
La noche del 8 de abril de 1961, en un café de San Sebastián, el jurado del Premio Pío Baroja decidió declarar desierto el galardón. Aquella primera edición sería también la última. Pocos en aquel salón podían imaginar que el motivo de aquel desenlace se escondía entre los pliegos de un manuscrito finalista titulado Tiempo frustrado y firmado con el seudónimo de un tal Luis Sepúlveda, un nombre bien conocido en los círculos clandestinos del Partido Socialista, aunque completamente ajeno al panorama literario del país. Menos aún sabían que tras ese nombre se ocultaba el de Luis Martín-Santos, el psiquiatra que, un año después, transformaría la narrativa española con Tiempo de silencio, la versión definitiva de la novela presentada.
El galardón había nacido con ambiciones discretas: rendir un homenaje vasco al escritor que fue don Pío. Sus impulsores, José María Bellido y Antonio Nabal Recio, soñaban con un premio donde primara la calidad literaria. Sin embargo, pronto este quedaría atrapado en el entramado de influencias políticas que fue el franquismo. El punto de inflexión llegó cuando los organizadores decidieron ampliar el jurado, hasta entonces integrado únicamente por voces locales, con dos nombres procedentes de Madrid. Estos eran Miguel Pérez Ferrero —periodista del ABC y biógrafo de Baroja, a quien acompañó en los años del exilio francés— y Juan Fernández Figueroa, director de la revista Índice1. Ambos viajaron a San Sebastián con unas órdenes que trascendían lo literario, pues el nombre de «Luis Sepúlveda» había hecho saltar las alarmas en los despachos de Madrid. La consigna era clara: un escritor socialista como Martín-Santos no podía alzarse con el premio bajo ningún concepto.
Para entonces, Donostia respiraba un aire festivo. Gran parte de las autoridades locales y figuras destacadas de los círculos políticos y literarios se volcaron con el galardón. El interés fue tal que la prensa —tanto la local como la incipiente TVE, desplazada hasta la ciudad— se afanaría en ofrecer una cobertura completa de las jornadas previas. Durante aquella semana no faltarían anécdotas, como la protagonizada por Enrique Múgica, amigo de Luis Martín-Santos y militante clandestino del PCE, que abordó una y otra vez a los llegados de Madrid para convencerlos de que aquella novela tan novedosa, Tiempo frustrado, merecía el premio.
Para aislarse del bullicio, el jurado se instaló en el hotel Gaba-Lore, propiedad de Bellido, a las afueras de la ciudad. Allí, Fernández Figueroa y Pérez Ferrero comenzaron a poner en marcha su estrategia: frustrar la victoria de Martín-Santos y, de paso, favorecer a su amigo Carlos Luis Álvarez, conocido como Cándido, que había presentado su novela Gusanos de luz, la cual nunca llegaría a publicarse. No era la primera vez que ambos jurados de la capital coaccionaban y trataban de influir en un premio literario, pues era práctica habitual en los certámenes de la época. Sin embargo, a pesar de sus intentos —tanto individuales como colectivos— y de su empeño por acordar un ganador antes de la gala, las presiones no surtieron efecto.
En la última reunión de la mañana, los jurados vascos acordaron que cada uno mantendría su voto en secreto y que el ganador se elegiría estrictamente según lo establecido en las bases del concurso. Al ver frustrado su plan, Fernández Figueroa y Pérez Ferrero recurrieron a su última maniobra, pidiendo permiso a Bellido para usar el teléfono, alegando que debían atender asuntos urgentes de la capital. Pocos minutos después de su regreso al salón, una llamada quebró el silencio del vacío Gaba-Lore. Provenía del Café Madrid, el lugar donde esa noche debía celebrarse la cena de gala. Al otro lado de la línea, el dueño —falangista confeso— hablaba con voz alterada: las autoridades municipales habían cancelado su asistencia y la prensa comenzaba a retirarse; corría el rumor de que el premio estaba amañado para favorecer a un escritor socialista.
Acto seguido llegó una segunda llamada. En ella se le comunicaba al jurado que el galardón había quedado invalidado por un supuesto impago administrativo. Tras la noticia, el pánico se apoderó de la sala, incluso de Fernández Figueroa y Pérez Ferrero, quienes, haciendo gala de una notable actuación —pues resulta evidente que fueron ellos quienes alertaron a las autoridades de Madrid sobre la delicada situación del premio—, se mostraron absolutamente consternados ante las novedades.
Pese al mal trago, el jurado logró resolver los trámites burocráticos y la cena en el Café Madrid pudo celebrarse. Los, irónicamente, siete protagonistas de esta historia llegaron a la gala alrededor de las ocho de la noche. La tensión se palpaba en la sala, abarrotada de invitados, entre los que se contaban aquellos gobernantes que horas antes habían retirado su presencia, y la prensa, presente, pero con órdenes estrictas de no informar sobre lo sucedido esa noche.
Tras una breve cena —uno puede imaginar el estómago cerrado de los jurados locales tras tantas presiones— se dio inicio a las votaciones entre las seis novelas finalistas2. Las primeras rondas transcurrieron sin grandes sobresaltos: cada jurado asignaba tres puntos a su favorita, dos al segundo lugar y uno al tercero; así, las obras menos destacadas fueron eliminándose. De este modo se llegó a la penúltima ronda, en la que permanecieron las novelas de Cándido, Luis Martín-Santos y Mañana aún no amanece, de Jorge Ferrer.
En la semifinal, los dos jurados llegados de Madrid pusieron en marcha su última artimaña: concentrar sus seis puntos disponibles en la obra de su amigo Cándido, asegurando así que Gusanos de luz alcanzara la puntuación necesaria para pasar a la final. El plan funcionó incluso mejor de lo previsto: la novela avanzó a la última ronda, mientras que Tiempo frustrado, sin duda la mejor obra presentada, quedó eliminada. La noticia, que por cierto fue dada por la miss España Elena Herrera-Dávida, desató altercados en las calles cercanas, encabezados por Enrique Múgica y el hermano de Martín-Santos.
Cuando todo se calmó, se procedió a la votación final. Los jurados debían dar dos votos a su favorita y uno a la restante. Los madrileños repitieron su maniobra, asegurando que Gusanos de luz alcanzara la puntuación suficiente para imponerse a Mañana aún no amanece, pero aún quedaba una última decisión: declarar si la obra ganadora merecía realmente el premio. El resto de jueces votaron en contra y el galardón se declaró desierto.
Así, la noche del 8 de abril de 1961 no solo dejó un premio desierto, sino al descubierto el modo en que, bajo el franquismo, las lealtades personales y las tramas de poder pesaban tanto como la censura. El Premio Pío Baroja, nacido para celebrar la independencia barojiana, se extinguió en su primera edición, mientras que Tiempo de silencio, sin duda la mejor obra presentada, sería publicada por Seix Barral un año después, transformando para siempre la narrativa española. Aquella noche en el Café Madrid, la literatura se midió con el poder, y lo que se apagó no fue solo un galardón, sino una esperanza de que la cultura española pudiera liberarse, por fin, de sus propias cadenas.
Notas
(1) El tribunal quedó formado por siete miembros. Además de Fernández Figueroa y Pérez Ferrero, actuaron como jurados los propios Bellido y Nabal. Completaron el grupo la doctora en Filosofía y Letras y profesora de literatura Elvira Gallurralde, el joven intelectual Eugenio Altuna y Faustino Marquet, célebre por poseer la mejor biblioteca particular de Guipúzcoa.
(2) Las novelas finalistas fueron: Gusanos de luz de Adrián Marco (Carlos Luis Álvarez); Tiempo Frustrado Luis Sepúlveda (Luis Martín-Santos); Mañana aún no amanece de Jorge Ferrer; La rata de Juan Farías; La pirueta de Emilio Álvarez; Válvulas de escape de Manuel Carballeira.
Para quienes deseen profundizar en esta historia, recomiendo las lecturas citadas a continuación. En los próximos meses verá la luz un artículo académico donde desarrollo con mayor detalle el contenido de mi ponencia en el Congreso Internacional Luis Martín-Santos y la cultura de sus tiempos.
Bibliografía
Gorrotxategi, Pedro. Luis Martín-Santos. Historia de un compromiso. Donostia-San Sebastián: Fundación Social y Cultural Kutxa, 1995.
Primer y último Premio Pío Baroja de Novela. San Sebastián 1961. Donostia-San Sebastián: Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, 2012.
Lázaro, José. Vidas y muertes de Luis Martín-Santos. Barcelona: Tusquets, 2009.








