
¿Qué renacimiento? La muerte que nunca fue
Desde hace algunos años se viene hablando sin cesar del «renacimiento psicodélico» como un fenómeno global. La expresión fue acuñada por el escritor, periodista y fundador y director ejecutivo del Flow Research Collective —instituto de investigación y formación para conseguir altos rendimientos— Steven Kotler en abril de 2010 en las páginas de la revista Playboy. Su intención no era otra que describir el renovado interés por los estados de consciencia expandida y, de paso, la reevaluación del papel de las drogas psiquedélicas en la sociedad y, muy especialmente, en la psiquiatría. Que el término naciera en una revista de entretenimiento para adultos —frívola y machista a ojos de muchas personas— hizo que su paternidad terminara adjudicada, casi por aclamación, a Ben Sessa, el psiquiatra e investigador británico que en 2012 publicó un libro titulado precisamente The Psychedelic Renaissance. Desde entonces la expresión anda en boca de propios y extraños. Y sin embargo nadie se ha molestado en aclararnos cuándo murió exactamente la psiquedelia para que tuviera que resucitar.
Porque, seamos sinceros, la psiquedelia nunca murió. Basta repasar la genealogía de infinidad de personas que se iniciaron en ella durante los años sesenta y principios de los setenta y nunca dejaron de frecuentar ese territorio interior no cartografiado al que dan acceso sustancias como el ácido lisérgico, la mescalina, la psilocibina y también la ketamina.
Si hay que dar una fecha de defunción, podríamos situarla en 1966, cuando los estados de Nevada y California decretaron las primeras prohibiciones de la dietilamida del ácido lisérgico o LSD-25, desencadenando una reacción en cadena que fue extendiéndose por medio mundo. Más que la alarma social, la presión mediática determinó que España no tardara en sumarse a la escalada prohibicionista, mediante una orden ministerial del 31 de julio de 1967, publicada en el Boletín Oficial del Estado el 17 de agosto siguiente, por la que «los alucinógenos en general y con carácter especial los denominados LSD-25, mescalina y psilocibina» quedaron sometidos al régimen de control de estupefacientes. Ya sabemos que la prohibición, lejos de disuadir, incita, estimula el consumo. Pero si hace falta un certificado de defunción, ese podría ser el documento por lo que respecta a nuestro entorno cultural más inmediato.
Podríamos decir que hubo una segunda muerte de la psiquedelia en 1977, cuando entró en vigor el «Instrumento de adhesión de España al Convenio sobre sustancias sicotrópicas», firmado en Viena el 21 de febrero de 1971 y publicado en el BOE el 10 de septiembre de 1976. Lo curioso es que pocos parecen haberse fijado en estas disposiciones legales a la hora de hablar de «renacimientos», toda vez que preferimos una muerte simbólica y difusa, situada vagamente en algún momento sin concretar de los setenta.
Otra cosa muy distinta es que, desde mediados de los setenta y durante muchos años, los medios de comunicación de referencia decidieran concentrar su atención en otras sustancias de la farmacia utópica —concretamente en la heroína y la cocaína, drogas que nada tienen de psiquedélicas— por razones que ahora no vienen al caso. Así que ese supuesto «renacimiento» quizá no sea sino el deseo de tomar distancia con la vieja psiquedelia de Timothy Leary y Ken Kesey, la de la contracultura de los sesenta y los setenta, con toda su carga de excesos y de paranoia estatal. Y es que, en efecto, tanto Kotler como Sessa destacaron por encima de todo el hecho de que la investigación neurocientífica y terapéutica estuviera volviendo a producirse después de décadas de letargo.
Y aquí es donde a uno le entra la comezón de preguntarse: ¿quién tiene interés en marcar esa frontera entre la psiquedelia 2.0 del siglo XXI y la vieja psiquedelia sesentera? ¿Y por qué? Cui bono, que dirían los clásicos latinos. Sin ánimo de adelantar veredicto, ahí van dos sospechosos habituales, solo para abrir boca: el coach que ayer vendía mindfulness corporativo y hoy se presenta como «facilitador de expansión de la consciencia», camisa de lino y colgante de amatista incluidos, que cobra mil euros per cápita a cambio de un retiro de fin de semana; y esa legión, cada vez más nutrida, de gente que jamás ha sabido lo que es gozar de una salud mental mínimamente estable y que ahora peregrina a retiros de ayahuasca con la misma fe con que antes peregrinaba a terapias alternativas de nombre impronunciable. Ellos también se benefician —y no poco— de que la vieja psiquedelia parezca cosa del pasado y la nueva, en cambio, algo flamante, seguro y con aval científico.
En cualquier caso, uno empieza a tirar del hilo con la excusa de encontrar respuesta a esa pregunta y termina topándose con algo que no esperaba: da la sensación —y digo bien, sensación, porque de eso va este artículo, de sospechas y no de certezas— de que buena parte del trabajo de campo de ese «renacimiento» ya se había hecho en España mucho antes de que a nadie se le ocurriera bautizarlo como tal.
La hemeroteca, tan tozuda como incómoda
En marzo de 1976, cuando en Estados Unidos el ácido llevaba ya años proscrito y demonizado, el periodista Ángel Montoto publicó en Gaceta Ilustrada un reportaje titulado «Yo, doce horas drogado», sobre el uso de LSD para el estudio de las esquizofrenias. Dos años después repitió la experiencia, esta vez bajo supervisión psiquiátrica, para Interviú. Por esas mismas fechas, revistas como Bazaar u Ozono publicaban artículos de los psiquiatras Ernesto Gimeno y Carlos Frígola hablando del ácido lisérgico como herramienta terapéutica y como «modelo del inconsciente». Puede que no suene a gran cosa, pero conviene situarlo en su contexto: mientras el resto del mundo enterraba la psiquedelia bajo el peso de la guerra contra las drogas, aquí un puñado de periodistas y psiquiatras seguía escribiendo sobre ella con una naturalidad casi provocadora.
La cosa no se quedó en un par de artículos sueltos. Entre 1979 y 1981 circularon dos publicaciones periódicas —Globo y su réplica pobretona Al Cim— que se autodefinían sin complejos como revistas psiquedélicas. Además, el 19 de octubre de 1981 Grateful Dead, una de las bandas más asociadas a la psiquedelia de toda la historia del rock, ofreció su único concierto en España. ¿Cuánto ácido debió circular esa noche entre las personas concurrentes al Palau d’Esports de Montjuïc? Después de eso la década de los ochenta se dedicó a encumbrar a la cocaína como droga elitista y a convertir la heroína en tragedia social, mientras la psiquedelia parecía quedar circunscrita a pisos compartidos en Malasaña con olor a sándalo y pachulí y alfombras de dudosa higiene y relegada a filósofos de barra de bar, colgados y nostálgicos de los setenta.
Sin embargo, antes de que periclitara la década, Antonio Escohotado publicó su monumental Historia general de las drogas, obra que revolucionaría el panorama psicoactivo en España y todavía hoy se cita como referencia obligada. Por si fuera poco, Albert Hofmann, el descubridor del ácido lisérgico, vino a Bilbao a un simposio organizado con motivo de la investidura del escritor alemán Ernst Jünger como doctor honoris causa por la Universidad del País Vasco. Una ocasión que no desaprovechó Fernando Sánchez Dragó para grabar un programa de televisión en el que también intervinieron los filósofos Antonio Escohotado y Fernando Savater, el ensayista Luis Racionero, el también filósofo y escritor hispano-argentino Mario Satz y el polifacético investigador hispano-francés, de origen argelino, André Malby, quienes protagonizaron un interesante debate en el que se abordaron cuestiones filosóficas y culturales relacionadas con el papel de las sustancias psiquedélicas en la sociedad, especialmente con fines iniciáticos.
A partir de esa visita, el químico suizo pasó a ser un huésped habitual. En 1992 volvió para pronunciar una conferencia titulada «Locura y experiencias psicodélicas», dentro de una jornada de extensión cultural de los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid dirigida por la doctora Elena Ochoa; al año siguiente, a participar en otro Curso de Verano de la Universidad Complutense de Madrid titulado «Contracultura, desobediencia civil y farmacia utópica», codirigido por Escohotado y Sánchez Dragó y celebrado en El Escorial; y todavía en 1997, ya rondando los noventa años, para intervenir en las II Jornadas Internacionales sobre Enteógenos, celebradas en Barcelona.
Por otra parte, en enero de 1990, justo entre la primera y la segunda estancia de Hofmann, contamos también con la presencia de Timothy Leary. El apóstol del ácido vino a Barcelona con motivo de la primera edición del festival de cultura y creatividad digital ArtFutura y ofreció una ponencia en el Instituto de Estudios Norteamericanos, dejándose ver también por el Mercat de les Flors, el Parque Güell y un par de locales de ocio nocturno —Otto Zutz y El Otro Bar— que en aquellos años formaban parte de la vanguardia de la noche barcelonesa.
Se me hace difícil no sonreír al imaginarlo: el sumo sacerdote de la droga psiquedélica por excelencia, el tipo al que el presidente Richard Nixon calificó como «el hombre más peligroso de América», paseándose por el Parque Güell como un turista más y acabando la noche de copas en un club de moda. Casi parece una postal irónica de la propia tesis de este artículo: mientras el gurú posaba para las cámaras, a tan solo unos kilómetros de allí, en el Institut Hospital del Mar d’Investigacions Mèdiques (IMIM) no tardaría en incubarse —aunque aún habrían de pasar unos años para que cuajara— el primer estudio farmacológico sobre la MDMA. Un mismo país y dos velocidades de la misma psiquedelia: la de la contracultura y la del laboratorio. No sé si a estas alturas las personas que puedan estar leyendo este artículo empiezan a sospechar lo mismo que yo. Pero prosigamos.
El club de los poetas lisérgicos
No fue solo cosa de periodistas, psiquiatras y químicos. También hubo poetas dispuestos a poner el ácido por escrito, cosa nada trivial en un país donde, oficialmente, aquello llevaba treinta años clasificado como estupefaciente. El año de la muerte de Franco Albert Subirats ya asumió la autoría de un poema titulado «LSD», y más o menos por la misma época Antonio Martínez Sarrión compuso «W. A. Mozart da un concierto desde los filamentos de una bombilla», inspirado en una visión de naturaleza lisérgica. En 1979 vio la luz un poema de Ramón Irigoyen con un título que ofrecía pocas dudas: «Con LSD bajo la lluvia y sobre el sol». Durante los ochenta, Rafael Vallbona publicó algunos poemas urbanos que invocaban trips y calles lisérgicas y también en lengua catalana desarrolló Josep Manuel Esteve su «Rosa lisérgica». Ya en la década de los noventa, concretamente en 1996, Vicente Gallego tomó el testigo con la composición titulada «La razón ebria (LSD-25)». Pero finalmente sería Miguel Ángel Velasco, con la publicación de los poemarios El dibujo de la savia (1997), La vida desatada (2000) y La miel salvaje (2003), quien rendiría un mayor tributo a experiencias con drogas visionarias de alta potencia. De hecho, buena parte de sus poemas, según se manifiesta en la contraportada del primero, «dan cuenta de experiencias con sustancias psiquedélicas, en tanto que propiciadoras de una mirada desprendida, análoga a la de la creación poética, donde las cosas nos devuelven la mirada».
Varios poetas de generaciones y sensibilidades distintas coincidiendo en un mismo asunto a lo largo de casi tres décadas es demasiada casualidad para despacharla como una simple anécdota. Si la poesía es, como se suele decir, el sismógrafo más sensible de una cultura, aquí tenemos diversos temblores registrados justo en los años en los que, según el relato oficial, no debería estar pasando nada. Porque conviene no perder de vista el marco temporal en el que sucedió todo esto.
No hablamos de una edad dorada abiertamente celebrada, sino de lo contrario: de los hateful eighties —y los no menos odiosos noventa—, en los que la heroína y la cocaína acaparaban titulares, campañas institucionales y telediarios. Los artículos de Montoto, Gimeno y Frígola, las revistas psiquedélicas, las visitas de Leary y Hofmann, los poemas de Subirats, Martínez Sarrión, Irigoyen, Gallego y Velasco, los cursos de verano dirigidos por Escohotado, el libro El Dionisio moderno y la farmacia utópica (1997), del filósofo Enrique Ocaña, el primer número de la revista El Idiota (2000), dedicado monográficamente al estudio de los psicodélicos y sustancias alteradoras de la consciencia, etcétera, todo eso ocurrió a contracorriente, en el silencio informativo que dejaban los grandes focos mediáticos apuntando hacia otro lado. Puede que precisamente por eso haya costado tanto reconstruir después el hilo: no porque no hubiera hilo, sino porque nadie con altavoz se molestó en seguirlo mientras se estaba tejiendo.
Visitas que no fueron casualidad
Hofmann y Leary no fueron los únicos prohombres de la psiquedelia que vinieron y sentaron cátedra durante esos años. El redescubridor del éxtasis (MDMA), Alexander Shulgin, su mujer Ann y el etnobotánico Jonathan Ott se llevaron, entre los tres, el premio a la asiduidad. En julio de 1993 Shulgin compartió una mesa redonda en el citado curso de verano de la Universidad Complutense «Contracultura, desobediencia civil y farmacia utópica» con Hofmann, Ott y el anfitrión Escohotado. En octubre de 1994 regresó para intervenir en el II Congreso Internacional para el Estudio de los Estados Modificados de Conciencia, organizado por el Institut de Prospectiva Antropològica en Lleida. Hablamos de un encuentro que hoy suena casi a fantasía —investigación libre y multidisciplinaria sobre antropología, psique y alteración voluntaria o ritual de la conciencia, en pleno hervor de curiosidad científica y contracultural— y en el que también tomó parte el mencionado Ott. Y no habría de pasar un año para que el matrimonio Shulgin volviera a España con motivo del curso de verano de la UNED «Drogas, cultura de masas y mecanismos de control social», celebrado en Denia y dirigido de nuevo por Escohotado —siempre él, un poco el maestro de ceremonias no oficial de todo este relato— y al que también asistió Ott. Un curso que no pocos recordamos con entusiasmo, pues en aquellos días tuvimos la oportunidad de iniciarnos en el consumo de 2C-B, también conocido como nexus. Ahí estaban, en un aula de la Costa Blanca, el químico que sintetizó o resintetizó cientos de fenetilaminas y triptaminas psicoactivas y la psicoterapeuta que mano a mano con él escribió PiHKAL y TiHKAL, dos de los libros más codiciados y citados de toda la literatura psiquedélica contemporánea.
Dos años después, en el verano de 1997, Ott repitió la visita para sumarse a otro curso de la UNED, esta vez en Ávila, también dirigido por Escohotado, titulado «Drogas, conciencia alterada y realidad». En 2002 el autor de Pharmacotheon. Drogas enteógenas, sus fuentes vegetales y su historia (1996) volvió de nuevo, ahora a Barcelona, para intervenir en las V Jornadas Internacionales sobre Enteógenos. Y todavía en noviembre de 2008 —dos años antes de que Playboy publicara el famoso artículo de Kotler— Ott estaba en Barcelona impartiendo un seminario sobre «tecnologías chamánicas, plantas de poder y potencial curativo» en la sede de la Societat d’Etnopsicologia Aplicada.
Y estas eminencias de la psiquedelia no fueron las únicas que iluminaron aquellos años anteriores al supuesto «renacimiento psicodélico». También nos visitaron el psiquiatra Thomas Szasz, autor de libros tan emblemáticos como Droga y ritual. La persecución ritual de drogas, adictos e inductores (1990) y Nuestro derecho a las drogas (1993), los investigadores Giorgio Samorini y James Callaway, los antropólogos Manuel Torres y Christian Rätsch, la antropóloga Stacy Schaefer, la historiadora del arte Claudia Müller-Ebeling, los pintores Mati Klarwein y Alex Grey, los psicólogos Stanislav Grof y Richard Yensen, el también psiquiatra Michael Schlichting, el médico Jacques Mabit, etcétera. No hablamos, por tanto, de unas anécdotas aisladas ni de un cameo de famosos de paso. Hablamos de un circuito que se sostuvo durante más de una década, con los mismos nombres propios de la vanguardia química y etnobotánica internacional volviendo una y otra vez a suelo español, mucho antes de que el término «renacimiento» estuviera siquiera sobre la mesa.
Mención especial merece Cáñamo, porque suele quedar injustamente reducida a la etiqueta de «revista de la cultura del cannabis». Y, en efecto, nació en 1997 con esa orientación declarada, pero desde muy pronto se convirtió en algo más parecido a un cajón de sastre de la cultura de las drogas en general, con reportajes sobre la psiquedelia tanto en su vertiente farmacológica —dosis, riesgos, interacciones, estudios clínicos— como en la sociológica y hasta espiritual. En 2005, para mayor gloria de la consciencia expandida, unió fuerzas junto a la revista Ulises a fin de lanzar un número monográfico dedicado a Albert Hofmann por su centenario, el cual incluyó colaboraciones de investigadores y psiconautas de varios países. Es decir: una revista nacida para hablar de marihuana terminó siendo, de facto, una de las plataformas que sostuvieron económica y editorialmente la conversación psiquedélica española durante años en los que, en el resto del mundo, esa conversación apenas tenía dónde alojarse.
Entre enteógenos, sin hacer ruido
En 1988 —durante los años más oscuros— llegó también la ayahuasca, cuyas primeras sesiones tuvieron lugar en Babia, una «escuela de creación y formulación de futuro» ubicada en Turre (Almería). La cosa fue posible gracias al psiquiatra chileno Claudio Naranjo, quien trajo al facilitador brasileño Dácio Mingrone. Al año siguiente se repitieron en el mismo lugar las experiencias con el bebedizo amazónico merced a un grupo de cinco personas procedentes de la iglesia ayahuasquera del Santo Daime. Era la primera vez que esta iglesia brasileña salía de su país de origen y, a partir de ese momento, la ayahuasca empezó a llegar de forma regular a España.
Por otra parte, durante la segunda mitad de los noventa Barcelona se convirtió en la capital de la escena psiquedélica, sin que casi nadie fuera del gremio se enterase. En efecto, entre 1996 y 2002 fue la sede fija de hasta cinco ediciones de las Jornadas Internacionales sobre Enteógenos, impulsadas por el antropólogo Josep Maria Fericgla, y cuya cuarta edición se publicitó bajo el lema «estados modificados de consciencia, creatividad y arte». En otro orden de cosas, surgían bandas de música con nombres tan inequívocos como Psiconautes o Sidonie, cuyos miembros llegarían a declarar públicamente que la psicodelia estaba en su ADN; cerrada ya la emblemática y transgresora discoteca Psicódromo —¡otro nombre que tal!—, se inauguraban locales como Pop Place, que era todo un homenaje a la música y la psicodelia de los sesenta; se publicaban fanzines con nombres tan elocuentes como Ansia de Color, dedicado a la «cultura musical con sabor a psicodelia» y autoproclamado sin reservas «the Best Psychedelic Journal of the World»…
Los Encuentros Psiquedélicos o el fin de semana que sacó la psiquedelia a la luz
Pero el plato fuerte todavía estaba por servirse. Los días 17 y 18 de enero de 1997, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) fue escenario de un acontecimiento que marcaría un antes y un después para la cultura expansiva en España: los Encuentros Psiquedélicos. Lo que en principio se planteó como una cita cultural más acabó convirtiéndose en un fenómeno de tal magnitud que, ante la avalancha de asistentes, los responsables del CCCB tomaron la decisión de cerrar las puertas del centro al haberse superado ampliamente el aforo.
El evento estuvo coordinado por Barcelona Expansiva, una asociación creada expresamente para la ocasión, y contó con el respaldo de varios colectivos más o menos informales del momento (Pop Place Family, Psiconautes, Los Chamanes y la Familia Ulises). Durante aquel fin de semana se combinaron mesas redondas, arte expansivo, presentaciones de libros y fanzines, exposiciones, happenings, conciertos, cine y proyecciones de vídeo, además de un chill out. Como colofón, se instaló una pieza bautizada como El santuario de Aleph (un espacio de tres metros cuadrados en cuyo interior conviven más de setenta pinturas, de tamaños diversos, que incluyen un enorme mandala en el techo y funcionan, juntas, como un caleidoscopio mágico, en cuyo interior había pasado una semana Timothy Leary y que había sido visitado por personajes como Jimi Hendrix), cedida para la ocasión por su autor, el pintor Mati Klarwein.
Debe significarse que, para dar a conocer el evento, dos miembros de los colectivos implicados en su organización —Xavier Vidal y Marta Torres— editaron en Formentera un fanzine sin vocación de continuidad al que bautizaron como Ulises. El éxito y la buena acogida de los Encuentros Psiquedélicos animaron, sin embargo, a que aquel fanzine efímero se transformara, un año después, en una revista de «viajes interiores» de periodicidad anual, que continúa publicándose en la actualidad y en la cual, a lo largo de estos casi treinta años transcurridos desde entonces, han colaborado más de ciento sesenta personas de diversas nacionalidades.
Más allá de la anécdota del cierre de puertas por exceso de público, los Encuentros Psiquedélicos de 1997 supusieron la salida de la clandestinidad en la que la cultura psiquedélica española había permanecido durante las décadas anteriores, permitiéndole conectar con nuevos movimientos artísticos y musicales del país. El propio eco mediático que alcanzó el evento en la prensa generalista —que se hizo eco del fenómeno con cierta sorpresa— es buena muestra de hasta qué punto aquel encuentro logró visibilizar una escena que hasta entonces se había movido en los márgenes.
Ciencia de vanguardia antes del 2.0
Mientras tanto, en el terreno estrictamente clínico, el psicólogo y farmacólogo José Carlos Bouso puso en marcha en 1999 el primer estudio del mundo con MDMA para el tratamiento del estrés postraumático, financiado por la Multidisciplinary Association for Psychedelic Studies (MAPS), y el equipo del IMIM —Jordi Camí, Magí Farré, Rafael de la Torre— publicó su primer estudio farmacológico sobre esta misma sustancia en humanos, al que siguieron otros del mismo equipo y también del grupo encabezado por Jordi Riba y Manel Barbanoj, del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, sobre ayahuasca.
Llegados a este punto, no me queda otra que enfrentarme al momento más delicado y peliagudo de este artículo, pues seguramente está mal que sea yo quien lo diga, pero, al mismo tiempo, creo que de justicia es decirlo, porque el dato en cuestión —a mi juicio— se resiste a ser tratado como simple curiosidad de archivo. En marzo de 2001 —nueve años antes de que Kotler escribiera su artículo en Playboy y once antes de que viera la luz el libro de Sessa— publiqué Spanish trip. La aventura psiquedélica en España, donde hablaba literalmente del «actual clima de reviviscencia psiquedélica» y de un «reverdecimiento actualizado de los viejos ideales expansivos». Reviviscencia, reverdecimiento… renacimiento. El lector tendría que estar muy empeñado en no querer ver el paralelismo para ignorarlo, y yo, la verdad, tampoco sé disimular mejor la sospecha de que esas tres palabras no son tan distintas.
Y aquí me tomo la libertad de hacer una digresión que quizá no venga a cuento, o quizá venga más de lo que parece. Apenas un mes o dos después de que mi libro saliera a la calle, en abril y mayo de 2001, el rumor de las calcomanías infantiles impregnadas en LSD —esa vieja leyenda urbana que ya había circulado en Navarra en mayo de 1999 y en las localidades castellonenses de Nules y La Vilavella en julio del mismo año— reapareció con fuerza, esta vez en Euskadi, sembrando la alarma entre profesores y padres de alumnos de los colegios de Guipúzcoa. Sé de sobra que se trata de un bulo internacional, de raíces estadounidenses, que lleva décadas resucitando cíclicamente en cualquier país occidental sin que ello tenga que significar nada en particular. Y, sin embargo, cuesta no reparar en la coincidencia: el ácido volvía como fantasma pedagógico agitado en las asociaciones de padres de alumnos, a instalarse en la conversación pública española, justo cuando un servidor acababa de publicar un libro hablando de su «reviviscencia», de su «reverdecimiento», y un grupo de hospitales barceloneses llevaba ya años investigando sus primos químicos en condiciones de laboratorio. Puede que no sea más que una casualidad —los bulos vuelven porque vuelven, sin necesitar zeitgeist alguno—, pero en un artículo que ya se sostiene entero sobre casualidades acumuladas, esta última tampoco desentona. El miedo, a fin de cuentas, suele ser un indicador bastante fiable de por dónde anda circulando de nuevo el interés.
En definitiva, todo esto —el estudio clínico, la revalorización cultural, el resurgir editorial, hasta el propio nombre— estaba ya sobre la mesa en España cuando Sessa era todavía un residente de psiquiatría en Bristol y Kotler un periodista freelance en busca de un buen titular.
Rizando el rizo… ¿y si el origen estuvo aquí también?
Aviso para navegantes: esta hipótesis la voy a desmontar yo mismo un poco más adelante. Pero permítanme el viaje. Uno podría preguntarse si no fue solo el «renacimiento» lo que se gestó en España, sino la propia psiquedelia, allá por donde hunde sus raíces más profundas. Si nos atrevemos a sugerir esta hipótesis es porque hay dos hallazgos arqueológicos que apuntan en esa dirección con una insistencia que a uno le cuesta trabajo ignorar del todo.
El primero está en Villar del Humo (Cuenca), dentro de ese conjunto de arte rupestre levantino y esquemático declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO. Allí, en el abrigo conocido como Selva Pascuala, hay un panel con más de seis mil años de antigüedad en el que, junto a la figura de un uro, aparecen trece trazos de morfología inconfundiblemente fungiforme, algunos con esa ambigüedad entre lo humano y lo micológico tan propia del arte chamánico. Los investigadores que lo han estudiado apuntan a una especie autóctona, la Psilocybe hispanica, y lo consideran la representación más antigua conocida en Europa del uso ritual de hongos alucinógenos. Si eso es así, el continente entero llevaría psicodelizándose —perdón por la expresión— desde el cuarto milenio antes de nuestra era, y el primer testimonio gráfico estaría firmado, por así decirlo, en territorio manchego.
El segundo hallazgo nos traslada muchos siglos más tarde, pero sigue sin salir de España. En el yacimiento ibérico de Mas Castellar de Pontós, en el Alt Empordà gerundense, la arqueóloga Enriqueta Pons localizó durante unas excavaciones realizadas en los años noventa un pequeño cáliz ritual y una mandíbula humana con restos de cornezuelo del centeno —ese hongo parásito, el Claviceps purpurea, que contiene alcaloides emparentados con el ácido lisérgico—, en un contexto claramente vinculado a los cultos de Deméter y Perséfone y a la influencia griega en la zona. La hipótesis, planteada ya en los años setenta por un equipo del que formaba parte, cómo no, Albert Hofmann, sostiene que el cornezuelo era el ingrediente activo del kykeon, la bebida que se tomaba en los Misterios de Eleusis, uno de los cultos místicos más influyentes y mejor guardados de toda la Antigüedad clásica. Durante décadas fue solo eso, una hipótesis sin pruebas materiales. Las pruebas, cuando por fin aparecieron, no salieron de la tierra griega, sino catalana.
Sé que esto ya roza la boutade, y que convertir dos yacimientos arqueológicos en una teoría del genio nacional psiquedélico es tirar la hipótesis por el precipicio de sus propias posibilidades. Pero si uno se toma la broma en serio solo un segundo, hay una línea que, con más buena voluntad que rigor, uno podría trazar sin levantar el lápiz del papel. Al menos hasta el siguiente epígrafe, en el que pisaremos el freno.
Pinchando mi propio globo: la diferencia entre reverdecer y saber venderlo
Sin embargo, toda hipótesis puede ser cuestionada, y esta se lo ha ganado a pulso, porque es tan atractiva que hace aguas por más de un sitio en cuanto se la mira con algo de distancia, y ya no hablemos de la coda arqueológica del apartado anterior, que admito sin rubor que es más juego que argumento. A fin de cuentas, seis milenios y media docena de siglos no se enhebran con una hipótesis histórica reciente solo porque el mapa coincida.
Lo que hubo en España durante los años señalados fue, sobre todo, un fenómeno disperso: fanzines de tirada minúscula, jornadas con aforo para unos centenares de personas, estudios clínicos publicados en revistas especializadas que nadie fuera del gremio ha leído, etcétera. Nada comparable al aparato institucional que MAPS fue construyendo en Estados Unidos desde los ochenta, con financiación propia, ensayos multidisciplinarios y una estrategia de comunicación deliberadamente pensada para colar la psilocibina y la MDMA en el imaginario de la Food and Drug Administration (FDA). La diferencia entre reverdecer y renacer puede que sea justo esa: la organización, el relato, el dinero. Y, por supuesto, el idioma, que no es un detalle menor. Lo que se escribe en inglés circula; en cambio, lo que se escribe en castellano, aunque sea diez años antes, se queda dando vueltas en su propio ecosistema.
Así que tampoco sé si estoy defendiendo una tesis o simplemente rescatando del olvido una hemeroteca que merece más lectores. O puede que ambas cosas sean la misma. Lo que sí parece razonable sostener, con la prudencia que exige toda hipótesis que a uno le gustaría demasiado que fuera cierta, es que cuando el mundo anglosajón decidió que la psiquedelia había resucitado, en España llevaba veinticinco años sin necesitar ese milagro. Nunca se había ido a ninguna parte. Y si de verdad hubo un renacimiento —insisto en el condicional—, puede que se gestara aquí, en la letra pequeña de revistas hoy descatalogadas, en jornadas que solo recordamos —con no pocas lagunas— quienes asistimos a ellas y en un libro de 2001 que habló de «reviviscencia» y de «reverdecimiento» cuando todavía nadie en Playboy sabía que iba a necesitar esa palabra en inglés. O puede que no. Que todo esto no sea más que la tentación, tan española, de querer haber llegado antes a la fiesta a la que en realidad no nos invitaron. Puede ser. O puede que, simplemente, aquí nunca hiciera falta un renacimiento porque nunca hubo muerte que velar.





