
El mundo está cambiando.
No son pequeños ajustes de intensidad o tono. Es otro.
El mundo es otro. Amplio, vital, conectado.
¿Cómo habitar un mundo en ebullición?
Habrá que moverse.
Hace tiempo ya que la calurosa Metapa le ha quedado estrecha. No alcanza el poblado (una arbitrariedad de nacimiento, esa sabana de piedra) para satisfacer los ojos y los oídos de un poeta. Tampoco es suficiente un país encerrado entre el Atlántico y el Pacífico. Se desborda. Demasiadas palabras para tan poco espacio. Demasiados versos. Deberá sacarlos fuera. Deberá ponerse a andar el poeta. Moverse. Se inventará un nombre, buscará sus patrias. Será del mundo.
León, Managua, Granada (la de acá, la americana; ya habrá tiempo para conocer la otra, la europea), El Salvador, los alejandrinos, la viruela, la vagancia, la fama; una fama primera y pequeña, de entrecasa.
Deberá buscar más lejos. Será Chile, entonces: Valparaíso, Santiago, las mujeres, Azul…
¡Oh inmenso azul! Yo adoro
tus celajes risueños,
y esa niebla sutil de polvo de oro
donde van los perfumes y los sueños.
Hay unos versos nuevos que brotan desde América y atraviesan el océano. ¿Cómo han de leerse?
«L’art c’est l’azur». El arte es lo azul; el poeta lo hace libro. Ha iniciado una revolución en las letras. ¿Lo sabe?
Desde aquellas tardes incendiadas de palabras en Metapa, el poeta supo que escribiría para embrujar y salió en busca de su destino, que no contemplaba el anonimato. Eso lo entendió desde siempre.
Seguirá Buenos Aires y de vuelta a Nicaragua. Después Lima, San Salvador, una esposa, Guatemala, sonetos áureos, Costa Rica, un hijo, La Habana, Panamá, otra esposa, Nueva York y otra vez Buenos Aires. Será cónsul, será dandi, será periodista; lo enviarán a Europa, conocerá París (por fin, París), recalará en España. ¿Su tarea? Deberá enviar cuatro crónicas mensuales para La Nación, de Buenos Aires. Quieren saber cómo está el viejo imperio tras la derrota en Norteamérica y la pérdida de sus colonias.
Darío les dará mucho más que eso: mostrará las ciudades y las gentes; irá al teatro, a misas y procesiones; hablará de toros, reyes, políticos, gitanos; recorrerá fiestas y tablaos; probará comidas, tragos, sombreros, mujeres.
¿Cómo contar una mirada?
¿Cómo referir las palabras sin dañarlas?
Lo que sigue son algunas de las impresiones y pinturas que Rubén Darío dejó por escrito sobre la España que pisó el primer día del último año del siglo.
1° de enero de 1899. Con el pie derecho, piso el continente y la tierra de España.
BARCELONA, tan universalizada más que europeizada.
En la larga vía van y vienen, rozándose, el sombrero de copa y la gorra obrera, el smoking y la blusa, la señorita y la menegilda.
En todos está el mismo convencimiento, que tratan de sí mismos como en casa y hogar aparte, que en el cuerpo de España constituyen una individualidad que pugna por desasirse del organismo al que pertenecen, por creerse sangre y elemento distinto en ese organismo.
Y riente, alegre, bulliciosa, moderna, quizá un tanto afrancesada y por lo tanto graciosa, llena de elegancia, Barcelona sostiene lo que dice.
Os hablé de la mina de energía, del vasto yacimiento de fuerza que hallé en esta provincia de Cataluña; y admiré la riqueza y el movimiento productor de esta Barcelona modernísima, hermana en trabajo de la potente Bilbao, afortunadas hormigas ambas que no han mirado nunca con buen mirar a la cortesana cigarra de Castilla.
Sano y robusto es este pueblo desde los siglos antiguos.
La generosa y gallarda Barcelona alza la cabeza orgullosa coronada de muros, entre la montaña y el mar, que vio partir en otros siglos los barcos de sus conquistadores. ¿Existe el catalanismo? ¿Existe el odio que se ha dicho contra el resto de España? Yo no lo creo ni lo noto ahora.
Entretanto, trabajan. Ellos han erizado su tierra de chimeneas, han puesto por todas partes los corazones de las fábricas. Tienen buena mente y lengua, poetas y artistas de primer orden; pero bien ricamente provistos de ingenieros e industriales.
MADRID, invariable en su espíritu.
El buen humor tradicional de nuestros abuelos se denuncia inamovible en todas partes. El país da la bienvenida.
Los cafés llenos de humo rebosan de desocupados, entre hermosos tipos de hombres y mujeres.
Entretanto van llegando a los puertos de la Patria los infelices soldados de Cuba y Filipinas. No está por cierto España para literaturas, amputada, doliente, vencida.
Y el madroño está florido.
Mientras más voy conociendo el mundo que aquí piensa y escribe, veo que entre el montón trashumante hay almas de excepción que miran las cosas con exactitud y buscan un nuevo rumbo en la noche general.
En lo intelectual, las figuras que antes se imponían están decaídas o a punto de desaparecer; y en la generación que se levanta, fuera de un soplo que se ve venir de fuera y que entra por la ventana que se han atrevido a abrir en el castillo feudal unos pocos valerosos, no hay sino la literatura de café, la mordida al compañero, el anhelo de la peseta del teatro por horas.
Madrid es religiosamente incoloro.
El modesto Manzanares no es muy propicio a los cisnes.
ARANJUEZ, donde viene a la mente la España Negra.
Su Versalles recuerda a una coja encantadora en la historia. Aranjuez guarda aún el perfume de una tuerta hechicera.
Bien vale un viaje a este bello buen retiro de los príncipes castellanos; hay en los ambientes de los jardines y alamedas como dormidos ecos galantes que no aguardan sino el enamorado o el poeta que sepa despertarlos.
TOLEDO, concreción de tiempo.
Inmóvil y seca como una piedra, y entre cuyos muros sería insólita y fuera de lugar una carcajada.
No caben, al calor que abrasa la aridez de Castilla, otros amores que los tristes o fatalmente trágicos.
MÁLAGA, llamada la Bella.
La dulce Málaga, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración.
Una parte de la tierra de María Santísima, con dos partes de la tierra de Mahoma.
El progreso aquí en Málaga, ha traído los altos hornos y se ha llevado los encantos de antaño.
Un pueblo pobre, falto de sangre y de trabajo.
El sol da su brillo a la imaginación malagueña, su fuerza a la fecundidad malagueña, su singular encanto a la hembra malagueña.
Día de mar agitado en la playa malagueña: el agua, que tantas veces ha mostrado a mis ojos su espejo de azules profundos y pacíficos, ruge y se arquea y avanza hacia la tierra de manera tal, que bien se explica hayan padecido el legendario susto los que gritaban: «¡El mar se sale!»
Gracias a Dios. A pesar de la cólera del mar, a pesar del ímpetu de esas poderosas fuerzas, he aquí que los pescadores han sacado por fin el «copo», y más cargados de peces que otras ocasiones en que los he visto trabajar con viento propicio y Mediterráneo en calma.
GRANADA, el viejo paraíso moro.
Abierta al sol, como el fruto de su nombre.
He mirado la corteza rugosa de la antigua capital mahometana, en un tiempo muy poco propicio, entre calles lodosas y bajo un cielo nublado; mas luego he ido hacia la parte entreabierta que deja ver el corazón de su historia y su propio corazón.
La encantadora ciudad se me ha mostrado primero brumosa y luego luminosa. Y sé que el corazón de la granada entreabierta es dulce como la miel. Razón tuvo el rey que lloró como una mujer…
Se comprende el entusiasmo de los artistas que han llegado aquí a recibir una nueva revelación de la belleza de la vida.
No he de negaros que he evocado a la bella Lindaraja cerca de su mirador, que he lamentado una vez más la atroz expulsión de los moros, de aquellos moros cultos, sabios, poetas, con industrias hermosas y pueblo sin miserias.
Hay algo de inaudito y de fantástico en todo esto.
Salones, torres, ajimeces, bordadas piedras, aéreos calados, baños, jardines, miradores… Aquí encuentro que había Justicia; más allá que había Salud; más allá que había Belleza; más allá que había Placer. Eran sabios aquellos hombres de turbante; eran buenos, eran fuertes y eran artistas.
Si la Alhambra es más grande, más suntuosa, más imponente, el Generalife es más cordial, más íntimo, más amable. «Delicioso para el amor»
He dejado Granada con pena, por su corazón de mármol labrado, por su viejo corazón, por sus divinas vejeces, que hace más adorables una naturaleza singular. Es uno de los pocos lugares de la tierra en que uno querría permanecer, si no fuese que el espíritu tiende adelante, siempre más adelante, si es posible fuera del mundo, «anywhere out of the world!»
SEVILLA, su alma habla en la soledad silenciosa.
Aunque es invierno, he hallado rosas en Sevilla.
No sin razón es esta la ciudad de don Juan y la ciudad de don Pedro. Siempre la poesía, la leyenda, la tradición, os saldrán al encuentro. Estrella, el Burlador, el Monarca cruel, el Barbero…
El encanto íntimo de Sevilla está en lo que nos comunica su pasado. Su alma habla en la soledad silenciosa; así el alma triste de toda la vieja España. Dicen sus secretos las antiguas callejuelas en las horas nocturnas. Y nada es comparable a la melancolía grave de sus jardines.
Los altares arden en luces y oros.
La Semana Santa con sus esculturas artísticas, sus vírgenes vestidas como emperatrices bizantinas: todo oro, terciopelo, hierro y más oro.
Junto a todas esas manifestaciones de religiosidad nefasta y milenaria encontraréis siempre la guitarra, el vino, la hembra.
En ciertos templos andaluces el catolicismo deja ver a través de sus adornos y símbolos las líneas y arabescos moriscos: en las almas pasa algo semejante. Cierto es que Mahoma sonríe más que Jesucristo en los ojos sevillanos de bautizadas odaliscas.
Las mujeres sevillanas, entrevistas por las rejas que hay a la entrada de los patios marmóreos y floridos, dan razón a la fama. He visto, pues, maravilla.
Sevilla parece que regase sus matas de claveles con la sangre de esas feroces soavetaurilias. Aquí las fiestas de toros son inseparables del fuego solar, de las mujeres cálidamente amorosas, de la manzanilla, de la alegría furiosa de la tierra; la corrida es una voluptuosidad más.
La Sevilla de las estocadas de Mañara, de la molicie morisca, de las hembras por que se desleía Gutierre de Cetina, de las sangres de Zurbarán, de las carnes femeninas de Murillo, de las gitanillas, de los bandidos generosos, tiene que ser la Sevilla del clásico toreo.
CÓRDOBA, la patria de Séneca y de Lucano.
No he podido menos que tener presente en mi memoria a la amable Córdoba argentina, a cada paso que he dado en la antigua Córdoba andaluza. No es que tengan nada de semejante, fuera del espíritu de la raza llevado por los hombres de la colonia, sino que el nombre imponía el recuerdo.
Veo grupos de gentes estacionados en la alameda, el eterno grupo de ciudad española, que conversa y «mata» las horas.
La estrechez y soledad de las calles, la reja siempre, la ventana propicia al amorío de romance, los patios misteriosos que se entrevén.
De edades lejanísimas quedan en Córdoba huellas cesáreas. De César quedan, cuando después de ser cartaginesa fue romana. Como colonia patricia consta en las medallas y en los libros que fue notable.
Hoy de aquellas grandezas quedan apenas lápidas, inscripciones monumentales, columnas miliarias, monedas de Augusto en que hay borrosos problemas para los numismatas, y un venerable puente, al que aún sostienen sus pesados arcos sobre el turbio Guadalquivir.
Fue goda y luego árabe, y los islamitas la elevaron en verdad a su más alta potencia. Leer esa historia es penetrar en su vida cuasi fabulosa de capital imperial, de un imperio de cuento miliunanochesco. Hoy queda casi nada en comparación de los antiguos esplendores califales;
Ni en Granada, ni en Sevilla, ni en Málaga, he encontrado ese ambiente de antigüedad de esta capital esclarecida y en una época foco, puede decirse, de la sabiduría universal.
GIBRALTAR, una lluvia de libras esterlinas.
La enorme mole se va agrandando sobre el fondo del cielo invernal. Se distinguen las casas escalonadas sobre la roca, y más tarde los muelles y escolleras.
Este Peñón es el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la guerra. Por un lado se impone dominante sobre España, por otro sobre África, y el Mediterráneo que vio en lejanos tiempos la omnipotencia latina, presencia hoy la omnipotencia de Britannia, sobre las olas —on the waves.
Al pisar tierra, creo entrar en un cuartel. Las murallas, los fuertes, las amenazantes baterías de la altura están ante mi vista.
Muchos ojos vigilantes.
Pronto he de dejar el Peñón, erizado de hierro y de muerte. Me he de dirigir a la vecina África, cuyas costas se divisan, alzándose en el fondo el grande Atlas.
Yo soy aquel que ayer no más decía
Las crónicas de Rubén Darío llevan en sí las marcas de su autor. También las de su tiempo: lo viejo y lo nuevo se entremezclan y confunden como lo hacen los siglos. El cronista poeta cede al impulso de registrar lo nuevo y desconocido con mirada de turista. En el mismo acto, viene a corroborar todo aquello sobre lo que ha leído.
También ajusta cuentas.
Hay constelaciones de nombres propios, referencias, críticas, arbitrariedades.
Hay vistas panorámicas y primeros planos ricos en detalles, hay miradas desde una ventana, desde un barco, desde un funicular, desde la mesa de un café, desde la calle.
Hay exaltaciones y lamentos.
Hay color local, pinceladas finas, pintoresquismo tradicionalista.
Hay retratos, comentarios, glosas, provocaciones, críticas, reclamos.
Hay fascinación, hastío, decepciones.
Hay intervención estética y programa cultural.
Hay experiencia.
Hay ensayo.
Las citas corresponden a los libros España contemporánea. Crónicas y retratos literarios (1901) y Tierras solares (1904).






