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El diablo en el espejo: sobre la literatura del yo

El diablo en el espejo. Sobre la literatura del yo
El diablo en el espejo. Sobre la literatura del yo.

Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #53 «Intimidad», ya disponible aquí

Roberto Bolaño lo dijo de un modo bastante grosero: «No tengo nada contra la autobiografía siempre y cuando el que la escriba tenga un pene en erección de treinta centímetros». Algo así pensé después de leer dos de los seis tomos de Mi lucha del noruego Karl Ove Knausgård. Aunque el segundo tomo es más pasable que el primero, pensé que debía ser más ilustrativo leer la obra homónima de un tal Adolfo Hitler. Recuerdo muy poco de los libros del noruego, casi tan poco como de los libros que leí (creo que fueron tres) de Annie Ernaux, salvo que la autora lamentaba continuamente no haber nacido en una familia rica. Knausgård no es tan lacrimógeno, pero Ernaux ganó el premio Nobel, lo que prueba que en esos países nórdicos donde dan el premio se suele celebrar el horror más que el humor (no es que Knausgård tenga mucho humor tampoco, pero al lado de Ernaux cualquiera es Groucho Marx).

Se me ocurrió mencionar a Knausgård y a Ernaux porque son los dos ejemplos contemporáneos que da la inteligencia artificial de Google cuando se le pregunta qué por la literatura del yo. El algoritmo —¿habrá que llamarlo «algoritmx»?— incluye en el género las biografías, las memorias y las novelas en primera persona, modalidades que se vienen escribiendo mucho antes de que se inventara la literatura del yo.

Pero volvamos atrás. Inventivo y prolífico en sus ficciones, Bolaño era de trazo grueso a la hora de pensar la literatura (sin ir más lejos, Derivas de la pesada, el ensayo en el que habla de la primera persona y en el que ataca a algunos colegas argentinos, es una suma de aciertos, desaciertos y desconciertos). Así, su brulote es efectista pero no demasiado preciso. Por ejemplo, si uno piensa en Knausgård, después de hacerse millonario con su hexalogía debe tener muchas más cosas para contar de su vida: ya no es un oscuro profesor de escuela, sino una figura distinguida, de aquellas que la gente lee para saber cómo triunfaron y a quién conocieron en sus giras por el mundo. Como tiene una banda de música, debe haber quienes compren sus discos a partir de su fama. Metafóricamente, el tamaño del pene literario de Knausgård, medido en términos del interés del público por su propia vida, aumentó unos centímetros tras su éxito. ¿Sería digno ahora de que Bolaño leyera sus memorias?

Pero, por otro lado, el propio Bolaño recurrió a la primera persona en sus libros. Los detectives salvajes es una aventura juvenil de su otro yo, Arturo Belano. Del mismo modo, en varias de sus obras maduras, entre ellas La pista de hielo, Bolaño habla de los veranos en los que cuidaba un sórdido camping en Cataluña y escribía en los ratos libres. Pero Bolaño no hacía literatura del yo y estaríamos desencaminados si habláramos de ella en términos de su primera persona o del tamaño de sus peculiaridades. El tema es un poco más difícil.

Empecemos por pensar que hay grandes obras de la literatura que narran o reflexionan desde un yo y que este puede parecerse a la biografía del autor. Después de todo, En busca del tiempo perdido está escrito por un narrador cuyos rasgos biográficos tienen mucho en común con los del autor, cuyas opiniones suelen coincidir con las suyas y la mayoría de los personajes se inspiran en personas que conoció. Y está claro que el narrador proustiano no habla de sus proezas sexuales, como tampoco hablan de ellas los diarios de Kafka, ese anónimo oficinista praguense que ni siquiera ganó el premio Nobel como para vanagloriarse de algo.

En fin, a esta altura del artículo no sabemos exactamente qué es la literatura del yo. Tal vez una anécdota pueda aclararlo. Una vez, conversando con un editor chileno, me contó que le había sugerido a un amigo escritor practicar la literatura del yo para que sus libros vendieran más, además de ganar libertad para su prosa. En ese caso, la estrategia tenía que ver con que su amigo reconociera que era gay y hablara en sus libros de sus experiencias homosexuales. No sé si el escritor es ahora más popular que antes, pero recuerdo haber estado en Santiago cuando, un viernes, se publicó su primera novela del yo. El sábado me crucé con varios integrantes del mundillo literario local y ninguno dejó de referirse a la salida del clóset del personaje aunque, desde luego, todo el mundo conocía su orientación sexual. Creo que lo que el editor intentó decirme es que al hablar de su intimidad, las obras de su amigo iban a demostrar una autenticidad nueva al evitar el disimulo. Supongo que el consejo no hubiera resultado en el caso de Proust, pero esta época es más permisiva en la materia.

Aunque tal vez el sexo sigue vendiendo y las confesiones sexuales despiertan el morbo. Hace poco un escritor argentino contó en sus memorias que de joven se había acostado con un escritor argentino viejo y prestigioso que nunca había revelado su gusto por los efebos y todo el mundo hablaba de lo que no era más que un pequeño pasaje en un libro de mil páginas. También despierta el morbo leer las confesiones de uno de aquellos rugbiers uruguayos que se comieron los cadáveres de sus compañeros cuando el avión que los trasladaba tuvo que aterrizar en medio de los Andes —supongo que este es un caso que hubiese contado con la aprobación de Bolaño—. Pero la literatura del yo excede la práctica de revelar secretos. Como el editor chileno me dijo en aquella memorable charla, para llegar hoy a los lectores es mucho más creíble que los personajes estén tomados de la vida real, en particular el protagonista. El yo del autor es una especie de certificado, de sello como el que aparece en algunas películas que declaran estar «basadas en hechos reales». Tal vez esto se deba a que la literatura se acerca cada vez más al periodismo. Hasta se podría traducir aquel consejo del editor en la siguiente fórmula: la ficción no es más que periodismo en primera persona. Recíprocamente, la crónica periodística se presupone cada vez más literatura encuadrada bajo la categoría de «no ficción», cuyo nacimiento es relativamente reciente. Dicho de otro modo, y exagerando solo un poco, literatura del yo es casi todo lo que se escribe, porque la literatura tiende a ser esa sopa cada vez más homogénea que usa los mismos métodos para construir la ficción y la no ficción alrededor del yo del autor. Un autor que no se diferencia del yo del autor de al lado porque ambos comparten la mirada sobre la literatura que se enseña en las universidades y se practica en las editoriales, en buena medida porque ha desaparecido la crítica y se han borrado las diferencias entre la academia y el mercado.

Aunque fue un rasgo de cierto modernismo (vengo de leer un libro de David Marson, que se refiere a sí mismo como «el Novelista», aunque la tercera persona no le quita ni le agrega nada salvo cierta pedantería), no se trata de eliminar el yo de la literatura. Pero es cierto que las clases y talleres de la llamada escritura creativa orientan a los alumnos a escribir sobre «sus experiencias». El resultado es que hay demasiados autores que intentan mostrar simultáneamente que son como los demás, ya que piensan y actúan como representantes de su medio, de su etnia, de su género, de su clase y de su partido, pero, al mismo tiempo, han vivido una experiencia particular que los hace distintos: una enfermedad infantil, una muerte familiar, un divorcio, un accidente, un parto difícil, en general algún tipo de desgracia o de catástrofe. Es como si un comité escribiera siempre el mismo libro, variando el episodio que distingue al protagonista. El resto tiene que ver con una demostración de destreza, con «escribir bien» según parámetros escolares. Pero no pocos de esos libros son el resultado de un paciente trabajo de edición a cargo de especialistas en producirlos en serie.

Hay excepciones, desde luego. Y tal vez más entre quienes usan el yo. Me gustaría nombrar al australiano Gerald Murnane, eterno perdedor del Nobel, cuya obra es una inmersión en su propia vida, en su propia mente y, a medida que la iba escribiendo, en su propia obra. Murnane es un personaje original que nunca salió de su provincia ni viajó en avión y comparte su pasión por la literatura con las carreras de caballos. Pero sus libros usan el mismo tipo de movimiento con el que Proust nos invita a acompañar sus pensamientos enteramente libres y sus intrincadas imágenes mentales puestas en abismo. A diferencia de Ernaux, que nos hace parte de sus sordideces familiares, el encuentro que propone Murnane con el lector tiene lugar en el corazón de la literatura, en el descubrimiento de ella en sus procesos mentales.

Otra excepción es el Diario que Bioy Casares dedica a sus conversaciones con Borges. No hay allí más que dos yos que hablan casi siempre de literatura. Luis Chitarroni, gran crítico argentino fallecido hace poco tiempo, escribió un atractivo ensayo sobre el libro, La ceremonia del desdén, que se publicó de modo póstumo. Chitarroni explica cómo Bioy se las arregla para que el libro transcurra en un presente que le da una vibración desconocida en el género del diario. En el prólogo, Edgardo Scott anota que es el mejor de todos los diarios escritos por un argentino, incluso el del polaco Gombrowicz, que también fue argentino. Scott habla de la importancia del Diario por su distancia con un medio «donde tantas escrituras autobiográficas novelizan la realidad con dosis ideologizadas de narcisismo».

Conviene prestar atención al pasaje entrecomillado. Scott está hablando sobre la literatura del yo y concentra la descripción de sus males en tres palabras feroces. Porque un yo que no tiene nada que descubrir, un yo que predica en nombre de un grupo aplanado por la ideología, que intenta construir la realidad a partir de ese yo que, ajeno a la literatura, confunde la expresión con la exhibición y hace de la escritura un trabajo aspiracional cuyo objetivo es el disfrute y la promoción de la propia imagen en el espejo: ese yo siempre idéntico a sí mismo, que nunca es otro. La literatura, con el yo o sin él, necesita de una perspectiva más noble. Por eso, en la mayoría de esos libros que parecen escritos en serie, asistimos generalmente a una lucha sorda y subterránea de un autor obligado a aburrirse a sí mismo porque su yo es la cárcel de la que no puede escapar. En los mejores casos, la literatura del yo puede leerse como un intento del yo de evadirse de su lugar y de su imagen sin que el autor se dé cuenta. En los peores, tiene la obscenidad de los actos narcisistas que lo controlan todo. En el fondo, la escritura del yo es un acto policial en el que el autor se tortura a sí mismo con su presencia.

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3 Comentarios

  1. «Hace poco un escritor argentino contó en sus memorias que de joven se había acostado con un escritor argentino viejo y prestigioso que nunca había revelado su gusto por los efebos».

    ¿Por qué ocultar los nombres de ambos escritores cuando las memorias son públicas? ¿Pudibundez, puritanismo, mojigatería, ganas de hacerse el interesante?

    Y lo mismo puede decirse del escritor del que habla este párrafo:

    «Una vez, conversando con un editor chileno, me contó que le había sugerido a un amigo escritor practicar la literatura del yo para que sus libros vendieran más, además de ganar libertad para su prosa. En ese caso, la estrategia tenía que ver con que su amigo reconociera que era gay y hablara en sus libros de sus experiencias homosexuales. No sé si el escritor es ahora más popular que antes…».

    ¿El autor de este artículo considera que la homosexualidad es una «perversión» y que no hay que «denunciar» a quienes han confesado públicamente en sus libros semejante «vicio»?

  2. MacNaughton

    La Literatura del Yo es aquella literatura que se presenta al lector sin un explicito desdoblamiento del autor en alter ego o narrador… La Literatura del Yo es literatura a pelo sin aquel artificio en medio…

    Ejemplo: Corazón Tan Blanco de Javier Marías NO es literatura del Yo. El personaje principal y narrador de la novela tiene bastantes rasgos en común con el autor, Javier Marías, pero no se presenta al lector como Marías sino como un tal Juan Ranz. Aparte de no presentarse como Javier Marías, podemos estar seguro que hay muchos datos en su narración que no tienen nada que ver con la vida real de Javier Marías…

    Negra Espalda del Tiempo, si que es Literatura del Yo. Allí Marías prescinde de un narrador / alter ego ficticio y se dirige a nosotros como Javier Marías. El libro cuenta una serie de casualidades bastantes improbables pero reales, por ejemplo, el hecho de que el escritor inglés John Gawsworth heredó el titulo de rey de la isla de Redonda, un tituló que luego otorgó al propio Javier Marías…

    Habría que añadir que Marías no llamaba aquel libro Literatura del Yo, sino, y más acertado a mi juicio, «una novela falsa» …

    Diría que el caso de Negra Espalda del Tiempo, tal vez el mejor libro de Marías, revela uno de los claves del género, si podemos llamarlo un género: cuando los hechos que se cuenta desde la realidad son tan extraordinarios y improbables que parecen ficción, el efecto que produce en el lector es igual que una novela convencional, sin que lo sea…

    Si Marías hubiese novelizado / ficcionalizado los hechos reales que aparecen en «Negra Espalda», digo yo que nos hubiese costado bastante en creérnoslo…

    Es decir, la literatura del yo es una técnica literaria más, que utilizado con criterio, puede dar muy buenos resultados, pero utilizado en exceso a mi, personalmente, me da bastante pereza…

  3. Manuel Queimaliños Rivera

    Y este texto, ¿ es un artículo del yo ?

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