De todos los rituales y trances sociales, el del Amigo Invisible (mayúsculas) es uno de los más aterradores. Deberían prohibirlo de no hacerse con personas que realmente se conocen entre sí. Si hay algo más pavoroso que buscar chuchería para la persona agraciada, eso es sin duda esperar a recibir la tuya, sujeta a las más fantásticas formas de invención, ingenio casero o corrección comercial. Puedes esperar cualquier cosa del Amigo Invisible, en general todas rocambolescas y fingidas. Pero lo que más me gusta del juego es el famoso tope de precio, diabólica limitación que endulza aun más la comedia. La amable presión de los organizadores se completa con la idea de este límite económico, que hace aún más angosto el jueguecito de marras. ¡Como si eso ayudara! Si regalar ya es difícil, la cosa empeora si por decreto solo puedes gastarte dos duros.
Hace mucho, pero no tanto, participé en un Amigo Invisible con más de 20 personas. Nadie me emboscó, me metí yo solito. Me tocó regalar a una chica a la que, en efecto, apenas conocía de nada. Intrigado un poco sobre quién habría sido el desdichado al que le tocaba enfrentarse a mí, hice lo propio con mi querida benefactora. Cumplí con corrección práctica y creo que ella quedó más o menos satisfecha (sic). Luego llegó mi turno. Mi paquete era pequeño y lo abrí sin saber qué esperar. Encontré un libro muy delgado, de bolsillo: Graham Greene, El tercer hombre. No lo conocía. Supe poco después quién me lo había regalado —una chica con la que nunca, que yo recuerde, había hablado, pero que sí conocía de vista—. Di las gracias como pude y aquello terminó allí. Y después de un par de meses me decidí por leerlo. Me gustó mucho y mis expectativas quedaron claramente superadas. Di por hecho que no valdría demasiado la pena, pero estaba realmente bien.
En ese momento no lo sabía, pero estaba cometiendo un pequeño sacrilegio. Acercarse a El Tercer hombre por el escueto relato escrito por Graham Greene antes de que se rodara la película, pero publicado después de la misma era, en todos los sentidos, empezar la casa por el tejado. El libro solo era una novelilla de apenas ciento cincuenta páginas planteada ad hoc para ayudar a acometer el guión del largometraje por venir. Al parecer, ese era el método de trabajo de Green. Al parecer, todo el mundo conocía El tercer hombre por su magnífica película, que era lo importante. Y al parecer, todo empeoró mucho más cuando vi la película y no me gustó demasiado. Había cuestiones del papel que no estaban en la cinta de Carol Reed, cambios, omisiones, caras que no encajaban, personajes irreconocibles, el final era distinto… En general, una sensación de extrañeza que no me conseguí sacudir. El amor que sentía por la versión literaria no se había visto correspondido en la pantalla.
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El año pasado, hablando de amigos invisibles, me metí en uno muy curioso, sin tope de dinero. Uno a nivel mundial, el de Reddit. Fue muy curioso tener que enviar un paquete a Dallas y recibir otro desde Texas.
Para mí junto a Sin perdón y Centauros, los 3 mejores westerns de la historia. Palabra.