
Viene de aquí
Tiempo atrás hablé un poco del asunto del libre albedrío a raíz de un artículo de Jerry A. Coyne. Básicamente defendía que me parece absolutamente ingenua y autocontradictoria la idea de que dada una entrada (un input) en nuestra mente solo cabe un resultado y que, por tanto, no existe una conciencia que nos permita escoger. Las consecuencias de esta tesis son tan absurdas, considerando, no lo que sentimos, sino la ubicuidad de las leyes de la física, y la complejidad de lo que hay y de lo que falta, que en la práctica solo una visión infantilmente mecanicista es compatible con aquellas. En estos artículos me moveré en el terreno previo: el de lo real, el de las causas de lo que sucede y la aparición de lo absolutamente improbable, para terminar con una hipótesis sobre ese fenómeno tan difícil de explicar que llamamos conciencia.
Espero que tras estos artículos se animen a leer Naturaleza incompleta, la obra de Terrence W. Deacon. No porque resulte absolutamente satisfactoria —algo además imposible—, sino porque los asuntos de que trata y la aproximación a los mismos que propone merecen el esfuerzo. Aclaro que se trata de una obra de lectura difícil. En parte esto es responsabilidad del autor, que no ha sido capaz de simplificar algunas explicaciones (algo que creo era posible), pero en su mayor parte la dificultad es intrínseca.
La ciencia trata de lo material, de lo que está ahí. Sus éxitos avalan esta estrategia. Asume que solo aquello con características físicas definidas —masa, carga, momento…— tiene incidencia causal. Sin embargo, hay dominios «difíciles». La propia ciencia es un producto que carece de las cualidades —o mejor dicho, de las cantidades— de lo material. Sucede lo mismo con todo aquello a lo que atribuimos cualidades referidas a algo, al menos aparentemente, «ausente» en el mundo material, como las de valor, función, propósito o significado. Están ausentes y, sin embargo, la mayoría de nosotros cree y la totalidad de nosotros actúa como si tuvieran alguna forma de existencia e influyeran en lo que hacemos. Por decirlo de otra forma, todo lo que nos representamos es o un espejismo causal, un epifenómeno, o algo diferente de aquello material en que supuestamente se encarna, como lo demuestra el que una configuración idéntica podría significar algo completamente diferente y que podemos representar lo mismo a través de «formas» distintas de lo real.
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‘Un algo diferente, que nace del ruido y del caos…’
Un mero fenómeno emergente. Un equivalente mental a los spandrels de Gould.
Gracias por el artículo. Tengo el libro pendiente, y ahora lo cogeré con más ganas.
Aprovecho para recomendarte la serie sobre libre albedrío que estoy publicando en Mapping Ignorance
http://mappingignorance.org/author/jesus-zamora/
«Las consecuencias de esta tesis son tan absurdas, considerando, no lo que sentimos, sino la ubicuidad de las leyes de la física, y la complejidad de lo que hay y de lo que falta, que en la práctica solo una visión infantilmente mecanicista es compatible con aquellas»
Estoy en contra del mecanicismo, pero no veo por dónde meter ahí el argumento de la ubicuidad. El que las leyes físicas se cumplan en todas partes no lo refuta.
Búsquese una novia.
A veces pienso que el universo es como el tetris, con orden pero sin ningún sentido. No obstante, el problema de los orígenes sigue ahí y este debate es fascinante. Espero impaciente el siguiente artículo. Enhorabuena Tsevan.
¿Porqué tiene que haber un homúnculo (el diseñador humano) en el modelo computacional de la mente? Tampoco hay un homúnculo diseñador en las alas de las aves y sí que lo hay en las alas de un avión.
La hipótesis del homúnculo es tan ridícula como la hipótesis de un dios.
Y seguirá siendo ridícula por mucho que se argumente en base a la diferencia entre el algoritmo y los procesos que éste ocasiona, lo cual por cierto no es sino el trasunto del argumento del motor y/o las causas.
Se ve que el tal Tsevan es más religioso de lo que parece. Y que como antaño ocurrió con las ideas innatas es incapaz de asumir los descubrimientos científicos que suprimen el libre albedrío en la conciencia.
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La idea del mentalés no es de Pinker sino de Fodor (menudo dolor de estómago le daría a Jerry tamaño plagio).
Haces inferencias demasiado simplistas para el tema que abordas. Por hoy sólo comento lo que comento.
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