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La mejor novela española de los últimos cincuenta años

Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1979. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.
Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1970. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.

1. Los rivales

Dar premios es fácil, lo complicado es que nos pongamos de acuerdo en los elegidos —como los trabajadores de la tienda de discos de Alta fidelidad, que componían listas en torno a los criterios más disparatados— y, si bien no existen razones para que los libros, los discos, las pelis, compitan entre sí, aunque no exista tal cosa como «La mejor novela española de los últimos cincuenta años», supongo que hacen falta de vez en cuando carteles, anuncios de neón, campanadas. Quién teme al premio feroz, me pregunté una vez, cuando en principio solo parece haber ventajas en los concursos: ganan los premiados, los medios tienen un estupendo evento informativo, la editorial consigue la carta de la promoción, los lectores escuchan nuevos nombres. Los únicos que pierden, claro, son los no premiados, qué tontería más obvia, pues esta falta de reconocimiento público se convierte en ocasiones en causa de ostracismo editorial, criba de lectores o, peor aún, un progresivo silencio literario según pasan los años.

A la hora de seleccionar el título de este artículo, yo ya había decidido mucho tiempo antes, sin pasar por ningún complejo sistema de selección, cuál era, a mi juicio, la mejor novela española de los últimos cincuenta años («española» se usa aquí solamente con su valor de gentilicio, por supuesto). Hice trampas, pues. Mi objetivo no es la tiranía de los nombres —la jerarquía en la literatura es absurda—, sino conseguir su atención sobre esta novela, que hablemos de por qué es excepcional y merece más lectores, aunque hayan pasado cuarenta y cuatro años desde su publicación. No hace falta consenso, al fin y al cabo: esto no es una lección de anatomía, solo juegos de palabras.

Para aligerar la trifulca, para que este texto no fuera un repaso al canon de los últimos cuarenta años, por el que aún tiene que pasar tiempo, me he centrado en los grandes títulos de los sesenta (solo a partir de 1966) y setenta, el periodo de la gran eclosión de la narrativa española a mi juicio, impulsada por el boom editorial de la narrativa latinoamericana, y las décadas de la gran transformación social y cultural de la Península.

Empecemos con los santones. Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, quizá la novela más radical estilísticamente publicada en los sesenta en España, se queda fuera del debate porque su primera edición es de 1961; Cela publicó durante esas décadas dos de sus novelas más reconocidas, San Camilo, 1936 (1969) y Oficio de tinieblas 5 (1973); Miguel Delibes, mucho más prolífico, publicó entre otras la famosa Cinco horas con Mario (1966; Las ratas es de 1962). Cualquiera de estas merecería el título, supongo, pero ya hemos dicho que a los consagrados no les hace falta más publicidad gratuita, así que, ¿para qué seguir? Además, creo ya haber insinuado lo suficiente que este premio obedece a mi falible criterio, y la verdad es que ni Cela, que es un prodigioso maestro de la lengua castellana, ni Delibes, un narrador nato con un prodigioso oído para el castellano, están entre mis clásicos personales. A cada cual, lo suyo, que decía Sciascia.

Una de las que puntúan más alto de aquellos años para mí es Parte de una historia (1967), de Ignacio Aldecoa, la última novela de su autor antes de su muerte en 1969. Me sorprende que no sea más conocida: prodigioso relato ambientado en una isla de pescadores cercana a Isla Mayor (trasunto ficticio de Lanzarote), está escrita en una prosa cuidadísima, afilada como un cuchillo, que no cae nunca en topicazos retóricos ni en simplicidades. Más famoso como cuentista, Aldecoa demostró con Parte de una historia que dominaba el género de la novela (corta) con una soltura apabullante. Lo que acaso se viera en algún momento como defecto (es una especie de diario de viaje y, por tanto, se sale del realismo social imperante) se ha convertido en una de sus grandes virtudes: una novela sobre el destino inevitable (el individual y también el colectivo) contada con atmósferas de trazos opresivos y nítidos.

La novela galardonada más previsible sería Si te dicen que caí (1970), de Juan Marsé, quizá la mejor novela de los últimos cincuenta años si esto fuera la lista de un jurado académico y no la de un solo lector. Después de haber publicado varias novelas magníficas, Marsé decide dejarse la piel en esta y darlo todo. Aquí, con una prosa en su plenitud, está concentrado el microcosmos de su literatura: la necesidad de la invención y del juego conjugada con la recuperación de la memoria, a menudo también recreada y ficticia; los personajes desamparados, los buscavidas, los que pelean por saber quiénes son; y, sobre todo, un narrador portentoso que fabula entre los recuerdos y la ficción, entre la ilusión de la fuga y la realidad más descarnada de la posguerra. A Marsé, en cualquier caso, no le faltan lectores ni reconocimiento, labrado con un largo historial narrativo, así que sigo pensando que el premio le hace falta más al otro.

Imagino que también debería entrar en la disputa cualquiera de las novelas de Benet de este periodo, Volverás a Región (1967) y Una meditación (1970), aunque yo tengo debilidad por esta última, con esa frase de una musicalidad hipnótica con la que empieza: «De entre todas las quintas de la vega del Torce, al norte de Región, la de mi abuelo, con ser de las más modestas, era una de las mejor emplazadas». Maravillosa descomposición del hilo narrativo, con una voz que juega a la digresión constante y a las oraciones interminables, Una meditación es una piedra de sol de nuestra lengua, menos reconocida de lo que se merece, pese a que a mi juicio pierde por KO contra la ganadora si se valoran otros factores que debe tener una gran novela, como olfato para rebuscar en la basura y ahondar en el corazón de los humanos. A Benet, el grand style, como él siempre reivindicó, le pierde, para bien y para mal.

De las que he leído de Francisco Umbral, otra bestia parda de los setenta, la que más me impresionó con diferencia fue Mortal y rosa (1975), un bellísimo artefacto a medio camino entre el diario, el libro de apuntes y el ensayo literario. Curioso que sea el libro que mejor ha sobrevivido al prolífico Umbral, un estilo más que un narrador, quizá porque las páginas escritas a raíz de la muerte de su hijo pequeño están escritas con una rabia contra la literatura que trasciende la retórica y el jugueteo verbal que tanto encandilaba a Umbral. Además, un libro a veces se cruza en nuestra biografía, tiene el peso de una amistad o de un suceso, y adquiere un valor de lupa desde la que mirar los placeres y los días; en mi caso me pasó con Mortal y rosa, así que no soy, no puedo ser, neutral con él.

¿Y Goytisolo? El eterno desplazado, el más secreto, pese a ser un inmenso dotado para los vericuetos de la lengua, Goytisolo lleva años haciendo una obra rigurosa, encarnada en la libertad de la poesía más que en la narración. De los setenta es nada menos que la trilogía del mal, que incluye esa belleza llamada Reivindicación del conde Don Julián (1970), de la que solo recuerdo, sin embargo, la espesura de los signos y un viaje, bastante solipsista, hacia uno mismo. Altamente recomendable para lectores escogidos. No es mi caso, me temo.

Por cierto, que en 1975 se publicó La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, de la que alguien ha dicho que es la gran novela de los últimos cuarenta años. Yo, en cambio, que leí en la adolescencia El misterio de la cripta embrujada (1978), y guardo esa lectura como un tiempo de felicidad absoluta, me he quedado a medias con La verdad varias veces. Prometo volver.

Y, en fin, seguro que hay muchos otros, todos grandes, que ahora no me vienen a la cabeza o que a lo mejor no he leído, que es lo más probable, pero, después de todo, esto ya estaba decidido de antemano: de estos años prodigiosos para la literatura española, la más grande, la más ambiciosa, la que sacó todo el talento que llevaba su autor dentro, es El gran momento de Mary Tribune, de Juan García Hortelano. No me digan que no estaba cantado.

2. Juan

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Juan García Hortelano, el editor Jaime Salinas y Mario Benedetti, 1982. Fotografía cortesía de Alfaguara.

El premio Biblioteca Breve por su novela Nuevas amistades (1959) permitió que el nombre de un jovencísimo autor madrileño, funcionario de la Administración, comenzara a sonar en los círculos literarios y editoriales. ¿Quién era aquel tipo bajito, tan serio y formal, del que dijo Carlos Barral aquello de «le hemos dado el premio a un guardia civil»? Pese a los dichos, la literatura es menos un oficio que una revancha y ahí apareció Juan García Hortelano para demostrar que merece la pena partirse la cara hasta el final.

Primero vino el trabajo concienzudo. Cuando se le concede el Biblioteca Breve a su primera novela publicada, Hortelano ya tenía varias terminadas en el cajón, una de las cuales incluso fue finalista del Premio Nadal, todas inscritas dentro de eso que llamamos «realismo social», por lo que era difícil predecir lo que vendría trece años después. De hecho, Nuevas amistades es una buena novela, un paisaje humano de la sempiterna lucha entre la realidad y el deseo, acentuada si acaso por el ahogo vital de la posguerra, pero no es una obra maestra ni por asomo. Relato de método, heredera talentosa de las técnicas del realismo literario imperante (que Ferlosio había sublimado en El Jarama en 1956), en Nuevas amistades ya se nota la ternura y empatía de su tono, lejos de los personajes usados como símbolos ideológicos de otros autores. Desde luego, esa mirada introspectiva suya va a caracterizar su obra, y el lastre costumbrista de algunas páginas va a desaparecer completamente en el último tercio de Nuevas amistades, a mi juicio el mejor, cuando la voz está enfocada en un espacio dramático muy concreto —los jóvenes encerrados en una casa de campo matando el tiempo mientras en una de las habitaciones una chica, convaleciente por culpa de un aborto ilegal, tal vez muera— y lo narra minuciosamente, sin prisas, con pasión por los detalles más vivos.

Solo tres años después, Hortelano sorprendería con su soberbia Tormenta de verano, que se alzó con el Premio Prix Formentor, una especie de gran lanzamiento editorial impulsado por varios editores europeos. Es impresionante la rapidez con la que Hortelano dio un salto adelante en su narrativa: narrada en primera persona (una decisión fundamental), Tormenta de verano se vuelve una introspección sobre la vida de la pequeña burguesía, igual que Nuevas amistades, solo que en esta ocasión se narra desde dentro, sin juicios externos, y su protagonista deambula entre la vida en la urbanización privada en la costa en la que está pasando el verano (donde se mueve con su familia y amigos) y las escapadas al pueblo costero, que le atrae con sus peligros y tentaciones. De nuevo, como en su primera novela, los conflictos individuales, los líos amorosos de los personajes, sus derrotas personales, su desorientación y su incapacidad para escapar de sus ataduras sociales, son más importantes que el cuadro ideológico.

Y de repente, tras alcanzar fama y lectores, Hortelano entró en un silencio editorial de casi una década. Publicó en el entreacto, es cierto, un excepcional volumen de relatos, Gente de Madrid, en 1967, en el que ya da muestras de que está experimentando con voces y estilos, que no se conforma con las técnicas desplegadas en sus novelas; al tiempo comenzó a circular el rumor de que estaba trabajando en una gran novela, en un texto largo con el que imprimir un nuevo tour de force a su narrativa.

Pasan los años y aquel texto no sale a la luz. A Hortelano no parecía inquietarle su desaparición de la escena pública, y seguramente ese es el único secreto, el tiempo que le dedicó, el que explica que en 1972, nueve años después de Tormenta de verano, Juan García Hortelano publicara una tragicomedia de casi ochocientas páginas narrada por un protagonista vividor, mordaz y alcohólico, y escrita con una prosa deslumbrante, plagada de ironías y juegos de palabras, trabajada hasta la extenuación. En lugar de los dramones literarios de su generación, Hortelano había conseguido con El gran momento de Mary Tribune convertir el desencanto en una orgía divertidísima de la lengua.

3. El gran momento (spoilers incluidos)

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Imagen: Círculo de Lectores.

La primera parte de El gran momento de Mary Tribune comienza con un in medias res resacoso: los amigos del narrador han llegado a su casa para el aperitivo del sábado; no saben que en una de las habitaciones duerme Mary, una norteamericana que conoció a última hora de la noche. Al fin consigue echarlos a todos y quedarse a solas con la extranjera. Comienza entonces, espoleado por la aparición de esta mujer singular, un viaje de varias semanas a la rutina del protagonista, rebosante de alcohol con su cuadrilla de amigos o a solas, salidas nocturnas, ligoteos, escapadas intempestivas, desilusiones, apariciones en el trabajo tedioso en el Ministerio y los encuentros y desencuentros con Mary y otras mujeres varias, desde su otra amante (la mujer de uno de los amigos de la pandilla) hasta las que se se van cruzando en sus noches y días. Esta primera parte de la novela deben de ser, más o menos, unas quinientas páginas, pero tan marcadas por el humor y un estilo ingenioso y juguetón que no aburren jamás, o al menos al que esto escribe. Leer Mary Tribune se parece mucho a hacer compañía a su protagonista, con la narración exhaustiva de sus despertares, desayunos, baños, conversaciones desopilantes y demás, por lo que es una especie de diario en el que la repetición de los actos cotidianos se combate con el fulgor verbal de su narrador. La magia de la literatura se llama eso.

La segunda parte de la novela (que se publicó en otro volumen en su primera edición) transcurre tras una elipsis temporal de varios meses y un salto también en el espacio, porque su protagonista ha trasladado su residencia a una casa en la sierra madrileña, donde ahora convive con otra mujer. Esta parte, unas doscientas páginas para narrar apenas dos días, tiene un tono distinto a la primera: si esta traducía en un estilo torrencial y a veces delirante la afición de su protagonista por el alcohol, a la segunda parte le corresponde un tono mucho más sosegado y melancólico, como le toca a un narrador empeñado en dejar la bebida y enderezar su vida. De fondo, en ese paisaje rural de invierno en que trascurre la acción, aparece la sombra de Mary, que desapareció de la vida del narrador tras unas cuantos desencuentros dolorosos. Que el enamoramiento, o simplemente el deseo, es el punto de fuga para el desencanto de su protagonista es una de las claves de la novela, desde luego.

Al final, Hortelano escribió, no sé si con una intención deliberada o, como pasa con algunas novelas, por resultado de una historia que se le fue imponiendo, un texto sobre personajes que pululan por un Madrid «absurdo, brillante y hambriento», que decía Valle, solo que con un hambre no de alimentos sino de sentido, de vida con un fin o una ruta, perdidos como están en un mundo sin aspiraciones. Individuos desorientados, felicidades minúsculas, ansia por vivir, placeres cuyo límite se agota en un solo día. Lo que ni Marsé, ni Benet, ni Umbral habían hecho, Hortelano lo consiguió: contar con una prosa ácida el viaje a ninguna parte de una España resignada, no porque no queramos tener memoria (que también), sino porque el presente concedido es insulso. Dulce la sal, que decía Mario González Suárez.

Misteriosamente, y aunque El gran momento de Mary Tribune tuvo cierto éxito comercial en su momento, dejó de sonar con los años, y más aún tras la muerte de Hortelano en 1992, quien prácticamente había dejado ya la ficción (aunque su último libro es de 1990, una novela erótica publicada con seudónimo, Muñeca y Macho, ocho años después de Gramática parda). Mi hipótesis que explica esta indiferencia de la crítica y los lectores reside, más que en la extensión de su novela, en aquello que decía alguien, creo que Nabokov, de la ridiculez de los «grandes temas», los cuales siguen pesando a la hora de confeccionar el canon literario: El gran momento de Mary Tribune es una farsa sobre un mujeriego borrachín, un enfoque difícilmente asumible por parte de cierto establishment y sus acólitos. Una pena, la verdad. Cualquier tema, en manos habilidosas, como demostró Hortelano, es carne para la gran literatura, pues El gran momento de Mary Tribune es uno de esos libros que, más que leer, se vive. Se puede decir de pocos.

Hace un año busqué un ejemplar de Nuevas amistades para llevármelo a Panamá. Imposible. Ya no se reedita. Tampoco los cuentos completos o Gramática parda.

Ni siquiera El gran momento de Mary Tribune.

Ahí fue cuando comencé a pensar en escribir este artículo.

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57 Comentarios

  1. Gabriela Ellena

    García Hortelano está publicado y se reimprime habitualmente en Debolsillo:

    http://www.megustaleer.com/search_texto.php?texto=garcia+hortelano

  2. Comencemos con los añadidos: La saga/fuga de J B, aunque yo prefiero Don Juan

  3. Me sumo a La saga/fuga… Magistral

  4. El gran momento… no la había leído hasta hace poco (sí Tormenta… e intenté Gramática parda) y me parece una hija de las que un padre se ha enamorado, así se explica la maestría de García Hortelano que el artículo expone. Profunda, lírica, original, testimonial… No sé por qué mis profesores (indiscutibles expertos algunos) insistieron tan poco en ella entre las novelas de su época. Una gran ventaja es que se deja habitar, como arguye el comentarista, sin pedir comunión con el autor ni adscripción a un estado de cosas literario. Por otro lado, «mejor» y «novela» son palabras cuya unión es absurda.

  5. Se va usted a la web de todocoleccion.net y allí tiene 33 ejemplares de segunda mano de la novela.

  6. Raúl Cazorla solo menciona a autores masculinos. Se olvida, por ejemplo, de Carmen Laforet. Nada se sigue editando año tras años y sus lectoras habituales de dieciocho a veinte años. Está claro que solo aprecia las novelas de sus amiguetes de farra. o de aquellos que elogiaban estos.

    • Es posible que se olvide de las mujeres escitoras, pero más posible aún es que ‘Nada’, publicada en 1944, no encaje precisamente en los últimos cincuenta años. Además de literatura, también conviene saber matemáticas.

    • Juan Francisco

      Sólo he leído «Nada» hace treinta años. Y no puedo decir nada bueno. No entiendo como se pudo recomendar como libro de lectura en mi Instituto, a menos que sea como método para desalentar a la lectura…

  7. uan r de OZ

    es verdad, cualquier cosa, en manos de un buen escritor se puede convertir en una gran novela, hasta la vida un pobre mujeriego borrachin, pero el escritor no es el que vive las aventuras o el protagonista del ahistoria, tampoco el que siente lo que dice i sentimos que dice lo mismo que nosotros sentimos, cuando el escritor no es mas que el que pone las palabras en orden

  8. Capitán Argüello

    «Los Vaqueros en el pozo», en Alfaguara. Os lo presto si queréis. Eso sí que es glamour. Por supuesto que Nuevas amistades también, pero ha de quedarse en la Península, Panamá queda muy lejos.

  9. A quien llama la atención sobre la ausencia de «Nada», cabría recordarle que la lista es de los últimos 50 años (esa novela se publicó en 1944). Sí que es desconcertante, en cualquier caso, la ausencia de dos grandes talentos como Carmen Martín Gaite y Ana María Matute. A las obras listadas yo añadiría, por cierto, alguna obra más reciente, como «Crematorio» o «Los girasoles ciegos»…

  10. Redgauntlet

    No habría venido mal una mención de una mujer. Es que los hombres somos muy zafios en estas cuestiones, y no hace falta pensarlo mucho. Carmen Martin Gaite, por ejemplo, está bastante caída en el olvido, y dentro de su línea, no tiene nada que envidiar a sus coetáneos, es una escritora estupenda.

    En todo caso, ¿alguien me puede recomendar un libro (no ficción) que trata de está época, es decir de la literatura española años 65-77? No tanto de crítica sino de como se va desenvolviendo los acontecimientos en el mundo de las letras en dicha época, como era el ambiente etc…

  11. José Antonio Gómez Yáñez

    La lista me parece muy inclinada a los setenta y alrededores. Es evidente que hubo una excelente literatura en esos años. Pero desde entonces, con lo que ha cambiado la sociedad española, hay «otra literatura». Desde luego, de los noventa hasta hoy, destaca Crematorio. Chirbes merece un comentario al lado de los clásicos.

  12. Para mí, Si te dicen que caí, de Juan Marsé, sin duda

    • Jordi_BCN

      Y la segunda, Un día volveré, también de Marsé. O El embrujo de Shanghai, también de Marsé. Y cerrando el top 5, La ciudad de los prodigios, de Mendoza, y Crematorio, de Chirbes. La media docena, El día del watusi (la primera), de Casavella.

  13. ¿ cómo se puede olvidar una de las mejores novelas de la literatura mundial del s xx, Antagonia de Luis Goytisolo ? ¿ cómo hablas de Goytisolo y te refieres al triste de los hermanos dando por supuesto que Luis es….?

  14. César Rubio

    Coincido completamente con el autor en su elección de esta novela y no dudaría en calificar «Gente de Madrid» como el mejor libro de cuentos de la época. En la novela el narrador resulta ser un nexo poco correcto entre la vida de los ministerios con los jóvenes de la burguesía, de los escritores comprometidos con las criadas del extrarradio y en sus últimas páginas juega entre las pinceladas que faltan para completar el argumento originario y el aislamiento del narrador que se ha quedado sin coartadas. Muchos de estos personajes aparecen en sus universos unidimensionales en «Gente de Madrid», añadiendo relatos con un niño de protagonista que describe su propia vivencia de la guerra, tal vez la introducción necesaria para todos esos treintañeros de los 60 que llenan su gris vida cotidiana con la mejor narración conducida a través de diálogos que se ha escrito. Si no quieren emplear mucho tiempo en descubrir a Hortelano el cuento «Sábado, comida» es el que quizá muestra su enorme dominio estilístico.

  15. Martín Gaite, Grandes, Chacón, Matute…Confieso que he leído el artículo en diagonal adelantándome a la certeza de que no iba a contener ni a una sola autora. Las mujeres no han escrito en España en los últimos 50 años nada digno de reseñar, por lo visto. Por suerte algunos podemos disfrutar de todos los grandes autores que se referencian y algunas más que invariablemente se olvidan.

    • Las mejores obras de Ana María Matute, Primera Memoria y Los soldados lloran de noche tienen más de medio siglo, por eso, supongo, que no la ha nombrado.

      Chacón y Grandes difícilmente se pueden considerar escritoras de un nivel demasiado alto. De hecho diría que son bastante mediocres.

      Tampoco está Miguel Espinosa y Torrente Ballester. Pero el autor del artículo, por supuesto, tiene derecho a tener sus propios gustos.

  16. Hecho de menos alguna ( Juegos de la edad tardía valdría ) de Luis Landero, para mí, junto con Juan Marsé, el mejor novelista español vivo.
    También a A. Grandes.
    De cualquier forma, y aunque comprendo que la selección es por fuerza muy personal, me gustan estos artículos, ya que me ponen sobre la pista de obras que no conocía.

  17. De Vazquez Montalban nada de nada , claro como son novelas detectivescas , no tienen la pijeria de las comentadas. Yo me quedaria con Jarama pero esta fuera de tiempo.

    Se nombra La verdad sobre el caso Sabolta e incluso un cuento como es La cripta embrujada.
    Nunca he visto un analisis sociologico – moral de aquella españa que en «Los mares del sur «. Sus novelas sobre Argentina , etc.
    Como siempre en España nunca se valora lo que tenemos ,salvo El quijote , que no lo ha leido ni Dios.
    Como curiosidad Camilo G,puso de nombre a su personaje «Montalbano» en honor al excelente escritor y persona.

  18. Lo real, de Belén Gopegui.

  19. Echo de menos a Ramon J Sender. Además de las maravillas de los años 40 y 50, en los 60 tiene obras maestras como » Carolus Rex» o » La aventura equincial de Lope de Aguirre». Quizás se le menosprecie por ser literatura muy narrativa, pero las historias que cuenta son espléndidas…!Y cómo las cuenta!

  20. «Tormenta de verano» es bastante insufrible.

  21. La Saga Fuga sin duda alguna. Impresionante.

    De Benet mejor, el Aire de un Crimen.

  22. Pingback: La mejor novela española de los últimos cincuenta años (Jot Down) | Libréame

  23. Ricardo Anguita Martínez

    En la orilla de Chirbes. No sé si la mejor novela de los últimos 50 años, pero creo que la mejor novela sobre la crisis española,

  24. Me sumo a la mención a Ramón J. Sender (en los 60 hizo aún alguna maravilla, un poco al límite con lo de los 50 años).
    Más «joven», Llamazares y Luna de lobos o La lluvia amarilla
    Y de este siglo, Jesús Carrasco me impactó con Intemperie

  25. Alejandro

    Añado «Los renglones torcidos de Dios» de Torcuato Luca de Tena, una obra magistral editada en el 79.

  26. De acuerdo con la existencia de buenas escritoras españolas de los últimos 50 años, objetivamente. Pero es una lista subjetiva, y no se si seré el único loco que cree que salvo excepciones de gente muy grande como Woolf las escritoras mujeres escriben para mujeres, no adrede, pero muchas veces puedo apreciar la calidad objetiva de sus obras, sin embargo no me llegan,no siento que tengan una vocación de obra «universal».
    No se si me explico.

    • No necesariamente ( me refiero en concreto a tu afirmación de que las mujeres escriben para las mujeres ), ahí tienes el caso de A. Grandes y su grupo de 6 novelas – de las que se han publicado 3 de momento – sobre la posguerra civil española, un esplédido friso sobre la represión y la miseria vivida en España en los años 40-50 por causa y culpa de los vencedores en la guerra civil.
      Por cierto, ¿ verdad que a nadie se le ocurre decir que los escritores hombres escriben para los hombres ?

  27. Rosa Chacel: ¨La sinrazón¨.

  28. Faltan tres palabras para que el artículo tenga sentido y sea congruente con el título: Gonzalo Torrente Ballester.

  29. Hay excelentes novelas escritas en otras lenguas en los últimos 50 años en España. Ahí lo dejo.

    • Jordi_BCN

      Cierto, en catalán El temps de les cireres, de Montserrat Roig.

    • Tiene usted toda la razón. Pero debe entender que, en el Reino de España, los adjetivos “pluricultural” y “plurilingüe” no suelen ser muy habituales en los círculos literarios (o de otros ámbitos) ‘comunes’, de antes y de después, de arriba y de abajo o de izquierdas y de derechas. E, incluso, en más de una ocasión hasta producen urticaria.

  30. Los cuerpos de la nadadoras – Pedro Ugarte

  31. Pingback: La mejor novela española de los últimos cincuenta años

  32. Con bastante retraso, he empezado a leer «El gran momento…», estimulado por este articulo: no sé si pasaré de la pag. 50, aburrimiento, sopor, ninguna gracia, apenas ninguna acción ( esto no es necesariamente malo ). Un grupo de señoritos madrileños en casa de uno de ellos, hablando de asuntos que les harán gracia a ellos, que están en sus claves, pero no a los demás. Nada interesante, ni en el fondo ni en la forma.

  33. Creo que El Hereje es superior a las novelas de Delibes que se citan aquí: Las Ratas y Cinco Horas con Mario, aunque estas son magníficas.

  34. Si no la mejor, sin duda una de las mejores novelas escritas en lengua española. Las claves de su «olvido»: su aparente machismo (del protagonista, no del autor, repito), su desprecio hacia el cine «de acomodador» que se planeaba a la sombra de Franco en los años del desarrollismo, y la complejísima descripción de una clase social instalada en el onanismo y en el vacío ideológico en una época en la que abrir la boca podía costarte algún diente.

  35. A la anécdota que cuenta el articulista de Carlos Barral al recibir a Hortelano en el aeropuerto de Barcelona («Cuando te vi, pensé que le habíamos dado el premio a un guardia civil»), falta mencionar la respuesta de García Hortelano: «yo, al verte, pensé que me lo había dado un legionario». Ahora sí está completa, y dice mucho del humor de García Hortelano.

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