
Hay una viñeta cómica que circula estos días en redes y que lo resume todo mejor que cualquier editorial. En ella, Trump, vestido con túnica blanca y sandalias, le dice al Papa León XIV: «Tuve más gente que Jesús en mi resurrección.» El Papa, con la mano en la barbilla, le responde: «Se pronuncia insurrección.», haciendo referencia al asalto del Capitolio en enero de 2021. El chiste de Michael de Adder, caricaturista canadiense conocido por sus viñetas políticas, funciona en dos idiomas y en tres niveles simultáneos: es político, es teológico y es, por encima de todo, un diagnóstico cultural de un momento donde las fronteras entre lo sagrado y lo profano se han vuelto completamente permeables.
La viñeta no es ficción especulativa. Es crónica. Horas antes de publicar esa imagen de sí mismo como Cristo sanador, Trump atacó en Truth Social al papa León XIV llamándolo «DÉBIL con el crimen y terrible en política exterior», añadiendo que no quiere «un Papa que piense que está bien que Irán tenga un arma nuclear», una afirmación que el Pontífice nunca había hecho. León XIV, estadounidense como Trump, había respondido días antes a la amenaza del presidente de destruir la civilización iraní con una frase sin ambages: «Los ataques a infraestructura civil van contra el derecho internacional. Es también una señal del odio, la división, la destrucción de la que el ser humano es capaz.» Trump, por su parte, había escrito en Truth Social que «toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás». El intercambio resume con precisión brutal la naturaleza del conflicto: uno habla el lenguaje de la potencia militar, el otro el de la responsabilidad moral. Y ninguno de los dos parece dispuesto a cambiar de idioma.
Pero este intercambio de declaraciones inédito entre dos estadounidenses con cargos de máxima responsabilidad también pone el foco en la sacralización del liderazgo político, que tiene una historia larga y, en muchos casos, sangrienta. Pero lo que está ocurriendo en Estados Unidos tiene una especificidad que merece análisis: no es simplemente que Trump use la retórica religiosa (algo habitual en sus mandatos atrayendo el voto conservador evangélico), sino que una parte significativa de su base la ha interiorizado hasta el punto de que algunos de sus defensores más acérrimos han comenzado a preguntarse si, en lugar del ungido de Dios, están ante su antagonista definitivo.
El detonante más reciente fue una imagen generada por inteligencia artificial que el propio Trump publicó en Truth Social el pasado domingo. En ella aparecía vestido con una túnica blanca y una banda roja, con las manos irradiando una luz dorada sobre un hombre enfermo en una cama de hospital. La imagen era, visualmente, indistinguible de una representación de Cristo sanador. Trump la borró a las catorce horas y explicó a los periodistas que era «él como médico, curando a la gente». La reacción no tardó en llegar desde el propio entorno MAGA: «Es más que blasfemia. Es un espíritu del Anticristo», escribió Marjorie Taylor Greene en X. Taylor Greene es una congresista republicana de Georgia que ha sido una de las defensoras más ruidosas y leales de Trump durante años, conocida por sus teorías conspirativas y su retórica cristiana nacionalista. Que sea precisamente ella, y no un demócrata o un periodista liberal, quien recurra al lenguaje del Anticristo para describir a su propio líder es la medida más exacta de hasta dónde ha llegado la fractura.
Lo que siguió fue una cascada de deserciones simbólicas que nadie hubiera imaginado hace apenas un año. Clint Russell, presentador del podcast de derechas Liberty Lockdown, escribió que en dieciocho meses había pasado de votar a Trump con dudas a pensar que existe una probabilidad razonable de que sea el Anticristo. El pastor texano Joel Webbon, de ideología ultraconservadora, llegó a escribir que creía que Trump estaba «poseído por un demonio» y organizó una transmisión en directo titulada «¿Es Donald Trump el Anticristo?», según analizaban Makena Kelly y David Gilbert en WIRED.
La pregunta, formulada desde dentro del movimiento, no es menor. Y tiene un contexto.
¿Mesías o Anticristo?
La imagen del médico radiante no fue el primer episodio de este tipo. Semanas antes, en un acto de Pascua en la Casa Blanca, su asesora espiritual Paula White-Cain estuvo a punto de identificarlo explícitamente con Cristo: «Fuiste traicionado, arrestado y falsamente acusado. Es un patrón familiar que nos mostró nuestro Señor y Salvador», dijo, mientras Trump adoptaba un gesto de humilde siervo de Dios a sus espaldas.
El Financial Times lo analiza con precisión quirúrgica: el problema no es solo Trump, sino el ecosistema de adulación que lo rodea. Sus seguidores lo han descrito durante años como una figura «ungida» y un «salvador», retórica que se intensificó tras sobrevivir a dos intentos de asesinato supuestamente antes de las elecciones de 2024.
Si en su primer mandato la simbología religiosa fue una herramienta eficaz para conectar con millones de votantes ultraconservadores, en este segundo los paralelismos con Dios o con Jesús han alcanzado una intensidad que ya no admite lectura estratégica. Resulta difícil que cualquier persona, por narcisista que sea, calibre correctamente dónde acaba la metáfora y dónde empieza la blasfemia.
Trump ha llevado al extremo su mesianismo político y éste parece que se le ha girado en contra. Robert Jones, presidente y fundador del Public Religion Research Institute, señala que Trump ha puesto él mismo las condiciones para que sus detractores alcancen por la etiqueta del Anticristo: «La razón por la que la gente ha recurrido a esa etiqueta es porque Trump ha preparado el terreno para ello”. Y es precisamente en ese terreno abonado donde el enfrentamiento con León XIV adquiere una dimensión que va mucho más allá de la retórica.
Conflicto entre Washington y el Vaticano
Para entender la magnitud del enfrentamiento, conviene recordar que León XIV no es solo el líder espiritual de 1.300 millones de católicos en el mundo. Es, por primera vez en la historia, un Papa estadounidense, el cardenal Robert Francis Prevost, que habla directamente a los 53 millones de católicos que representan el 20% de la población de Estados Unidos. Una comunidad en transformación: cada vez más hispana, más inmigrante, y con una creciente distancia respecto al Partido Republicano. Según Pew, el 56% de los católicos hispanos registrados para votar se inclina por los demócratas. Trump ganó en 2024 con el apoyo mayoritario de los católicos blancos. Atacar al Papa es, en ese tablero, un movimiento de alto riesgo electoral además de teológico.
La tensión entre la Casa Blanca y el Vaticano había venido acumulándose desde meses antes del enfrentamiento por la imagen de Cristo-médico. El papa León XIV y el presidente Trump protagonizan una escalada de alto riesgo sobre inmigración y la guerra en Irán (con una retórica abiertamente mesiánica para justificar el inicio de las hostilidades), que expone una división abierta y poco habitual entre el Vaticano y la Casa Blanca.
Lo que está en juego no es solo un desacuerdo diplomático. El enfrentamiento enfrenta la autoridad moral del Vaticano contra el poder político y militar de Washington, mientras ambos configuran narrativas globales sobre guerra, diplomacia y dignidad humana.
En este sentido, los cardenales estadounidenses más prominentes, incluidos el de Chicago, Blase Cupich, y el de Washington, Robert McElroy, han reforzado públicamente la posición del Papa. Cupich calificó de «nauseabundo» tratar «una guerra real con muertos reales y sufrimiento real como si fuera un videojuego».
El impacto político es medible. Una encuesta de Pew Research Center de enero indica que el apoyo de los católicos blancos a la agenda de Trump ha caído al 46%, frente al 51% del año anterior. Una encuesta de NBC News de marzo otorgaba al papa León XIV una valoración de +34, muy superior a la del presidente.
La amenaza de Avignon
El conflicto tiene una capa más profunda que el intercambio de declaraciones en redes. El 22 de enero, Elbridge Colby, subsecretario de Defensa, convocó al entonces nuncio apostólico en Washington, el cardenal Christophe Pierre, a una reunión que, según fuentes de The Free Press y Letters from Leo bajo anonimato, no fue exactamente diplomática: los funcionarios habrían advertido al cardenal que Estados Unidos tiene poder militar para hacer «lo que quiera en el mundo» y que la Iglesia «sería mejor que se pusiera de su lado», con una referencia al papado de Avignon, cuando la corona francesa utilizó sus ejércitos para someter al Papa y trasladar la Santa Sede a Francia. El Pentágono calificó la información de «grosera y distorsionada», la Casa Blanca de «basura 100% fake news», y el Vaticano habló de una reunión «de misión regular». Una fuente en Roma la describió a The Pillar como «tensa» y «agresiva en algunos momentos». Cuando todas las partes se desmienten con tanta energía, algo ocurrió.
Thiel y el Anticristo como categoría analítica
Y siguiendo sobre la figura del Anticristo, hay nuevas cartas sobre la mesa en este sentido. Aquí es donde la discusión abandona el terreno de la política de declaraciones y entra en algo más inquietante. Existe una tercera perspectiva en esta triangulación que no es ni la del trumpismo ni la del Vaticano, y que procede de uno de los actores más influyentes y menos escrutados del momento: Peter Thiel.
Thiel, cofundador de PayPal, mentor político de JD Vance y fundador de Palantir, imparte desde hace años un curso privado sobre el Anticristo en círculos selectos de Europa y Estados Unidos: conferencias exclusivas, sin grabaciones, sin citas posibles. Inspirado en el filósofo René Girard, ha desarrollado una relectura del Anticristo que no es teológica sino estructural. En su marco, el Anticristo no es una figura de caos reconocible como tal, sino todo lo contrario: es un proyecto de orden perfecto, una promesa de paz que elimina el conflicto a cambio de homogeneización y control total. Su encarnación contemporánea no es Trump ni Putin. Es Greta Thunberg. Es decir: el multilateralismo, el globalismo, las políticas medioambientales. La democracia que construyó el orden internacional de posguerra.
Lo perturbador es que esta filosofía tiene un brazo ejecutor. Palantir firmó en 2025 un contrato de 10.000 millones de dólares con el Pentágono para tomar decisiones estratégicas mediante inteligencia artificial, incluyendo las de la guerra en Irán. El mismo ecosistema rastrea inmigrantes para el ICE y provee servicios a Israel en Gaza. Este mismo fin de semana, Palantir publicó un manifiesto de 22 puntos bajo el título La República Tecnológica, en el que argumenta que Silicon Valley tiene una «deuda moral» con la nación y una «obligación afirmativa» de participar en su defensa. La disuasión como producto. El miedo útil como propuesta de valor. La sospecha girardiana sobre el orden total no es especulación: es un contrato en funcionamiento y un manifiesto ‘urbi et orbe’.
El cuarto vértice: Israel y el mesianismo territorial
Pero el triángulo se convierte en cuadrado. Tiene un vértice que el análisis hasta ahora ha dejado en la sombra: Israel, el único actor donde el territorio, la profecía del fin de los tiempos y la geopolítica son, para millones de creyentes, una sola y misma cosa.
Una parte sustancial de la base evangélica de Trump no apoya a Israel por razones estratégicas o por solidaridad democrática. Lo apoya por razones teológicas. La politóloga Célia Belin, autora de un estudio sobre la derecha evangélica y los lobbies cristianos pro-Israel, lo resume con precisión: «Es un acto de fe. Muchos evangélicos apoyan a Israel igual que se oponen al derecho al aborto: se percibe como algo acorde con la voluntad de Dios”. Esta creencia arranca de una lectura literalista del Génesis, donde la promesa divina a Abraham se interpreta como aplicable por extensión al Estado de Israel: los países que lo apoyen prosperarán, los que se opongan sufrirán. En la lectura dispensacionalista que domina el evangelicalismo estadounidense (sistematizada en el siglo XIX por el pastor angloirlandés John Nelson Darby), el retorno del pueblo judío a la tierra prometida y la soberanía sobre Jerusalén son condiciones necesarias para el cumplimiento de la profecía bíblica y, en última instancia, para la Segunda Venida de Cristo. En este marco, apoyar a Israel no es política exterior: es cumplimiento de un mandato divino. Y Trump, que trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén en su primer mandato, lo sabe. Él mismo lo admitió: lo hizo «por los evangélicos», que estaban «más emocionados por eso que el pueblo judío.»
Esta convergencia crea una alianza peculiar: un líder secular israelí que utiliza el lenguaje de la supervivencia nacional y un presidente estadounidense cuya base interpreta esa misma supervivencia en clave apocalíptica. Dos mesianismos que se necesitan mutuamente sin compartir el mismo Dios ni el mismo relato sobre cómo termina la historia. Para el evangelicalismo trumpista, Israel es el escenario donde se resolverá el conflicto final. Para Israel, Estados Unidos es simplemente el aliado indispensable. La asimetría es estructural y nadie tiene interés en nombrarla.
El Vaticano observa esta alianza con una incomodidad que raramente formula en voz alta. La tradición católica tiene su propia teología sobre Israel y el pueblo judío, profundamente revisada tras el Concilio Vaticano II, pero que no comparte la lectura escatológica evangélica. Para León XIV, la paz en Oriente Medio no es el preludio de ningún Apocalipsis: es una obligación moral que se mide en vidas civiles y derecho internacional. La distancia con la lectura trumpista no podría ser mayor.
El mapa y sus tensiones
Lo que emerge de la lectura conjunta de estos cuatro planos —el mesianismo trumpista, la ética de la paz vaticana, la sospecha estructural de Thiel y el mesianismo territorial israelí— no es una síntesis cómoda sino un mapa de tensiones genuinas sobre el futuro del orden global.
El trumpismo tiene una potencia movilizadora enorme precisamente porque ofrece lo que la política secular ya no puede: sentido, cohesión, un enemigo claro y la promesa de restauración. Pero los movimientos que necesitan un Mesías para funcionar colapsan en el momento en que el Mesías decepciona. La mecánica es conocida: la sacralización del liderazgo exige una pureza que ningún líder real puede sostener indefinidamente. Los propios seguidores que hoy se preguntan si Trump es el Anticristo están experimentando, en tiempo real, ese agotamiento. No es una crisis de fe en Trump. Es una crisis de la estructura misma que lo produjo.
El Vaticano ofrece un contraplano basado en el diálogo y una condena firme de la guerra. Una posición moralmente consistente, y en el contexto actual, valiente. Aunque no exenta de la paradoja histórica de que la institución que hoy defiende a las víctimas civiles de Irán guardó un silencio demasiado largo ante el exterminio que dio origen, entre otras consecuencias, al Estado cuya existencia articula hoy buena parte del conflicto.
Y hay una escena reciente que ilustra todo esto con una precisión involuntaria que ningún guionista hubiera osado escribir. Pete Hegseth, secretario de Defensa, se presentó ante una reunión de oración en el Pentágono y leyó solemnemente lo que describió como un pasaje de Ezequiel 25:17: «El camino del caído está plagado por todas partes de las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malvados», dijo Hegseth. «Bendito sea aquel que, en nombre de la camaradería y el deber, guía al perdido a través del valle de la oscuridad, pues él es verdaderamente el guardián de su hermano y el que encuentra a los niños perdidos. Y castigaré con gran venganza y furia a quienes intenten capturar y destruir a mi hermano, y sabrán que mi indicativo es Sandy 1 cuando desate mi venganza sobre ustedes».
El problema es que ese texto no existe en Ezequiel. Procede del monólogo con el que Samuel L. Jackson abre una escena de Pulp Fiction, justo antes de vaciar un cargador sobre alguien. Hegseth no lo sabía, o quizás no importaba.
Porque en el orden mundial que estamos describiendo, la autenticidad de la Palabra o la Verdad son secundarias. Lo que importa es su capacidad de consagrar, de elevar lo ordinario a lo sagrado, de convertir una guerra en misión y un político en profeta. Cuando la frontera entre la escritura revelada y el guión de Hollywood se vuelve irrelevante, no es que la religión haya invadido la política. Es que la política ha aprendido a funcionar como religión: con sus dogmas, sus herejías, sus mártires y sus falsos mesías. El problema no es que Trump crea ser el ungido. El problema es que el sistema que lo rodea necesita que alguien quiera asumir esta figura y construir el relato de la Guerra Santa.







