El escritor y fotógrafo Alfonso Vila Francés lleva muchos años viajando por toda España en busca de estaciones abandonadas, líneas de tren cerradas y esos lugares que parecen haber quedado olvidados con el paso del tiempo. Su amor por los trenes es también una forma de militancia. En sus artículos para Jot Down ha denunciado en repetidas ocasiones el desmantelamiento de la red ferroviaria convencional, la desaparición de los servicios regionales y el progresivo aislamiento de muchas poblaciones. Pero Vila no es solo un defensor de los ferrocarriles: es un coleccionista de ausencias, alguien que ve belleza donde otros solo ven ruinas. Tras la publicación en 2020 del libro En vía muerta, volvió a esos lugares con el proyecto Viaje interior, una obra que combina fotografía y literatura, que se ha expuesto en la librería Railowsky de Valencia y que ahora se publicará en forma de libro. Hemos hablado con él sobre sus fotos, los túneles, las estaciones inaccesibles y ese otro viaje, menos visible, que uno emprende hacia sí mismo.
Vila retrata la España que ya no aparece en los mapas ferroviarios actuales, aunque, siguiendo las cicatrices que dejaron las estaciones y las vías que las interconectaban, todavía se puede viajar por ella. Esa red decrépita y fantasmagórica está formada por andenes cubiertos de hierba, edificios de viajeros con las ventanas tapiadas, túneles que no llevan a ninguna parte y caminos que los agricultores han acabado incorporando a sus campos. Son lugares que Alfonso Vila Francés conoce muy bien: lleva años recorriendo esta tierra con su cámara, impulsado por una mezcla de curiosidad, obstinación y melancolía.
En 2020 publicó En vía muerta, un libro dedicado a las estaciones abandonadas. Desde entonces, no ha dejado de viajar y hacer fotos. El resultado es el proyecto Viaje interior, un trabajo que amplía sus horizontes y que, por primera vez, ha empezado como exposición antes de convertirse en libro.
«Desde 2020 he viajado mucho y he hecho un montón de fotos. Al final, se me ha acumulado mucho material nuevo», explica. La exposición muestra principalmente fotos inéditas, aunque también ha incluido algunas obras de En vía muerta que no se habían expuesto antes en Valencia. El cambio de título tiene mucha importancia. A diferencia de En vía muerta, donde se hacía hincapié en lo externo —en la infraestructura abandonada—, Viaje interior ofrece una perspectiva más amplia y personal. Ya no se trata solo de fotografiar estaciones, sino de transmitir todo lo que ocurre durante el proceso de búsqueda de las mismas.
«En un principio, el libro no solo iba de estaciones abandonadas, sino también del viaje por la España vacía, por la España interior, en busca de esos lugares».
Esta búsqueda, además, tiene otro significado: el que deviene en autoconocimiento. El desplazamiento provoca en Vila la exploración interior cruzando dos dimensiones paralelas de su espacio no euclídeo en sus polos literarios. Este nuevo libro, por tanto, no es solo un álbum de fotos, sino que también incluirá sus notas de viaje, reflexiones personales y el significado que tienen los viajes en su vida.
Los lugares que recorre para componer el mausoleo ferroviario peninsular no están elegidos al azar. Al intrépido y lírico fotógrafo le interesan especialmente la meseta y las regiones del interior de España, a las que a menudo se les llama «la España vaciada». En estos lugares, una estación abandonada no es solo la pérdida de un edificio, sino que en la mayoría de las ocasiones significa el fin de una posibilidad de comunicación, de la actividad económica o de todo un estilo de vida.
Es un tema que se repite constantemente en su obra periodística. Para Vila, una estación abandonada no es solo un edificio deteriorado, sino también la huella de una decisión.
En la exposición de Railowsky, todas las fotos son en blanco y negro. A primera vista, esto difiere del estilo del libro En vía muerta —en el que se mezclan fotos en blanco y negro y en color—, pero el fotógrafo explica que se trata de una elección consciente precisamente para esta muestra, acordada con Juan Pedro, responsable de la librería. «Sigo teniendo fotos tanto en color como en blanco y negro», aclara. Tampoco descarta que en el próximo libro puedan aparecer fotos en color.
Esta elección resulta especialmente acertada para estos lugares. Las imágenes en blanco y negro permiten al espectador centrarse en la geometría de los edificios, en las líneas de fuga de las vías, en la textura de las paredes y en las sombras que proyecta el material ferroviario. Prescinde de un elemento visual para destacar otros, aunque sería un error reducir sus fotos a una estética de la decadencia. A Vila también le fascinan profundamente las construcciones de los ingenieros que siguen funcionando hoy en día, en algunos casos después de más de un siglo.
Y, de entre todos estos temas, hay uno que le gusta más que ningún otro.
«Los túneles. Me encantan los túneles», dice sin dudarlo. Ni las estaciones, ni los puentes. Los túneles.
Su amor por los túneles tiene motivos tanto técnicos como emocionales. A la hora de diseñar líneas ferroviarias, siempre hay que tener en cuenta las características del terreno. Cuando se topan con una montaña, los ingenieros tienen tres opciones: rodearla, superarla o atravesarla. Históricamente, la última opción siempre ha sido una de las más complicadas.
«Hoy en día, construir túneles parece pan comido, pero muchos de ellos llevan ya cien años en funcionamiento». Me enseña una foto tomada en el tramo de vía entre Villena y Alicante. No es una foto de una infraestructura abandonada. La foto está tomada desde el último vagón de un tren Talgo, usando una particularidad que Vila conoce como la palma de su mano: en algunos de estos trenes, desde las ventanas traseras se ve la vía.
«Me encanta hacer esto: sacar fotos desde la ventana trasera del tren». Esta foto revela la esencia de su relación con el ferrocarril. No solo mira hacia delante, hacia el destino, sino que también echa la vista atrás al camino recorrido. Mientras los demás pasajeros se apresuran hacia su destino, él encuentra una excusa para fotografiar lo que dejan atrás.
Y el túnel, por su propia naturaleza, admite una lectura metafórica: la entrada a la oscuridad, el paso a través de ella y la salida de nuevo a la luz. Sin embargo, a Vila le gusta recordar que, antes de que esto se convierta en una metáfora, alguien tiene que excavar primero el túnel en la montaña.
Pero su admiración por la ingeniería ferroviaria no significa que vea con buenos ojos las obras que se están llevando a cabo ahora en algunas líneas convencionales. Durante nuestra conversación sale el ejemplo de una línea en obras para adaptarla al tráfico de mercancías. Se están modificando túneles y puentes, y en algunos tramos el tráfico está suspendido temporalmente. Esto se podría interpretar como una señal de que se está frenando el desmantelamiento ferroviario que tanto ha denunciado.
Vila rechaza esa interpretación y explica que el mero hecho de que se mantenga una línea no significa que vayan a circular por ella más trenes de pasajeros, ya que esas inversiones están destinadas a satisfacer las necesidades del transporte internacional de mercancías, y no a recuperar servicios para los vecinos de la zona —suspira—. Como ejemplo, señala los trenes que podrían circular de París a Algeciras. Puede que la vía férrea siga existiendo físicamente, pero para la gente que vive en sus alrededores, su función cotidiana se extingue aunque en la lejanía se sigan escuchando las bocinas neumáticas.
Su pesimismo —presente en toda su obra narrativa, poética y fotográfica— no se debe ni a un rechazo al progreso técnico ni a un apego ciego a cualquier infraestructura antigua, sino a un modelo que, a su juicio, da prioridad a los grandes centros urbanos y su periferia mientras deja al resto de los núcleos urbanos con menos alternativas de movilidad.
La conversación vuelve de nuevo a esas estaciones abandonadas, a sus expediciones y a los lugares capturados en las fotos. Le pregunto si alguna vez ha pasado la noche en alguna de ellas. Para alguien que se ha pasado años buscándolas, la pregunta no parece descabellada.
«No, no, no», responde.
De joven viajaba con la mochila a cuestas y pasaba la noche en edificios abandonados. Incluso recuerda que una vez, debido a una tormenta, se refugió con unos amigos en un castillo abandonado. Pero nunca ha pasado la noche en ninguna estación. Y, por lo que parece, tampoco tiene intención de hacerlo. Muchas presentan problemas estructurales como cubiertas semiderruidas o paredes perforadas por el paso del tiempo que, a veces, filtran haces de luz que dotan a los edificios de una nostalgia que parece suspendida entre la belleza de lo que fueron y la melancolía de lo que ya no volverán a ser. Por eso procura permanecer poco tiempo dentro de ellas. El romanticismo tiene sus límites cuando existe la posibilidad de que se te caiga el techo encima.
Más complicado todavía es llegar a determinadas estaciones. Con frecuencia, el abandono del ferrocarril ha ido acompañado de la desaparición de los accesos. Los caminos, de tierra, ahora devorados por la maleza, apenas conservan ya el trazado original y en muchas ocasiones han acabado integrados en las parcelas agrícolas colindantes. Vila lo explica con el derrotismo sereno del resignado. Cuando un camino deja de utilizarse, el propietario de un campo colindante acaba labrándolo y, con el paso del tiempo, desaparece del paisaje.
¿Cómo se llega entonces a la estación?
«Andando».
Y ni siquiera siempre es posible. Cuando le pregunto cuál es la estación que más trabajo le ha costado alcanzar, responde con una frase que podría servir de título para otro de sus libros:
«A las que no he llegado».
Tiene varias localizadas, sabe dónde están, conoce aproximadamente los accesos y, sin embargo, no ha conseguido visitarlas. No se trata en todos los casos de imposibilidad material, ya que algunas requieren caminatas demasiado largas o presentan dificultades más propias de una vía ferrata que de una excursión por el campo. Recuerda una estación de Cuenca sobre la que preguntó a los habitantes de un pueblo cercano. La respuesta fue poco alentadora. Ni siquiera podía alcanzarse en todoterreno. Había que dejar el coche y continuar caminando durante horas.
Sus fotografías documentan el abandono, pero sus viajes revelan además las consecuencias del paso del tiempo sobre el territorio. No desaparecen únicamente los trenes, junto a ellos también se desdibujan los caminos, se transforman los paisajes y se pierde la memoria de las infraestructuras que un día articularon la vida de numerosas poblaciones. En ese sentido, Viaje interior amplía el proyecto iniciado con En vía muerta. Las estaciones siguen siendo protagonistas, pero el trayecto para encontrarlas adquiere tanta importancia como el destino. La exposición constituye, por tanto, una primera forma de ordenar ese archivo personal. El libro permitirá desarrollarlo mediante fotografías y textos, incorporando la reflexión sobre el propio acto de viajar.
Le pregunto cuándo estará publicado.
«Espero que este año o a principios del siguiente», responde, sin comprometer una fecha definitiva.
Mientras tanto, seguirá buscando estaciones, señales de ferroviaras oxidadas y traviesas carcomidas que se irán desdibujando hasta desaparecer.








