Arte y Letras Literatura

Sonríe, soy la muerte

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Cementerio de Woods,1980. Foto: Cordon.

Uno ha de enfrentarse a la muerte sin miedo, sin rencores, en paz consigo mismo. Es el momento de rendir cuentas, de pagar peajes… no sé qué más palabrería barata utilizar. Pero seamos sinceros, a menudo no se cumplen ninguna de estas premisas: el miedo atenaza, el rencor lleva décadas consumiéndote y el fragmento de la paz te interesa mucho menos que el de la guerra cuando te lanzas a leer a Tolstói. En estas circunstancias, es habitual ver como los simples mortales acudimos a la literatura para intuir qué hay al otro lado del abismo, como si creyéramos que se puede cambiar así, tan fácilmente, la muerte real por la imaginaria, la muerte propia por la muerte de un ser literario (nótese cómo el autor utiliza con toda intención el término «simple mortal», en lugar de otros mucho más de su agrado como «simple vivaz» o cualquiera de similar carácter).

Pero volvamos por un momento a Tolstói porque siempre se vuelve a Tolstói cuando se trata de darle vueltas a esto de la muerte. Fan del barbudo como soy, no puedo evitarlo, me refugio en él cuando sufro una crisis existencial así, capaz de trasladarme a tan funesto tema de conversación. Porque si de no sucumbir a crisis existenciales se trata no hay nadie como las barbas del León para sujetarse. Perdón, decía que si juntas Tolstói más crisis existencial te aparece, rápido, una de sus obras maestras: La muerte de Ivan Ilich. No solo el título es ilustrativo, el texto lo es aún más. Dejemos que sea uno de sus párrafos el que lo demuestre:

El sencillo hecho de enterarse de la muerte de un allegado suscitaba en los presentes, como siempre ocurre, una sensación de complacencia, a saber: el muerto es él; no soy yo. Cada uno de ellos pensaba o sentía: pues sí, él ha muerto, pero yo estoy vivo.

(La muerte de Ivan Ilich)

Pues eso, que adoramos leer cosas de muertos porque así descubrimos que la vida sigue. A mí me gusta pensar también que algo trasciende cuando nos imaginamos muertos. Es decir, creemos que algo de lo que fuimos se queda flotando después de. Por tanto, al imaginar cómo la pálida dama acaba con nosotros, dos mecanismos saltan en nuestra mente: primero, aún no ha llegado el momento, jódete; y después, ¿qué quedará de mí cuando me haya largado? Es en este punto donde el poeta explota todo su potencial, pues debe recrear el ambiente que envuelve al cadáver y, además, hacernos creer que hay algo que trasciende a un hecho tan definitivo. Aquí permítanme abandonar la literatura rusa para viajar hasta la nuestra, la hispánica, mucho más necrofílica y aciaga. No puedo evitar acordarme de don Francisco de Quevedo y Villegas, el maestro de la recreación, cuando en uno de sus célebres sonetos nos lo dejó claro: 

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2 comentarios

  1. Pingback: Sonríe, soy la muerte – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. ¡Gracias!

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