
Dentro de lo que hemos llamado la Excepcionalidad Hispana no dejan de venir a la mente ciertos nombres de nuestro pasado más constitutivo, los mismos que jamás aparecen en las listas de españoles no solo influyentes, sino que llegaron a cambiar activamente el devenir de los acontecimientos, y a pesar de ello continúan en una densa penumbra que cada día que pasa más nos cuestiona. En efecto, una de nuestras características archiconocidas y reiteradas consiste en el general olvido de la historia, aunque por fortuna recientemente hayan sido rescatados algunos personajes hasta hace poco casi ignotos. Destacan entre estos el marino Blas de Lezo (1689-1741), quien lideró famosas gestas navales, entre ellas la defensa de Cartagena de Indias (1741) frente a una desmesurada flota británica, a la que derrotó, o F. Javier Balmis (1753-1819) e Isabel Zendal (1773-1811), artífices de la vacuna contra la viruela, gracias a la que en la Real Expedición (1803-1814) salvaron a buena parte del continente americano.
Afortunadamente, recientes inauguraciones de navíos, monumentos, edificios y parques, junto a investigaciones y literatura diversa están rescatando en estos últimos años tales nombres, además de otros omitidos, protagonistas de las más variadas hazañas en nuestra historia. Sin embargo, queda una larga lista en la que aguardan aún ser redimidos de un purgatorio no deseado multitud de artistas, inventores, militares, científicos, o músicos, tales como el médico y botánico Nicolás Monardes (1493-1588), el primero en describir la fluorescencia de los animales y las plantas, Antonio Ulloa (1716-1795), marino y científico quien realmente descubrió el platino en la mina de la actual Colombia de Río Pinto, Alonso de Santa Cruz (1505-1567), cosmógrafo e historiador, quien hizo lo propio con la variación magnética de la Tierra, o el científico, militar y cartógrafo Félix de Azara (1742-1821), a quien Darwin cita profusamente en su Diario de Viaje, así como en la formación conceptual del Origen de las Especies. A estos protagonistas, que no figuran hoy en elenco alguno del imaginario común, habría que añadir entre otros muchos a Emilio Herrera Linares (1879-1967), ingeniero y científico, quien además de otras invenciones diseñó una «escafandra estratosférica» con traje presurizado (1935), sentando las bases técnicas para los actuales trajes espaciales, aunque el negro advenimiento de la Guerra Civil, junto a otras circunstancias, hizo que finalmente su origen se olvidara por completo. En fin, y entre otros muchos se suman a ellos Beatriz Bernal (1504-1584), quien a pesar de ser la primera escritora de ficción de nuestro país (en 1545 publicó el libro de caballerías Cristalián de España, firmado anónimamente), y gozar en su día de fama en Italia, salvo por una mención de Góngora al héroe de su libro, continúa siendo una total desconocida en su tierra.
No merece la pena insistir con más citas que ahonden esta singularidad patria que tan bien acotada queda por la conocida frase: «España es madre de extranjeros y madrastra de sus propios hijos». Aunque frente a tal agujero negro en el que tanta energía, sueños y posibilidades de desarrollo, irremediablemente se sumieron ya numerosos seres con el dolor de la ingratitud, lo que tal vez sí poseería un gran valor de superación es el detectar las causas que hicieron posible el olvido de tamañas raras avis, sacrificadas en el altar del primero de los vicios capitales de nuestra nación: la envidia. Porque este, el recelo y la inquina contra el semejante que sobresale, aflora como el primer obstáculo de nuestro desarrollo y vertebración. De ello son culpables numerosos factores históricos y culturales, entre otros los ya señalados por Unamuno y Baroja, quienes identificaron la envidia y el recelo frente al genio ajeno, y el consiguiente olvido, como uno de los bochornos más propios, y de difícil cura. Podemos apuntar con certeza, por lo mismo, que si la Leyenda Negra tuvo siglos de tenaz vigencia es porque sus raíces últimas no hay que buscarlas al otro lado de mares u océanos, sino muy, muy cerca. Entre los factores históricos, concentrados a lo largo de las Guerras Carlistas y la prolongada decadencia del siglo XIX, se suelen señalar la falta de estabilidad institucional, los constantes cambios de gobiernos débiles, así como la ausencia de consenso, junto a una intensa politización de las diferencias, todo lo que fue engendrando la atroz burbuja de las «dos Españas», profundo desatino que muchos quieren hoy revivir, aunque ya explotase trágicamente con el conflicto de 1936.
Respecto de este rasgo tan acentuado, el de la desmemoria de lo mejor de uno mismo, cuando no «autofobia», elevado a un plano general, Carl Gustav Jung nos apuntaría tal vez que resulta propio de una cultura en la que, frente al gregarismo mayoritario, resulta escaso o pobre el «proceso de individuación» (aquel por el que se integra creativamente lo consciente e inconsciente), por muy brillante que llegue a ser cuando de forma esporádica este produce. Este tic psicológico es algo que ya Nietzsche, entre otros, había señalado como vital para comprender la «moral de rebaño», y el resentimiento: esa tendencia inerte de buscar la seguridad y la obediencia, reprimiendo la individualidad, las líneas diversificadas de evolución (lo que afortunadamente no consigue), al tiempo de crear resentimiento por lo distinto. Prosiguiendo esta fértil guía de Jung para acercarnos al fenómeno descrito, tan ubicuo en nuestra Península como difícil de comprender, la señalada envidia consiste para el gran psicoanalista suizo en la manifestación de una cualidad o deseo reprimido, proveniente de una potencialidad que no se quiso, o no se atrevió, a desarrollar. Esto sucede al verse el individuo desconectado de su «propósito interior», es decir, que desconociéndose a sí mismo y su papel en la vida, acusa irremediablemente una «herida de insuficiencia», la misma que le aboca a anular todo lo que desde el exterior le haga sombra.
Dando un salto más allá de las complejas y mencionadas marañas históricas, por las que ciertos personajes fueron relegados de la atención común, recordaremos brevemente aquí a tres de ellos, a nuestro entender cumbres en su entorno, en quienes no fueron en principio los prejuicios, o la política, el motivo de su olvido, sino algo más inquietante, como es la desidia aplicada a la propia historia, gran coladero por el que se sumió sin apenas ruido buena parte de nuestra memoria, torpe y cicatera cuando topa con el deslumbramiento, cuando alguien logra desbrozar un camino propio y acaba siendo no solo sustancial, sino único en su campo de acción.
Estos son: Luis de Santángel, María de Jesús de Ágreda y Felipe Pedrell.
Luis de Santángel (1438-1498). Tesorero de Fernando el Católico, no solo fue clave para que el Descubrimiento de América fuese posible, sino que es a quien Cristóbal Colón dirige la famosa Carta de regreso, comunicando el gran hallazgo de camino hacia las supuestas Indias. Proveniente de una importante familia conversa, a caballo entre Valencia, Sevilla y diversos puntos de la Corona de Aragón, él, artífice de la Lonja de la Seda de Valencia, fue quien convenció a Isabel, tras ser rechazado el proyecto presentado en primera instancia a los Reyes Católicos por el propio Colón, de que reconsideraran la propuesta de expedición. Gracias a la decisiva intercesión y el apoyo de Luis de Santángel, el ilustre descubridor fue recibido una segunda y definitiva ocasión, financiando, además, de manera personal, buena parte del primer y determinante viaje.
Nacido posiblemente en Daroca, esta figura crucial para nuestra más profunda historia, en el seno de judíos conversos, los mismos que hubieron de cambiar su apellido de Chinillo por el de Santángel, a raíz de la Disputa de Tortosa (1413-1414). Impulsada por Benedicto XIII de Aviñón, con el respaldo de Fernando I, y desarrollada en 67 sesiones a lo largo de esos dos años, a esta cita, que tantas consecuencias sociales e históricas tuvo para la Corona de Aragón y el futuro de la Península, fueron obligados a asistir los principales rabinos del Reino de Aragón y de los condados catalanes. El debate que se planteaba en tal convocatoria, que consistió en realidad en una serie de acusaciones y amenazas, supuso un recrudecimiento de las leyes contra la población hebrea. Su objetivo era que estos reconocieran sus «errores de fe», así como la naturaleza de Mesías de Cristo, algo rechazado por la religión judía, que, como se sabe, aún espera tras tantos muros de las lamentaciones su final venida. El resultado de todo ello, y tras la firma de la bula papal Etsi Doctoris Gentium, fue el golpe de gracia a las comunidades judías de la Corona de Aragón, así como el bautismo forzado de muchos de ellos, hasta su expulsión final ochenta años más tarde, para quien no se hubiera convertido al cristianismo.
Lo crucial de este caso para nuestro interés consiste en que, en enero de 1492, y tras ser rechazada por los Reyes Católicos su propuesta de la gran expedición hacia las Indias, Cristóbal Colón abandonó la corte con muy pocas esperanzas de poderla llevar a cabo. Esto es bien sabido y se zanja con una simple frase, pero comporta algo en lo que tal vez se haya meditado muy poco, pues Francia era la potencia europea que alternativamente hubiese asumido el proyecto y «descubierto» el Nuevo Mundo, de habérselo llegado a proponer el ilustre navegante, y los quinientos millones de hispanohablantes al otro lado del Atlántico lo serían hoy de francés. Por fortuna, y gracias a la cercanía que Luis de Santángel mantenía con los soberanos, convenció a Isabel de que reconsideraran la propuesta, aportando él mismo la suma de 1.140.000 maravedíes, sin intereses. Finalmente ello fue posible, y en pocos meses se pudo organizar con éxito la expedición que lanzaría nuestro futuro en una dirección inesperada, teniendo lo que hoy llamaríamos un «final feliz».
La mencionada Carta dirigida a nuestro tesorero y mecenas, escrita por Colón a bordo de la nao Santa María (entre febrero de 1493 y marzo del año siguiente con su llegada a Lisboa), discurre acerca del sorprendente hallazgo. Conservada en el Archivo de Simancas, e impresa ese mismo año de 1493 en varias ediciones, en Barcelona en latín y español (e inmediatamente en París, Amberes, Roma y muchas otras ciudades), significa la primera crónica de un europeo en un continente hasta entonces ignorado. Describe las islas de San Salvador (archipiélago hoy en las Bahamas), Cuba, y la Española (hoy Haití y República Dominicana), como «paraíso terrenal», y sus habitantes como «pacíficos», dando inicio a la crónica desde la visión europea, maravillada, al tiempo que lógicamente interesada, con sus luces y sombras, que abriría varios siglos de la más variada escritura sobre América. Tal es el testimonio eufórico y extasiado de un descubrimiento real, y pese a que no fuera Colón propiamente escritor, supone el testimonio que inaugura la literatura de Indias o de la Conquista, y hasta cierto punto, salvando tiempo y espacio, nos atreveríamos a decir que constituye el precedente último del Realismo Mágico, algo explícitamente reconocido por el propio Gabriel García Márquez (en una entrevista en Madrid en 1978), referido sobre todo al Diario de los viajes posteriores por el Caribe. Su lenguaje, aunque de textura aún medieval, está henchido de un asombro y frescura ya de tinte moderno, al maravillarse por ejemplo en su tercer viaje (1498) del caudal y vegetación del río Orinoco, pensando que se encontraba en el Edén, al que llamó «Tierra de gracia».
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María de Jesús de Ágreda (1602-1665). Supuso un caso en verdad insólito para su época, quien aun siendo mujer y monja (nombrada abadesa del monasterio soriano de igual nombre con solo 25 años), desempeñó un papel decisorio en tanto que consejera de Felipe IV en diversos tratados internacionales como el de Westfalia y la paz con Francia. Su legado en ese campo fue el que la Monarquía Española debía seguir siempre unos claros principios morales y religiosos, procurando la paz entre las naciones. Autora del gran tratado Mística Ciudad de Dios, traducido a las más importantes lenguas europeas de la época, y de gran influencia teológica en diversas universidades (la Sorbona o Roma entre otras), desde niña experimentó numerosas visiones trascendentes, y a ella se atribuyen innumerables hechos inexplicables de bilocación, por lo que fue declarada Venerable por el papa Clemente X (1765). Como en tantas otras ocasiones, su influencia literaria, política y mística fue mucho más importante fuera de España.
Solo en los últimos años de este nuevo milenio han visto la luz algunas monografías que por fortuna dirigen el foco de interés hacia esta enigmática figura del Siglo de Oro español, quien prácticamente vivió siempre recluida en su monasterio con vistas al monte Moncayo, no lejos de donde G. A. Bécquer escribiría más tarde sus famosas Cartas desde mi celda. Tras su fallecimiento y su paradójica intensa vida recluida, su obra cayó en un total olvido.
Tal y como atestiguan diversas crónicas coloniales del siglo XVII, sor María de Ágreda trasladaba de alguna misteriosa manera su imagen a diversos lugares del Nuevo Mundo, como la actual Texas y Sonora, sin llegar a abandonar físicamente su convento de Ágreda. Su fama se extendió así rápidamente entre diversas tribus locales y las misiones, pues, como señala el cronista franciscano Francisco Palou, un gran devoto de sor María fue fray Junípero Serra, el conocido misionero y evangelizador de California, especialmente después de la fundación de la misión de San Antonio de Padua. Tanto este como Alonso de Benavides, entre otros, dieron fe de las inexplicables apariciones de «la dama azul», como fue conocida en esas tierras por el manto de tal color de su orden concepcionista.
En su extensa biografía experimentó numerosas enfermedades, que la pusieron al borde de la muerte, lo que no impidió la incomprensión de algunas religiosas y de sus confesores, quienes no llegaron a entender los numerosos estados extáticos que vivía sor María, acompañados de levitaciones y revelaciones místicas. Estos la acercan, tanto por la calidad de sus escritos como por sus singulares experiencias, a santa Teresa, por más que la historia se olvidara de ella en su propia patria hasta tiempos recientes. En gran medida, tal marginación fue, al menos en su inicio, debida al Tribunal del Santo Oficio que, aunque no actuase contra la religiosa, acometió contra todo fenómeno que equiparara con histeria de beatas, «alumbrados» o luteranismo.
Publicada en 1670, poco después de su muerte, su obra más famosa en la Europa coetánea fue la monumental Mística Ciudad de Dios, dividida en tres partes principales, en la cual trata hagiográficamente la vida de la Virgen María, desde su infancia hasta su Asunción, a través de sus propias imágenes de la Madre de Cristo. Tal tratado mariano se muestra igualmente inspirado por las mujeres que acompañaron a la Virgen, los apóstoles y demás figuras bíblicas, ya que para ella el máximo texto judeocristiano no era en modo alguno esa reunión de pasajes de fe que se leen con mayor o menor devoción, sino una gran clave simbólica e interconectada entre sí de innumerables maneras, que ofrecía al alma del creyente la luz para su fe y confianza. Este libro habría de convertirse en un referente de la literatura mística y religiosa del momento, verdadero objeto de admiración, que fue traducido a más de diez idiomas, lo que sin embargo no le ahorró la diatriba de las autoridades eclesiásticas, muchas de las que la consideraron desequilibrada, a pesar de que con sus atinados juicios y ejemplos de vida mostró todo lo contrario.
Cuando María de Ágreda tenía cuarenta años, en 1643 recibió inesperadamente en el convento la visita del rey Felipe IV, quien debido a la sublevación de Cataluña se encaminaba con su ejército hacia la que sería la batalla del río Segre. El monarca, muy religioso, pero por otro lado con numerosas amantes, había oído hablar de la excepcionalidad de la abadesa de Ágreda, y decidió aprovechar su paso por la región para conocerla. Y en efecto, dicho paso no fue en balde, sino que tras el encuentro, que debió de ser revelador para ambos, habría de iniciarse una dilatada comunicación epistolar (más de seiscientas cartas confidenciales) que llegaría hasta el fallecimiento de esta, 22 años después. Felipe IV, monarca culto, conocido como «Rey Planeta», tuvo desde el principio en alta estima los consejos de Sor María, ejerciendo más influencia sobre él que los consejeros áulicos y confesores reales, lo que constituye un caso singular en la época, además de por su inteligencia y discreción, por no formar parte de la corte o del círculo de la familia real.
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Felipe Pedrell (1841-1922). Compositor, pedagogo y musicólogo, fue no solo el maestro de Manuel de Falla, Enrique Granados, Joaquín Turina e Isaac Albéniz entre otros, sino el fundador del nacionalismo musical español. Su gran legado consistió en rescatar buena parte de nuestra música del Renacimiento y Barroco, como Tomás Luis de Victoria y Antonio de Cabezón, identificando las características musicales españolas frente a las europeas, a caballo entre la música culta y popular, como el flamenco, al que revitalizó activamente ya desde finales del siglo XIX.
Formado en la Escolanía de la Catedral de su Tortosa natal, Pedrell fue un gran autodidacta, quien gracias a su talento precoz ya a los quince años compuso un Stabat Mater para tres voces. En su haber constan 82 obras, entre música religiosa (Misa a dos voces y órgano, Aleluia, Estrofa de Santa Teresa de Jesús, coral Super Flumina Babilonis, etc.), poemas sinfónicos (lo Cant de les Muntayes, o Excélsior), piezas líricas (la Guardiola, o lo Rei tranquil) y canciones (Cantos Andaluces, Canciones arabescas, La Sagrada Familia). Sin embargo, y a pesar de sus numerosas composiciones, no sería conocido por esta faceta, sino por la de musicólogo y pedagogo.
Su amplia labor de catalogación sentó las bases de la etnomusicología española, sobre todo sus apuntes acerca del folclore andaluz, perfilando las propiedades de géneros que luego habrían de alcanzar una gran repercusión en España y el mundo, tales como la soleá, la malagueña, según él, procedente de la música árabe, así como su derivada, la granadina, o la alegría. Partía de la idea de que, tras un Renacimiento y Siglo de Oro muy destacados en lo musical, los siglos XVIII y XIX habían sido en España bastante pobres si se comparaban con Francia, Italia o el mundo germánico. Por ello era necesario un rearme conceptual que brindara nuevas estructuras a la música de nuestra Península, al tiempo que debía asentarse en la propia tradición, fácilmente identificable para cualquiera. Como sucede con numerosas monografías musicales, entre ellas el monumental Diccionario bio-bibliográfico de los músicos españoles, Hispaniae Schola Musica Sacra ofreció un corpus sistematizado de la mencionada música autóctona, primeramente, para que esta no se perdiera, al tiempo que sirviese de inspiración a la que sería la escuela musical por él impulsada, basada no en valores foráneos, sino en los irrenunciablemente propios. Su legado debe ser visto no como copia de lo existente, sino síntesis muy creativa, plasmada en una tonalidad distinta de la estrictamente clásica, de tal manera que podría calificarse de brillante transfiguración de una base inmemorial en una tonalidad para su momento vanguardista.
Entre sus muy numerosos alumnos, de quienes fue genuinamente eso que hoy llamamos mentor, destaca Manuel de Falla. Estudió con él en Madrid composición (entre 1902 y 1904), al tiempo que se imbuyó de su profundo interés por el patrimonio musical propio, especialmente el flamenco y canto jondo, redescubrimiento que alcanzara su primera expresión con la ópera La Vida Breve. Posteriormente, el compositor gaditano conocería a Federico García Lorca y Fernando de los Ríos, entre otros, al radicarse en Granada en 1919, profundizando ese primer estímulo de Pedrell, de conjugar música culta con popular, algo que haría especialmente con El Amor Brujo y Noches en los Jardines de España. Falla, quien aprendió de Pedrell que el folclore revitalizado en la música del siglo XX debía ser no una somera repetición de temas ya existentes, sino la raíz de la ópera moderna y de la creación sinfónica, dijo de su maestro que «supo ofrecer a sus alumnos el encauzamiento artístico indispensable a todo aprendiz noblemente intencionado».
Enrique Granados, quien considerara a Pedrell su máximo maestro en la búsqueda armónica y dramática de raíces hispanas, aprendió de él armonía y composición (1884-1887), pero sobre todo estética, cultura musical y un elaborado romanticismo. La influencia en la ópera Goyescas y en las Tonadillas de Estilo Antiguo es clara y fecunda. De otro lado, la inspiración andaluza del también catalán Isaac Albéniz (1860-1909), quien estudió composición con su maestro en Barcelona, se hace evidente en su Rapsodia Española y en Cantos de España, deudores en buena medida de Pedrell, así como su gran obra, la suite Iberia, en la que lleva a sus últimas consecuencias los supuestos musicales teóricos del maestro, influido también por las armonías y color de la vanguardia impresionista francesa, aunque con un marcado carácter andaluz en sus cuatro cuadernos. Entre otros muchos compositores de renombre, habrían de seguir en la estela de ritmos españoles y andaluces del olvidado maestro catalán Joaquín Turina (1882-1949) y Roberto Gerhard (1896-1970).
Una labor similar, pormenorizada y científica, alejada de todo pintoresquismo, fue la llevada a cabo también con gran éxito, casi medio siglo posterior, por el compositor y etnomusicólogo húngaro Béla Bartók (1881-1945). Él sí, reconocido y famoso entre las generaciones posteriores, partía igualmente de que la inspiración del folclore no debía ser rescatada como mera inserción en la música culta, sino que, en esa nueva línea, debían ser recreados los ritmos y escalas originarias, imprimiéndoles configuraciones asimétricas y radicalmente distintas.
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Una imagen ilustrativa de la diferente consideración en los países vecinos respecto del nuestro, en cuanto venimos tratando, la arroja el lugar dedicado a los monumentos de hombres ilustres. Frente al Panteón de París, el Monasterio de los Jerónimos de Lisboa o la Abadía de Westminster en Londres, donde a lo largo de los años son enterrados los personajes más significativos de cada nación, en nuestro caso, primero en San Francisco el Grande y luego junto a la Basílica de Atocha, se construyeron únicamente cenotafios de ciertos héroes nacionales y políticos, aunque en su interior permanezcan vacíos. Todos estos nombres aquí mencionados, junto a muchos otros, esas energías arrojadas por la borda, piezas perdidas en el tiempo, son baches dejados en un largo camino, agujeros negros que precisan ser llenados. Les necesitaríamos a todos ellos, cada hallazgo, periplo o propuesta, para tener una visión conjunta de quienes somos, algo que conseguiría al fin arrojar la imagen total de ese gran puzle que nunca terminamos de vislumbrar en unas claras coordenadas. A esa «carcoma de los huesos» (Proverbios 14:30), que es la encarnación de la envidia, en la tradición cristiana se la denominó Leviatán, una monstruosa serpiente marina, criatura del caos, que en su tamaño y fealdad personifica cumplidamente tal sombra y lacra.
Una visión adulta sería aquella en la que, trascendiendo los estrechos límites del ego, el éxito ajeno pudiera llegarse a vivir como algo propio. Tal imagen es posible: la de una humanidad integrada, pues la perspectiva en su cara positiva ya nos fue ofrecida por la Pandemia. Esta mostró con dolor, pero también con conocimiento, que a la postre todos somos un mismo ser originario, lo que para la tradición cabalista se denomina Adam Qadmon, arquetipo humano anterior a la creación. ¡Aunque parece que para esto aún falte en nuestros lares un largo camino!







