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A los ricachones del futuro: háganme joven. De los trípodes de bronce a la explosión de inteligencia

Los cíclopes en la fragua de Vulcano. Rijksmuseum, Ámsterdam. (DP) inteligencia
Los cíclopes en la fragua de Vulcano. Rijksmuseum, Ámsterdam. (DP)

Los trípodes son unos seres que asisten a los dioses en la Ilíada de Homero. Son autómatas hechos de bronce, material que les otorga su condición de seres cuasivivientes. Durante muchos siglos, esa fue la clave: el compuesto. Con el tiempo y la paciencia suficientes, como la hormiguita de la fábula de Esopo, el desarrollo científico lo desmintió. Resulta que la inteligencia no es una sustancia transmitida por el bronce o cualquier otro elemento. Contra el parecer de algunos, no hay nada en la materia per se. La clave es más abstracta. Consiste en las pautas y en su automatización.

El límite de lo que se puede lograr reside en las reglas universales de la naturaleza. Hay cosas que son como son y punto. Por lo demás, barra libre. Todo es virtualmente factible. En los tiempos de la destrucción del templo de Jerusalén, la vacuna contra el covid, el wifi o ChatGPT ya eran posibles. Los terrícolas del siglo I a. e. c. apenas serían capaces de figurarse ninguno de estos fenómenos, pero estaban ahí, al alcance del cerebro humano.

Esto, por supuesto, también se puede aplicar a nuestros días. La prolongación indefinida de la juventud, el retroceso de la vejez, las máquinas de simulación de experiencias indistinguibles de «las reales», la generación de energía limpia e ilimitada o la incursión espacial son algunas posibilidades al alcance de una tecnología futurible, al menos si no se detecta en su consecución alguna violación de las reglas naturales.

Una vez que la inteligencia —sea lo que sea eso— ha sido replicada con éxito en la IA, el proceso podría llegar a adquirir un carácter exponencial. Irving John Good, colega del padre de la computación, Alan Turing, dijo en el ecuador del siglo XX: «Una máquina ultrainteligente es aquella que sobrepasa las capacidades intelectuales del hombre más listo. Dado que el diseño de esta máquina es una de dichas actividades intelectuales, ella misma podría diseñar una máquina todavía mejor, en lo que llamaríamos una explosión de inteligencia». He aquí el último invento necesariamente humano, el que abre la puerta de la singularidad tecnológica.

Es cierto que, en la práctica, la cosa no parece tan sencilla. De hecho, ciertas limitaciones de orden energético y material se presentan como un reto de no fácil solución. Pero tengamos presente que la inteligencia es poder; un poder abstracto capaz de anteponerse a las barreras que nuestra inteligencia actual no es capaz de solventar. En lo que atañe al tema energético y material, conviene recordar que el cerebro humano —ese capaz de formular con una precisión que espanta las normas abstractas que rigen el universo— opera con una economía energética harto frugal, unos veinte vatios. Con esa energía funciona una bombilla LED.

Ahora bien, ¿es el mundo, y todo lo que hay en él, computable? ¿Funcionan el cerebro y la creatividad brindada por él con algoritmos naturales? Si la respuesta es que sí, cabe insistir, las únicas fronteras a la vista son las leyes de la naturaleza. Y ellas, afortunadamente, son bastante laxas. Tanto como para permitir, por ejemplo, que quien escribe o lee esto multiplique sus años de férrea salud.

Ha habido unos cuantos aguafiestas. Por mencionar algunos pesos pesados, el filósofo Jean-Pierre Dupuy pertenece al bando que defiende que inteligencia y conciencia no se reducen a operaciones computables. En el mismo banquillo, el premio Nobel Roger Penrose insiste en que el nexo entre la física relativista y la cuántica no es computable. De hecho, para él el puente entre ambas puede pasar por la conciencia.

No nos dejemos impresionar, pues en el otro banquillo se sientan, por ejemplo, John McCarthy, Marvin Minsky, Allen Newell o Herbert Simon. Estos padres fundadores de la IA entendieron la mente como una máquina simbólica capaz de manipular representaciones. Esto es, la inteligencia natural, fruto de los algoritmos evolutivos, no hace esencialmente nada distinto de la inteligencia artificial. La diferencia entre la primera y la última es cuantitativa, no cualitativa.

Ninguno de los contendientes debe su postura al azar. Por centrarnos en uno, el principal soporte argumentativo de Penrose procede de los teoremas de incompletitud de Gödel. Con ellos, Gödel demostró que cualquier sistema formal suficientemente potente para expresar la aritmética contiene proposiciones verdaderas que no se pueden demostrar dentro del sistema. Dicho en plata, siempre habrá verdades que escapen al organismo formal, abstracto, computacional, reglado, que pretende abarcarlo todo. La interpretación penrosiana dice así: si un matemático humano es capaz de vislumbrar la verdad de alguna de esas proposiciones indemostrables, la mente no se puede simplificar con un algoritmo. Ergo, la mente humana ofrece una prueba de la existencia de algo no computable en el universo.

En este partido de tenis, el problema señalado por el contrincante es que dicha conclusión no se sigue forzosamente de los teoremas de Gödel. Estos asientan límites para los sistemas formales, no para cualquier proceso físico con potencial de cálculo. Un algoritmo puede modificar sus propias reglas, construir sistemas cada vez más potentes o trabajar sobre una sucesión indefinida de formalismos sin quedar confinado a uno solo. Es más, el propio argumento de Penrose exige atribuir al matemático humano una capacidad de reconocer infaliblemente la verdad de las proposiciones gödelianas, justo aquello que la experiencia cotidiana desmiente. Los matemáticos se equivocan, discrepan entre ellos y requieren demostraciones.

En el caso de que la mente humana estuviera cualificada para trascender cualquier sistema formal, cabría esperar una infalibilidad de la que, sin embargo, no hay rastro. Los teoremas de Gödel revelan que existen límites para ciertos lenguajes matemáticos, pero convertir ese hecho en una demostración de que la conciencia alberga un misterio no computable acarrea un salto filosófico mucho mayor que el matemático que lo precede.

Elevando la discusión a un terreno más metafísico, la misma idea de que en el universo hay recovecos no reglados, espacios que ninguna inteligencia (llamémosla caprichosamente artificial o natural) sería capaz de manipular o aprovechar, es en sí misma algo delirante. Si hay algo y no nada, es por el orden, por eso que los griegos llamaron kósmos en contraposición con el kháos, el puro desorden del que nada puede surgir. Gráficamente, las piezas del puzle tienen que encajar para que florezca alguna imagen.

Estén compuestos de grasa, agua o silicio, cerebro y máquina —su inteligencia— son un efecto de ese orden. Ambos proceden de la presión evolutiva, la segunda como una consecuencia de la primera. Y así, si la inteligencia es una pauta y no una sustancia privilegiada, si el cerebro no hace milagros, sino que opera con regularidades naturales, entonces no hay razón para pensar que las posibilidades tecnocientíficas terminan con el wifi.

En 1930, cuando se sospechaba que las matemáticas se habían topado con un tabique infranqueable, David Hilbert cerró una de sus conferencias con una proclama que es bandera contra el derrotismo intelectual. Frente a los «nunca se podrá», respondió con una declaración de confianza en la inteligencia: «¡Tenemos que saber! ¡Sabremos!».

La singularidad no llegará mañana, ni en noviembre. Tal vez tropiece con contingencias imprevisibles —bélicas o de otro orden— o vaya adoptando una forma distinta de la que concebimos ahora. Los problemas, en cualquier caso, seguirán siendo resolubles. Salvo catástrofe insalvable (que bien puede suceder), cuando se cierre una puerta, se abrirá una ventana. Este optimismo, evidentemente, responde a un interés en que el río siga ese cauce. Si la prolongación radical de la juventud termina siendo posible dentro de los próximos cincuenta años, agradecería enormemente que alguien —algún ricachón que acceda primero a dicha tecnología— tuviera la deferencia de acordarse de ese viejito que llevará mi nombre. ¡Háganme joven otra vez!

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