
Cuando leáis esto no espero que veáis el contexto completo de la situación, una mezcla de aburrimiento, déjà vu, sarcasmo y, por qué no, cierto escepticismo ante lo que sucede en este mundo que nos toca vivir. Todo ello en un domingo por la mañana, después de haber ejecutado, con diligencia de funcionario soviético, las tareas rutinarias de mantenimiento y limpieza del hogar. El origen de todo no deja de ser la búsqueda de explicación a cosas que no la tienen en términos racionales, como la solución vasca a los problemas, ese «joder, Patxi, ¿por qué estamos discutiendo por algo que podemos resolver a hostias?», o el asunto de la llamada navaja de Hanlon.
Si acudimos a la navaja de Hanlon para dilucidar el origen de los actos humanos, observamos que «no se ha de atribuir a la maldad lo que es simple estupidez». Esto, por sí solo, ya daría para un libro. La maldad es algo realmente costoso —al menos para mí— en términos emocionales, porque exige constancia, dedicación y, además, es fácilmente identificable. La maldad está bien descrita, hay reglas morales, hay evidencias, y cuando alguien es malvado se le puede señalar sin demasiadas dudas. No solo eso: se le puede demostrar por qué y en qué se equivoca. El malvado engaña, no busca el bien común sino su propio interés, satisfacer sus pulsiones sin importar si está bien o mal. Hay ejemplos claros y recientes, como los nombres que aparecieron en la lista Epstein, empezando por él mismo, alguien definitivamente malvado y, a la vez, cobarde a la hora de afrontar las consecuencias de sus actos. De forma cínica puede decirse que, si hay demanda, hay oferta, y siempre habrá quien venda su alma por un precio módico con tal de asegurar el suministro.
Esta gente se aprovecha de quienes miran hacia otro lado, de los que prefieren no saber nada para no meterse en líos, de los que dicen «bueno, iba a pasar de todas formas». La naturaleza parece avalar este mecanismo: un depredador siempre acaba encontrando a su víctima. La cadena trófica se sostiene sobre ese tránsito continuo hasta que la muerte del espécimen lo devuelve a la base de la pirámide. También es justo reconocer que, socialmente, hay perfiles capaces de encogerse de hombros ante dilemas morales y seguir adelante contra toda ética, bien porque «es lo que hay que hacer», bien porque sienten curiosidad por asomarse al abismo donde todo vale. Volviendo a Hanlon, basta observar la experiencia cotidiana para aceptar que los estúpidos y los gilipollas están estratégicamente distribuidos para que te los encuentres en cualquier lugar y en cualquier momento, con la misión tácita de estropearte el día con su incompetencia. Esta cuasi ley implica, además, que cualquier persona, incluido uno mismo, es estúpida, gilipollas o incompetente en algún momento de su vida, o en muchos. Como regla general, el ser humano lo es en más ocasiones de las que estaría dispuesto a admitir.
Al estúpido no lo vas a convencer con hechos. Su sesgo cognitivo le lleva a descartarlos si no encajan con lo que quiere creer. Tampoco puedes hacerle ver que es gilipollas por no considerar las consecuencias de sus actos. En su cámara de eco buscará la evidencia que confirme el engaño en el que desea vivir. Y, sin embargo, si como especie hemos llegado hasta aquí, ha sido gracias a ciertos individuos que, pese a la desproporción, han logrado empujar el progreso contra una inmensa mayoría de estúpidos, incompetentes y gilipollas. En no pocas ocasiones el darwinismo ha eliminado a estos especímenes porque una mala decisión no solo puede ser fatal, sino que suele serlo. Paradójicamente, gracias a muchos de ellos, por pura casualidad, también hemos conseguido salir adelante.
Combatir la estupidez es difícil porque nace de los sesgos cognitivos. Está documentado que no puedes hipnotizar a alguien para que haga algo que no quiere hacer, lo que lleva a una regla simple: las personas creen lo que quieren creer. Es más fácil engañar a alguien que convencerlo de que ha sido engañado. Así, cuando alguien más estúpido, más mesiánico o directamente malvado utiliza a un acólito dispuesto a creer para sus propios fines, los actos con consecuencias terribles se producen gracias a personas que actúan de buena fe, honestamente convencidas de estar en lo correcto. No siempre es algo consciente. Ahí están los empleados de Recursos Humanos de Epstein, seleccionando jovencitas con un determinado perfil socioeconómico sin saber —o sin querer saber— qué ocurría después. O los ingenieros de Siemens diseñando maquinaria y manuales para impedir la saponificación de los conductos de los hornos crematorios usados de forma industrial en la implementación de la «solución final» de Heydrich.
Todo se basa en la ignorancia de unos y en la deshumanización del objetivo en otros. Gente que hace su trabajo, se va a casa, ve a su familia y duerme tranquila. Da igual que se trate de exterminio industrial o de amañar contratos, inflar costes y entregar infraestructuras públicas de calidad lamentable con consecuencias potencialmente fatales. Aristóteles decía en Política que la calidad de la democracia dependía de la calidad de la educación del ciudadano, de su capacidad para dar y rebatir argumentos en el ágora y tomar decisiones correctas para la polis. La degeneración comenzaba cuando los demagogos dominaban ese espacio y pervertían el sistema. Aquella democracia directa se considera la forma más perfecta de gobierno. Si la calidad democrática depende de la calidad de quienes votan, visto lo anterior, vivimos en una memocracia indirecta, estupidizada metódicamente por demagogos que controlan el cotarro, nos dividen en colorines y nos dicen exactamente lo que queremos oír para luego no cumplir nada, siempre con la excusa de un archienemigo que lo impide y al que hay que seguir derrotando en la siguiente votación.
El sistema está diseñado para mantener el statu quo hasta que los estúpidos consigan que todo deje de funcionar y los que solo buscaban satisfacer sus bajos instintos hayan huido para no afrontar las consecuencias. La educación es fundamental, pero el pensamiento crítico es el auténtico veneno contra la estupidez. La lista de gente brillante que ha cometido errores monumentales por no examinar sus motivos, o cuyo legado fue subvertido para causar destrucción y muerte, es tan larga como la historia. Sin caer en la parálisis por análisis, si uno no quiere convertirse en instrumento de los planes de otro, debería examinar siempre las consecuencias de sus actos. Al final la pregunta clave es quién gana y qué gana, porque el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.
En cuanto a la vanidad y el narcisismo, conviene un ejercicio de higiene mental. El «porque yo lo valgo» te sienta en primera clase hacia las malas decisiones. Sí, eres único, pero en un planeta de nueve mil millones de personas es muy probable que haya alguien más listo, más guapo, con más talento y más joven que tú. Relájate. Creerte especial te debilita y te convierte en instrumento de quienes te dicen lo que quieres oír, normalmente en contra de lo que realmente necesitas. Todo esto se puede aplicar a casi cualquier aspecto de la vida, porque al final no es la esperanza lo último que se pierde, sino la ignorancia y la estupidez. Eso es lo que te llevas al hoyo con todas tus pamplinas, y es lo que te mereces. Serán los estúpidos los primeros sorprendidos cuando San Pedro empiece a enumerar, en el juicio final, las consecuencias de sus actos, llevándolos directos al infierno. La responsabilidad por las consecuencias de lo que hacemos es personal e intransferible.
Un lector fiel lo resumía con bastante más precisión al señalar que la gente absolutamente estúpida es más fácil de llevar que la medianamente estúpida. Los medianamente estúpidos son terribles porque se creen listos y padecen el efecto Dunning-Kruger. Es más fácil razonar con el labriego del pueblo que no tiene formación que con el que «ha estudiado» y no pasa de ser un NPC. La ignorancia tiene arreglo y es disculpable si hay voluntad de remediarla. La estupidez no tanto, y por eso el mundo está lleno de hijos de puta. Pero se entiende perfectamente a dónde apunta todo esto.
Este artículo ha sido publicado originalmente en el agregador de noticias Mediatize y se reproduce con el permiso de su autor.








Todo esto ya lo dijo Carlo Maria Cipolla en Allegro ma non troppo.
Soy agricultor, hace unos años estaba hablando con unos amigos y colegas de profesión cuando se acercó el padre de uno de ellos, agricultor también, y nos dijo:
– En el campo siempre se queda el hijo tonto.
Nos reímos los cuatro pero él dejó de reírse cuando le contesté:
– Y la prueba eres tú.
Parece ser que el campo sigue siendo sinónimo de ignorancia y/o estulticia. Enfín, paciencia…
Y usted 🤣