Deportes

Jim Braddock: el campeón que venció a la crisis (I)

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Joe DiMaggio (izda.) besa a Jim Braddock (dcha.) en 1938. Fotografía: Corbis.

El boxeo no ha cambiado demasiado desde entonces. Siempre ha sido una puerta para los desposeídos, para individuos con poca formación, para gente que no tiene otra salida. Eligen el boxeo, trabajan y entrenan para conseguir un dólar de aquí y un dólar de allá. (George Foreman, campeón mundial de los pesos pesados).

Llevamos varios años padeciendo una severa crisis económica y de todo lo que puede decirse y se dice sobre estos agitados tiempos, hay un detalle que me ha llamado la atención: la ausencia de figuras ejemplares que encarnen los sueños y pesadillas de la gente común en semejante situación de incertidumbre. Un personaje con el que el ciudadano común, el que de verdad lleva el peso de la crisis, pueda sentirse identificado. Quizá por ello es buen momento para rescatar la figura de Jim Braddock, uno de los grandes boxeadores de los años treinta, que comenzó su carrera como prometedor aspirante a campeón pero que en 1933, durante los oscuros tiempos de la Gran Depresión, terminó haciendo cola en la beneficencia. La caída de Braddock al hoyo de la miseria y la manera en que peleó para salir nuevamente a flote hicieron de él un símbolo de la angustiosa circunstancia que atravesaban otros muchos ciudadanos que también luchaban por escapar del agujero. Su trayectoria es una de las más inspiradoras en la historia del boxeo (y de cualquier deporte), porque no solamente hubo de esquivar los puñetazos de los rivales —a menudo con su mano derecha rota en pedazos— sino también los de la propia vida. Subió hasta lo alto, rozando la cima con las puntas de sus dedos, y después fue engullido por una crisis económica que destruyó las vidas de miles y miles de ciudadanos.

James Walter Braddock vino al mundo durante 1905 en Hell’s Kitchen, retablo de bloques de apartamentos habitados mayoritariamente por inmigrantes irlandeses —como lo fueron sus padres— y uno de los barrios peor afamados de la antigua Nueva York; un vivero de gente endurecida donde imperaba la pobreza. Apenas a unas calles de distancia se levantaba el Madison Square Garden, escenario de muchas gestas pugilísticas del siglo XX, así que un observador apresurado podía pensar que nuestro protagonista estaba predestinado al boxeo desde que abandonó la cuna. Pero no, Braddock no llegó a crecer a la sombra del totémico Garden como hubiese convenido a la mitología porque siendo todavía muy pequeño sus padres decidieron mudarse a un lugar que estaba cerca y lejos al mismo tiempo: Nueva Jersey. La primera vocación del pequeño Jim ni siquiera fue el cuadrilátero; le gustaba jugar al baseball pero sobre todo soñaba con llegar a convertirse algún día en jugador de football vistiendo la camiseta del equipo de Notre Dame, una de las más notorias universidades católicas del país. Sin embargo, para jugar al football se necesitaba pasar por la universidad y Jim adolecía de falta de aptitudes como estudiante, además de lo difícil que ya lo tenía por causa de su pobre extracción socioeconómica. El sueño quedó rápidamente descartado. No podía aspirar a la vida universitaria y como muchos otros estadounidenses de condición humilde, Jim Braddock fue un outsider en el país de los grandes sueños.

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7 comentarios

  1. Distintos países, distintas mentalidades. Si Jim Braddock hubiera nacido en España, Paco Marhuenda lo acusaría de ser un Ni Ni y lo mandaría a trabajar a Laponia…

  2. Gran relato, no conocía la historia completa.
    Gracias, y a esperar la continuación.

  3. Bernardo de Gálvez

    ¡Qué gran historia! Ahora a contar los días hasta leer la continuación.

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