La Luna nace en Fuerteventura en el horizonte marino
que confina con las playas del Sahara
Miguel de Unamuno
Me decidí por Fuerteventura después de consultar un viejo mapa que tenía en casa. Quería irme lo más lejos posible de mi ciudad a un sitio donde el sol y la arena fueran más una condición existencial que un decorado, un lugar donde la luz no me permitiera esconderme y el viento me obligara a colocarme de frente aquello de lo que había estado huyendo. Llegué cansada, triste, empujada por una aburrida historia de desamor de lo más cotidiana. Pedí una excedencia de tres meses para salir de Barcelona esperando que a mi regreso me encontrara de nuevo con la ciudad bulliciosa y vanguardista en la que había pasado mi juventud y que desde hacía algunos años se me había vuelto ajena, áspera, casi hostil por culpa de alguien que me había agriado mi fascinación por la vida. Marché buscando soledad, esa palabra que tanto asusta y que tanto promete y me encontré, en cambio, con Miguel de Unamuno.
Para preparar el viaje me acerqué a la librería Altair esperando que me recomendaran una guía completa de la isla. Sin saber muy bien como terminé saliendo del establecimiento con De Fuerteventura a París. Diario íntimo de confinamiento. El libro, compuesto fundamentalmente por sonetos, narra la experiencia del destierro de Miguel de Unamuno en la isla en 1924, su convivencia forzada con el aislamiento, el viento y la aridez, y la manera en que ese confinamiento político se transforma en un ejercicio de pensamiento y de resistencia interior, un diario en verso donde la isla deja de ser castigo para convertirse en interlocutora y el exilio en una forma extrema de lucidez.
Me lo leí de una sentada y me acompañó todo el viaje como un cuaderno de campo que no servía para orientarse en carreteras ni en horarios, sino para aprender a mirar, a caminar despacio y a aceptar que aquel desplazamiento no iba a ser una huida sino una recomposición. Busqué alojamiento «entre la cárcel y el mar» en Puerto de Cabras que ahora se llama Puerto del Rosario. No fue casualidad porque ya conocía que allí es donde el filósofo bilbaíno paso su destierro, y algo en mi propia expatriación sentimental me empujaba a compartir espacio con su fantasma. La habitación que hoy es Casa Museo no estaba disponible para huéspedes, así que buscando hoteles en Fuerteventura acabé en una pensión cercana con un balcón desde el que podía ver el Atlántico abrirse de golpe y sentir el viento limpiar el aire de todo lo que no era esencial.
Los majoreros me ofrecieron hospitalidad sin retórica. En el pequeño supermercado de la esquina, la dueña comenzó a saludarme con un «¿cómo va eso?» que no exigía respuesta honesta. En los bares y chiringuitos playeros, ya no eran los marineros quienes ocupaban el centro de la escena, sino la gente que llegaba con cometas al hombro y el cuerpo aún salpicado de sal, practicantes de kitesurf que entraban y salían siguiendo el ritmo del viento. Había en ellos una concentración alegre, una relación física con la isla que me recordó que aquí el viento no se sufre, se negocia. Yo, que venía de los saraos barceloneses con su necesidad constante de estar a la altura de una idea de modernidad que ya no me decía nada, encontré en aquella España periférica una dignidad silenciosa que no pedía explicaciones ni entusiasmo, solo presencia, y comprendí que quizá la verdadera vanguardia no estaba en ir siempre hacia delante, sino en detenerse, dejarse atravesar por el viento y aprender a habitar el mundo con menos ruido y más verdad.
El viento fue mi primer interlocutor, como lo había sido para él. No era solo inclemencia del clima sino presencia insistente que barría las calles de Puerto del Rosario, ascendía por las laderas, recordándome que estaba en territorio en permanente movimiento invisible. Frente a ese viento, oponía la constancia de mis paseos, una disciplina que convertía la soledad en tarea, mirar, pensar, nombrar la isla hasta hacerla mía en el lenguaje, o al menos hasta que dejara de ser solo suya, de los dos, del filósofo muerto y de la periodista herida.
Caminaba hacia Betancuria por las mañanas, siguiendo los mismos senderos que él describió. La antigua capital normanda, con su iglesia y sus casas blancas, me parecía un oasis de tiempo detenido, un lugar donde la historia se había depositado en capas de silencio. Subía a Montaña Quemada, donde el monumento a Unamuno se recorta contra un paisaje casi lunar, y me sentaba allí a leer en voz alta, dejando que el viento se llevara las palabras que no podía pronunciar en otra parte. En Playa Blanca, caminaba junto al mar durante horas, buscando en la geografía despojada, donde apenas había casas dispersas, barrancos, montañas suaves, llanos amarillentos, una verdad esencial sobre mí misma. A veces veía a lo lejos las velas de colores de los kitesurfistas recortándose contra el cielo, una coreografía contemporánea que convivía sin estridencias con la aspereza ancestral del paisaje.
Fue en esos paseos donde comprendí lo que Unamuno quiso decir con «fuerteventuroso». La isla no solo es destino turístico y desierto romántico, también es carácter, destino y condición del alma. Es aceptar la aridez no como carencia sino como forma de claridad. Es habitar la falta de adornos hasta descubrir que en ella reside una especie de lujo extremo, el lujo de verme a sí misma sin consuelos fáciles, expuesta a una luz que lo muestra todo con crueldad generosa. Incluso los grandes complejos hoteleros, como los de Iberostar Beachfront Resorts que se alinean frente al océano, parecen aquí obligados a dialogar con esa desnudez esencial sin imponerse del todo al paisaje.









Qué lástima que la preciosa isla de Fuerteventura acabe enmarcada en un ejercicio de publicidad encubierta.
Opino lo mismo que Inad. Qué lástima, aunque como ejercicio publicitario no está mal. Al menos se han esforzado.