La perfección de un monstruo: sobre la vida salvaje de Henry Darger

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Fotografía: CC.

El doctor Stephen Prokopoff fue una persona real, aunque sobre él ya no se sepan más que un par de datos. Su apellido hoy en día solo lo comparten unas diecinueve personas en todo el mundo: ocho en Estados Unidos y el resto repartidas entre Ucrania y Bielorrusia, de donde seguramente es originario. Yo me refiero a un psiquiatra que trabajó en un asilo para niños con problemas mentales en Lincoln (Illinois) a comienzos del siglo XX. No habría reparado en él si no hubiese sido quien emitió un diagnóstico sobre Henry Darger cuando ingresaron a este último en la institución, con ocho años, poco después de que su madre hubiera muerto dando a luz a una hermana a la que Henry jamás llegó a conocer, y también poco después de que su padre fuese admitido en un hospital católico para dejarlo morir allí con dignidad. Si ahora recuerdo a aquel doctor no es por haber vivido una existencia completa, por haber sido bueno o malo, sino tan solo por haber escrito en un informe médico que «el joven Henry Darger tiene el corazón en el sitio equivocado». 

A Henry Darger no hace falta que lo presente. Su muerte nos invita a ser detectives desde principios de junio de 1973, cuando su casero entró en el apartamento que había ocupado durante cuarenta y tres años, en el segundo piso del 851 de Webster Avenue en Chicago. Yo viví muy cerca entre 2000 y 2002, e iba allí en mis días libres. Me quedaba media hora frente al edificio, mirando hacia las ventanas del segundo piso y preguntándome cuáles serían las de su apartamento. Luego seguía mi camino, siempre en dirección a cualquier parte, pendiente de los detalles más minúsculos y triviales, como si huyese de mis pensamientos. Un día me fijé durante un buen rato en la extraña trayectoria de un rayo de luz emboscado en las ramas de un árbol. Otro día me llamó la atención el laborioso trabajo de un grupo de hormigas ensanchando la abertura de su hormiguero para poder introducir en él algo que las excedía en tamaño y peso, y que me pareció incomestible.

Había entrado en contacto con la obra de Darger en 1996, al ver una exposición antológica en la Colección de Art Brut de Lausana (Suiza), donde solo se exhiben obras de locos, asesinos, delincuentes o solitarios. De aquella exposición, titulada En los reinos de lo irreal, me llamó la atención una acuarela de entre las más de mil que se encontraron en su apartamento y con las cuales él fue ilustrando una novela de quince mil páginas, The Story of the Vivian Girls, sobre una guerra que libran niños y adultos. Me impactó no tanto por su técnica como por su capacidad para armonizar barbarie e inocencia. Mostraba a varios niños ensartados en las bayonetas de soldados de un ejército adulto, mientras estos últimos eran a su vez apuñalados en las piernas y hasta donde alcanzaban los brazos de pequeños hermafroditas desnudos, con rasgos de niñas de cintura para arriba y de cintura para abajo con genitales masculinos. Era una bacanal de sangre donde nada parecía doler demasiado. Unos y otros morían sin trámites. La sangre manaba de las heridas, pero nadie se quejaba, no había dolor en las expresiones, como si la mente que había dado vida a la imagen estuviese anestesiada ante su propio horror. El rojo convivía de manera natural con el resto de los colores de la composición. Todo eran trazos y pinceladas carentes de dramatismo. Quizás ese fuera el efecto buscado: convertir aquel campo de batalla en una guerra incesante, extendiéndose como los tentáculos de un pulpo y esperando el momento propicio para conectarse con algo que le proporcionase el hilo de una narración.  

Compré el catálogo de la exposición y me fui con él al círculo polar ártico, donde el hielo no consiguió borrar con sus enormes dimensiones el carácter repentino de mi encuentro con Darger, que nació en el 350 de 24th Street en Chicago, el 12 de abril de 1892. De no ser porque él mismo escribió una autobiografía de varios miles de páginas, no sabríamos que de pequeño peleaba con otros chicos frecuentemente y que incluso a las chicas les arrojaba puñados de ceniza o bolas de nieve cuando se le acercaban para burlarse de él. Eso quiere decir que aún no era el recluso a quien luego conocimos, sino alguien quizás deseoso de entablar relaciones pero incapaz de conseguirlo. 

Su padre le enseñó a leer antes de ir a la escuela, donde los profesores le colocaron en tercero en lugar de primero porque escribía con soltura y tenía más conocimientos que cualquier otro chico de su edad. A los ocho años, sin embargo, su padre enfermó y ya no se pudo hacer cargo de él. Cuando lo ingresaron en un orfanato, sus compañeros se convirtieron en el coro de voces que lo definió como un chiflado a partir de entonces. Hubo más peleas, resistencia, pero al final del camino a Darger le aguardaba la introversión, charlas consigo mismo y seguramente muchas horas mirando hacia la nada, distanciándose poco a poco del resto de los mortales y quizás también de la persona que había sido hasta entonces. 

Ni siquiera había cumplido trece años cuando, con la complicidad de su padre y a petición de uno de sus profesores, lo enviaron a una institución mental en Lincoln, al parecer porque se masturbaba demasiado. Él definió aquella institución como una pajarera para jovencitos, donde —si no estabas loco todavía— te volvían loco la violencia de los demás internos, la de los celadores, la de los enfermeros y la de los médicos, casi todos ellos abusadores consumados y algunos potenciales asesinos. Te insultaban, te golpeaban y te violaban, o tú mismo devolvías el saludo. Darger intentó huir varias veces a partir de la muerte de su padre en 1908, fugas frustradas porque la policía lo atrapaba antes de haber dado la vuelta a la esquina, y a veces por culpa del hambre o el frío en los meses de invierno. 

Consiguió escapar finalmente, aún en pie aunque ya no del todo vivo. Fue a la casa de su madrina, en Chicago, para acabar haciendo chapuzas en el hospital St. Joseph. Luego hubo diferentes empleos. Casas. Relaciones menguantes. Misas tres veces al día. Los saltos entre una cosa y otra resultan inexplicables a no ser que los convirtamos en los engranajes de una de esas complicadas máquinas diseñadas por Rube Goldberg o el profesor Franz de Copenhague sin otro propósito que hacer más fácil una nadería. Se sabe, por ejemplo, que hacia 1910 ya había comenzado a escribir las quince mil páginas de su novela The Story of the Vivian Girls, a la que más tarde le añadió una secuela de nueve mil páginas. Primero las escribió a mano y a continuación a máquina, con el propósito de encuadernarlas él mismo, cosa que solo consiguió con la mitad de la novela original, apretujada en siete volúmenes sobre los cuales apiló ocho carpetas, cada una custodiando casi mil páginas además de un buen número de acuarelas y collages para ilustrarlas. Las acuarelas y collages comenzaron siendo de pequeño formato, pero algunos de la segunda parte tenían más de tres metros de largo y se encontraron plegados como acordeones entre sus páginas. Al lado de las novelas estaba su voluminosa autobiografía, y al lado de esta última un diario meteorológico también de generosa extensión, y al lado de este último varios álbumes con recortes de periódicos y revistas, y al lado de estos últimos cajas y cajas llenas de toda suerte de colecciones: gafas, gomas de borrar, lápices, bolígrafos, llaves… 

Llegó un momento en que la vida de Henry Darger dejó de ser una vida cualquiera y pasó a ser un proceso creativo. Fuera del tiempo que les dedicase a sus precarios empleos y a las misas, el resto consistía en escribir y pintar, almacenando a la vez material para continuar con él sus propósitos, hasta que sacrificó su cama porque no había suficiente espacio y porque, seguramente, enredado en sus interminables proyectos, dormir se convirtió en una actividad secundaria e incluso prescindible. Debía de tener la imaginación revolucionada, tanto que se olvidaba de su higiene personal, de cambiarse de ropa, y quién sabe si muy a menudo no se olvidaba hasta de comer. 

Sus revistas y periódicos indican que a partir de cierto momento ya ni siquiera leía, aunque en el pasado lo hubiese hecho a diario, devorando libros sobre la guerra de secesión y novelas. No escuchaba la radio ni veía la televisión; no se sabe que alguna vez hubiera ido al cine. Tampoco hablaba mucho, cada vez menos, aunque sus vecinos y caseros escuchaban voces provenientes de su apartamento. Voces, no una voz. Fantasmas o el ventrílocuo dando vida a sus múltiples criaturas. Henry ya no era Henry. O, mejor, Henry ya no era solo Henry. O, mejor aún, Henry estaba dando forma a un mundo mientras ese mundo le estaba dando forma a él. Era un acto de creación, pero también de resurrección. 

Las novelas de Henry Darger, pese al creciente interés por su obra y su persona, no han sido publicadas porque seguramente su valor global, pese al tamaño babélico, es bastante discutible y porque es suficiente con conocer su existencia y sus dimensiones. Nadie las ha analizado por extenso, de la misma manera que nadie ha analizado sus pertenencias, a no ser para inventariarlas. Su apartamento, de hecho, fue trasladado con celo minucioso al Intuit Museum de Chicago, donde solo se almacenan obras de arte amateur y marginal, y donde hoy en día puede observarse una versión bastante aproximada a su laboratorio creativo.  

Es posible que cuanto Henry Darger hizo no suponga un gran avance ni para la humanidad ni para la historia del arte; aun así, resultó un gran paso para el hombre, para él, que encontró un propósito a su vida aunque mucha gente creyese que solo era un loco. Su legado nos llega encriptado, convertido en un misterio que no podemos desvelar si deseamos seguir llamándolo misterio.

Fiándonos de las fechas escritas por él mismo en sus manuscritos y dibujos, Henry Darger fue antes un escritor que un pintor. La pintura se convirtió en una de sus actividades principales cuando había cumplido más de veinte años y pese a sus escasas dotes para ella. Fue, en ese sentido, vanguardista sin tener idea sobre las vanguardias. Hizo cientos de collages inspirándose en recortables y libros para colorear, además de tiras cómicas y anuncios publicitarios. Incluso sus acuarelas, dibujos a lápiz y carboncillos los realizaba siguiendo la silueta de figuras que previamente había recortado, de ahí la desproporción entre unas y otras.

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Fotografía: CC.

Entre sus pertenencias nunca se encontró una fotografía de Elsie Paroubek y tampoco referencias a ella en ninguno de sus voluminosos manuscritos. La niña de origen checo, cuyo apellido hoy ya casi se ha extinguido, vivió en Chicago a principios del siglo XX. Nació en 1906 y el 8 de abril de 1911 desapareció, camino de casa de su tía. Su caso, que puso en vilo a todo Estados Unidos, es un laberinto lleno de inexactitudes y sospechosos. A Elsie, por ejemplo, los periódicos la llamaban Mary o Emily, igual que a su padre lo llamaban Peter o John aunque su nombre fuese František. Tampoco su apellido aparecía como es debido y en las portadas de la época lo deletreaban Parobek. En cuanto a la lista de sospechosos, primero se acusó a gitanos romanís, metiendo en el mismo saco a polacos, rusos, húngaros, italianos y cualquier persona de cualquier nacionalidad exótica que viviese en algún poblado de chabolas en las afueras de Chicago. Se ofrecieron recompensas crecientes, se siguieron pistas descabelladas (como las proporcionadas por una médium que aseguró que la niña estaba Winsonsin), se la rescató de sus supuestos secuestradores en varias ocasiones pero sus padres no reconocían a ninguna de las niñas liberadas, se persiguió a posibles culpables de su muerte y ninguno se dejó capturar (aunque uno en su huida fue arrollado por un tren), se excavaron hoyos por su vecindario, se utilizó la técnica Hannibal Lecter cuando la policía consultó a criminales encarcelados, se hicieron redadas en burdeles y tabernas, se interrogó de manera brutal a mendigos y gente de apariencia asalvajada, se rezaron rosarios, se ofrecieron misas, se formaron grupos de búsqueda en los que la mayoría de los participantes eran niños de escuelas del barrio de Elsie… Y nada condujo a ningún sitio hasta que unos pescadores, un mes después de la desaparición, comenzaron a apedrear lo que en principio creyeron que era un animal muerto flotando en las aguas de un canal y que luego acabó siendo el cadáver de la pequeña. No hubo un informe forense sino varios, con conclusiones distintas. Un experto dijo que se había ahogado, otro que la habían estrangulado antes de tirarla al canal, otro que la habían violado, otro que llevaba muerta desde su desaparición, otro que menos… Todo el mundo parecía tener algo que decir, sin que nadie dijese nada concluyente. La policía, sin embargo, optó por considerar el asunto como un caso de asesinato y durante un tiempo siguió con sus investigaciones, sin llegar a ningún sitio.

Cuento estos detalles sobre el caso porque Henry Darger se ha convertido recientemente en el máximo sospechoso del asesinato de Elsie Paroubek, al menos según uno de los expertos en arte que se han interesado por su obra y que escribió una monografía haciendo suposiciones como que era un asesino en serie reprimido, que había matado a la niña y después pasó su vida expiando el crimen a través de su obra… 

Darger, en efecto, tenía una foto que le robó un compañero de habitación mientras vivió en el hospital St. Jospeph’s, una foto que había recortado del periódico Daily Mail y que pudo haber sido la de Elsie, aunque eso no demostraría nada, o pudo haber sido la de cualquier otra niña que —de pronto y por una razón incomprensible— le recordó a la hermana que no llegó a conocer. Fuera quien fuese, hizo un altar para aquella foto robada, que pidió a Dios que se le devolviese y que jamás recuperó. En The Story of the Vivian Girls también hay una foto robada, por la que se declara la guerra entre los pequeños hermafroditas y los adultos. Cabe dentro de lo posible que, en el fondo, la obra de Darger gire en torno a esa imagen ausente, que no representaría a nadie en concreto pero que invocaría a todos los niños muertos, desaparecidos o heridos a lo largo de la historia, en estado de guerra total contra «los verdugos, las ordenanzas, las autoridades llamadas de ocupación, la prisión preventiva, la historia, el tiempo y todo lo que nos ensucia y destruye», como escribió Patrick Modiano al final de Dora Bruder.

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