Una de mis primeras crisis existenciales ocurrió el verano —tendría ocho años, puede que nueve— en que descubrí los Risketos. Eran unos cilindros anaranjados cubiertos por un polvo fluorescente que teñía los dedos, la lengua y, en mi caso, también el alma. Mientras mis amigas comían insípidos gusanitos o pelaban pipas como si no hubiera un mañana yo me entregaba a aquellos artefactos radiactivos con la devoción mística medieval. Cuando se acababan lamía mis dedos a escondidas con una agonía que entonces no sabía nombrar. No era hambre. El hambre se quita con cualquier cosa, con un plátano, con un vaso de Cola Cao. Aquello no. Aquello era deseo en estado puro. Mi madre creía que me gustaban. Yo creía que me gustaban. Tardé treinta años en comprender que alguien, en un despacho, había calculado con precisión ingenieril el instante exacto en que aquel naranja radioactivo me empujaría a abrir la siguiente bolsa.
Me he acordado de aquel polvo maligno que impregnaba las yemas de mis dedos leyendo La hamburguesa adictiva, la nueva novela con la que Martín Sacristán ha decidido llevarnos al futuro que ya es presente en alguna startup de nuestro entorno. En sus páginas la gente hace cola de noche, suda, tiembla, se araña los antebrazos y mataría por un bocado de una carne que produce, dicen, «mil orgasmos a la vez». No es una droga clásica. Es comida. Una hamburguesa de carne cultivada que una empresa llamada CoMeat —Compassive Meat— ha diseñado para que el cuerpo no pueda soltarla. Y mientras leía la descripción de esas colas de adicción recordaba a la niña de los dedos naranjas que desconocía que el deseo más íntimo que creía suyo lo había diseñado algún Dr. Doofenshmirtzen en un laboratorio lejano.
Las novelas que importan tienen esa cualidad de espejo temporal y te devuelven varias edades a la vez. Estaba la niña adicta al polvo de colores. Estaba la universitaria que un raro invierno leyó Liberación animal de Peter Singer y dejó la carne durante dos años exactos, hasta que unas chuletitas de cordero en Nochebuena pudieron más que su conciencia. Y estaba la mujer de cuarenta y tantos que hoy hace la compra en el mercado de su barrio y aparta la vista, con un gesto ya automático, de la cabeza de cabrito que cuelga en la parada de al lado. Sacristán le pone nombre a ese gesto. Lo llama, sin nombrarlo, la gran coartada: comer carne sin ver morir a nadie. Es lo que promete CoMeat al principio, cuando todavía es un sueño y no una pesadilla.
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