
Hace unos meses os contaba en este artículo que me había presentado a una plaza de profesor permanente laboral de Filosofía del Derecho en la UAM y predecía que, pese al abismo existente entre los méritos del candidato ya vinculado al área y los míos, la plaza sería para él. Os explicaba también el mecanismo, que consiste en que, al no haber un baremo preestablecido, la comisión de selección tiene margen para conceder un peso ínfimo a las categorías de méritos donde yo destaco y una puntuación irrazonablemente elevada a las que posee el candidato de la casa.
Sirva como ejemplo que yo tengo en Dialnet dieciséis artículos —uno de ellos aceptado y pendiente de publicación—, once capítulos y dos libros, así como veintitrés citas sin una sola autocita, mientras que el candidato de la casa figura, también en Dialnet, con dos artículos, un capítulo y un libro que es su tesis doctoral y que, por lo tanto, no puede computarse como mérito al haber sido ya valorada en el apartado «doctorado», además de dos citas, una de ellas autocita. A cambio, participa en tres proyectos de investigación y realizó una estancia de tres meses en una universidad extranjera tras su doctorado, a la que creo recordar que se suma otra también de corta duración.
En esta tesitura, la comisión, una vez conocidos nuestros currículos, no tiene más que dar un valor descomunalmente alto a estancias y proyectos, y uno abismalmente bajo a las publicaciones científicas, por más que tal decisión contradiga los criterios generales que se reproducen en los baremos de todas aquellas universidades que, a diferencia de la UAM, aplican baremos preexistentes a cada convocatoria de profesorado en lugar de fijarlos tras conocerse la identidad de los candidatos. En esos baremos establecidos de antemano, las publicaciones científicas siempre tienen un peso prioritario, pues son la principal vía de difusión del conocimiento y entrañan una dificultad de elaboración muy superior a la de incorporarse a un proyecto o ser invitado a pasar una temporada en otra universidad, méritos en los que los contactos personales pesan mucho.
Para colmo, en la UAM la comisión tampoco tiene la obligación de indicar qué puntuación ha otorgado a cada mérito y se limita a ofrecer una puntuación global por bloques —investigación, docencia…— cuyo cálculo resulta imposible de reconstruir. Así han obrado en el caso que nos ocupa, como podéis comprobar en la resolución, donde el candidato de la casa recibe ochenta y dos puntos y yo cincuenta y uno, con lo que se le otorga la plaza.
Os conté que había impugnado las bases de la convocatoria precisamente para que se anulasen y se elaborasen unas nuevas con un baremo general donde se estableciesen las puntuaciones asignadas a cada tipo de méritos y los parámetros para calcularlas, un baremo que se aplicase por igual a todas las plazas de Derecho, se presente quien se presente, en lugar de los «baremos especiales» que hoy elaboran las comisiones una vez conocidas las identidades de los candidatos. Para conseguir que el juzgado competente se pronunciase sobre mi petición, tenía que participar en la «prueba selectiva» que se convocó el 16 de octubre y que consistía en que ambos candidatos —el de la UAM y yo, el extranjero— «defendiésemos» nuestros currículos ante la comisión de selección, explicándole su contenido. Un teatro molesto —sobre todo porque me obligaba a ir y volver de Madrid en un día, residiendo yo en Murcia— en el que debía participar si quería seguir con mi litigio judicial.
Así que cogí el tren sabiendo que me las iba a ver con una comisión de selección sumamente peculiar y, a la vez, muy parecida al resto de las que he visto. Peculiar porque es la primera vez que logro que me estimen la recusación de los secretarios titular y suplente por vínculos con el candidato, lo que forzó el nombramiento de otros dos, a quienes también recusé, logrando que me estimasen la recusación de uno de ellos. Tres secretarios de cuatro que nunca debieron estar ahí. Recusé igualmente a varios miembros del tribunal por haber participado en proyectos de investigación con el candidato, y aquí me lo rechazaron aduciendo que eran proyectos de 2019 y habían pasado muchos años, lo cual contradice la propia normativa de la UAM, que establece esa participación como causa de recusación sin mencionar el tiempo que pueda haber transcurrido. En cualquier caso, yo acudía convencido de que el resultado estaba decidido.
Llegué al salón de actos donde se desarrollaría la prueba y me encontré un panorama muy común en estos casos, con unos treinta profesores, amigos, familiares y gente del sindicalismo universitario que estaban allí para arropar al candidato de la casa. En mi caso, hubo un docente de la UAM —no diré si hombre o mujer— que me escribió para darme apoyo y decirme que iría al acto. Y estuvo, aunque no me enteré de su presencia hasta que concluyó, pues prefirió no darse a conocer allí dentro. Luego comimos juntos y tengo que decir que agradecí mucho su apoyo porque, acostumbrado como estoy a pelear solo, nunca viene mal una mano amiga, aun en forma de mero apoyo moral.
Y comenzó el acto. Me las he visto con tribunales groseros, faltones y prepotentes hasta el vómito, mientras que esta gente guardó las formas en general, supongo que por el abismo que había entre mi currículo y el del candidato de la casa. Algunos incluso dijeron que ambos teníamos una trayectoria excelente y que, por desgracia, solo podían escoger a uno. Una de ellos llegó a sostener que nuestra trayectoria investigadora era magnífica en ambos casos, por más que yo cuente con un sexenio de investigación y el otro candidato con ninguno, con veintitrés citas en Dialnet sin autocitas frente a una sola, con veintinueve publicaciones frente a cinco y con la acreditación de la ANECA a profesor titular de universidad frente a la de permanente laboral.
Más allá de esas afirmaciones de forzada cortesía, el discurso de los miembros de la comisión fue exactamente como había predicho, y consistió en alabar los proyectos de investigación y las estancias posdoctorales como méritos de relevancia superlativa mientras dejaban en segundo plano aquellas categorías donde yo destacaba, pese a ser categorías —caso de las publicaciones científicas— objetivamente mucho más relevantes.
En algunos momentos disfruté. Por ejemplo, cuando una miembro de la comisión se quejó de esa filosofía universitaria según la cual hay que elaborar al menos tres o cuatro publicaciones al año y afirmó que con un nivel mucho menor ya se cumplía, cosa que interpreté como una manera de justificar las escasas publicaciones del otro candidato. Más adelante me reprochó que, teniendo yo muchas, la mayoría estuviesen concentradas en los tres últimos años y que en los años previos mi número de publicaciones fuese muy modesto. Le respondí entonces que mi nivel de producción ha aumentado desde que soy ayudante doctor y que, en todo caso, siempre he publicado al menos un artículo o capítulo al año desde que leí mi tesis doctoral, lo cual debería bastar según el criterio que ella misma había mantenido con el otro candidato. Tuve que reprimir la risa cuando hizo ademán de replicarme y finalmente optó por callarse.
También me lo pasé bien cuando destaqué la incoherencia de otorgar un valor superlativo a la ubicación de un candidato en un proyecto de investigación mientras se dejan en un segundo plano las publicaciones científicas que, se supone, son el objeto principal de esa clase de proyectos. Afirmar que es más importante formar parte de un proyecto y escribir un artículo cada dos años que no formar parte de ninguno y escribir tres al año es exactamente la clase de argumento que esperaba encontrar.
Por cierto, antes de comenzar el acto me saludó uno de los secretarios malogrados de la comisión —es decir, apartados por mi recusación— y me dijo que yo defendía un modelo de selección del profesorado muy encorsetado, pues en Estados Unidos las universidades no emplean baremos mecánicos como los que yo pretendo y basan la elección de candidatos en fórmulas mucho más abiertas, como cenar con el candidato y conocerle. Le repliqué que en Estados Unidos no es muy común que los candidatos nazcan, crezcan, se reproduzcan y mueran en la misma universidad, mientras que en España es extraordinario que alguien distinto del candidato de la casa concurra a una plaza —no ya ganarla, simplemente concurrir—, precisamente porque está muy extendida la convicción de que están dadas de antemano. El modelo norteamericano posiblemente funcione, mientras que su traslación a España, a mi juicio, solamente sirve para que la endogamia arrincone el mérito y la capacidad.
Volviendo al acto, este se desarrolló y acabó exactamente conforme a la obra de teatro que preví, por lo que salí de él sin frustración alguna. Había cumplido el trámite necesario para que la UAM rechazase mi candidatura y poder continuar así con lo que de verdad me interesa, que es la impugnación judicial de las bases para que nadie más tenga que pasar por procesos como este y el dinero público sirva para contratar a los mejores candidatos, en lugar de a los mejor relacionados.
Soy plenamente consciente de que cada paso que doy dificulta más mi entrada en la universidad, pues ahora mismo soy ayudante doctor tras mucha pelea, en dos años se me acaba el contrato y veo más posibilidades de quedarme en la estacada que de estabilizarme. Efectivamente, existen méritos cuya obtención depende de que tengas contactos, como es el caso de las estancias o los proyectos de investigación, y cada vez que impugno una plaza me enfrento a un nuevo grupo de las pequeñas élites que controlan la asignación de estos méritos, con lo que incremento mi aislamiento. Pero me compensa.
Algunas metas tienen un fulgor mucho más hermoso que la comodidad de una vida plácida, y combatir el caciquismo en cualquiera de sus formas es una de ellas. En el caso universitario merece especialmente la pena, por tantísimos investigadores y docentes de valor superlativo que han tenido que soportar la más obscena explotación para hacer carrera a la sombra de un catedrático todopoderoso, o que directamente se han quedado en el camino por carecer de padrino mientras otros con menos méritos les pasaban por delante, y por los contribuyentes que sostienen la universidad con sus impuestos esperando lo mejor de ella. Mientras exista el menor resquicio, seguiremos peleando.








Kafka estaría muy orgulloso de ti. Yo también lo estoy pero no tengo tanto apellido. Solo digo esto para que sepas que tienes dos adeptos a tu causa, uno muerto y otro vivo. Ojalá triunfe el bien por el bien del bien.