
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #54 «El Dorado», ya disponible aquí.
En diciembre de 2001 tenía poco más de veinte años y estaba sumido en una depresión, en un tiempo en el que esa palabra todavía no circulaba con naturalidad y no existía un vocabulario compartido para nombrar el malestar psíquico, cuando ni siquiera se la había ocurrido a nadie usar la presunta enfermedad mental como capital social y te limitabas a estar terminalmente jodido sin saber muy bien cómo explicarlo, con el cuerpo exhausto por el insomnio, la cabeza convertida en un zumbido constante y una idea casi burocrática que surgía del delirio como una pompa de mierda en una alcantarilla: lo mejor para todos es que me muera. Cuando finalmente acudí al médico para preguntar qué me estaba pasando, la respuesta fue limitada y torpe. Para entonces, pocos meses antes del estreno de El Señor de los Anillos: la Comunidad del Anillo, yo ya había intentado suicidarme.
Con resultado decepcionante porque en caso contrario no estarías leyendo esta chapa, no hace falta aclarar. Llevaba toda la vida leyendo a Tolkien y moviéndome dentro de una Tierra Media que reconocía como propia. El Hobbit, El Silmarillion, El Señor de los Anillos habían estado ahí durante años, no solo como búnker de lecturas en la infancia y adolescencia sino más bien todo un sistema de coordenadas íntimo, un lugar con poéticas y paisajes que me resultaban familiares. Necesitaba ver aquella película, quería volver a entrar en ese mundo, y que esta vez fuera mediado por una pantalla y por la maquinaria mágica del cine. El día del estreno de La Comunidad del Anillo fui solo a verla porque un deprimido siempre está solo, alejado por quienes no te quieren porque molestas y alejado de quienes sí te quieren porque tú no quieres molestarlos. Y durante aquellas tres horas ocurrió algo que entonces no supe nombrar, pero que hoy puedo describir con precisión: durante ese tiempo estuve fuera de mí. Fuera de la travesía por el vacío negro, fuera de la negociación diaria y agotadora con la idea de desaparecer. No hubo epifanía ni reconciliación súbita con la vida, no salí del cine curado ni transformado, pero el abismo quedó en suspenso mientras la Comunidad se iba formando y avanzaba por la Comarca, Rivendel, Moria, Lothlórien, y durante tres horas Peter Jackson y todo el equipo del film acallaron el ruido blanco que era mi mundo.
Volví a la semana siguiente, y a la siguiente, y a la siguiente. Perdí la cuenta. Durante semanas, durante meses, fui una y otra vez al cine a ver La Comunidad del Anillo, casi siempre solo y algunas pocas veces con las personas más queridas, hasta que la película dejó de ser un estreno y se convirtió en un ritual, en un horizonte mínimo que ordenaba la semana porque si lograba aguantar hasta el sábado tendría tres horas de alivio, tres horas de tregua, tres horas sin pensar en matarme. Luego ya veríamos. Aguanta, Ricardo. Aguanta hasta el sábado.
El resto del tiempo lo atravesaba como podía, dando paseos larguísimos y obstinados, con un discman (¡2001, amigues!) del que brotaba un torrente de doom metal lento, denso, grave y funerario, un género que no diría uno que está pensado precisamente para alegrarte el día pero que justo por regodear sus ritmos en el dolor lo contenía y acompañaba en la tristeza en lugar de combatirla. No hay ninguna épica en aquello, ni relato de superación, ni aprendizaje ejemplar. Era poco más que una resistencia biológica. Poco a poco las ideaciones suicidas fueron perdiendo frecuencia, la depresión no desapareció —no desaparecen esas cosas— pero dejó de ocuparlo todo, y empecé a querer salir de aquel desierto de arena negra, aunque fuera sin saber muy bien hacia dónde ni con qué fuerzas.
Puede sonar ridículo dicho así pero las verdades suelen resultar pequeñas y ridículas: durante un tiempo, El Señor de los Anillos y el doom metal me ayudaron a seguir vivo. No me salvaron, no me ofrecieron respuestas, soluciones a haber soportado una vida insoportable ni magia a mi química cerebral. Me dieron algo más modesto y más urgente. Me dieron evasión.
Contar esto así tiene algo de indecoroso y obsceno, ¿verdad?, como si al narrar una experiencia personal uno estuviera tratando de comprar indulgencias para la teoría que viene después, y por eso conviene aclarar cuanto antes que lo que ocurrió en aquella sala de cine no fue una huida de la realidad ni un repliegue hacia una guardería para adultos incapaces de enfrentarse a la vida, sino algo bastante más serio y, a la vez, más elemental, algo que tiene menos que ver con la negación del mundo que con la necesidad urgente de tomar aliento dentro de él.

Años después escuché formular esa intuición con una claridad envidiable al profesor Eduardo Segura, en dos conferencias celebradas en la Fundación Juan March tituladas J. R. R. Tolkien: su vida, su obra, su tiempo, donde insistía en que Tolkien jamás entendió la fantasía como escapismo en el sentido peyorativo del término, sino como lo que llama lícita evasión, una distinción que vale su peso en oro y que convendría tatuar en el culo de más de un vigilante del canon. La evasión no es la del desertor que abandona el frente, sino la del prisionero que, aun rodeado de muros, se permite no pensar todo el tiempo en la cárcel. Porque no hay ningún mérito moral en recrearse sin descanso en el propio encierro, del mismo modo que no hay madurez alguna en confundir lucidez con autoflagelación.
Eso era exactamente lo que sucedía entonces aunque no tuviera palabras para explicarlo. Durante tres horas podía dejar de mirar fijamente los barrotes sin olvidar que seguían ahí, podía desplazar la atención hacia otra parte sin negar la existencia del dolor, y en ese desplazamiento provisional recuperaba algo de la energía que la depresión había ido erosionando con paciencia geológica. Tolkien pensaba la fantasía, precisamente, como una forma de recuperación, casi de rehabilitación en el sentido más completo del término, como la posibilidad de volver a estar capacitado para algo después de haber sido desgastado por el mundo y los acontecimientos de tu vida, y no como una anestesia que nos devolviera al combate más dóciles y más tontos.
En ese marco cobra todo su sentido la idea de la eucatástrofe, ese concepto tolkieniano que no designa un final feliz de manual ni una pirueta narrativa complaciente, sino ese giro inesperado que irrumpe cuando todo parece perdido y que no elimina el dolor previo, pero lo vuelve soportable, como si durante un instante alguien levantara ligeramente el peso que nos mantiene de bruces contra la arena negra del desierto. La eucatástrofe no niega la tragedia ni la sustituye por un optimismo demagógico, sino que actúa más bien como una forma de consuelo funcional pero trascendente, una manera de recordarnos que el mal no tiene por qué ser lo último que ocurra, y que esa posibilidad, por remota que sea, basta a veces para seguir avanzando.
Tolkien distinguía entre dos formas muy distintas de esperanza e inventó una palabra élfica para cada una de ellas. A la primera la llamó Amdir, la esperanza razonable, la que se apoya en la expectativa, en el cálculo y en esa idea tan reconfortante como inútil de que, estadísticamente, las cosas deberían mejorar. Ese optimismo un poco cretino que insiste en que hoy vivimos mejor que ayer porque la estadística dice, por ejemplo, que menos niños mueren de enfermedades mientras la realidad más tozuda que estadística nos arroja cadáveres de niños palestinos aun después de supuestas treguas. A la otra la llamó Estel, y no depende de la experiencia ni de la lógica, no se apoya en pruebas ni en pronósticos favorables ni estadísticas, y precisamente por eso no se deja derrotar por ellas. Estel no es la esperanza de que todo vaya a salir bien, sino la certeza mínima de que algo sigue teniendo sentido aunque nada indique que vaya a hacerlo, la confianza obstinada que no nace de la razón sino del ser. Yo no tenía Amdir en 2001. No había razones ni discursos tranquilizadores que me sirvieran de nada. Lo único que había era algo mucho más pobre, más ridículo y más resistente: Estel. No la esperanza de que la vida fuera a mejorar, sino la decisión íntima de que, mientras existiera algo —una canción, un libro, una película, un mundo inventado, tres horas de tregua— que todavía mereciera ser vivido, había que aguantar.
No todo lo que es oro reluce, ni toda la gente errante anda perdida. La fantasía no es una mentira reconfortante ni un entretenimiento irresponsable, sino un oasis en mitad del camino, un lugar donde nos detenemos a beber agua antes de continuar la marcha, y exigirle a las ficciones que consumimos que sean algo distinto —realismo descarnado, pedagogía, hondura o una puta alegoría— es no haber entendido nada, o peor, haber entendido demasiado bien y preferir ponerse del lado del realismo terco de nuestra época antiimaginativa. Aquella película no me devolvió una vida nueva ni me ofreció soluciones, pero me devolvió al mundo con lo justo para soportarlo un poco más, que no es poca cosa, y desde luego es mucho más de lo que prometen muchas obras muy serias y muy adultas que confunden importancia con ponerse a mirar el horizonte con cara de estar masticando almendras amargas y profundidad con darte la turra.
Expuesto esto, vamos con la patada en los cojones porque las perífrasis conciliadoras solo sirven para tranquilizar a quien no piensa moverse de sitio: la desconfianza cultural hacia la fantasía no es un malentendido inocente, sino una policía del gusto que lleva siglos patrullando el perímetro de lo que se considera serio, adulto y digno de estudio, y que ha decidido que la imaginación es sospechosa, la belleza es frívola y cualquier intento de fabular mundos alternativos equivale poco menos que a una deserción intelectual y moral.
La academia, cuando se pone en modo guardia de la porra del canon, prescribe ese realismo estrecho, mustio, de interior burgués mal iluminado y traumita normativo que se ha convertido en una pose adulta, en una forma de demostrar que uno ha entendido cómo funciona el mundo. Aquí si no hay experiencia explícita y supuesta hondura existencial reflejada en la realidad la obra corre el riesgo de ser acusada de ligereza, evasión o, peor aún, disfrute.
En ese contexto, la imaginación queda relegada al cuarto de los juguetes, como si inventar mundos fuera una actividad tolerable solo mientras dura la infancia, y prolongarla más allá de cierta edad implicara un fallo en el proceso de maduración, una incapacidad para asumir que la vida es dura y que lo correcto es representarla con gesto adusto y luz natural. La belleza, por su parte, se mira con recelo, como si cualquier intento de ofrecer algo que no sea estrictamente figurativo constituyera una traición a la verdad, cuando en realidad lo que se protege es una idea paupérrima de lo verdadero, reducida a lo inmediato, lo medible y lo cenizo.
La ficción de Tolkien sigue resultando incómoda al canon académico precisamente porque no encaja en ninguna de esas casillas respetables. No es realista, porque su mundo no pretende copiar el nuestro ni convertirse en una alegoría de él y sus hechos. No es cínico, porque cree sin ironía defensiva que el bien y el mal existen y que elegir entre ellos importa. No es posmoderno, porque no se dedica a guiñar el ojo al lector y la lectora para recordarnos que todo es un juego y que no hay nada en lo que creer demasiado. Y, sin embargo, o precisamente por eso, es profundamente humano, mucho más que buena parte de la literatura y el cine que presumen de madurez mientras practican una misantropía, esta sí, profundamente conservadora en tanto en cuanto su desesperanza.
La fantasía que propone Tolkien, la que defiendo aquí, no es un edulcorante ni una huida irresponsable, sino una metafísica de rehabilitación porque devuelve fuerzas cuando el mundo las ha drenado, devuelve anhelo cuando la costumbre y el cinismo lo han erosionado, devuelve horizontes cuando la realidad se ha estrechado hasta volverse inhabitable. Inventar mundos no es negar este, sino recordar que podría ser de otra manera, y esa simple posibilidad, esa grieta en lo que se nos ha dado, es mucho más subversiva que mil relatos perfectamente realistas que se limitan a certificar que todo es una mierda y que lo seguirá siendo o la enésima novela que gire en torno a la próstata de su maduro escritor.

Por eso la fantasía y las demás ficciones no miméticas molestan tanto a quienes han hecho de la resignación una virtud estética y de la amargura un capital simbólico. Porque imaginar es quizá la cualidad más intrínsecamente humana, y exige un esfuerzo que va más allá de reproducir lo que existe. Exige reconocer que el deseo no es un error divino, que la belleza no es un adorno prescindible y que el ansia imaginativa —esa pulsión tan mal vista por los gestores del prestigio cultural— no desaparece por decreto, sino que nos pudre si no le damos forma. Frente a la solemnidad de quien confunde profundidad con tedio, la fantasía responde con mundos, mitos y relatos, no importa si es una novela épica allí o un cuento de terror allá, una película de cowboys y samuráis espaciales, un cómic de superhéroes o un juego de rol, pues no hay forma narrativa más pura y total que la nacida de un grupo de amigos y amigas alrededor de una mesa contándose una historia que también están protagonizando mientras la inventan. Mundos, mitos y relatos que se permiten algo tan imperdonable como hacer la vida un poco más habitable.
La fantasía resulta incómoda para una cultura que ha confundido durante demasiado tiempo la seriedad con la aspereza y la profundidad con la renuncia. La fantasía no es un lujo ni un consuelo superficial, sino una necesidad antropológica, una respuesta al anhelo existencial que no se satisface con diagnósticos certeros ni con descripciones exhaustivas del desastre. No basta con decirnos cómo son las cosas, necesitamos, además, vislumbrar cómo podrían ser, aunque sepamos que ese vislumbre no se va a cumplir nunca del todo. En ese espacio intermedio —ni ingenuo ni cínico— es donde deslumbra la imaginación como forma de resistencia íntima. La fantasía y la imaginación funcionan entonces como una suerte de redención que no promete necesariamente un más allá, pero sí restituye aquí y ahora algo esencial. Esa belleza esencial es la posibilidad de soportar lo que de otro modo sería insoportable, de relativizar lo que amenaza con aplastarlo todo y de devolvernos una mínima soberanía sobre nuestra propia experiencia. No salvan el mundo ni nos salvan de él, pero sí nos devuelven, aunque sea de manera fragmentaria, la capacidad de desear, de proyectar y de no reducir la vida a una sucesión de hechos consumados.
Visto así, no resulta tan extraño que, en un momento determinado de mi vida, un mundo inventado, unos personajes depositando la esperanza en la imposible destrucción del Anillo Único y una banda sonora que era la hostia puta en verso de pie quebrado me permitieran soportar una travesía difícil de explicar a quien no la ha recorrido. Allí no había respuestas que hallar pero sí coherencia, una forma interna de verdad que no dependía de la verosimilitud sociológica ni del realismo psicológico, sino de algo más difícil de definir y más fácil de reconocer que hoy puedo explicar como que la imaginación, lejos de ser una distracción prescindible, constituye uno de los pocos recursos fiables de los que disponemos para no quedar reducidos a lo que nos pasa. El arte, cuando funciona, no nos saca del mundo sino que nos devuelve a él con una decisiva modificación en la mirada, con la certeza de que la realidad no agota lo real y de que, mientras sigamos siendo capaces de inventar historias, todavía habrá margen para algo más que la mera supervivencia.
La imaginación no es un adorno cultural ni una actividad suplementaria para los ratos muertos, sino una función vital, una de esas capacidades sin las cuales el ser humano no se limita a vivir peor, sino que directamente no termina de vivir. El arte —en cualquiera de sus formas, desde una canción hasta una novela de fantasía proyectada en una sala de cine— no está ahí para embellecer el mundo como si cuelgas hermosos cuadros en una casa inhabitable, sino para recordarnos que no estamos hechos solo de lo que vivimos y lo que presenciamos, sino también de lo que somos capaces de imaginar frente a ello.
Quizá eso sea todo lo que cabe pedirle a la fantasía en una película, un juego, un libro o un cómic, una historia, un mundo imaginado con la suficiente coherencia y belleza como para sostenernos un rato. No que nos diga cómo vivir, sino que nos conceda el margen mínimo para seguir haciéndolo. Aunque sea hasta el sábado. Aunque sea solo por tres horas más.








Ole!