Tecnología

Cambridge Analytica, la empresa que enseñó a manipular democracias

black mirror cTMdXv
Imagen promocional, Black Mirror, 2011

Hoy en día ya no nos sorprende que una crisis humanitaria como la que se ha producido en Ceuta se haya configurado a través de una estrategia de guerra híbrida: movimientos migratorios masivos, campañas de desinformación en redes sociales y la instrumentalización de la desesperación humana como arma de presión geopolítica. Quizás hayan cambiado las herramientas (Facebook promoció y difundió los mensajes de odio durante el genocidio rohingya en Myanmar en 2017; y en 2026 Facebook, Whatsapp y TikTok han viralizado la desinformación para saltar hacia la ciudad autónoma española) pero el núcleo de las plataformas sociales sigue estando en el centro. 

Si hace diez años de la campaña electoral que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca, hace diez años de la oscura manipulación proyectada a través de una empresa que cierto tiempo después se hizo muy popular. Esta empresa nacida en 2013 y que personifica la estrategia de manipulación electoral más grande para desestabilizar las democracias de medio mundo a través de los datos. La empresa en cuestión se llamaba Cambridge Analytica y señaló el camino. 

En 2016 era una empresa prácticamente desconocida fuera de los círculos de consultoría política estadounidense. Se hablaba de ella en algunos medios especializados porque trabajaba para Ted Cruz y posteriormente para Donald Trump, pero el gran público no supo quién era hasta marzo de 2018, cuando The Observer, The Guardian y The New York Times publicaron las investigaciones basadas en las revelaciones del exarquitecto técnico Christopher Wylie y Channel 4 emitió un reportaje encubierto con el CEO de la empresa. 

Durante una investigación encubierta de Channel 4 News en un hotel de Londres, Alexander Nix pronunció ante una cámara oculta la frase que acabaría definiendo el actual siglo: «Suena como algo espantoso de decir, pero estas cosas no necesitan ser ciertas mientras se crean». Era 2017 y el entonces consejero delegado de Cambridge Analytica se la dijo a un periodista infiltrado que se hacía pasar por un cliente que buscaba amañar las elecciones de Sri Lanka. Entre copas y de forma distendida, Nix detalló una panoplia de guerra sucia que incluía chantajes con modelos y sobornos en vídeo, antes de restar cualquier valor a la verdad factual en las campañas contemporáneas.

Sin embargo, la verdadera revolución de Cambridge Analytica no residía en las trampas de hotel, sino en el algoritmo: su gran innovación no fue resucitar el chantaje tradicional, sino convertir la ciencia del comportamiento, la minería de datos masiva y el perfilado psicográfico en una maquinaria industrial de persuasión invisible a través de las redes sociales. 

Cambridge Analytica fue la empresa madre de todos los palantíris que han venido después. Cambridge Analytica fue la matriz metodológica y el «paciente cero» de toda la industria actual del Big Data político y militar. La firma de Alexander Nix demostró por primera vez que las operaciones de guerra psicológica podían empaquetarse como un lucrativo servicio corporativo B2B, convirtiendo el perfilado psicográfico y los disparadores emocionales del votante en una mercancía. Mientras Cambridge Analytica actuó como el prototipo salvaje y mediático que terminó muriendo por su propia soberbia, los gigantes que heredaron su legado aprendieron la lección: perfeccionaron esa misma arquitectura de ingeniería social e impunidad regulatoria, pero sustituyendo la captura ilegal de datos por contratos multimillonarios e institucionales con gobiernos y multinacionales. 

Volviendo al vídeo de Channel 4 News, la emisión de esas imágenes en marzo de 2018 (coordinada con las explosivas revelaciones del confidente Christopher Wylie en The Guardian y The New York Times) provocó la suspensión inmediata de Nix y precipitó la quiebra de la empresa apenas dos meses después. Wylie, el joven analista canadiense que había ayudado a idear la propia arquitectura del sistema, tiró de la manta aportando un arsenal de documentos internos que probaban cómo se habían cosechado masivamente los datos de los usuarios. “Explotábamos Facebook para recoger millones de perfiles de personas y construir modelos que nos permitieran explotar aquello que sabíamos sobre ellas”, confesó Wylie

Acorralada por la fuga masiva de clientes, el desplome bursátil de Facebook y la investigación penal de la Oficina del Comisionado de Información británica (ICO) registrando sus oficinas, Cambridge Analytica entró en concurso de acreedores y se liquidó al año siguiente. Pero su impacto jamás dependió de su longevidad, sino de lo que ejecutó mientras estuvo en pie. Fue la primera consultora que llevó a la práctica, en dos elecciones históricas (el referéndum del Brexit y las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016), la idea de que los datos de 87 millones de perfiles de Facebook podían convertirse en miles de anuncios individualizados, diseñados para explotar las vulnerabilidades psicológicas de cada votante. Y tras esos experimentos exitosos que sirvieron para sacar al Reino Unido de la Unión Europea y llevar a Donald Trump a la Casa Blanca, llegaron muchos más clientes en todo el mundo. 

En realidad, la firma y su matriz (SCL Group) ya arrastraban una huella global. En su informe final sobre desinformación y fake news («Disinformation and ‘fake news’: Final Report«), el Parlamento del Reino Unido hizo públicos los documentos internos y organigramas de la compañía donde la propia directiva desglosaba sus intervenciones en más de 200 campañas electorales en más de 30 países (con casos detallados que van desde Kenia y Nigeria hasta Trinidad y Tobago, México o la India), convirtiendo la manipulación del comportamiento del votante en una auténtica franquicia multinacional. 

Brexit y Trump fueron la punta del iceberg de una intervención masiva y global. Llegaron casi a la vez, y con ellos la sospecha de que las redes sociales habían dejado de ser simples plataformas para compartir fotografías. 

En el caso de la campaña británica, aunque la empresa sostuvo públicamente que no realizó ningún trabajo remunerado para la campaña oficial Vote Leave ni para la campaña no oficial Leave.EU, las investigaciones revelaron un ecosistema de colaboración interconectado y el uso de datos compartidos. “Nuestra democracia fue hackeada”, advirtió la periodista de investigación británica Carole Cadwalladr.

Cambridge Analytica se convirtió en el símbolo de esa transformación porque demostró que los datos personales podían convertirse en munición política, explotando la permisividad estructural de Facebook ,que permitió la extracción masiva de perfiles a través de sus ‘amigos’ y miró hacia otro lado durante años, para convertir la plataforma de Mark Zuckerberg en el terreno de juego y el motor publicitario de la operación. El incidente explosivo forzó un ajuste de cuentas masivo sobre la privacidad y la vigilancia en la era de las redes sociales. El director ejecutivo de Facebook, Mark Zuckerberg, fue citado a testificar ante el Congreso, y fue la primera piedra que empañó la reputación de su compañía.

En los años siguientes, la tecnológica enfrentó acusaciones de la ONU por el papel determinante de su algoritmo en la difusión de discursos de odio durante el genocidio rohingya en Myanmar (2017), la fuga masiva de datos de 533 millones de usuarios (2021) y el uso de la plataforma para coordinar el asalto al Capitolio de EE. UU. (2021). El golpe definitivo a su credibilidad llegó con los Facebook Papers filtrados por la exdirectiva Frances Haugen, que demostraron que la cúpula de la empresa sabía internamente que Instagram alimentaba la dismorfia y la depresión en adolescentes, eligiendo sistemáticamente priorizar la retención de atención y el beneficio económico sobre la seguridad física y emocional de sus usuarios. 

De los cuarteles militares a las campañas electorales

Cambridge Analytica no nació en Silicon Valley como sí lo hizo Facebook. Era una filial de Strategic Communication Laboratories (SCL Group), una consultora británica fundada por Nigel Oakes que durante décadas había perfeccionado operaciones de influencia para el Departamento de Defensa de Estados Unidos, el Ministerio de Defensa británico y organismos vinculados a la OTAN. Su especialidad consistía en modificar comportamientos colectivos: identificar las vulnerabilidades de una población y diseñar mensajes capaces de alterar sus decisiones. Lo verdaderamente revolucionario no fue esa tecnología, sino el lugar donde decidieron aplicarla. En 2013, aquellas técnicas concebidas para escenarios militares cruzaron una frontera inédita: dejaron los teatros de operaciones para instalarse en el corazón de las democracias occidentales.

La operación reunió a tres personajes que difícilmente podrían haber escrito un mejor guión. Alexander Nix era el vendedor impecable, el ejecutivo de traje oscuro capaz de convertir la psicometría en un producto irresistible para cualquier campaña electoral. Robert Mercer, el matemático multimillonario que había amasado una fortuna en Renaissance Technologies aplicando algoritmos a Wall Street, aportó unos quince millones de dólares para financiar el proyecto. Y Steve Bannon puso algo todavía más valioso que el dinero: una visión política. Mientras muchos seguían viendo Facebook como una red social, él intuía que acabaría convirtiéndose en el mayor campo de batalla ideológico del siglo XXI. Mercer aportó el capital, Bannon el relato y Nix prometió que la tecnología podía transformar el comportamiento humano en una ventaja electoral. El experimento recibió un nombre: Cambridge Analytica.

Bannon, que en ese momento dirigía el portal de extrema derecha Breitbart News, se convirtió en el cerebro político y el puente estratégico de la firma. Fue Bannon quien identificó el potencial de aplicar la tecnología de guerra psicológica de SCL a las «batallas culturales» de la derecha alternativa norteamericana. Su premisa era que la política está subordinada a la cultura, y que para cambiar la cultura primero había que romper los consensos emocionales del electorado. Bajo su supervisión directiva y con los fondos de Mercer, Cambridge Analytica probó sus primeros experimentos psicográficos en las elecciones primarias republicanas de 2014, refinando los mensajes sobre el derecho a portar armas, la inmigración y el resentimiento anti-sistema. Dinero ilimitado, ideología supremacista y tecnología militar de contrainsurgencia convergían por primera vez en una misma sala de mandos.

El negocio de conocer al votante mejor que él mismo

El producto que vendía Cambridge Analytica era una promesa seductora: no había que convencer a todo el mundo, solo a quienes eran psicológicamente vulnerables a un mensaje concreto. Para eso recurrió al modelo de personalidad OCEAN, desarrollado en el ámbito académico, y a una aplicación de Facebook, thisisyourdigitallife, que bajo la apariencia de un test de personalidad recolectó los datos de 270.000 usuarios y, a través de sus redes de contactos, terminó perfilando a 87 millones de perfiles sin su consentimiento. Ese fue el combustible de un motor de perfilado psicográfico sin precedentes hasta entonces.

Con ese arsenal de datos, Cambridge Analytica desplegó en la campaña de Trump más de 5.000 variantes de anuncios que generaron 1.500 millones de impresiones, apoyándose en un software llamado Ripon. En paralelo, su órbita (a través de la firma canadiense AggregateIQ) dejó huella en el referéndum del Brexit, con más de 1.300 anuncios individualizados. La estrategia no se limitó a movilizar votantes afines: también apuntó a desincentivar la participación de electorados indecisos o tradicionalmente demócratas. No hay pruebas de que esa maquinaria decidiera por sí sola el resultado de ninguna elección, pero sí constituyó el primer experimento masivo de publicidad política personalizada a escala industrial.

Una filtración periodística que detonó la bomba

Cambridge Analytica estalló por los aires. No llegó de la mano de un tribunal, sino del periodismo. Fue la investigación conjunta de The Observer, The Guardian y The New York Times —con Carole Cadwalladr al frente y los testimonios de Christopher Wylie y Brittany Kaiser— la que destapó, en marzo de 2018, el uso indebido de los datos de Facebook. Ese mismo día, la acción de Facebook cayó un 6,77% en el Nasdaq, más de 6.000 millones de dólares evaporados en una jornada. Agentes de la ICO allanaron después la sede de Cambridge Analytica en Oxford Street con una orden de registro. La empresa entró en concurso de acreedores en mayo de 2018 y se liquidó en 2019. Dos años más tarde, el Servicio de Insolvencia del Reino Unido inhabilitó a Alexander Nix durante siete años como director de empresas, al considerar que había actuado con «manifiesta falta de probidad comercial».

De laboratorio de desinformación a granja de IA 

Diez años después, la historia ha dejado una paradoja casi poética. Tras la quiebra de 2018, el dominio web original de la consultora (Cambridge Analytica.org) quedó abandonado como una nave fantasma en internet. Sin embargo, en 2025 fue comprado en subasta por una agencia de marketing digital basada en Dubái y reconvertido bajo el engañoso nombre de «CA Privacy Watch».

Un reciente reportaje de investigación firmado por la revista tecnológica Futurism acaba de destapar lo que ocurrió a continuación, en lo que constituye la metáfora perfecta de nuestra era: la antigua web del mayor escándalo de privacidad del siglo XXI es hoy una granja de contenido automatizada por Inteligencia Artificial.

Tal y como reveló Futurism, bajo el disfraz de un medio independiente comprometido con la ética digital, el sitio utiliza redactores sintéticos, biografías inventadas e identidades robadas ,desde ingenieros canadienses hasta cargos del Gobierno de EE. UU., para escupir miles de artículos generados por IA. La web no solo incurre en el plagio masivo de exclusivas de medios como Wired, 404 Media o The New York Times, sino que en una pirueta meta-narrativa insólita ha llegado a publicar noticias falsas ilustradas con imágenes sintéticas de Christopher Wylie, el propio confidente que destruyó la firma original.

La consultora que en 2016 enseñó a convertir los datos personales en munición electoral ha terminado convertida en la carcasa zombi de la nueva plaga informativa: la desinformación sintética a escala industrial. Cambridge Analytica murió como empresa, pero el ecosistema que ayudó a engendrar ha terminado devorando incluso su propia memoria digital.

El legado que perdura

Y diez años después, ¿qué nos queda? El escándalo de Cambridge Analytica quebró la inocencia digital. «Demostró lo sensibles que son los datos personales y cómo pueden tener un efecto político; hasta entonces, la sociedad tendía a pensar que la privacidad era algo trivial», señalaba la filósofa hispano-mexicana Carissa Véliz. No se trataba solo de recopilar información, sino de moldear conductas: como advierte Marta Peirano en El enemigo conoce el sistema, el verdadero negocio de las grandes plataformas no es acumular datos, sino convertirlos en herramientas capaces de orientar e influir en el comportamiento humano.

Geopolíticamente, el caso destapó la alianza entre la tecnología de Silicon Valley y el capitalismo de vigilancia (con Palantir como gran paradigma). Estados y las grandes corporaciones convirtieron el rastro digital de los ciudadanos en un campo de batalla para la contrainsurgencia, el control social y la injerencia extranjera sin disparar una sola bala.

Por eso, si en 2016 la pregunta era quién posee nuestros datos, en 2026 la cuestión es quién fabrica la realidad que consumimos. Cambridge Analytica enseñó que los datos podían modificar conductas; la IA generativa ha dado el paso definitivo al automatizar los mensajes, imágenes y relatos diseñados para explotar nuestras vulnerabilidades. La empresa desapareció, pero su lógica persiste: el reto del periodismo ya no es solo denunciar el extractivismo de datos, sino auditar los algoritmos que siguen erosionando la credibilidad de lo que leemos y creemos.

Epílogo: ¿existe una relación entre Palantir y Cambridge Analytica? 

La respuesta es sí y aquí os dejo una última parte.Un capítulo que la propia industria siempre trató de minimizar: la estrecha y opaca relación entre Cambridge Analytica y Palantir Technologies, la firma de análisis de datos cofundada por Alex Karp y el inversor Peter Thiel, donante de Trump, inversor inicial de Facebook y pieza clave de la Ilustración Oscura que conecta Silicon Valley y la Casa Blanca. Durante meses, la narrativa oficial de Palantir fue tajante: la empresa sostuvo que jamás había mantenido un contrato ni una relación comercial con la consultora británica, desmarcándose por completo del escándalo. Sin embargo, la versión institucional comenzó a desmoronarse tras las revelaciones del confidente Christopher Wylie ante el Parlamento británico y las informaciones destapadas por medios de investigación periodística como The New York Times y el periódico londinense The Times

La realidad que salió a la luz era mucho más turbia de lo que admitían las declaraciones oficiales. La chispa que puso en marcha toda la maquinaria de recolección de datos no nació de forma aislada en Cambridge Analytica, sino de una propuesta directa ideada dentro de Palantir. En mayo de 2014, Alfredas Chmieliauskas, un empleado de desarrollo de negocio de Palantir en Londres, envió un correo electrónico con una «idea disparatada» (left field idea): sugería replicar el trabajo de investigación de un académico de Cambridge construyendo una aplicación móvil de test de personalidad conectada a Facebook. El objetivo era sortear las complejas negociaciones con el profesor y crear una herramienta propia para extraer masivamente los datos de los usuarios y sus redes de contactos. Fue ese consejo exacto el que sirvió de plano para que Aleksandr Kogan desarrollara la tristemente célebre thisisyourdigitallife.

A pesar de que los ejecutivos de Palantir rechazaron formalizar un acuerdo mercantil para no vincularse abiertamente a campañas electorales, las conexiones sobre el terreno continuaron. Wylie reveló que ingenieros y personal senior de Palantir visitaban regularmente las oficinas de Cambridge Analytica en Londres para trabajar mano a mano en el modelado de los datos de Facebook. Acorralada por las evidencias documentales y el cruce de correos electrónicos, Palantir se vio obligada a dar un vergonzoso paso atrás en su postura oficial: admitió que su empleado se había involucrado con la firma, aunque alegó de forma apresurada que lo había hecho «a título estrictamente personal». El episodio puso de manifiesto que las fronteras entre Silicon Valley, las agencias de inteligencia y la manipulación electoral eran, en la práctica, un terreno compartido donde las grandes tecnológicas prefirieron mirar hacia otro lado mientras se refinaban las técnicas de la ingeniería social.

Miquel Pellicer es periodista, antropólogo y editor del boletín Periodismo Digital

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*