen suspendido en un líquido. No es que Epicuro tuviera una idea feliz y al tiempo la confirmásemos, porque Dalton, y muchos otros que consideramos padres de la teoría atómica moderna, ya se movían en el mecanicismo atómico desde al menos un siglo antes, la veían como la más prometedora de las hipótesis. Porque contado como lo cuentas parece una serendipia y no busca una construcción anterior como la que había en el que el atomismo ya estaba presente.
Y te niego otra mayor, el conocimiento para serlo no tiene porqué ser empírico. De hecho, como bien sabes, ésa afirmación no es empírica y tú la aceptas como criterio epistemológico. Es una petición de principio.
Un saludo.
He llegado al artículo por casualidad a través de una recomendación de un amigo por whatsapp. Me parece un artículo brillante. Me gusta como está escrito y el contenido. Esto no es lo que yo había estudiado de los epicúreos, pero buscando resulta que tiene razón.