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El verano que leí tres libros que no existían: más allá había monstruos

Tule como Tile en la Carta Marina de Magnus, 1539. DP libros
Tule como Tile en la Carta Marina de Magnus, 1539. DP

Que levanten la mano quienes hayan leído al menos un libro este verano.

Venga, no sean tímidos. No espero mucho de ustedes.

Así es como empezó mi primer día de clase de instituto. Era la clase de lengua y literatura, allá por septiembre de 1997. Yo tenía catorce años recién cumplidos —vamos, un espárrago con patas, la cara en ebullición y una mirada reflejo de la inocencia del niño que todavía era— y mi profesor el aspecto terrible de una rata de biblioteca que, por azares del destino, ha ido a parar a una clase maloliente de adolescentes chillones cuando le hubiera gustado estar recitando poemas de Luis Cernuda con el público gimoteando frente a él, en un espacio cerrado repleto de humo de tabaco.

Chaqueta de pana marrón, pantalones de pana anchos de un marrón más oscuro, zapatos náuticos negros y desgastados y unas gafas de culo de vaso que no ocultaban su mirada de mala leche. Aun con todo, ante su pregunta, yo levanté la mano. Orgulloso no porque hubiera leído un libro ese verano, sino porque ¡había leído tres!

¿Qué libros son esos?

Me preguntó encogiendo la nariz y frunciendo el ceño, un gesto en el que intuía sorpresa y hasta cierta curiosidad.

Yo hacía un par de veranos que había descubierto una colección de libros preciosa en una biblioteca de la ciudad y me había propuesto leerla completa durante los periodos estivales. Eran unos libros con una encuadernación maravillosa que simulaba un mármol negro con vetas grisáceas. Colocados todos juntos en un mismo estante parecían una losa que ocultase un tesoro. La fuente en la que estaban escritos los títulos en el lomo parecía brillar; el emblema que diferenciaba cada saga representaba una bandera medieval ondeando justo encima del número de la colección.

Pero no solo eso hizo que verano tras verano engullese estos libros. Al tirar del lomo de cada uno de ellos, aparecían unas ilustraciones en la portada que nunca había visto en otros libros; eran preciosas y absolutamente evocadoras. También lo era el dragón que parecía salir echando fuego de un cofre en la parte superior, justo bajo el lema: Ultima Thule.

Raum, duque del infierno; Skraelings; La saga de Hrolf Kraki.

Dije esperando que todo el mundo supiera de qué estaba hablando.

Pero después de mi intervención se hizo un silencio absoluto en el aula. Mi profesor arrugó aún más la frente mientras aparecían algunas risitas tontas hasta que, al cabo, él mismo cambió de tema un poco confundido.

La sensación de orgullo por empezar el curso con buen pie se desvaneció. Me quedé tan cortado que me pregunté qué es lo que había hecho mal. La relación con mi profesor nunca remontó.

La llamada

Aquel gesto torcido no fue inocuo. Provocó que inconscientemente profundizase en la rareza y el significado de mi atracción y gusto por esos libros y en la contradicción que surgía de haberlos encontrado en un estante de la biblioteca pública, al alcance de chicos y chicas como yo en lugar de estar en la sección de libros peligrosos.

En el verano siguiente, cuando le tocaba el turno a los volúmenes que hablaban de Jirel de Joiry y Hadon, el de la antigua Opar, recuerdo cierto sentimiento de malestar, incluso culpa, al meterlos en mi mochila para llevarlos al pueblo donde se suponía que los devoraría.

A partir de ahí, mis recuerdos sobre la lectura de estos ejemplares se desvanecen, pero su influencia en mi imaginación y en mi propia posición y evolución respecto al género es imborrable. Si me pregunto cómo empecé a leer fantasía, a vivir en la ensoñación de la fantasía, es inevitable no mencionar a Ultima Thule.

Todavía hoy, cuando entro en una biblioteca y empiezo a pasear por los pasillos repletos de estanterías, a veces siento una llamada —como si fueran los tambores que salen de la caja de Jumanji—. Es alguno de esos miles de libros que mediante no sé qué tipo de brujería intenta atraerme hacia él.

Yo me dejo. Me pasó con Ultima Thule, pero también con El Señor de los Anillos unos meses después de mi primer día de clase —aún veo la estantería alta donde estaba—; con El príncipe valiente… Todos ellos libros y cómics a los que llegué atraído como por una ensoñación mágica y que después me han acompañado durante años o décadas no solo como entretenimiento y evasión, sino también modificando mi propia realidad a través de lo leído y aprendido en ellos. Transformando en ocasiones el aspecto literal de mi mundo, embelleciéndolo con el atrezo generado por mis recuerdos y evocaciones de mundos que solo existieron dentro de mí.

No en vano, Raum saltó directamente a mis partidas de rol. Varios de mis personajes se llamaron como él, buscando repetir la misma experiencia que había tenido al leer sus aventuras en las novelas.

Cuando camino por el monte aún veo en los matices claros de la luz atravesando el verdor de las hojas los árboles de Lórien o, si el terreno es muy tupido y oscuro, los peligros del Bosque Negro; también busco enemigos emboscados en la copa de un roble o el humo de la chimenea de una taberna donde descansar. Cuando paseo en bicicleta y llego a la cima de una colina, oteo como si estuviera sobre mi caballo el terreno llano y ondulante que me queda delante para llegar a Camelot.

Los dragones

Para que esta colección surgiera, alguien tuvo que cruzar la frontera en busca de dragones.

En 1989 la editorial Anaya sugirió a Javier Martín Lalanda que fuera el editor, el selector de títulos y el traductor de una nueva colección. La intención era publicar en ella las historias completas de Tarzán; afortunadamente —al menos para mí— los herederos de Burroughs pidieron condiciones abusivas en concepto de derechos y la colección derivó en lo que al final se llamó Ultima Thule.

Fueron veinte títulos publicados en cuatro años —hasta pocos meses antes de mi aciago inicio de curso—, con una línea claramente definida por «la gran aventura, siempre con un toque historicista». Para acompañar los textos, contaron con las preciosas ilustraciones de Pablo Torrecilla, quien por entonces no tenía más que veintiséis años de edad.

Todos los volúmenes tenían un prólogo escrito por el propio Martín Lalanda muy bien documentado, en el que daba información sobre el autor o la autora del libro, además de curiosidades sobre el contenido en lo relativo a la parte histórica o legendaria de cada texto. Prólogos que yo, de adolescente, me saltaba para llegar a la peripecia rápidamente.

Pero estos prólogos no eran lo único que convertía a la colección en un artefacto extraño y delicado en manos de imberbes. Muchas de las historias que se relatan —sin ir más lejos, las de Raum— podrían ser fuentes de las que hoy beben muchas de las sagas actuales de fantasía oscura o grimdark. Es decir, historias que no son condescendientes con el lector, que no endulzan las escenas de violencia, donde la moral es ambigua y en las que los héroes no siempre ganan ni tampoco son siempre buenos.

La colección está descatalogada desde hace tiempo y sus libros están muy cotizados en plataformas de segunda mano. Ultima Thule no escapa al ataque patológico de lo nostálgico de nuestra generación, pero eso no quita para que algunos de sus libros —por qué no todos— tuvieran un hueco legítimo en el mercado actual.

En los últimos años he ido releyendo algunos de ellos y mientras que la trilogía inacabada de Raum me ha decepcionado un poco, otros como los de Solomon Kane o la propia Saga de Hrolf Kraki me han hecho reconectar con mi propia original e intransferible forma de entender y vivir el género. Esta última, junto a La espada rota del mismo autor —Poul Anderson—, han sido publicadas por Runas en 2006 y 2016.

En una entrevista publicada por Fabulantes en 2017, Lalanda afirmaba que la falta de vigencia de alguno de los autores que él seleccionó en su momento se debe al mercantilismo editorial, pues da la impresión de que es más fácil contratar obras de autores recientes. «Los editores piensan que los autores de hace treinta años solo les pueden gustar a los lectores carrozas», comenta.

A ver, no me voy a erigir en el paladín de las palabras de Martín Lalanda porque bien puedo ser uno de esos carrozas a los que alude; pero lo cierto es que hoy se publica muchísima más fantasía que hace treinta años, diría que más que nunca. El catálogo de títulos buenos, malos y regulares es infinito y el mainstream del entretenimiento —ahí está Juego de tronos, por ejemplo— ha visto su potencial quitándole cierta aura romántica a iniciativas ilusionantes como la que tuvo Anaya en su momento.

Internet y las redes sociales han hecho casi innecesarias las «llamadas» místicas para encontrar lectores, aunque estoy seguro de que los libros las siguen haciendo para tratar de llegar a algún despistado o alguna despistada en medio del caos y el ruido.

A medida que la fantasía se hacía un hueco cada vez más visible en el panorama cultural, también han proliferado los profesores vestidos de pana —no solo en la fantasía—, porque mientras que no estamos atentos a nuestras propias llamadas, nos ocupamos de criticar las de los demás.

Tengo la impresión de que es una cuestión de miedo. De que cada uno de nosotros tiene una Ultima Thule a la que miramos desde lejos. Pero hemos de ser valientes, cruzar la frontera y enfrentarnos a los dragones. Y si no quieres, tú te lo pierdes.

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