Sociedad

El síndrome del patinete

'Mensajero', de Andrei Bodko. el síndrome del patinete
‘Mensajero’, de Andrei Bodko.

Para comprar un patinete eléctrico de primera mano se necesitan cien euros pero podés llevarte uno de segunda en Wallapop con tan solo la inversión de cincuenta. La velocidad máxima que estos vehículos deberían alcanzar, por estar dentro de la legislación de Vehículos de Movilidad Personal, es de veinticinco kilómetros por hora pero la gran mayoría escalan su velocidad a mayores rangos que un ciclomotor porque los motores pueden ser alterados o vienen ya chipeados de fábrica. Un accidente en patinete tiene un solo destino, la propulsión del cuerpo de quien maneja sobre esa velocidad, el impacto sobre el asfalto u otro objeto que se encuentre en la calle. Desde hace varios años que las ciclovías, bicisendas o carriles de bicicletas, como gusten decirle, los carriles de automóviles, taxis o buses, los metros, las aceras, los palieres de los edificios, los livings comedor de las casas compartidas, se han visto asaltadas, sin previo aviso, por este tipo de medio de transporte, que, como tal, nace desde el mercado sin una regulación previa del Estado e ingresa en un período de depredación, regulación y adaptación. El patinete, como todo tipo de artefacto utilizado hasta el hartazgo, se ha transformado en un símbolo: habla más de la época que lo que la época puede hablar de él. Condensa sentidos. Entre ellos podemos nombrar cuatro: la infantilización de la población al volante, la precarización laboral sobre ruedas, el desajuste mortífero de la pulsión urbana y la estetización del fin del mundo como último gesto de resistencia occidental.

El peterpanismo agarró el manubrio

El patinete es perfecto para estos tiempos porque evita los atascos, los problemas, y es sencillo de manejar. No requiere licencia de conducir y puede utilizarse tanto en el carril de las bicicletas como en el de automóviles, aunque esto último no se recomienda. El patinete invita a las infracciones porque su liviandad y maleabilidad, su capacidad de freno y su motor de propulsión instantánea llevan a quien lo conduce a creer que las posibilidades de desplazamientos son infinitas, aunque en realidad no lo sean. El patinete es el vehículo de la adolescencia programada, un objeto investido de puros derechos sin deberes, sin responsabilidad alguna sobre las catástrofes que se dan sobre la faz de la tierra. El patinete es el medio de transporte del narcisismo propio de un gran porcentaje de la población que se ha creído la fantasía de ser la ley y no de obedecer ante ella. El patinete toca el timbre eléctrico para avisar que va a cometer una infracción: subirse a la cebra mientras un peatón está cruzando, avanzar hacia la bocacalle cuando el semáforo está en rojo, adelantarse por el carril en contramano cuando el suyo está colapsado.

La prolongación de la pubertad hacia los treinta años o más, propulsada con fenómenos como la crisis del acceso a la vivienda (la cual estira la emancipación concreta de la casa paterna y materna), como también la victimización constante como propuesta de vida con un menú de trabajos inestables, migraciones internas y externas, forzadas o deseables, reformas identitarias y revoluciones técnicas, es parte del combo que lleva a dicho sector a ser el más propenso a comprar y trasladarse en este vehículo de dos ruedas tan inestable como vertiginoso, tan divertido como sencillo.

La nueva revolución urbana, con motores que no hacen ruido y se venden como ecológicos pero se cargan con energía tradicional (combustibles fósiles, gas natural o petróleo) que se almacena en baterías de iones de litio, imparte una nueva forma de trasladarse y vivir la ciudad. Una forma infantil que propone que se puede llegar a cualquier lugar sin esfuerzo alguno, sin pagar costos, sin hacerse responsable de los actos, sin necesidad de tener una licencia, o utilizar la propia tracción a sangre. La fórmula de la seducción y el encanto del tecnoliberalismo, entregar el alma a cambio de mayor velocidad sin interrupciones. Internet. La fórmula de una generación que no puede ver más allá del principio del placer: no sé lo que quiero pero lo quiero ya, por eso me subo al patinete y salgo disparado.

La precarización laboral

Hace varias semanas, la periodista y escritora Ana Iris Simón publicó en sus historias de Instagram una imagen de una pintura del diácono y pintor bielorruso Andrei Bodko donde se lo ve a Jesucristo recibiendo el pedido de un cadete de Glovo con el patinete estacionado a su lado. La serie de pinturas se llama Always near you y el pintor, nacido en Rechitsa (región de Gomel, Bielorrusia), las propone como una forma de contar escenas cotidianas donde aparecen tanto las nuevas formas de empleabilidad como un Cristo que cuida, protege y ampara a esas personas. Martín Rejtman, el cineasta y documentalista argentino, presentó también hace varios años el documental El repartidor está en camino, donde cuenta la historia de un joven inmigrante venezolano que en Argentina se dedica a este tipo de trabajo. El documental expone cómo la economía digital se legitima a través de la emergencia y convierte el derecho al trabajo en una mercancía móvil y descartable, pero también muestra cómo es la vida cotidiana de estas personas que se ganan el pan del día llevando una mochila a cuestas.

Desde hace varios años, patinete mediante o no, una nueva tribu urbana de trabajadores ha copado las calles. Aunque a veces parezcan invisibles, se ven. Están ahí. Ayer era uno. Hoy son cinco. Mañana diez. A veces son dos, tres, cuatro, veinte, seis, siete, doce, ocho, catorce, nueve, diez, o más, o menos. Se sientan en los bancos públicos y apoyan a sus costados los patinetes. Hay días que son tantos que también arman ronda en el piso poniendo sus piernas en posición de canasta. Modo zen. Charlan, conversan, esperan, descansan. Matan el tiempo. Viven entre pedido y pedido. Entre demanda y demanda. Son los repartidores de la ciudad. Dan pena por la precariedad en la que viven y también generan envidia por lo despreocupados que se los ve. Se ríen con voces socarronas. Usan los teléfonos y escuchan música con parlantes atados de forma casera a sus vehículos porque escuchar música con cascos está prohibido. Con esos patinetes que se pueden comprar por cien euros en Decathlon o MediaMarkt —o pueden pedírselo prestado a un amigo o un familiar porque el suyo está sin batería— recorren e invaden los centros urbanos para ganar dinero. El acceso a los patinetes es tan barato que todo el tiempo uno se pregunta por su trampa.

Vinicius Jr cobrando miles de euros para jugar en el Madrid y que el público del rival lo insulte o le lance una banana para denigrar o sacarlo del partido. Eso no es racismo. Un joven magrebí con residencia en España trabajando en el patinete por la madrugada, lleva puesta una camiseta del Madrid con el dorsal número siete y el nombre de Vini Jr por detrás. Eso sí lo es. Aunque los medios de comunicación, el establishment y el poder te hagan creer que el verdadero racismo sucede dentro de un estadio de fútbol, desprestigiando las luchas y los verdaderos actos de denigración, donde luego de una propaganda de concientización de veinte segundos de La Liga aparezca una publicidad de Uber Eats de un minuto, es ahí donde se oculta el verdadero problema de esta situación, que expone a jóvenes inmigrantes —o no— a vivir a costa de trabajos precarios en situaciones de extrema vulnerabilidad. Siendo un peligro para la sociedad y también para ellos mismos.

Es que no se puede incluir dentro del mismo ecosistema de transporte a una persona que decide trasladarse a la universidad, a la casa de un amigo, al gimnasio o al trabajo estable de ocho horas en patinete que a una persona que sabe que el patinete es su única fuente de ingreso para poder alquilar una habitación y comer. Es ahí donde aparece también un problema que no es solo urbano, sino que también tiene que ver con las condiciones de vida de estos tiempos. Para que existan tantos patinetes también tienen que existir consumidores de aplicaciones de repartidores, un entramado que es muy complejo de regular porque sostiene una economía que hace que el sistema no explote. Es más fácil imaginarse el fin del mundo que imaginar nuevos trabajos para esos miles de repartidores que transitan como flâneurs el primer cuarto del siglo XXI.

Solo yo contra el mundo

Las evoluciones comunicacionales cotidianas muchas veces se cuentan con los objetos tecnológicos que se sostienen con la mano, como los celulares, o los que se utilizan en el hogar, como los televisores, pero menos y poco se habla de los que conectaban y conectan de forma física a la gente de un lugar a otro, por ejemplo, de la casa a la oficina y viceversa, como los autos, los trenes, los aviones. Es que no hay una línea histórica que diga que primero fue el tren, después el automóvil, luego la motocicleta, porque la evolución muchas veces es solapada y en simultáneo, pero la historia de la automoción (palabra que deriva del griego αὐτός, autós, «a sí mismo», y del latín mobilis, «que se mueve») puede ubicar distintas épocas doradas —y no tanto— para cada medio de transporte utilizado en la ciudad o entre ciudades.

El contexto histórico que sitúa al patinete en crecimiento exponencial viene desde el año 2017, con un boom en el año de la pandemia, cuando estar cerca del otro era un peligro, y con un constante crecimiento del cuatro por ciento anual que sitúa este mercado en cifras de alrededor de los ciento tres millones de euros tan solo en España durante 2025. Hay distintos tipos de personas y cada una contempla a su manera las normas y precauciones al manejar y transportar por las calles. Y hay números que hablan por sí solos y dicen que durante el año 2024 los accidentes que involucran a este tipo de vehículo, tan solo en España, han sido más de cuatrocientos, con un porcentaje del dieciocho por ciento de fallecidos. Caídas, colisiones con otros vehículos y atropellos a peatones son los tres tipos de accidentes con mayor registro y, es probable, que si uno para en la calle a cualquier peatón, pueda contar una experiencia cercana.

Los patinetes son un peligro porque te proponen que vos estás solo contra el mundo, que arriba de su tabla podés surfear las calles y salir ileso de la jungla de cemento, pero ese mundo también tiene sus trampas porque no todas las personas son hábiles al manubrio y pocos saben reaccionar de forma eficiente cuando una señora se cruza por el medio de la calle sin previo aviso. El tema principal es que los patinetes invitan a que uno se crea que está solo, que su manejo tan elegante y minúsculo te da la potestad de transformarte en un átomo o una partícula de aire. Pero la verdad es que la pulsión de la calle se sigue manejando con las leyes de la física, la ley de gravedad y la relación entre masa, velocidad y materia. Es así que el desajuste de los tiempos individuales con los tiempos urbanos hace que los patinetes tengan una forma de vivir lo urbano contrapuesta a la que la urbanidad propone. Es en ese desajuste donde se paga con la vida, es decir, la gente se mata o mata por sus imprudencias.

Un pokemón por la avenida

La estetización del mundo es el último tratado que le queda al capitalismo global para sobrevivir. Se trata de que cada aspecto de la vida se vea instagrameable o pueda contarse con un video de TikTok. Es así que muchas veces los repartidores o repartidoras se transforman en una imagen cute o cuqui de estos tiempos. Realizan vlogs de sus trayectos y cotidianidades. Son consumidos como celebridades. Se maquillan al extremo, compran cascos con peluches felpudos y orejas de gatitos, usan trajes Alpinestars de motocicleta, enchulan sus patinetes de última generación con ruedas con suspensión y luces fluorescentes; en sí, se divierten, pero también deforman su precarización en un pasatiempo estético. En un acto reflejo, muchas veces los patinetistas no solo utilizan como medio de transporte o trabajo el vehículo, sino que este mismo se complejiza en una imagen del espectáculo. ¿Serán los patinetistas los jinetes del apocalipsis que no vimos venir?

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3 Comentarios

  1. «El patinete toca el timbre eléctrico para avisar que va a cometer una infracción: subirse a la cebra mientras un peatón está cruzando, avanzar hacia la bocacalle cuando el semáforo está en rojo, adelantarse por el carril en contramano cuando el suyo está colapsado.»

    Aquí vale cualquier otro vehículo manejado por irresponsables…

  2. Felipe Rodríguez López

    Un artículo delicioso, mi enhorabuena al autor y, como se suele decir, no da puntá sin hilo.

  3. No solo los vehículos, ¡todo! nace sin una regulación previa del estado. Todo llega a asaltar nuestra realidad y cuando más viejo -de mente, de corazón eres-, más te molesta esto.
    Planteas como una novedad lo que siempre ha estado ahí, los trabajos precarios, los jóvenes que prefieren lucir que esconderse, hasta tu presunción de peligrosidad efectiva de estos y sus vehículos, sea el que sea, viene de lejos. ¿Sabrías decirme cuánta gente a muerto el último año en un accidente de patinete?
    Eres un vendedor de miedo, de prejuicios, con una prosa regañona, pastosa e indigesta que se quiere culta. Esta revista está llena de esto últimamente.

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