Norman Routledge y el silogismo de Alan Turing

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Alan Turing. Fotografía: University of Calgary.

Norman Routledge era el tipo de matemático británico que se distingue por la pajarita, los colores vigorosos de sus camisas y por una o dos aficiones extravagantes, en su caso tocar el arpa y coleccionar estampados de William Morris. Fue maestro de maestros entre las piedras solemnes del King’s College de Cambridge, donde antes se hizo doctor en Lógica Simbólica, y publicó algunos de los primeros ensayos sobre computación electrónica que constan en el registro académico del país. Sirvió al ejército en la Royal Aircraft Establishment operando el primer ordenador británico que no era un prototipo, tuvo alumnos tan insignes como James Charteris —profesor a su vez de Bill Clinton— y Stephen Wolfram —creador del Wolfram Alpha y del software Mathematica— y entre sus amigos contó a algunos de los miembros más distinguidos de su generación intelectual, entre ellos los novelistas Simon RavenEdward Morgan Forster.

A los treinta y un años, sin embargo, Routledge abandonó su pujante carrera académica y se retiró de la universidad como un discreto housemaster o profesor de internados, del Eton College en 1959 y del Cotton College en 1973, donde permaneció hasta su jubilación y donde se suele recordar su contribución a la especialización musical de la institución. Murió en Londres el año pasado y aunque los periódicos publicaron algún obituario más o menos destacado, se hizo necesario señalar al lector quién era y a qué dedicó su vida, que fue a casi nada reseñable desde su repentina desaparición de la escena pública. No hay biografía sobre él ni página en Wikipedia. Un portal de internet cuenta con una estupenda colección de cortes de vídeo en los que habla sobre sí mismo, pero solo en algunos el contador de visitas supera por poco los dos centenares.

Nuestro matemático va a pasar a la historia, sin embargo, aunque con la forma de un asterisco y una breve nota el pie en la biografía de otro hombre. Norman Routledge es el «Dear Norman» al que se dirigía Alan Turing en aquella carta privada suya de 1952, una de las más famosas que dejó, en la que le describía las condiciones de su inminente procesamiento judicial y expresaba su temor porque aquello acabase con el futuro de la computación electrónica.

Me he metido en el tipo de problema que siempre he considerado posible para mí, aunque le concedía un riesgo de 10:1. En breve me declararé culpable de cargos de delito sexual con un hombre joven. La historia de cómo todo esto llegó a conocerse es larga y fascinante y te la resumiré algún día, pero ahora no tengo tiempo de contártela. No cabe duda de que saldré de ella como un hombre diferente, pero aún no sé cuál (…). Me temo que algunos recurrirán al siguiente silogismo en el futuro.

Turing cree que las máquinas pueden pensar.
Turing se acuesta con hombres.
Por lo tanto, las máquinas no pueden pensar.

Tuyo y preocupado,

Alan

Dos años después Turing se suicidó, como todos sabemos, y hoy las máquinas pueden pensar, como entonces solo sabía Turing. Fue encontrado culpable de «gross indecency contrary to Section 11 of the Criminal Law Amendment Act 1885» y sufrió las secuelas del tratamiento al que se le condenó, entre ellas una agresiva terapia conductual y un tratamiento hormonal que devastó su mente e hizo estragos en su cuerpo, acabando con su atractivo físico y haciendo que se le desarrollasen pechos. En 1954 apareció muerto en su casa después de morder una manzana a la que había inyectado cianuro y seis décadas después no hemos sido capaces aún de descifrar el enigma detrás del gesto, si es que hay alguno. Para algunos fue una referencia a Newton, para otros un guiño lírico a Blancanieves y para los más aventurados, léase conspiranoicos, la manera que tuvo el MI6 de simular lo que en realidad fue un asesinato. Routledge lo conocía y sabía algo más, pero no lo dijo. De hecho, durante décadas no dijo absolutamente nada sobre Alan Turing.

Por su parte, Routledge reunió valor para confesar públicamente su homosexualidad solamente en la vejez, ya retirado. Según su hermana, a quien citó Tam Dalyell con ocasión de su obituario, el outing fue un gran alivio para Norman, que vivió conciliado íntimamente con su orientación desde la adolescencia pero que en la madurez llegó a sentir pavor ante la posibilidad de que se conociera, en particular porque trabajaba diariamente con chicos jóvenes y especialmente después de lo de Turing. Su miedo, como él mismo comentó en alguna ocasión, no era ese tan académico al ninguneo y a la erosión de la reputación, a la que a fin de cuentas había renunciado al consagrarse a un oficio con tan poco estatus como el de profesor de internados, a la postre tan discreto. Era miedo al dolor material, a la represalia física y a los tormentos del cuerpo. Miedo a lo que le hicieron a Alan.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Turing había sido la más brillante de las cabezas reunidas por el ejército británico en la mansión de Bletchley Park, donde consiguieron descifrar el código secreto de las máquinas Enigma de cifrado rotatorio de los nazis y de donde salían sus legendarios informes Ultra sobre los movimientos tácticos del enemigo, que iban en una caja cuya llave solo poseía Winston Churchill. En parte gracias a las computadoras Colossus que se crearon a tal efecto y en parte inspirado en el ordenador ACE de Turing, el National Physical Laboratory produjo después una gran máquina que se instaló en las instalaciones militares de la Royal Aircraft Establishment en Hampshire, operada por el propio Turing.

Allí es donde se conocieron él y el joven Routledge, que tenía que hacer el servicio militar después de la carrera y se ofreció como investigador en la base, persiguiendo en realidad la estela del matemático. Turing no era la figura archiconocida de hoy pero sí un referente académico para cualquiera interesado en la rama emergente de la computación electrónica. Ambos descubrieron su misma orientación sexual y se hicieron amigos, aunque en las palabras de Routledge siempre ha ido implícito que nada más. Después se separaron y se volvieron a ver solo en algunas ocasiones antes de la muerte del científico en 1954, cuando tenía cuarenta años. Poco después Routledge, de apenas treinta, se retiró de la universidad y no contribuyó de ninguna otra forma más al desarrollo de la informática.

Un antiguo alumno de Norman Routledge, el matemático Stephen Wolfram, se maravillaba hace poco en su blog por el hecho de que su profesor jamás mencionase su amistad con Turing, algo de lo que cualquier matemático como él debería pavonearse. Lo aduce a que el padre de la computación no era entonces la leyenda que es hoy, pero se equivoca. Routledge solo habló de su relación con Turing después de reconocer su propia homosexualidad, en la vejez. Haberlo hecho antes habría levantado suspicacias sobre él mismo.

Cuando finalmente lo hizo descartó el asesinato o la muerte accidental de su antiguo amigo, que según él se suicidó. La prueba es que muchos años antes de quitarse la vida, cuando aún estudiaba en Princeton, el científico había llegado a hablar en privado de una técnica que había depurado para simular su propia muerte accidental en el caso de que se tuviera que suicidar, que en efecto incorporaba cianuro y una manzana. Es una teoría que sostiene su mayor biógrafo, Andrew Hodges, que adquiere sentido al comprobar el terror de Turing al procesamiento por su homosexualidad, expresado con elocuencia en su carta a Routledge al hablar del «tipo de problema que siempre he considerado posible para mí». Un terror que después hizo presa del mismo Routledge y le llevó al escondimiento, el silencio y la inacción hasta su muerte, de la que se cumple un año el próximo 27 de abril. El 7 de junio se cumplen sesenta de la de Turing.

Uno de los mayores logros de Wolfram, el pupilo de Routledge, es Wolfram Alpha, un buscador de internet que arroja datos matemáticos sobre el tópico que desee el usuario y que se propone —a largo plazo— «hacer computable todo el conocimiento sistematizable y convertirlo en accesible para cualquiera». Cuando tecleamos en él «homosexuality», Wolfram Alpha presenta un bonito gráfico sobre la recurrencia de la palabra en la historia por millones de menciones al año y algunas de las rimas que su algoritmo asocia con el término después de indexar sus datos, que solo en los primeros términos del orden alfabético incluyen la «anormalidad», la «brutalidad» y la «criminalidad». Quizá si Turing hubiese vivido o si Routledge no se hubiese visto obligado a callar este algoritmo sería hoy más perfecto y no reflejaría tan fielmente lo fea que es la realidad, condición de la perfección en un mundo tan feo como el nuestro. Y sería bueno, porque si Turing hubiese vivido y Routledge no hubiese callado el mundo habría sido, sin duda, un lugar mucho menos feo.

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7 comentarios

  1. Pingback: Norman Routledge y el silogismo de Alan Turing

  2. No recuerdo dónde, pero en algún sitio he leído que la manzana mordida de Apple también hace alusión al suicidio de Turing.

  3. Pingback: Article a Jot Down: “Norman Routledge y el silogismo de Alan Turing” | Blog de la Biblioteca de Matemàtiques

  4. “…y hoy las máquinas pueden pensar, como entonces solo sabía Turing”

    Y te quedas tan ancho.

  5. Alejo Urzass

    Interesante artículo, a pesar de los pocos comentarios.

  6. Neskinho

    Nunca comento, pero tocar a Turing es tocar a un grande.

    Aquí su historia contada con una belleza que me pasma:
    http://barcomasgrande.blogspot.de/2008/04/el-profe.html

    Rober, en la narrativa los autores se toman licencias, esa es una.

  7. Pingback: Tuyo y preocupado, Benedict Cumberbatch lee a Alan Turing | blognooficial

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