Desde que soy pequeño he recibido órdenes en mi cabeza. Las había sencillas como no pisar las líneas que separan las baldosas a otras más complicadas como no respirar mientras voy andando hasta superar un objeto que a veces está lejos y a veces muy lejos. En mi adolescencia supuso un entrenamiento para mi ingenio porque cuando los amigos me preguntaban qué estaba haciendo tenía que pensar rápido una respuesta coherente sin dejar de hacer la prueba que me había autoimpuesto. Me sentía un chico raro aunque tampoco me preocupaba demasiado. La revelación llegó con Ender el xenocida, la alucinante novela de ciencia ficción de Orson Scott Card, tercer volumen de la saga. En el libro, Han Qing-jao también libraba su batalla privada siguiendo una y otra vez las vetas de la madera, arrodillada e incapaz de parar, porque padecía, bingo, un trastorno obsesivo compulsivo. No estaba solo.
Aquel personaje de ficción, que seguía las vetas de la madera del suelo y se lavaba las manos sin tregua para acatar una gramática secreta que solo ella entendía, me devolvió una imagen de mí mismo que hasta entonces había vivido sin nombre. La literatura hace eso. Nos entrega un espejo en el momento más inesperado y, de golpe, la rareza deja de ser un defecto privado para convertirse en un territorio compartido, un lugar que otros cartografiaron antes de que nosotros llegáramos. Pensé mucho en aquella revelación adolescente mientras leía Cartografías de la mente, el ensayo a cuatro manos que Clara Peñalver y Javier S. Burgos han publicado en Binomio Editorial, un libro dedicado precisamente a recorrer la delgada línea entre la locura y la creatividad y que lleva, no por casualidad, un «I» que promete continuación.
Lo primero que sorprende es su arquitectura. Peñalver y Burgos no firman capítulos consecutivos sino alternos, y esa alternancia funciona como el latido de dos corazones que se buscan. Ella escribe desde dentro. Convive con un trastorno disociativo, con lo que llama su bruma, esos límites corporales difusos donde los objetos se deshacen en la atmósfera y las voces ajenas suenan como ecos de un sueño. Él escribe desde el oficio del que acompaña y trata de comprender, neurocientífico dedicado durante casi tres décadas al alzhéimer, un hombre que confiesa su síndrome del impostor y desmonta con elegancia el mito del científico neutral e invencible. Ella reivindica su propio discurso frente al estigma. Él descubre, según avanza, que la ciencia aséptica con la que pensaba blindar el texto se le deshace en cuanto empieza a doler.
De ese cruce nacen algunas de las páginas más memorables que he leído este año. Peñalver rescata a Henry Darger, el conserje de Chicago que hablaba solo en su cuarto y que a su muerte dejó una novela ilustrada de más de quince mil páginas, y se pregunta cómo un único cerebro puede soportar semejante torrente. Burgos le responde desde la biología, explicando cómo un niño que se refugia en los libros reorganiza el dolor mientras su hipocampo conversa con su corteza prefrontal, y concluye que esos reinos de lo irreal no son anomalías sino posibilidades protectoras del cerebro humano. En otro capítulo describe minuto a minuto la experiencia dentro de una cámara anecoica, el lugar más silencioso de la Tierra, donde el ser humano privado de referencias sonoras acaba escuchando cómo se desliza su propia sangre y, poco después, alucinando. El silencio absoluto resulta tan insostenible como las voces, y esa simetría vertebra buena parte del volumen.
Porque las voces están en el corazón del asunto. Peñalver dedica un capítulo espléndido a Eleanor Longden y al Movimiento de Escuchadores de Voces que fundaron los psiquiatras Marius Romme y Sandra Escher, quienes se atrevieron a plantear que las voces de muchos pacientes no eran un síntoma que extirpar sino una estrategia de supervivencia nacida del trauma. Longden fue diagnosticada, medicada y eliminada, según sus propias palabras, hasta que aprendió a convivir con lo que oía en lugar de combatirlo. Frente al viejo manicomio de muros altos, hoy invisible y levantado a base de miradas que señalan, el libro propone otra cosa: escuchar antes que encerrar.
El texto también se sostiene sobre datos, y los hay bien contados. Peñalver recupera la investigación del sueco Simon Kyaga, que estudió a más de un millón de pacientes para comprobar si las profesiones creativas son más propensas al trastorno mental, y el hallazgo corta la respiración. Los escritores presentan más del doble de probabilidades de sufrir esquizofrenia o trastorno bipolar que el resto de la población, y caen en el suicidio con una frecuencia pasmosa. El mito del genio melancólico, que Aristóteles ya sembró en su Problema XXX y que viajó por Cicerón, Séneca y Montaigne hasta hoy, encuentra al fin una base empírica que no celebra ni romantiza nada. Duele leerlo con la lista de nombres delante, de Hölderlin a Alejandra Pizarnik, de Virginia Woolf a David Foster Wallace.
Junto a la ciencia late la historia. Burgos narra la escena fundacional del Pare Jofré, el fraile valenciano que en 1409, tras defender a un enfermo mental al que una turba apedreaba, impulsó con once donantes anónimos el que se considera el primer hospital psiquiátrico del mundo, todavía en pie seis siglos después. Peñalver encuentra en el Archivo de Granada la carta real de un violinista recluido en 1792 en el Hospital Real, una súplica que jamás llegó a su destinatario y que quedó traspapelada entre las hojas de un libro sobre sífilis. Ese gesto —esconder una vida entera entre las páginas de otro asunto— le sirve para definir lo que la sociedad ha hecho siempre con la locura: mirar hacia otro lado.
El título se explica en el penúltimo capítulo, cuando Burgos compara a los neurocientíficos con los cartógrafos medievales que inferían continentes a partir de suposiciones y sellaban los territorios ignotos con dibujos de dragones. Seguimos haciendo lo mismo, admite, trazando el mapa de la enfermedad mental con más conjeturas que certezas, expandiendo lo que sabemos de un paciente a otro como quien alarga a ojo una línea de costa. La única salida honesta consiste en hablar con los viajeros que han recorrido esos territorios y aprender de su testimonio aunque hablen otra lengua. Dos siglos antes, el doctor Georget había intuido algo parecido al pedirle al pintor Géricault que retratara a sus enfermos de monomanía, uniendo psiquiatría y arte en uno de los experimentos más hermosos de la historia. Ciencia y humanidades como dos aproximaciones igualmente válidas para entendernos.
Cierro el libro y regreso al niño que contenía la respiración hasta rebasar un coche lejano. Aquel chaval no sabía que su pequeña gramática secreta lo emparentaba con una tradición larguísima de mentes que ordenan el caos a su manera, ni que un día encontraría en una novela de ciencia ficción la prueba de que no estaba solo. Cartografías de la mente hace por muchos lectores lo que Ender hizo por mí. Dibuja un mapa donde antes había un vacío, coloca nombres donde solo cabía el miedo y demuestra que la frontera entre crear y enloquecer es tan delgada, y está tan poblada, que quizá lo verdaderamente raro sea creerse a salvo del otro lado.






