
No hay muchos especialistas —ni siquiera de literatura española— que conozcan el espléndido cuento que escribió J. L. B. sobre las conexiones entre la mística hebrea y El equipo A, esa serie deliciosamente arrinconada a las tardes de la primera cadena y a las sobremesas de Antena 3 por su factura cándida, sus argumentos repetitivos, que hasta los niños pueden seguir sin esfuerzo, su sentido moral de la justicia y una dosis justa de violencia incruenta aplicada más allá de la letra de la ley gracias a la cual el bien siempre consigue triunfar sobre las tinieblas.
Decía el maestro, buen conocedor del Talmud y de los mitos hebreos, que si bien era evidente que para una audiencia cristiana los cuatro protagonistas representaban a los cuatro evangelistas, no era menos obvio que sus caracteres se relacionaban, a fortiori, con los animales de la visión de Ezequiel. El profeta del Antiguo Testamento había contemplado cuatro seres, y cada uno tenía cara de hombre, de león, de buey y de águila (Ezequiel 1:10). Murdock, que pilotaba cualquier aparato con alas y al que la cordura abandonaba a conveniencia, era el águila, la criatura que asciende, el evangelista Juan, la mirada que prefiere las alturas, el hombre que escribió en un arrebato la alucinación del Apocalipsis. Aníbal, que dirigía con un puro entre los dientes y una melena cana de patriarca, ocupaba el lugar del león, que es Marcos, la fiera que ruge la estrategia antes de que nadie comprenda el plan. M. A., que temía volar y se aferraba a la tierra como quien teme que el cielo vaya a reclamarlo demasiado pronto, correspondía naturalmente al buey, animal de carga y de sacrificio, que es Lucas. Quedaba Fénix, cuyo apodo en inglés no admite duda, «Faceman», para la cara de hombre, que es Mateo: el rostro, la seducción, lo humano en su vanidad más reconocible.
El Zohar es el texto central de la cábala. Se trata de un comentario místico sobre la Torá compuesto en arameo y atribuido a Shimon bar Yojai, aunque la crítica lo sitúa en la España del siglo XIII, en torno a Moshé de León. Debió escribirse o en Guadalajara o en Ávila. En este libro se esboza la idea tradicional de que entre el Infinito, el Ein Sof, y el mundo material no hay un salto, sino un descenso por grados. La realidad se ordena en cuatro planos o mundos, cada uno menos sutil que el anterior, es decir, más material. El primero es Atsilut, la Emanación, donde la luz divina permanece sin separarse de su fuente. Le sigue Beriá, la Creación, ámbito del trono y de la pura inteligencia. Después viene Yetsirá, la Formación, reino de los ángeles y de las potencias que dan forma. Y por último Asiyá, la Acción, el mundo de lo hecho, que incluye la materia y a nosotros. Las cuatro letras del nombre sagrado de Dios, yod, he, vav, he, se reparten entre los cuatro mundos, haciendo que el descenso sea a la vez una pronunciación.
Así lo interpretó Gershom Scholem (1897-1982), la persona que convirtió el estudio de la cábala en una disciplina académica. Antes de él, la mística judía se trataba como una curiosidad marginal, casi una vergüenza para el judaísmo racionalista del siglo XIX. Scholem la situó en el centro de la historia religiosa judía y le dedicó su vida. Su obra es una descripción detallada de ese mecanismo del descenso desde el infinito y de las sefirot, y de él tomó J. L. B. casi todo lo que supo de la cábala.
Las sefirot son los diez canales por los que esa luz se vierte de un mundo al siguiente. Si el Zohar solo esboza los cuatro mundos, con las sefirot se extiende en la explicación. Estas no son dioses ni partes de Dios, sino atributos o modos de manifestarse. Es la manera en que lo oculto se vuelve legible. Son diez, y la tradición las ordena en el llamado «árbol de la vida» (de la película de Malick hablamos otro día). En lo alto está Kéter, la Corona, la voluntad primera. De ella brotan Jojmá, la sabiduría que llega como un destello, y Biná, el entendimiento que lo elabora. Bajan luego las emanaciones afectivas: Jésed, el amor que se expande, y Guevurá, el rigor que lo contiene; entre ambas, Tiféret, la belleza que las armoniza. Más abajo, Nétsaj y Hod, que son la persistencia y la entrega, y Yesod, el fundamento que recoge todo el flujo. Al pie del árbol, Maljut, el Reino, que es donde la emanación toca el mundo y donde habita la Shejiná, la Presencia.
Había un aspecto del viaje de El equipo A que el maestro juzgaba crucial. Los cuatro personajes eran fugitivos, condenados por un delito que no cometieron, errantes por una tierra que no era la suya. Eran, por tanto, en conjunto, la Shejiná en el exilio (el galut), los que vagan y obran mientras aguardan el indulto. Y aquí J. L. B., que en otro relato había dispuesto cuatro crímenes en los vértices de un rombo para deletrear el Nombre, se felicitaba del acierto de los guionistas. El indulto no llega nunca, y no puede llegar, porque concederlo terminaría la serie del mismo modo en que la venida del Mesías, la Parusía cristiana, dará fin a la historia humana. La redención debe quedar siempre para el siguiente episodio, como una posibilidad, en potencia. Eso, o la serie pierde su virtud salvífica.
La identificación de los personajes de El equipo A con los atributos de una de las emanaciones del Ser, con las sefirot, tampoco ofrece dificultad. Basta atender al detalle para vestir fácilmente a los cuatro personajes. A M. A., cuyo apodo español abreviaba la Mala Actitud, le correspondía Binah, el entendimiento, la razón. A Fénix, claramente, la belleza, Tiféret, centro del árbol y esfera que dota al conjunto guarde armonía. A Murdock, la intuición que llega como un relámpago, aullando, esa sabiduría salvaje que el vulgo confunde con la locura, Jojmá. Y a Aníbal, que profesaba aquel célebre amor por los planes que salen bien, la Corona, Kéter, voluntad primera de la que todo lo demás se deriva como un teorema de su axioma. El simbolismo no se agota aquí. Hay muchas veces, en la serie, en que los protagonistas se disfrazan, representando así los roles de las esferas del centro: Jésed, Guevurá, Nétsaj y Hod, trasuntos de Fénix, M.A., Murdock y Aníbal, respectivamente.
Hay una emanación clave que la serie, tan sabia en simbolismo como Ulises rico en ardides, no encarnó en ningún actor. Maljut, el Reino, la Shejiná que mora entre nosotros, la décima y la más baja, aquella que roza la materia. El maestro resolvió la pieza que le faltaba al puzle observando que era la furgoneta negra la que cumplía la función doble del conjunto de los hombres y de lo material. Era el carro de la visión, una merkavá que los cuatro seres arrastran por el desierto de Los Ángeles, ese trasunto de Palestina. Era la Presencia descendida hasta el metal y el neumático, hacia la materia, y que llevaba la justicia a donde hiciera falta.
J. L. B. reparaba en otro detalle, algo de lo que niños se daban cuenta enseguida. En la serie se disparan miles de balas, vuelcan automóviles, estallan cobertizos y, sin embargo, nunca muere nadie. El vate vio en ello una doctrina y no una limitación del presupuesto ni un intento de mantener la calificación para todas las edades. El mundo que reparan los cuatro veteranos es un mundo donde el mal se vence sin aniquilarlo, donde los comercios destrozados por los malos se reponen al final del capítulo y las balas dispersas desaparecen sin que nada haya perecido. Lo llamó, con palabra que los cabalistas reservan para fines más serios, tikún: la reparación. El equipo A no mata. No destruye, sino que restaura el mundo. Esto tiene una enorme profundidad teológica que algún otro exégeta o heresiarca podrá aprovechar.
Hay lecturas alternativas de la serie desde otros supuestos culturales. En la que he esbozado hay mucho más material, que dejo para un libro. Añadir tan solo que la sabiduría de los programadores televisivos españoles pudo no ser infinita, porque eso es un atributo divino, pero rozó lo ilimitado cuando decidieron aterrizar todo este entramado teológico en horario infantil. Superaron así al ejecutivo de la serie, Brandon Tartikoff, naturalmente judío, y más conocido por series como Seinfeld (de la que bromeaba que era una serie «demasiado judía»). En España, de nada hubiera servido colocar la serie en un hueco de la parrilla de los domingos, tras —o en sustitución de— la misa. Se hubiera predicado a los ya convencidos, una forma poco eficaz de enseñar. En las tardes o sobremesas de un día cualquiera, en cambio, la doctrina alcanzaba a los niños, esos catecúmenos catódicos de los ochenta y noventa, que la absorbían sin pensar, igual que se aprende una lengua materna mucho antes de saber que existen las lenguas.
Así ha viajado el Zohar durante décadas desde Guadalajara o Ávila, de boca en boca, de reposición en reposición y sin necesidad de notas pedantescas a pie de página, hacia quien estuviera dispuesto a escuchar. J. L. B., en su línea narrativa, cerraba ese cuento inédito que atesoro en mis archivos con una modestia que no era del todo falsa: «Acaso —escribió— los cuatro evangelistas, los cuatro seres de Ezequiel, las cuatro letras del Nombre y los cuatro hombres que vagan por el mundo terrenal en la furgoneta no sean cuatro cosas distintas, sino una sola repetida, que cada época pronuncia con el alfabeto que tiene a mano». A la nuestra le tocó usar la televisión.






