Hebras y nodos

Por qué buscamos síntomas en Google a las 2 de la mañana y qué dice eso de cómo hemos cambiado la relación con los médicos

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Son las dos de la madrugada y el pulgar se mueve solo. Un dolor en el costado, una mancha que ayer no estaba, un latido que de pronto parece audible. El cuerpo, que durante el día se comporta con la discreción de un buen empleado, elige la noche para mandar señales que nadie ha pedido. En lugar de despertar a alguien o esperar a la mañana, abrimos el buscador y escribimos los síntomas con la torpeza de quien confiesa algo. La pantalla se enciende como una capilla y empieza el oficio. Tecleamos en voz baja, sin testigos, con esa mezcla de pudor y urgencia que solo aparece cuando uno cree que su cuerpo se ha rebelado.

Sería fácil despachar el gesto como hipocondría y volver a dormir. La búsqueda nocturna dice algo más fino sobre nosotros. Habla de una ansiedad que no encuentra horario, de una soledad a deshoras que ya no llama por teléfono, y sobre todo de un cambio profundo en la manera de relacionarnos con la autoridad médica. Durante generaciones, el cuerpo enfermo tenía una sola voz de referencia —el médico de toda la vida, que conocía a la familia entera y firmaba recetas con una caligrafía heredada—. Aquella figura no solo diagnosticaba, también administraba el miedo. Sabía cuándo restar importancia a un susto y cuándo poner cara seria, y esa dosificación del temor era, en el fondo, la mitad de la cura. Su sucesor doméstico era el prospecto leído a contraluz, con su letanía de efectos adversos en cuerpo diminuto, o aquella enciclopedia médica de tapa dura que en casi todos los hogares ocupaba un estante entre el diccionario y el atlas, consultada siempre con cierto temblor.

Hoy esa cadena de mediaciones se ha disuelto en un único campo de texto. Donde antes había un consultorio, un horario y una persona, ahora hay un buscador infinito que nunca cierra, el «Dr. Google» que atiende a cualquier hora, foros donde desconocidos narran su propio miedo con un detallismo de confesionario y modelos de inteligencia artificial capaces de responder con una seguridad que ningún facultativo prudente se permitiría. La paradoja resulta cruel. Nunca tuvimos tanta información médica al alcance del pulgar y nunca estuvimos tan desorientados ante ella, porque información no es lo mismo que criterio, y el criterio era precisamente lo que aportaba aquella voz humana que sabía mirarte a los ojos antes de hablar.

Susan Sontag advirtió en La enfermedad y sus metáforas que enfermar es también entrar en un relato, asumir un papel dentro de una historia cargada de significados que poco tienen que ver con la biología. El relato que nos ofrece la madrugada digital es vertiginoso, lleno de hipótesis extremas y palabras que no sabíamos temer. Una jaqueca se convierte en tres pestañas abiertas que escalan hacia lo irreparable, y el buscador, que funciona por asociación y no por prudencia, premia siempre lo más alarmante porque es lo que más se lee y lo que más se enlaza. Ivan Illich ya denunciaba en los años setenta una medicina que generaba su propia demanda de enfermedad. Costaba imaginar entonces que el síntoma de esa deriva acabaría siendo un ciudadano insomne autodiagnosticándose un mal raro con la ayuda involuntaria de un algoritmo publicitario.

Lo interesante es que en esas búsquedas no perseguimos en realidad un diagnóstico. Perseguimos una voz. Buscamos a alguien que nos diga que no pasa nada, que esto ya le ocurrió a otros, que mañana seguiremos aquí. Pedimos certeza y consuelo, y el algoritmo, que no duerme ni se compromete, nos devuelve una lista de probabilidades sin mano que apretar. La diferencia entre un médico y un buscador no está en la cantidad de datos, sino en la presencia. El primero responde a una persona concreta, con su historia y su tono de piel esa tarde. El segundo responde a una cadena de palabras clave que podría haber escrito cualquiera, en cualquier lugar, por cualquier motivo. Confundir ambas cosas a las dos de la madrugada es comprensible, casi inevitable, y de esa confusión nace buena parte de nuestro malestar contemporáneo con la salud.

La tecnología no tiene por qué quedarse en ese lugar. Bien orientada, puede reordenar la relación en vez de erosionarla, devolviendo al otro lado de la pantalla a un profesional de verdad. La misma conexión que de madrugada nos arrastra hacia el foro más sombrío puede servir para alcanzar a quien sí sabe interpretar lo que sentimos. La orientación médica digital y la videoconsulta —un seguro médico con videoconsulta como el que propone Sanitas con BLUA— convierten esa madrugada en algo más parecido a una conversación que a un oráculo. No se trata de apagar el ingenio, sino de poner al final del cable a alguien que escucha, pregunta y matiza, que distingue lo urgente de lo aplazable y devuelve al miedo su tamaño real. La pantalla sigue siendo la misma. Cambia quién aparece en ella.

Y como muchas de esas búsquedas nacen de la ansiedad más que de una dolencia física, conviene reconocer que el insomne que teclea síntomas a deshoras pocas veces tiene el cuerpo enfermo. Tiene la cabeza encendida. Contar con ayuda profesional en salud mental atiende justamente a quien busca a las dos para calmar algo que poco tiene que ver con el costado, ese desasosiego difuso que se disfraza de palpitación o de mareo porque le resulta más fácil nombrar un órgano que una emoción. El cuerpo, en esos casos, hace de portavoz de una inquietud que no encuentra otras palabras.

Quizá el futuro no consista en apagar el buscador, sino en que al otro lado vuelva a haber alguien que escuche. Que el gesto de teclear síntomas en la oscuridad, tan íntimo y tan nuestro, deje de terminar en una lista de enfermedades y empiece a terminar en una respuesta. Una voz humana, serena, que nos recuerde lo que aquel médico de la infancia sabía sin necesidad de pantallas: que casi siempre no pasa nada, y que preguntar no es una debilidad sino el primer gesto de quien quiere cuidarse.

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7 comentarios

  1. Los doctores y doctoras también han cambiado su relación con pacientes de todos los sexos. Qué fue antes, etc. ?Parece obvio.

  2. «Aquel médico de la infancia». No existe. Hay una persona malhumorada, agotada, frecuentemente enferma (de baja) que te despacha velozmente, no te hace mucho caso, ni te mira, no te ausculta , no te toca y grita a los cinco minutos: «¡SIGUIENTE!».
    Una facultativa en Lanzarote le dijo a un familiar, que le pidió que le tomara la temperatura: «pues cómprese un termómetro». Un traumatólogo, al que acudí por problemas articulares, que corriera una maratón diaria a mi trabajo, distante unos 10 km. de casa. A otro paciente le dijo que «se tirara por la ventana», como quedó reflejado en el Hospital y luego en la prensa local.
    Las mejores experiencias con médicos de familia han sido con extranjeros de Cuba o R. Dominicana. Tal vez no puedan hacer mucho porque los especialistas escasean y hay largas listas de espera, pero ellos sí escuchan, están acostumbrados a otra escuela, a otra sociedad, menos áspera y más humana que la que estamos observando en España.
    Por cierto, si la medicina privada es una verdadera estafa en la mayor parte de los casos, la pública, agotada por el Covid y la mala gestión de la derecha autonómica, agoniza.

    • En relación a lo que expone al final, la prueba está en lo bien que funciona la publica en Asturias, o lo bien que estaba en Andalucía o Extremadura durante décadas hasta que gobernó la derecha.

      • Ja. Ja. Ja. Léase como carcajada irónica.
        La atención primaria funciona como el culo. Igual que en los demás sitios. Más que nada porque el COVID fue la coartada perfecta para dedicarse la atención telefónica que viene a ser como la cartomancia.
        Y es verdad. Mi relación con el médico (de cabecera se entiende) ha cambiado. Pero empezaron ellos.

      • Rojo rojísimo

        El PSOE, como toda la socialdemocracia europea, les compró a los ordoliberales, hace muchas décadas, su liberalismo economico. Creo que fueron los alemanes, tan pragmáticos, en su programa de Bad Godesberg en el 59. Ése fue el Suresnes alemán.

        Es verdad que al principio era a cambio de un estado del bienestar para todos, que luego, por arte de birlibirloque, varió a sillones en consejos de administración, lo que a los dueños del capital les salen, por supuesto, más barato y seguro.

        Pero hay diferencias, el PSOE va como de tapadillo, como que no le queda más remedio, y el PP (y Vox en cuanto ocupa sillón) van sin complejos y con orgullo de clase (de clase capitalista, por supuesto, que son los que más conciencia de clase tienen).

  3. Blanca Rosa

    Creo que lo que la gente busca en Google es tener más información en general que la que tenían nuestros abuelos. A los médicos en general, les interesa mucho que el pueblo esté desinformado, en esto son como los políticos, los curas y los mecánicos de automóviles. Ya sé que en la red abundan los fantasmas que solo quieren liarla en beneficio propio pero ¿es que acaso cuando vamos a un doctor o doctora, sabemos a ciencia cierta que ese profesional es una eminencia en lo suyo o más bien un tuercebotas que se sacó el título en una tómbola? Hay que desengañarse… Esos profesionales, en un tanto por ciento muy elevado, no están desviviéndose por sus pacientes sino por seguir manteniendo un estatus monetario que les permita llevar la vida que siempre han creído merecer. Así que cuando les digan que «En Internet se dicen muchas tonterías y no hay que hacer caso», les contestan que les pagarán si les curan a ustedes, como creo que hacían los doctores chinos en tiempos muy pasados.

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