Un vigués como «Nuestro hombre en La Habana» bien merece una pieza de Ionesco. Hay algo de esa excentricidad en este Alfonso Armada (Vigo, 1958) al que le toca un viaje a la URSS en un sorteo y que por poco no acabó con las chicas cocodrilo de Moscú haciéndole gritar y cantar (según cita Beatle). Pero fuera del teatro del absurdo, está también ese superviviente heroico de Yugoslavia, de Ruanda, al que le racaneaban la asignación en PRISA mientras le golpeaban milicianos croatas. Corresponsal lustroso, humano taciturno y tipo compacto engafado, Armada es un hito del reportaje en un país con más opinólogos que reporteros.
¿Cómo llega el hijo de un armador gallego a interesarse por el periodismo?
Quizás para no tener nada que ver con la construcción de barcos: en buena parte de mi infancia y adolescencia hay un rechazo permanente muy majadero y narcisista contra todo lo que era mi padre. Este tenía un astillero que había sido fundado por mi abuelo, que fue carpintero de ribera. Mi padre, también, era un gran deportista dedicado a la vela, con lo cual nunca quería ir a esto, aunque aprendí a manejar un barco velero.
Era, incluso, socio y accionista del Celta de Vigo, con lo cual tampoco quise tener nada con esto: la memoria que saqué se titulaba El Celta no tiene la culpa porque tampoco el equipo tenía ninguna culpa de que no me gustara el fútbol (risas). Todo tiene que ver con él, con Vigo, y con la burguesía. Era una especie de reacción visceral y la literatura fue una forma de diferenciarme a través de los libros y de las palabras. Ahí notaba que podía ser yo mismo completamente al margen.
Los libros eran una evasión, un mundo aparte que te hacía escapar de ese microcosmos de armadores…
Mi relación con este mundo, con mi padre, es, con todo, paradójica: él murió hace veinte años y con el paso del tiempo he ido reconociendo que le debo mucho. Sobre todo, porque creo que tuvo una paciencia infinita conmigo, ya que yo lo desafié y me escapé de casa dos veces.
Para él eso fue casi lo peor, ya que era su hijo mayor (filho vinculeiro, en gallego) y se supone que era el que se quedaba con todo. No se partía la propiedad. Ahora, afortunadamente, ha mejorado este tema con los hijos menores.
Entonces, había un peso ahí muy grande como referencia para mis hermanos, primos y demás. Desafiarle era una cuestión política porque lo asumía como militancia contra él. Después en mi casa había un ambiente como si estuviéramos todos enfermos de malaria, porque mis padres no tenían apenas diálogo. Existían unos silencios heladores…
Esos silencios provinciales a lo familia paterna de El desencanto.
Sí, pero tiene que ver quizás porque un hermano de tres años murió ahogado en un pozo antes de que yo naciera. Y eso destrozó el matrimonio con el reproche.
Se acusaban de «quién había hecho qué».
Vivimos en una finca a las afueras de Vigo, teníamos tierras y unos labradores dejaron un pozo abierto y entonces el niño jugando se cayó allí. Mi madre bajó después, pero ya estaba muerto.
¿Has pensado alguna vez en novelar o realizar una no ficción del hecho?
Bueno, he escrito sobre ello un libro que se llama Cuaderno de viaje al país natal, donde describo parte. Es un examen de conciencia de por qué pasó. Provocó la ruptura del matrimonio, creo, y luego nació una niña sietemesina (mi madre la bautizó en el lavabo). Después vine yo, con lo cual pienso que al final fui un hijo muy deseado y querido.
Mi mujer dice que estoy muy mimado porque me trataron siempre muy bien. Entonces esa discrepancia ideológica casi vital con mi padre hizo que tomara muchas decisiones; entre ellas no tener nada que ver con su mundo. Con el paso del tiempo me he ido reconciliando…
Háblame un poco, antes de cualquier desarrollo, de la guerra civil cultural entre Vigo y La Coruña. Pocos sitios en España se odian tanto entre sí.
Pues es una tradición española. Mi mujer es de un pueblo que se llama Vallelado, en la provincia de Segovia, y odian el de San Cristóbal, que es el pueblo vecino. Es una tradición así, ese odio cainita propio del folclore nacional: tirar piedras y enemistarte con lo que tienes enfrente. Pero es verdad que entre Coruña y Vigo hay como rasgos muy definitorios, además ahora el Deportivo ha subido otra vez a Primera y el Celta empezó fatal. Esto va a contribuir a la guerra…
¿No es fascinante que Vigo no sea capital de provincia siendo la ciudad casi más poblada de Galicia?
Una de las partes más divertidas del libro La Biblia en España, de George Borrow, es cuando describe a cuenta de un viajero que llega a Pontevedra y él pregunta «¿Cómo se va a Vigo?». Le respondieron «¿Qué se le ha perdido allí?» y describen el lugar como «un pueblo de muertos de hambre, una ciudad espantosa, sucia, llena de rateros y estafadores».
El odio estaba entre Pontevedra y Vigo porque la primera era capital y Vigo nunca lo ha sido. Pontevedra tiene, ya desde su urbanismo, la sede del Gobierno Civil, la Diputación, institutos, además, renombrados. Es una ciudad burguesa de provincias, con todo el peso en la capital de provincia, y Vigo es otra cosa. Coruña, también, tiene todo lo que supone ser una ciudad cargada de historia y ha respetado mucho más su propia arquitectura urbana.
Creo que Coruña es una ciudad objetivamente más bonita que Vigo, aunque la ría de esta última quizás sea más hermosa, ¿no? De hecho, cuando te pones de espaldas a la ciudad entonces la ciudad gana mucho…
Fabio McNamara la definió de manera brillante, luego de llegar en el célebre tren de la movida que se fletó en 1986: «Bidonville».
(Risas) Es una ciudad muy paradójica, Vigo, muy dura. Creo que culturalmente, además, lleva mucho tiempo a rastras. En eso creo que Coruña tiene bastante más peso y ahora, además, con la inyección que le ha supuesto la fundación de la hija de Amancio Ortega en el puerto hay más sensibilidad y conciencia. Lo que pasa es que Vigo acusa a Coruña de ser una especie de delegación madrileña. De hecho, los coruñeses han tenido desde ahora y siempre aquello de sentirse muy madrileños, hinchas del Madrid…
Había muchos coruñeses, conocemos algunos, de un madridismo terminal…
Vigo, también, tiene una curiosa y paradójica negación del mar. Ha vivido de este y, sin embargo, cuesta mucho ver el mar: tienes que subirte al casco o irte a las playas. En Coruña el mar está permanentemente alrededor…
Así que ¿«no eres de Monforte», que cantaba Siniestro Total?
No (risas). Fíjate, estoy aprendiendo a querer a Coruña. Y, aparte de que yo he sido siempre un antinacionalista furibundo, y, bueno, ser de Vigo es como ser nacionalista también. Me cansa mucho esa lucha por la identidad con la lengua y demás.
Es que las cuestiones patrióticas siempre acaban en mímesis del otro. Solo cambia la bandera.
Son muy fatigosas, además, porque odias a quien más se te parece. Al final, te estás odiando a ti mismo.
Juaristi nos contaba en Jot Down cómo un líder abertzale descubrió al leer a José Antonio Primo de Rivera en la cárcel que su ideología era igual que la emergente del mundo abertzale en los setenta.
Es que los parecidos entre Sabino Arana y todo el folclore nacional fascista están ahí también. Esos curas trabucaires eran los más reaccionarios. Estoy volviendo a leer a Pío Baroja, además…
Sus memorias son increíbles, inacabables. Puedes estar horas leyéndolas.
Son una delicia. Y, aparte, con un conocimiento de España…
Son una versión hispana, heterosexual, de Proust. Con un gusto por el detalle. Eso sí, un Proust sin mujeres, ni cualquier sexualidad…
Y, sin embargo, tiene descripciones fantásticas, también pasa que es muy discreto porque deja que la imaginación trabaje. En eso es parte del siglo XIX, no es tan explícito.
¿Cómo fue tu juventud hippie? Acabar en el Este de Europa es la cosa más absurda que alguien puede hacer, supera a Fernando Sánchez Dragó que fue más tópico con la India…
No sé si era hippie o una especie de protoanarquista. Yo era muy lector de Ozono, de Ajoblanco. Llegaba a vender Ozono en la universidad y, bueno, supongo que es ese mundo ahí de Hesse (Siddhartha, El lobo estepario, etc.) y Kafka también desde muy pronto, además de cierta fascinación con On the Road. Tenía interés en el Este, pero con poco entusiasmo. Más con el norte: con las nieblas, Centroeuropa.
Es rarísima esa fascinación en España, repito.
Kafka está muy presente todo el tiempo. De hecho, lo primero que hice con el primer premio que me dieron de poesía —el Quevedo— fue gastármelo en un viaje. Me fui a Praga en tren para abrazarme al monolito de Kafka. Estaba cerrado el cementerio, salté la tapia y me puse en la piedra.
Supongo que la literatura está también ahí. Estoy ahora leyendo a Varlam Shalamov, con los relatos de Kolymá, y es de lo mejor del siglo XX. Son una impugnación a todo el comunismo. Rompe, si es que queda alguien todavía, ese delirio izquierdista, en fin, paleto y ortopédico de Occidente. Antonio Escohotado en sus últimos años de vida —me hice muy amigo de él— hizo una revisión de toda esa mitología en Los enemigos del comercio.
Es una reconstrucción historiográfica muy precisa, aunque creo que pierde rigor en el último volumen…
Me encantaba, sin embargo, cómo defraudaba a sus fanáticos: no entendían la parte del vicio y las drogas como su exploración personal. Y, después, desde el punto de vista político, fue una crítica feroz a todo lo que supuso la ideología marxista. En eso, fíjate, nunca he tenido muchos amigos nacionalistas, comunistas, trotskistas y demás; nunca me acabó de gustar todo ese mundo. Sentí la fascinación por la CNT, por las anarquistas, pero también tenía una postura un poco más aristocrática y casi estética que ideológica.
Volviendo al Oriente europeo…
Y, entonces, parte de esa fascinación era irse hacia el Este. La llegada fue una casualidad y creo que puede ser mi próximo libro, donde contaré un poco mi boda rusa. Fui a los cines Renoir a ver una película de Elem Klimov llamada Adiós a Matiora y sorteaban un viaje para dos personas a Moscú, Leningrado y Kiev. En ese momento, una novia a la que quise mucho, que trabajaba en El País conmigo, me dejó.
Entonces estaba allí hundido en la miseria y me dijeron: «Oye, tienes que hacer el viaje porque caduca». Me dieron el billete de la otra persona en efectivo, en dinero, y viajé en grupo. Este volvió al cabo de una semana y yo después hice un viaje desde Moscú: cogí un tren y crucé parte de la Unión Soviética (Bielorrusia, Polonia, Berlín Este, canal de la Mancha, Londres, Irlanda, bajé al sur de Inglaterra y regresé de Santander a Madrid).
Lo que pasó en ese viaje es que me enamoré de la guía en Kiev, navegando por el Dniéper. Entonces en cada etapa del viaje, de ese largo viaje, me mandaba cartas y durante casi un año estuve yo también mandando pliegos a la Unión Soviética.
Es una novela decimonónica. Recuerda a Memorias de dos jóvenes esposas de Balzac…
Y tanto. Después de diez meses sin respuesta dije «quizás las cartas no le llegan o quizás no quiera saber nada de mí» y un día en El País, ya trabajaba en opinión, me llaman y Fernando Schwartz —que había sido embajador, antes de Lo + Plus— me dice «Armada, te llaman de la Unión Soviética».
Ella me decía que las cartas que enviaba no llegaban a su casa, ya que ella trabajaba en Intourist —la empresa de turismo soviética— y no podía tener correspondencia con el extranjero: le traducía mis cartas el delegado de la KGB en la empresa. Cartas de amor encendidas, traducidas al ruso (risas). Es una película maravillosa e hizo que el amor se reavivara.
Quedamos en Leningrado, en verano, y entonces hice un viaje largo en el cual recorrí los fiordos, por Finlandia, y de Helsinki fui en tren allí. Ella no podía viajar fuera de la Unión Soviética…
Inciso económico: el dinero occidental, en aquel tiempo, eran fortunas en el Este europeo comunista.
Esto es una cosa importante: la Unión se estaba descomponiendo y al cambiar dólares eras millonario. Te daban millones y miles de rublos.
Esa diferencia material llega incluso a ser material cómico en una comedieta de entre los noventa y los dos mil, antes del «boom» económico del Este, como Eurotrip. Los protagonistas acaban en un hotel de lujo con pocos dólares.
Si tratabas de pedir caviar y demás, incluida la propina, era diez veces la factura. Los camareros te hacían la bisagra.
Carlos Pumares, el fallecido crítico de cine, decía que echaba de menos el comunismo por el caviar barato, de hecho.
Es lo primero que hacían los camareros: siempre había caviar. No había nada más: eran unos menús gigantescos con salchichón, pepino, una sopa infame y poco más.
Uno siempre visualiza el Este de Europa en los años setenta y ochenta como una deprimente cinta de Kieślowski encerrada en bloques brutalistas de hormigón y moqueta verde, ¿cuánto hay de verdad en esto?
Hay mucho de verdad, pero había también mucha humanidad detrás. Yo me casé con una soviética, nacida en Volgogrado —antigua Stalingrado—, aunque ella vivía en Kiev. Su familia era de Ufá, capital de la antigua Basquiria, y conocer una ciudad como esa sí que era duro. Había gente comprando cerveza y echaba esta en bolsas de plástico, como para caballos.
Viajamos, incluso, a Komsomolsk del Amur —en el extremo oriente de la URSS— y veíamos cómo el guardabosques permitía que se pescaran esturiones cargados de caviar. Comíamos luego este a cucharadas. Viajé mucho, era un país muy duro, pero a la vez muy cordial. Tenían un entusiasmo por el extranjero regado por vodka, y eso que el alcohol no me gusta (lo pasaba mal, claro). Tenían un método para seguir bebiendo y era oler pan entre sorbos de vodka.
El entusiasmo por el extranjero era real: en el documental Iron Maiden: Burning Ambition los conciertos del grupo heavy en ese tiempo en Polonia son emocionantes.
Me atraía la literatura, también, me he sentido muy cercano a Chéjov, Ósip Mandelshtam y, sobre todo, el Mijaíl Bulgákov de El maestro y Margarita.
También ese entorno daba pie a no poca picaresca, algo que le encantaría a un cuco como era Félix Bayón (corresponsal en la URSS de El País durante años).
Supongo que era un mundo muy extraño. En ABC trabajé con Alberto Sotillo, corresponsal en la URSS, y tiene un libro fantástico, muy divertido y surrealista, porque pasaban cosas muy raras en ese país. Está lleno de anécdotas.
Todos los que pasaron por ahí en parte añoraban ese país.
Lo más curioso del periodismo sovietólogo en aquellos tiempos fue Pilar Bonet, que se convirtió en la gran experta. Sabía más de la Unión Soviética que los propios soviéticos: kremlinóloga española. Su conocimiento era abrumador y creo que sigue escribiendo. Ahora ya está vetada por Putin…
Es un perfil paralelo a la madre de Emmanuel Carrère, Hélène Carrère d’Encausse, parece…
No sé si tan paralelo: Bonet no se dejó querer tanto por Putin. Carrère d’Encausse vio una gran esperanza cuando este llegó a presidente. Pensaba que podía ser la solución y su equivocación llevó a una gran amargura.
Eso lo narra en la brillante Koljós el propio Carrère. Quiero volver al periodista Bayón, al que conociste…
Yo sobre todo conocí a Bayón cuando era jefe de cultura y la verdad es que era un tipo que vivía y dejaba vivir. No era un amante del trabajo, era un amante de la buena vida y me acuerdo de que siempre a eso de las siete de la tarde más o menos, cuando estabas en pleno cierre, decía «eminentes» y se iba para casa (risas). Nos dejaba a todos con el embolado del cierre.
Podría haber sido todo en El País y lo dejó para volver a vivir a Málaga…
Tenía gracia escribiendo, no era muy trabajador, no tenía grandes ambiciones literarias y bueno, era un bon vivant, entonces.
El columnista José Antonio Montano le veía como un referente en su vida.
Había gente muy curiosa en esa época en El País: tuve la suerte de pasar una época. Estaba Fernández-Santos en la sección de cultura, Joaquín Vidal en toros. Hice muy buenas amistades y aprendí muchísimo, la verdad.
¿Cuándo llegas al efervescente Madrid de los ochenta? ¿Cómo era la universidad en aquellos tiempos?
Bueno, yo ya había empezado dos carreras en Santiago, escapado de casa dos veces y llegué a un acuerdo con mi padre para venir a Madrid. Había una cosa que mi padre odiaba profundamente y era el teatro. Lo juzgaba «una cosa de putas y de maricones».
¿Es cita textual?
Sí. Esto se debe a que tengo un tío que es actor y es homosexual. Para él tenía lo peor de cada casa y a mí me fascinaba el teatro y, de hecho, cuando fui a Santiago a estudiar —no lo hice— empecé a hacerlo y descubrí el gallego y las tablas. Quise estudiar arte dramático en Madrid, en la Escuela de Arte Dramático, me suspendieron tres veces y, al final, en la segunda escapada de casa llegué a este pacto con mi padre.
En el fondo, siempre quise hacer periodismo, pero no sé por qué extravío. Empecé Filología y lo dejé, empecé Historia, lo dejé… Creo que quería hacer periodismo porque era lo que más se parecía a las palabras. Y cuando estudiaba pensé que me gustaría trabajar en algo que tenga que ver con las palabras.
Entonces, el periodismo estaba como en una nebulosa y recuerdo que mi padre era muy amigo de Cunqueiro y siempre me he arrepentido de que mi padre no me lo presentara (es un escritor que aguanta bien el paso del tiempo). Este le dijo que no estudiara esa carrera, que hiciera otra seria para aprender algo y luego ya me enseñaría periodismo trabajando en prensa.
Ahora que he dirigido un máster en ABC y codirijo un máster de reporterismo internacional creo que Cunqueiro tenía razón. Este es un oficio que se aprende haciéndolo y mejor hacer una carrera con más peso.
¿Cómo era el joven Pedro Sorela como profesor en Periodismo de la Complutense? Debía ser una fuerza de la naturaleza…
Implacable. La verdad es que conseguía que desde el primer momento le odiaras o te enamoraras de él. Entonces, en clase se creaba una división como el Muro de Berlín. Había gente que no le soportaba, le parecía un soberbio, un gilipollas. Pero era un tipo, bueno, que creía en lo que hacía, que exigía muchísimo. No entendía cómo había gente que hacía periodismo y no leía prensa diaria o libros.
No tenía paciencia para esa tontería. Le pasó un poco que acabó harto también de la facultad porque llegaba gente sin haber leído nada. Era, entonces, solo ya un trabajo: era impaciente con la estupidez y, sobre todo, con la falta de esfuerzo y la falta de amor a las palabras. Tuve una conexión ahí con él.
Pasó de dar clase a cinco alumnos entregados a bisoños en periodismo, muchos sin saber leer o escribir.
Claro, entonces con eso se desesperaba. No había ni media matrícula de honor. Uno de mis mayores méritos fue coincidir con él en El País en cultura. Me acuerdo de las broncas que tenía con Juan Cruz cuando él estaba allí leyendo. Le decía «¿Qué haces?». Respondía Sorela: «Este es parte de mi trabajo» y se ponía a leer en la redacción la novela para una entrevista (risas). Eran unas broncas homéricas. Al final lo contraté como profesor en el máster de ABC. Fue un cierre de ciclo, por así decirlo.
Era admirable Sorela como «antisocialité» en la prensa cultural. Llevó la máxima de Borges «todo acto de promoción es un acto diabólico» a rajatabla.
Él no hacía concesiones y podía ser admirable: quedaba muy mal, pero no le gustaban las componendas. Entonces, en ese mundo de tanta falsedad e hipocresía no me parece mal.
¿Es imaginable Sorela diciendo en un evento, como es habitual, la frase «este es tu mejor libro»?
Los tópicos y los estereotipos le ponían de los nervios. Le daba casi un calambrazo cuando oía alguna cosa de esas, pero eso te obligaba a esmerarte escribiendo y a forzar la suerte. Lo que pasa es que él tuvo ambiciones literarias y al final no llegó todo lo lejos que hubiera creído (fue, además, un gran estudioso de García Márquez). Él quería ser novelista y publicó bastantes obras, casi todas con portadas de Raúl Fernández Calleja. Nunca llegó todo lo lejos que debiera, pero les pasa a todos los escritores con sus sueños.
Sorela y Juan Cruz tienen un poco de yin y yang de la sección de cultura de El País. De joven idolatras al Sorela maldito, pero en la vejez valoras más a Cruz y su «autopromo» constante.
Y lo trabajador que es también: un estajanovista. Yo reconozco que con Juan Cruz tenía mis discrepancias, pero siempre ha sido muy cariñoso conmigo. A veces le pierde que te adula demasiado.
Su gran pecado fue la protección a los Sabandeños.
(Risas) A los Sabandeños y a Juan Luis Cebrián…
Quiero volver al tema laboral, ¿te vinculas a PRISA primero por Santillana?
No, por Santillana, no. Yo llegué allí haciendo prácticas. En esos tiempos no había ningún máster y El País todavía cogía alumnos de prácticas de la facultad. Entonces yo opté a estas y estuve un verano.
Recuerdo que el día que llegué a hacerlas me dolía mucho un riñón. Entonces Fernández-Santos, que estaba de jefe porque Juan Cruz estaba de vacaciones, me dijo «Mira, está Wim Wenders en Madrid: vete a los Alphaville a ver qué dice y si es algo aprovechable». Salí del periódico, cogí un taxi por fuerza a urgencias porque me estaba muriendo. Allí me dijeron que tenía un cólico nefrítico, pero desesperado porque no podía ir a cubrir la rueda de prensa de Wenders.
En el hospital, dije a las relaciones públicas que llamaran a Fernández-Santos para decirle que no podía cubrirlo. Al cabo de dos horas, así, apareció el propio Fernández-Santos en el hospital y allí me dijo «Al carajo con Wim Wenders». Fue el titular de la necrológica que le escribí a su muerte en 2004. Al día siguiente, luego de una noche bebiendo y orinando para expulsar las piedras, volví al periódico: «¿Ya estás aquí?», «Sí, ya he echado la piedra».
Quiero volver al teatro, ¿cómo te vinculas a él? ¿A través de grupos vanguardistas en los ochenta?
Yo empecé a hacer teatro en Santiago: allí perdí la fe, descubrí el gallego y un poco la política (con ciertas reticencias). Era porque un primo mío trabajaba en Ditea, que era una compañía de teatro aficionado en gallego, y me dijo «Falta alguien que lleve una lanza y que diga una frase». Y, entonces, acabé con una lanza y el veneno del teatro me impregnó (risas). Entré solo a la cuarta en Arte Dramático…
Debe ser parecido al tema del cine y su escuela oficial: nos decía Carlos Saura que era difícil entrar porque por presupuesto ofertaban pocas plazas.
De todos modos, mi mejor examen fue el tercero. Llegué con una maleta de cartón piedra y dentro el traje de bodas de mi padre. Monté el prólogo de La zapatera prodigiosa, de Lorca, donde el prologuista se disfraza para hacer la presentación. Hice mi método, me quedé en calzoncillos mientras me cambiaba…
Para los que te conocemos y juzgamos tímido, es una sorpresa.
Amigo de la obscenidad y un poco exhibicionista siempre he sido, así que esa faceta el teatro la cubre. Al final Ángel Gutiérrez y Adela Escartín, que eran los dos mejores profesores de la escuela, me dijeron: «¿Quién te montó a ti esta escena?».
La había montado yo mismo (risas). Me suspendieron porque juzgaron que lo había montado otro. Y les parecía, además, casi una obscenidad para las fuerzas del Dramático. Entonces, no entendí que me suspendieran, pero entré a la cuarta y estudié arte dramático y ahí me di cuenta de que lo mío no era actuar, sino bueno, mejor escribir y a dirigir. Así, monté una compañía de teatro. Lo había hecho con una antigua novia y con ella hice varias obras.
¿No te ha servido el teatro para saber cómo tratar con los equipos? Los actores son uno de los gremios más complicados, más que los periodistas.
Me ha ayudado mucho trabajar con los actores. Hay una película muy reciente que se llama Kokuho, el maestro de Kabuki y habla un poco del misterio de la interpretación. Te explica ese tipo de teatro. Yo quería ser actor porque pensaba que tenía dentro de mí la capacidad de encarnar otras vidas y quizás, también, el periodismo ha sido un poco un sustituto.
Y sí, me gusta mucho trabajar con los actores, sobre todo para sacar de ellos lo que tienen dentro y convencerles. Además, es algo que es voluntad suya, no es el director que los imprime. El trabajo con actores, acompañado con la compañía Koyaanisqatsi —estuve con ellos ocho años—, fue un descubrimiento. Trabajar en equipo, pero también con la parte de la música, la iluminación, el vestuario, etc. Me gustaba mucho.
En el teatro hay un elemento psicoanalítico profundo, el gran teatro, porque obliga a sentir los textos. Se infravalora el esfuerzo que realizan actores y directores.
Es que muchos críticos no saben al final cuál es el papel del director. Cuesta a veces ver por qué un montaje está mal planteado o bien resuelto. A veces culpan al actor y otras es más bien un error de dirección de quien está detrás, dirigiendo los hilos.
En la reciente El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen, todo su inicio son veinte minutos de plano/contraplano entre Javier Bardem y Vicky Luengo. No se necesita más. Y magníficamente hablada, con buena dicción —algo no tan común en España—.
Es un problema del cine español contemporáneo. La dificultad que tienen esos actores de hablar bien y de que se entienda lo que dicen.
Regresemos al «diario independiente de la mañana» legendario, el de los años ochenta, ¿ha sido mitificado o su calidad era real?
Yo creo que había una gran exigencia con la escritura. Mis dos mejores amigos de esa época son Will Lyon y Álex Grijelmo, que eran los que estaban en el equipo de edición. Existía un filtro: que la pieza estuviera bien titulada, que la entradilla se sostuviera o el planteamiento propio de una noticia. Había frases que eran pura paja: te devolvían el texto para que lo trabajaras.
Había una exigencia de calidad en la escritura y después, bueno, tenían sus componendas ideológicas. Pero yo siempre viví, al estar en cultura y en opinión, un amor por las cosas bien hechas. Entonces, yo creo en la puesta en página y en la escritura. Y el libro de estilo era una gran Biblia que había que cumplir a rajatabla y muchos lo consideraban un corsé…
Sobre todo, aquellos que les gustaba escribir de manera literaria. Sorela…
Sí, pero yo creo que hay una gran polémica ahí. Al final a todo el que destacaba se le tenía tirria por tener un estilo demasiado significado, se trataba de unificar…
No querían niños mimados.
Por poco tiempo estuvieron Umbral y algunas excepciones como Manuel Vicent. Pero yo la verdad es que nunca sentí el libro de estilo como un corsé, para mí era una exigencia siempre de ser éticamente impecable. No mentir, buscar subterfugios, hacer las cosas bien, etc. La verdad que tuve mucha suerte también porque tuve muy buenos jefes (Ángel Sánchez-Harguindey).
Me lo has citado antes, pero háblame del ahora un poco olvidado Ángel Fernández-Santos. Debía ser una figura excepcional…
Y sobre todo incorruptible. Yo recuerdo una bronca que le montó Cebrián cuando se atrevió a criticar a Almodóvar. Le dijo: «Una película que ganó tanto dinero no puede ser mala». Y le respondió: «Si el criterio es el dinero, sí, pero si el criterio es un criterio estético, al final qué más da que una película de mucho dinero ya que puede ser muy mala».
Entonces ahí fue el principio de muchas derivas perversas en El País de confundir valor y precio, cuando el valor cuantitativo se sobrepone al cualitativo. Al final, además, está esa decisión de embarcarse en la televisión y aparte las componendas políticas; esa sintonía tan cercana con Felipe González y el PSOE.
Esto perjudicó mucho al periódico y dejó de tener esa ambición de ser un gran diario. Además, esa vinculación a la familia Polanco se perdió, algo que fue similar a lo que pasó en ABC cuando lo dejaron los Luca de Tena debido a mala gestión. The New York Times debería ser un ejemplo con la familia Ochs-Sulzberger. Esa línea en España estaba muy viva en El Faro de Vigo, por ejemplo, o La Voz de Galicia, en El País de alguna manera y en ABC…
Sobrevive solo La Vanguardia con los Godó.
Claro, y al final se ha convertido en unas empresas así mucho más descarnadas, con mucha menos personalidad y, bueno, más entregadas al beneficio por el beneficio. Han perdido un poco las esencias.
Volviendo al crítico, ¿de dónde venía la inquina de Fernández-Santos con el cine de Garci?
Supongo que todo crítico tiene sus filias y sus fobias. Fernández-Santos era estupendo, en el sentido valleinclanesco del término, pero al final era un defensor del estilo, de la independencia absoluta y del cine ambicioso. En eso era mucho más purista que Boyero, por ejemplo, y desde el punto de vista del amor al cine creo que había un conocimiento profundo.
Estuvo en el guion de El espíritu de la colmena, y me contaba cómo se desesperaba con Erice, porque este para resolver una escena se pasaba días enteros. Después de dos días discutiendo, llegaba a la conclusión de que la escena era así.
Es la mejor película del cine español, esas elipsis…
Yo creo que de las mejores y ves ahí un guion soberbio, un canto de amor al cine cuando vuelves a ver la escena de Frankenstein.
No ha habido una cinta mejor captando la luz amarillenta de Castilla.
Esos silencios, también, de padres e hijos, el misterio del deseo y la guerra civil como trasfondo ahí, pero muy en segundo plano. Es una película hermosísima, Fernández-Santos sabía que, si quieres contar, tienes que hacerlo con imágenes.
Por eso extraña un poco el odio cainita a Garci, Volver a empezar ha envejecido bien y el inicio no es tan distinto a las nuevas olas…
También era muy ñoña. Yo conocí a Garci cuando estaba con Guillén Cuervo, en Hollywood. Lo que me fascinó de él es su profundo amor al cine, al cine americano. Tenía un conocimiento exhaustivo de cada camarógrafo, de cada montador.
Viviría en ese cine de estudio de los años cincuenta, que Fernández-Santos y los vanguardistas despreciaban…
Creo que Garci tiene aquí un problema, que eran los prejuicios: hay una serie de prejuicios culturalistas que al final te ponen una etiqueta y no estaba en esa crème de la crème izquierdista o cultureta. Y, entonces, al final creo que eso le ha perjudicado. Pero, bueno, creo que hay películas suyas que van a perdurar y sobre todo su amor al cine es indiscutible.
¿Cómo acabas siendo corresponsal en Yugoslavia? ¿Por tu conocimiento de idiomas eslavos?
No, no tenía ni idea. Yo empecé a estudiar ruso cuando me casé con la rusa, pero nunca llegué a hablarlo bien. De hecho, quiero volver a estudiarlo porque el idioma me encanta. Aunque ahora Rusia está en mal momento desde el punto de vista de la imagen.
El viaje fue por casualidad porque no había nadie ese verano. Yo venía de EE. UU., donde había entrevistado a los escritores Richard Ford y a Henry Roth. Entonces, al volver el redactor jefe internacional, Luis Matías López, me dijo: «¿Quieres ir a Sarajevo?». Yo había leído las crónicas de mis colegas, entre ellos Hermann Tertsch, con fascinación y admiración.
Era un periodista internacional buenísimo, brillante.
Yo recuerdo las series con conocimiento que hacía Hermann Tertsch sobre Alemania, Rumanía, Bulgaria, Checoslovaquia, etc. Cuando estaba en Sarajevo, los periodistas anglosajones y franceses lo admiraban profundamente porque sabía más historia que casi nadie. Entonces, conocía la tradición de Europa central y toda la historia de los siglos XIX y XX europeos como nadie.
Con su giro conservador, innegable, Vox adquirió un gran activo. Sabía muchos idiomas.
Lo que pasa es que no sé si al final él se ha diluido precisamente. Porque yo creo que Vox, además, ha demostrado un gran olfato para entender por dónde sopla el viento. No sé al final cuánto le va a durar ya que no sé hasta qué punto aprovechan su conocimiento.
Sigo teniendo buena relación con él, pero me sorprendió un poco su deriva. Ahora, como periodista me parecía impresionante y era uno de los primeros además que denunció la dictadura de Ceaușescu con argumentos. Para mí era una referencia: aprendí mucho leyéndole. Sin embargo, yo acabé en Sarajevo por casualidad y lo primero que sentí fue el miedo a morir.
¿Eras consciente de que ibas a un avispero?
Claro, era consciente de que te podían matar y aparte no tenía una experiencia bélica, no había hecho la mili, no sabía prácticamente nada de la historia de los Balcanes. Y es una historia que cuanto más la conoces, más perdido estás. Pero quería saber cómo se cuenta una guerra y cómo manejas el miedo.
Y la verdad es que fue un descubrimiento, sobre todo porque para mí fue como un viaje en el túnel del tiempo a la guerra civil española y es que hay muchas concomitancias. De hecho, una película que hizo Fernando León de Aranoa sobre la guerra de Bosnia se rodó en Granada: ves los rostros de la gente y hay un parecido.
Esa familiaridad con los rostros, con el odio, con esta pulsión guerracivilista: esto se vivía en Yugoslavia. Entonces me dediqué a buscar historias sobre el teatro en Sarajevo, periodismo, pan y estas vivencias que creo que ayudaban un poco a la gente a entender lo que es vivir en una ciudad sitiada.
De hecho, tus magníficos diarios de la guerra de Bosnia, al nivel del libro de Vietnam de Michael Herr, son devastadores y magníficamente escritos (el filósofo Gabriel Albiac lo juzgaba tu mejor libro), ¿los vas a reeditar?
Eso fue un desastre porque al final se publicó en Malpaso. Y la verdad que me avisaron que no lo hiciera, pero estaba Jordi Carrión entonces llevando esa sección de periodismo. Publiqué dos libros, ese y Por carreteras secundarias: una huida y al final los libros se quedaron mal distribuidos.
Es un libro, además, fantástico de cara a una traducción. Mucha gente del tiempo de la guerra se reconocerá en tus textos.
Me gustaría reeditarlos y los derechos han caducado. Pero ya sabes que reeditar libros en España es complicado.
¿No debería ser el primer requisito de un corresponsal, todavía más de un periodista, la curiosidad?
Para cualquier periodista y en teoría para cualquier ser humano. Si no tienes curiosidad, sobre todo por el otro, no te haces preguntas. Esto lo aniquilamos de los niños, los convertimos en futuros adultos y eliminamos la capacidad de dibujar sin prejuicios. Al final estamos matando lo mejor que tienen. Yo creo que tienes que cultivar la curiosidad hasta el final, o sea, esa avidez de saber, de conocer y de escuchar. Forma parte del ADN del periodista.
Es interesante que en los últimos años hay una crisis del reportaje. Se investiga poco y hay mucho lugar común.
Es que no son reportajes: están hechos en una redacción, pero la pieza es ir a la calle y estar ahí, pasar tiempo con la gente, escuchar, impregnarte, en fin. Al final, debes sentir que el prejuicio que llevabas se derrumba por completo: te ganas la confianza de la gente, y es un poco lo que hacemos ahora en el Máster de Reportaje Internacional. Hay que ir a los sitios, pasar tiempo: es insustituible.
De hecho, tus piezas de viajes están atravesadas por un afán de conocimiento. Recuerdan a los libros de periplos de Paul Theroux, que casi son una guía de escritores en cada sitio que está.
Los escritores te acompañan en el viaje siempre. Yo siempre he viajado cargado de libros, me parece que al final enriquece mucho la mirada. Esa idea un poco ingenua de que al final vas a ver a la Virgen porque tienes mucha emoción creo que es un poco infantil. Si vas al Prado, y sabes muchísimo de pintura, vas a sacar mejores conclusiones. Cuanto más conoces, mucho más vas a entender y también el idioma ayuda mucho.
¿No es el mal del corresponsal el compadreo político? Es de un gran infantilismo juzgar a los dirigentes muy interesantes siempre.
La cercanía con el poder al final te acaba pervirtiendo y pierdes perspectiva. No te acabas haciendo amigo de un político, no puedes ser amigo de ellos, e incluso no puedes ser amigo de tus fuentes. Cuando conocí a James Salter, nos hicimos amigos, pero, claro, era un escritor.
Esto Leila Guerriero lo lleva a rajatabla: puede estar un año hablando con el pintor Guillermo Kuitca, conocer su vida y meterse en su casa, pero ella dice que no es amiga de sus fuentes. Cuenta su historia y después la termina. Entonces, tienes que meterte, ganar confianza y que te cuente lo que no quería contar.
Mantener la tensión…
La distancia, por supuesto. Esta evita que seas condescendiente o te conviertas en activista.
Ahora que hemos citado Yugoslavia, es que probablemente la gente que hacía teatro en Sarajevo era más interesante que los apparatchiks serbios. A excepción del poeta/asesino Radovan Karadžić, claro…
Pero lo de los malvados es la fascinación del mal, es una especie de deriva…
Quizá por eso Platón echa a los poetas de su República.
Quizá la explicación es que las familias felices no son interesantes, pero estas en realidad son una falacia porque tienen también cadáveres en un armario.
¿De dónde viene tu interés por África? ¿Es cierto que te despreciaban por ello en El País?
Más que despreciar, en España hay cierto desprecio por la pobreza. Y creo que una de las perversiones de parte de El País era de burguesía que mira por encima del hombro a los pobres. De hecho, la diferencia entre los moritos y los árabes es solo el dinero: los últimos son los que van a Marbella y no los otros que están muertos de hambre.
Entonces creo que hay algo de ignorancia y de menosprecio a todo lo que supone África. Lo de mi interés por el continente es por casualidad. Sucedió porque la chica que escribía en el diario del continente, Ana Camacho, acabó quemada porque no le daban espacio (nunca lo había para África). Y, entonces, empezaron a pasar noticias espantosas de Ruanda y hablé con Jesús Ceberio: «Oye, en Ruanda están pasando cosas tremendas y hay que ir» y dijo «Está muy lejos y cuando llegues ya habrá acabado todo». Seguían pasando cosas y me dijeron «Vete a Ruanda».
Nunca había estado allí, en el África negra, y llegué como un paracaidista sin tener ni idea y me encontré con un genocidio y una situación infinitamente peor de lo que se vivía en Yugoslavia. De la misma manera que me envenené del teatro en Santiago, en Ruanda me picó la mosca africana y me acabó fascinando también.
Viendo la crisis de Ceuta, qué duda que tenías razón en abrir corresponsalías.
Es imprescindible, además, y aparte creo que donde están ocurriendo los fenómenos políticos, culturales, literarios más interesantes. Marruecos, aparte, es casi el país más joven del mundo…
Pero no solo Marruecos, todo el continente.
Hay muchos jóvenes y además con temas políticos, culturales y demás de los cuales no sabemos casi nada. No se está haciendo casi nada de esto. Yo creo que ahí hay muchas iniciativas, además, que van a marcar el curso del siglo XXI.
¿Llegaste a cruzarte con el perverso polimorfo Juan Goytisolo en tus estancias africanas?
No allí, pero sí en Sarajevo. Le tenía mucha fascinación. Goytisolo era un personaje. Ya sabes que Ferlosio cuando alguien le hacía una entrevista y le decían «Un personaje como Vd.» siempre se levantaba y se iba porque no lo soportaba (risas). Ahora, creo que Goytisolo sí tenía algo de personaje y con conciencia de ello. La verdad que esto que ha salido recientemente de que consintió los abusos de su compañero amante con la hija de su mujer proyecta una sombra triste (yo lo admiraba mucho).
Creo que sois dos personajes contrapuestos…
Yo lo conocí en Sarajevo porque él fue el único intelectual español que escuchó la propuesta de Susan Sontag de ir a Sarajevo. David Rieff, el hijo de Susan Sontag, persuadió a su madre para que fuera para contar lo que estaba pasando. Ella dijo: «Yo no soy una turista de la guerra. ¿Qué voy a hacer yo en Sarajevo?». El hijo le respondió: «Puedes ayudar a que tus amigos intelectuales se preocupen por lo que está pasando». Ella pensó: «Quizás podría montar una obra de teatro».
Y puso en escena Esperando a Godot, que desde el punto de vista político y metafórico fue un gran hallazgo. Los civiles esperaban que al final Godot apareciera y pusiera final a la guerra. No fue así: tardó en llegar. Fue después de mandar bombardear a las baterías serbias y entonces yo conocí a Susan Sontag en Sarajevo porque desayunaba con ella y Annie Leibovitz todos los días.
Un día le pedí una entrevista, fue una gran entrevista, y por eso cuando me la encontré en Nueva York me dio un abrazo en el Museo Metropolitan que todavía me estremece. Ella tenía fama de ser una mujer muy fría y dura, porque te miraba y daba miedo por su inteligencia. Cuando murió yo estaba en Vallelado y la necrológica que hice está datada ahí.
Volviendo a Goytisolo…
Goytisolo acudió a esa llamada y el fotógrafo Gervasio Sánchez y yo le acompañamos como representantes de El País. Y, la verdad, demostró un valor cívico y personal impresionante e hizo unas crónicas estupendas. Yo le había leído mucho porque me gustaba Goytisolo, todas sus novelas experimentales, aunque no sé qué tal habrán envejecido (no he vuelto a leerlas). Él tenía resentimiento, aunque todos los autores lo suelen tener.
Era un escritor muy opaco. Rafael Chirbes hace un gran retrato cruel de su mundo en Mimoun.
No la he leído. Goytisolo era también una vanidad, aunque creo que escritor —sobre todo poeta— y vanidad son sinónimos. Ningún escritor considera que tiene el reconocimiento que merece.
En temas más graves, ¿cómo se sobrevive mentalmente al sitio de Sarajevo o el genocidio de Ruanda?
Pues supongo que enterrándolo y haciendo teatro. Yo he hecho mucho teatro y aunque no inspirado directamente en las experiencias vividas, sí como una reacción visceral disfrazada a través de tramas.
Es una panacea dramatizar esos temas, ¿no?
Quizás como tratamiento químico o electroquímico de material altamente doloroso. Cuando lo conviertes en teatro y tratas de que los actores encarnen parte de esas miserias y de esas angustias. Tengo una obra que se llama Sin maldita esperanza, dos pequeñas piezas.
La primera, que gustó mucho a Fernández-Santos, tiene dos monólogos: el primero es una chica masturbándose en un sofá mientras escucha a Janis Joplin. Al final, se disfraza de soldado y se pone un traje de novia encima de la pieza del militar. Todo ello debajo de una cama de matrimonio, que es de hospital.
Entonces es una obra un poco sobre las angustias del matrimonio y todo lo que representa, un poco las dudas de casarse o no casarse. La segunda parte es un monólogo de un tipo que está casado con su televisión, se apoya en esta y le pega una descarga en la polla. Luego todo después es una especie, así como de delirio. Era una obra catártica para intentar volcar esa angustia y desesperación a través de un teatro muy virulento.
Chateaubriand llamaba a las matanzas de la Revolución francesa «la humanidad de vacaciones». ¿Sentiste esto en Sarajevo y Ruanda?
Pasa que creo que sigue de vacaciones (risas). Creo que al final hay una falta de conciencia: no quisiera ser muy apocalíptico, pero hay una sensación de que la gente vive pensando que esto todo es duradero y sólido. Y creo que estamos en una balsa a la deriva. Hay tanta inconsciencia por todas partes y unos líderes, además, tan patéticos que nos vamos al desastre bebiendo y bailando. Pero es parte de nuestra naturaleza.
A propósito del drama y la guerra, ¿has visto el documental The Act of Killing? Es devastador, los criminales indonesios se rompen a la hora de recrear sus matanzas.
Sí, lo he visto. La pusimos en el ciclo que hicimos en el CaixaForum sobre cine y periodismo. Se dan cuenta, además, de que no habían tomado conciencia nunca de lo hecho. El director me parece un genio muy perverso también, pero consigue que pase algo ahí y es un «electroshock» mental para los propios criminales. Se dan cuenta poco a poco, ven un espejo, ¿hemos hecho esto?
Es una pena que esa idea no llegara a hacerse con los criminales en Yugoslavia. Sobre esto, ¿dejaste de ser pacifista al cubrir esos eventos? En los Balcanes la «no intervención» condenó a la minoría bosnia.
No me di cuenta de que la postura pacifista era una postura que te deja a salvo de cualquier dilema: te permite seguir viviendo sin mancharte las manos. Me dio la sensación de que es como alguien que ve que está habiendo una violación y entonces intenta convencer con buenas maneras al violador que no lo haga, que está muy mal hacerlo.
Entonces creo que este pacifismo forma parte de las perversiones de la izquierda. Yo recuerdo que Eduardo Haro Tecglen, con el que yo tenía bastante trato por el teatro —aunque fue muy duro como crítico, aunque me hizo algunas reseñas—, y aquellas columnas en El País al final de sus días. En «Visto y oído» recuerdo que equiparaba a bosnios y serbios y decía que la actitud de Occidente hacia «los míos» era porque «eran comunistas». Me pareció una perversión tan penosa…
De hecho, te debió arder la sangre ver a las viejas izquierdas apoyar a Milošević cuando quiso realizar un genocidio en Kosovo y fue bombardeado por la OTAN.
De la guerra justa hay mucho que hablar también, porque además estaba Blair ahí. Ahora, esta especie de supuesta equidistancia de la izquierda que sigue defendiendo lo indefendible. Recuerdo que cuando se produjo la invasión de Ucrania, una amiga que admiro mucho, una gran filósofa, me dijo: «¿Tú has visto la cara de fascista que tiene el alcalde de Kiev?».
Es tremendo que se pueda comprar esa mercancía. Me imagino a Putin descojonándose de los izquierdistas que todavía piensan que queda algo de izquierdas en todo el discurso. Y es curioso, al final tienen esa coincidencia con mi admirado Juan Manuel de Prada, al que tengo cariño, pero que está fascinado con Putin porque forma parte de este gran conglomerado de ortodoxia, tradición, Dostoievski, etc. Esa supuesta lucha contra la degeneración…
El gran timonel.
Hay algunos izquierdistas que coinciden en esa especie de postura, entonces, con un puritanismo ahí.
Cualquier persona que conozca la historia de los años treinta, la génesis del pacto Ribbentrop-Mólotov, sabe que fascistas y comunistas siempre acaban pactando.
Es una realidad.
Se demuestra cómo gran parte del tema ideológico es una cuestión de carácter.
Mira, cuando se descubre el pacto secreto entre Ribbentrop-Mólotov, ese acuerdo entre Hitler y Stalin para repartirse Polonia, muchos están intentando todavía descifrar por qué pasó sin tratar de ver que era una demostración de obscenidad absoluta.
Era el realismo político de la forma más descarnada sin consideración por la vida humana. Los relatos de Kolymá, de Shalamov, en fin, es un libro devastador porque recuerda la capacidad de crueldad soviética. Ves tipos todavía mucho más crueles que los nazis, que montaron una decoración, pero la verdad es que el gulag soviético fue espeluznante.
¿Has visto la foto del opinólogo Ignacio Ramonet, el pope izquierdista casi más influyente, poniendo flores en la tumba de Lenin?
En eso tenía mucha razón también Antonio Escohotado: la gente justifica a Lenin sin saber que la doctrina del crimen justificado por el bien común está en él. El mal estaba ya ahí precisamente. Cuando justificas el crimen para conseguir fines políticos al final estás pervirtiendo todo. Es mercancía profundamente averiada.
Salgamos un poco de estos temas pesados, vamos a la gran decisión de tu vida, ¿cómo te llega la oferta de incorporarte a ABC? ¿Por qué la aceptaste?
Eso se lo lleva Soledad Gallego-Díaz que murió hace no muchos meses. Yo desde muy pequeño tenía esta especie de obsesión —todo vuelve al final a la infancia— de irme lo más lejos posible. Cuando me escapé de casa, yo en realidad quería ir a Nueva Zelanda porque eran las antípodas de Galicia: si haces un agujero en Viveiro llegas a Christchurch. Solo llegué a Copenhague (risas).
En El País me enteré de que el príncipe de Asturias, el actual Felipe VI, iba a un viaje de Estado a Nueva Zelanda y Australia. Iba a ir Soledad Gallego-Díaz, pero como estaba obsesionado con las antípodas me metió en el avión del príncipe. En él iba Catalina Luca de Tena y nos hicimos amigos.
Entonces cuando volvimos del viaje me llama un día y me dice: «Oye, Juan Vicente Boo ha dejado la plaza de Nueva York» y prosigue: «¿Te gustaría ser corresponsal de ABC en Nueva York?». Me quedé lívido, fue un shock, y estuve un mes discutiendo con Ceberio sobre esta oferta. Él me dijo: «Es muy buena, no te la puedo superar, pero dime qué quieres para quedarte». Le respondí que quería África con sueldo de redactor jefe y viajar mucho más.
Fue un mes de discusiones con Ceberio y al final me dijo: «Mira, no somos The New York Times, ni Le Monde para tener una sola persona dedicada a África». Entonces, Ramón Lobo, que conocía esta oferta, me dijo: «Oye, si no vas tú, diles que yo me ofrezco» (risas). Y acepté.
Nunca me he arrepentido. Alicia Gómez Montano, que dirigía Informe Semanal y fue una gran amiga mía, me dijo que en ABC era mucho más libre y me dejaban trabajar. Me he sentido mucho más libre allí que en El País, quizá porque la derecha es mucho más caótica y el control democrático de la izquierda en esto siempre ha sido mucho más rápido. Ese control social y la habilidad perversa para dominar el discurso y las apariencias. En ABC fui feliz, disfruté muchísimo.
¿Sabías que una vez que se sale de PRISA no se vuelve? Solo lo ha logrado Maruja Torres, que ya era un tótem progresista en los setenta…
Ya, pero dejé muchos amigos en El País a pesar de todo, aunque me fui con cierto pesar porque tenía muchos conocidos allí. Aprendí mucho periodismo, pero la verdad es que nunca me he arrepentido de la decisión y la verdad es que he disfrutado mucho y el trato personal en Nueva York la verdad es que fue bueno.
Con la perversión añadida de que cuando yo fui sucedieron los atentados del 11 de septiembre. Mi madre, que es muy católica, dijo que «me había protegido el ángel de la guarda». Iba todos los días a misa cuando yo estaba en Sarajevo o Ruanda y parecía que la guerra hubiera seguido mis pasos a Nueva York.
¿Te sentiste mal al no tener una cita en el libro de Javier Cercas El periódico de la democracia?
Mira, acaba de salir el libro de Gay Talese El reino y el poder sobre The New York Times y lo citaban comparándolo. Pensé: «Por amor de Dios, es comparar un gigante con un enano». El libro de Cercas es un librito hecho de ocasión y con muy poca profundidad y sobre todo creo que comete un grave error y es confundir al periódico con sus columnistas.
El periódico es mucho más que eso: son los redactores, los fotógrafos, los que hacen los mapas, los dibujantes, los que maquetan y los correctores. Eso es el magma, el periódico real, y yo allí hice amigos con redactores y gente que estaba allí editando. La parte de edición, que es algo que no se trata en las facultades con bastante énfasis, es fundamental.
Esto es totalmente cierto.
Además, en El País he estado haciendo cierre muchas veces y la verdad es que lo pasé muy bien. Aproveché este para mandar un mensaje cifrado a mi amor, que es con la cual me acabé casando, y todas las noches en la segunda edición metía una letra en una crónica de internacional en cursiva. Era una técnica de espías y a las tres semanas tenías una frase de amor hecha con letras en cursiva incrustadas en esas crónicas. Todo gracias a que hacía el cierre en El País.
Volviendo al libro de Cercas, Elvira Lindo, que no ha visto una guerra ni en el cine, tiene unas cuantas citas.
La verdad es que no lo he leído a fondo. Tengo que leerlo mejor.
Buena respuesta gallega. Sin embargo, ¿no se tiende a mitificar al opinólogo por encima del reportero? Sin el segundo no hay noticia. El primero es prescindible, casi siempre…
Sí, por supuesto. De hecho, el máster que ahora dirijo se llama Máster en Reporterismo Internacional y lo fundé con José Guardiola (director de En Portada, que ahora está en México). Para él como para mí el reportaje es el gran género periodístico. La crónica periodística es la que ayuda a entender el mundo, entonces, y The New Yorker sigue sacando grandísimas crónicas que son impecables; literatura de alta precisión basada en hechos reales. Entonces, para mí es el mejor género, el más rico.
La opinión, además, acaba casi siempre siendo delirios sobre el ombligo del protagonista.
Es un tango reiterativo, además.
El caso de Sergio del Molino es paradigmático.
En Ceuta, por ejemplo, faltan historias de verdad: han hecho algunas, pero creo que en general faltan para que se pueda entender el mundo.
¿Qué diferencias hay entre El País y ABC? ¿En cuál pesa más la ideología? ¿En cuál más las ambiciones?
Uf, yo es que he estado en ABC muy a gusto. En ese diario donde se han olvidado de su historia y, sobre todo, de algo fundamental como era la imagen gráfica. La fotografía en portada: de hecho, las portadas que mejor han envejecido son las de la Primera Guerra Mundial y pienso que se podía seguir haciéndolo. Sin embargo, se dejó de contratar a las grandes agencias de noticias que tienen buenos fotógrafos.
Además, tiene todo ese archivo de ABC que se ha ganado gracias a la iniciativa de los duques de Luca de Tena (han conservado los originales, toda una historia gráfica). Eso es inmensurable y se ha descuidado. No hay ningún periódico europeo, entonces, que tenga lo que tiene ese diario. Se ha descuidado mucho esto, esa belleza de la puesta en página.
Después también creo que pesa demasiado la ideología: el problema de ABC y también de El País es que en España no ha habido liberalismo. Algunos dirán que al final no ha habido guillotina. Es una cosa muy extemporánea y vistosa, pero no estoy muy de acuerdo en eso de ser mejor cortando cabezas. Lo que creo es que aquí nunca ha habido liberalismo de verdad. Se podía haber apostado, precisamente, por ser un periódico liberal: Zarzalejos lo intentó un tiempo junto a otro director, pero al final no se ha perseverado. Y en El País, también, faltó un liberalismo socialdemócrata. Parece un sembrado imposible…
La pregunta de Jesús Cacho en el seminal El negocio de la libertad: «¿Qué fue antes, el PSOE o El País?»
Bueno, creo que ha habido una coincidencia de intereses. Supongo que tiene que ver con edad, biografía, etc. Coincidencias, bueno, mutuamente beneficiosas incluso con los años.
Pero en los noventa, incluso, Felipe González no le hablaba al enviado de El País por su nombre de pila. Esto lo hace Pedro Sánchez con Carlos E. Cue, nepobaby socialdemócrata.
No sé si había menos connivencia. Yo recuerdo…
Se mantenían las formas.
Pero había un diálogo constante: recuerdo llamadas de Javier Solana al periódico para ver qué foto se publicaba de él.
Gregorio Morán juzgaba en sus libros a Solana como una máquina de socialización; no había conocido a nadie mejor en relaciones.
Supongo que tenía esa capacidad de socializar, pero había ambición periodística a pesar de todo. Todo forma parte un poco de la historia de España, ya que creo que somos hijos de una historia en la que hay poca distancia entre los grandes administradores públicos. Todo ha estado muy mezclado de intereses familiares, religiosos y políticos.
Ha faltado algo como en Francia, como en el Reino Unido, de escuelas y de tradiciones universitarias; un poco lo que se intentó la enseñanza. Esto al final se perdió en la noche de los tiempos. Hubieran sido buenos unos funcionarios públicos defensores del bien común y con ética impecable.
Volvamos a tus viajes, viviste el Nueva York de las Torres Gemelas, la guerra de Irak y el rearme conservador, ¿qué quedaba de la vieja ciudad progresista?
Seguía quedando porque estaban las universidades y grandes escritores además de un grandísimo teatro. Se conocía a gente como James Salter o Harold Bloom. Entonces, había y hay todavía un buen periodismo.
Yo recuerdo que ya era el lector de sus revistas antes de llegar y para mí The New Yorker y The New York Times, con todas sus notas a pie de página, siguen siendo periódicos que tratan de acercarse lo máximo a la verdad con sus prejuicios y sus vínculos (el mundo judío en el caso del último). También, con la paradójica ayuda de Trump, es un diario que sigue considerando inteligentes a los lectores.
Precisamente, ¿cómo era el Trump antes de la presidencia en Nueva York? ¿No estaba en el ambiente?
La verdad es que no lo traté nada; estaba como fuera de mi entorno. Sí aparecía por ahí, pero era un personaje marginal para España. Entonces yo no sé si le dediqué alguna crónica, algo creo que no estaba pasando muy buen rato con los casinos y demás. Yo creo que ha sido una especie de gran bluf inflado por sí mismo y al final ha conseguido vender la moto de alguien que no es él. Se vendía, así, como una especie de gran reinvención y no lo era.
Háblame un poco del contraste entre las dos costas y el interior de Estados Unidos; clave para entender aquí el trumpismo y que algunos corresponsales europeos ni huelen.
Eso mismo lo reconocían los propios norteamericanos: cuando llegó Trump, algunos confesaron que no conocían el país por dentro. Y fíjate, uno de los mejores libros que publicó Enrique Murillo en Libros del Lince fue Crónicas de la América profunda, de Joe Bageant. Ofrece un conocimiento del terreno sin prejuicios ideológicos. La costa este, sobre todo el mundo de la Ivy League que lee The New York Times —la crème de la crème de la izquierda exquisita—, tiene una falta de contacto con la realidad. Hemos hablado antes de ese libro…
El título original, mucho mejor que el del editor, era Deer Hunting with Jesus y es demoledor. Muestra el país profundo como subsidiado, casi muriéndose de hambre y que es despreciado con clasismo por las dos costas.
Y eso creo que los demócratas lo han cultivado. De hecho, traté a alguna hija del exilio español y tenía una mirada condescendiente hacia los latinos, clasista, e incluso a las mujeres. O sea, machismo dentro de las propias mujeres que miraban así con cierta condescendencia a las que defendían otro tipo de política. Entonces creo que eso al final les ha costado muy caro y lo están pagando ahora mismo. Y Trump, con toda su perversidad y falsedad, conectó muy bien con ese resentimiento. Políticamente le ha dado resultados. No sé si al final va a durar, porque claro esa obscenidad en sus actitudes…
Trump se vulgarizó, se hizo pasar por un tipo común, para conectar con ellos. Encontró una masa electoral a la cual no había aludido nadie.
Muy olvidada y resentida. Forma parte, también, de esta especie de gran paradoja contemporánea. Ahora que, en teoría, tenemos la capacidad de conocer cualquier cosa del mundo con un dedo, al final es el triunfo del autoengaño y la mentira. Esto ha hecho estragos en todo el mundo y la gente está encantada de engañarse.
Entonces estamos todos viendo un mundo de fantasmagoría en el que la gente alimenta esta especie de fascinación por algo que sabe que es mentira, pero da igual. Diego Salazar, que es un periodista peruano que dio clases en el Máster, decía que el gran problema que veía en la prensa española era que vive encantada en la mentira.
Y esto forma parte de un gran magma: al final es esa especie de compadreo de «tú me mientes y yo te miento». Hacemos esto como parte de nuestra forma de estar en el mundo. Al final esto ha pervertido profundamente el periodismo y un poco la vida política. Y esto, a escala universal, creo que está teniendo estos resultados tan catastróficos.
El libro de Joe Bageant, quiero volver a él, es totalmente profético. Vale por decenas de superventas de Noam Chomsky los últimos años.
Chomsky ahora está fuera de juego porque parece que ha tenido un problema no sé si cardiovascular o mental. Al final ha sido una de las víctimas colaterales del caso de Jeffrey Epstein.
La imagen con él en el avión arruina reputaciones. Es el equivalente a un grabado de Robespierre y Luis XVI en una cena secreta en plena Revolución francesa.
Sí, la verdad es que sí, es descorazonadora.
En los últimos años has hecho de reportero rural en España, ¿no se repite el patrón ciudades-campo de EE. UU. en otros países? ¿Es común en Occidente?
Supongo que sí. Tiene que ver también con la cultura material, con el mundo intelectual y el mundo de las manos. Ese mundo de los oficios, esa especie de desprecio hacia África por parte de las élites españolas y europeas. Es ese desprecio a todo lo que se hace con las manos y al mundo que está fuera de las noticias.
Es una distancia entre el mundo real y el mundo que fabrican un poco los medios. La publicidad crea como dos sociedades que al final se desconocen. Creo que lo que hacía cuando me iba un poco por carreteras secundarias era descubrir esa especie de realidad que está fuera del radar de los medios. Su desconocimiento hace que la gente no entienda su propio país.
Michael Palin, uno de los Monty Python, describió el hacinamiento en los centros de menores en Ceuta en su diario del viaje por el Sáhara en 2002. La diferencia con Évole aquí…
Yo pienso que la humildad es un poco el reportero que va a escuchar, que no lleva la crónica escrita antes y que no opina. Al final cuenta un poco lo que ve y trata de ser lo más imparcial posible: poner la oreja en el suelo.
¿Cómo pasas a ser profesor? ¿Te es más fácil lidiar con adolescentes y jóvenes que con adultos amargados —núcleo de la profesión periodística—?
La verdad es que para mí la propuesta que me hizo Bieito Rubido de ser director del Máster de Periodismo, que algunos consideraron como antesala del despido, fue una bendición y una sorpresa. Allí descubrí que me encantaba enseñar y, sobre todo, tratar de contagiar la pasión por contar y leer.
De hecho, cuando hacía selección de alumnos siempre les pregunto qué están leyendo. Y es curioso que cuando entrevistas a periodistas latinoamericanos la diferencia es abismal. Los latinoamericanos ascienden socialmente a través de la lectura y el estudio. Cuando preguntas a titulados te responden Agatha Christie, que puedes hacerlo, pero cuando hablas a hispanoamericanos leen algún libro en inglés, ciencia ficción, poesía, etc. Es una ambición literaria por el propio dominio de la palabra que aquí en España deja mucho que desear. Hemos perdido mucho…
Hablar con periodistas latinoamericanos en España en muchas ocasiones es sentirte inferior: son máquinas de lectura.
Y, sobre todo, para ellos su referencia estaba sobre todo en Estados Unidos. Había una familiaridad con todo el mundo narrativo y periodismo anglosajón. Siguen siendo referentes en periodismo y fotografía. Eso no lo hemos tenido aquí. Aquí hay algunos que son un poco hijos de Francia y otros, muy pocos, de Alemania. Hay poco conocimiento de lenguas y del mundo más allá.
De hecho, para terminar, ¿qué le dirías al plumilla en primero de Periodismo con más ilusión que certezas?
Que leyera. Yo, además, lo que hago mucho es revisar y este año voy a volver a César Vallejo: he vuelto a leerlo con pasión y siempre empiezo las clases habiendo leído algún poema. Creo que es fundamental que los periodistas acaben entendiendo que a veces la mejor forma de sintetizar una realidad la encuentras en los poetas.
Líricos desde Machado a la Szymborska pasando de Pessoa a Mandelshtam: todos tienen una capacidad de síntesis de realidades profundas y me parece que son riquísimos. Brodsky, por ejemplo, he vuelto a leerlo otra vez y me parece fundamental para entender un poco el mundo soviético. Entonces, yo los animo a leer, o sea, que se alimenten permanentemente por la lengua.
Al final no sé si pensamos con palabras, pero si no eres capaz un poco de imaginar un mundo con palabras al final este oficio se muere. Pienso que además la necesidad del periodismo es radical y, sobre todo, hacen falta reporteros que cuenten el mundo.
Y, la maldad, ¿para cuándo tu boda en la Costa Brava con una guayabera rosa?
(Risas) La verdad que a mí me han casado dos veces y en ninguna de las dos hubo ceremonia alguna. Primero me casé en Kiev, delante del busto de Lenin, y la segunda vez en Nueva York, en el piso treinta y cinco. Emilio Cassinello nos casó con una cita de Bertrand Russell. Fueron bodas civiles ratificadas después y fueron, además, muy discretas.
Hay que reivindicar la superioridad estética de una sobria boda civil.
Creo que sí. Ya me he casado dos veces y he cubierto mi cupo.












