Las nuevas tecnologías cambian tu vida menos de lo que crees, y más de lo que crees.
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El filósofo ateniense Sócrates detestaba los libros. Estaba convencido de que los libros destruirían el mundo, condenando a la humanidad a las tinieblas de la ignorancia. Sócrates solo confiaba en la oralidad, en la transmisión de los conocimientos de sabio a sabio, porque permitiendo que cualquiera escribiera un libro y que cualquiera pudiera leerlo, no podíamos estar seguros de nada. Además, cada vez habría más libros, y sería imposible abarcarlos todos o, al menos, separar el grano de la paja. Lo correcto se mezclaría con lo incorrecto, lo veraz con lo falso, lo sublime con lo indigno.
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Probablemente Sócrates constituye el primer caso célebre de advertencia contra la «infoxicación», lo cual no deja de ser irónico porque Sócrates vivió dos mil cuatrocientos años antes del nacimiento de la imprenta de Gutenberg y más de dos mil ochocientos años antes del nacimiento de internet, cuando se estableció Arpanet, la primera conexión entre ordenadores. Afortunadamente, su discípulo Platón no mantenía una visión tan agorera de la cultura escrita, y por eso hoy en día podemos leer lo que pensaba Sócrates: porque Platón lo dejó escrito así en Fedro: «Una vez que algo se escribe, la composición, sea esta la que fuere, empieza a moverse por todas partes, cayendo en las manos no solo de aquellos que la comprenden, sino de igual manera en la de aquellos que nada tienen que ver con ellas; el escrito no sabe cómo dirigirse a la gente adecuada y no dirigirse a la equivocada».
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Sócrates, pues, sostenía que el verdadero conocimiento era aquel que se grababa en la memoria y procedía de la oralidad, no al que podíamos acceder mediante otras plataformas. Más tarde, tras el nacimiento de la imprenta de Gutenberg, muchos escritores se sientieron abrumados ante la posibilidad de que pudieran leerles tantas personas desconocidas, como si de repente hubieran abierto un blog en WordPress: Jonathan Swift, autor de Los viajes de Gulliver, por ejemplo, dijo en 1711 que «una copia de unos versos que se conserva en un aparador y solo se muestra a unos pocos amigos es como una virgen deseada y admirada; pero cuando se imprime y se publica, es como una prostituta cualquiera, cuyo cuerpo puede comprarse por media corona».
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La copia en masa de libros no fue el único problema, sino también de una producción de nuevos libros que habría producido un profundo vértigo en Sócrates: tal y como señalan Lucien Febvre y Henri-Jean Martin en La aparición del libro, en los primeros cincuenta años que siguieron a Gutenberg, se publicaron veinte millones de libros, más que todos los libros copiados por los amanuenses europeos durante el milenio anterior. Cuando Johann Fust, antiguo socio de Gutenberg, viajó a París a vender copias de la Biblia, los libreros no tardaron en denunciarlo a la policía: «tal reserva de libros en posesión de un solo hombre solo podía haber sido conseguida con ayuda del propio diablo». Como sucede en internet, en general, o en Wikipedia, en particular, algunos críticos de Gutenberg también señalaron que los errores que se imprimían llegaban más rápido a los lectores, lo que condujo a que se multara a los impresores de la llamada «Biblia maldita» de 1631, pues omitía la palabra «no» del séptimo mandamiento («No cometerás adulterio»). Una desventaja que hoy nos resulta mínima si tenemos en cuenta las ventajas de la producción y copia masiva de textos: los libros ya no servían exclusivamente para conservar el saber, como preservado en ámbar, sino para reunir, comparar, analizar y divulgar información nueva.
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¿Cómo sabemos que no estamos reproduciendo los miedos de Platón o los de los luditas que rechazaban la imprenta? ¿Cómo sabemos que hogaño sí y antaño no? La respuesta es que no lo sabemos, y que los ejercicios de prospección tecnológica nunca han sido demasiado atinados. Durante miles de años, los agoreros tecnológicos se han equivocado. ¿Por qué deberían acertar ahora? Después de todo, Platón también se quejó de esta guisa de los adolescentes: «Los hijos son ahora tiranos… ya no se ponen de pie cuando entra un anciano en la habitación. Contradicen a sus padres, charlan ante las visitas, engullen golosinas en la mesa, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros». Platón creía que se estaban perdiendo los valores, exactamente como ahora. Exactamente como siempre. Porque contemplar con nostalgia el pasado siempre nos ha reconfortado, como sugiere una nueva investigación llevada a cabo por la Universidad de Southhampton y publicada en la revista Personality and Social Psychology Bulletin.
Los libros, pues, fueron como internet, la imprenta fue como internet, la radio fue como internet, el teléfono fue como internet. Todas esas tecnologías fueron como internet tanto en los cambios sociales que produjeron como en los miedos y esperanzas que suscitaron. Solo conoceremos todas las ramificaciones sociales que producirá internet cuando ya se hayan producido, cuando seguramente estemos comparando internet con una nueva tecnología que todavía está por llegar.
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Pues yo prefiero un libro a un ebook. Es sólo eso, una preferencia, que no está basada en argumentos racionales o comparaciones históricas, pero dejadme disfrutarla y decir en voz alta que el que no lee en papel no sabe lo que se pierde.
Y no tengo todavía 30 años.
Al papel le quedan menos de 10 años como mucho. El progreso en una cualidad inherente al ser humano.
También están los que pensaron que la televisión mataría a la radio y aquí sigue la última, quizá incluso más viva que antes. Aquí los agoreros no son los que pronostican el fin de los libros por culpa de Internet y los ebooks, sino los que pronostican el fin de los libros en papel por culpa de Internet y los ebooks. Esos sí que son unos agoreros. Agoreros y aguafiestas.
Que sí, que diréis lo que queráis, pero que yo leo mucho más cómodamente un libro en papel. Que me encanta el olor, me encanta pasar páginas, me encanta cotillear las portadas de los libros que lee la gente en el metro, me encanta contemplar mi estantería llena de libros y me encanta gastarme un poco más en uno de tapa dura o en una edición bonita.
Dejad de dar la lata a los que preferimos la belleza. Dejad de dar la lata a los que compran Jot Down en papel.
JotDown en papel y JotDown digital tienen contenidos distintos. Por lo demás, de acuerdo. Los libros en papel no van a desaparecer.
Disculpe, Sr. Parra (me llamo igual, ¿seremos parientes), pero no.
El miedo al cambio es parte de la explicación; sólo parte; por tanto es una verdad a medias, sin los matices que es donde reside la escurridiza ‘verdad’ (con minúsculas), en el fondo, para algunos la peor de las mentiras.
Lo cierto es que «El miedo al cambio» se ve compensado en muchos casos por la notoria y hasta peligrosa ausencia de El Principio de Cautela. Por ignorar tal principio, por no aplicarlo prácticamente nunca es por lo que podemos estar seguros de que cualquier invención, independientemente de sus inconvenientes, se terminarás aplicando y usando, desde las bombas atómicas a los biocidas. ¿Ve usted? Otra parte del asunto.
Dicho esto, me parece que internet, como la imprenta, tiene muchas más ventajas que inconvenientes, pero tiene algunos, como los libros, que hay que ver cuanta majadería superflua se publica. :-)
«¡Cuidado! El Bitcoin es una burbuja, el futuro no pasa por ahí».
De acuerdo que la tecnología ha producido angustia a cada generación, pero no es menos cierto que a la vida útil de este planeta le queda tan poco, que me parece normal padecerla en estos días.Permitiendo que cualquiera escriba un libro y permitiendo que cualquiera pueda leerlo, no estaríamos seguros de nada»…
Si homologamos este pensamiento a la música, quizá no tendríamos a los Beatles, ni a los monkees…
Por otra parte, no necesariamente hace falta citar fuentes científicas (Southhampton University) para validar un pensamiento que es del dominio público.
Cuenta Clarke en un libro que cuando le explicaron el invento del telégrafo a un inglés dijo: no mos hace falta, tenemos chicos mensajeros de sobras
«Sócrates vivió dos mil cuatricientos años antes del nacimiento de la imprenta de Gutenberg y más de dos mil ochocientos años antes del nacimiento de internet»
Ni son «cuatricientos», ni la imprenta ni internet «nacieron», y según esas fechas, la imprenta se inventó hace 14 años e internet aún no existe.
«Arpanet, la primera conexión entre ordenadores»
HTTP error 404
«…pues omitía la palabra «no» del séptimo mandamiento («No cometerás adulterio»)»
El séptimo mandamiento, para los católicos, es: No robarás. Para los judíos sí es: No cometerás adulterio, pero su libro sagrado no es la Biblia, sino la Tora.
«…como preservado en ámbar»
Anglicismo: el ámbar no «preserva» nada.
«…los luditas que rechazaban la imprenta»
Los luditas no rechazaban la imprenta: rechazaban, a principios del siglo XIX, la industrialización que les desposeía de trabajo y/o de condiciones dignas de trabajo.
Y tras esta frase se agota mi paciencia.
Gracias por poner de manifiesto los múltiples errores que minan el artículo!
Después de lo que te ha contestado Valhue, y a falta de tu réplica, te queda que eres guapo y bien dotado, algo hinportante en los tiempos que corren.
Joder con los pedantes idiotas. De los «errores» que señalas, el único verdadero es la confusión de las fechas de respecto a la vida de Sócrates.
Utilizar «nacer» como sinónimo de «empezar a existir» es una figura metafórica tan sobada que nadie que sepa leer puede ignorar su significado. A menos, claro está, que esté usted en contra del uso de metáforas en el lenguaje escrito.
Arpanet fue el embrión de internet. No fue la primera conexión entre ordenadores, pero sí el germen de la conexión entre ordenadores DE DISTINTO FABRICANTE. Antes, uno podía tener una red de ordenadores IBM, o DEC, pero todos debían usar la misma conexión y sistema operativo.
El ámbar puede preservar los cuerpos de insectos y otros seres vivos por largo tiempo. Incluso la lectura más reaccionaria del significado del verbo «preservar» (proteger del daño, resguardar) puede aplicarse al hecho de que el cadáver de una avispa pueda seguir intacto cuarenta o cincuenta millones de años más tarde. Pedirle que además, siguiera viva, es quizá exigirle demasiado al ámbar.
El error tipográfico de la Biblia en cuestión afectaba a una biblia inglesa (la llamada «Biblia del rey Jaime», en la que el quinto y el séptimo mandamiento están en distinto orden que la biblia católica. O sea, el error estaba en el séptimo, como dice el artículo.
La palabra «ludita» (de Ned Ludd) se usa desde el siglo XIX para designar a todo movimiento reaccionario en contra de una nueva tecnología; así, hay «luditas que están en contra de los ordenadores», «luditas que están en contra de la ingeniería genética» y demás, pero eso no significa que no se pueda usar anacrónicamente, como en «luditas que están en contra de las armas de fuego» o «luditas que estaban en contra de la imprenta». Los hubo, aunque ambos movimientos ocurrieron antes de Ned Ludd y por tanto nadie los llamó «luditas» en su época. También se habla del asesinato de César a pesar de que la secta de los hashshashin no se creó hasta el siglo XII, o de las guerrillas de Viriato a pesar de que el término no se hizo universal hasta la Guerra de la Independencia.
Muy, muy interesante. Enhorabuena por el artículo.
¡Así nos va! Muy pocos hombres viven con la dignidad con la que Sócrates afrontó su vida y su muerte, y quizás sea la vergonzosa comodidad de la técnica, que nos arropa ya desde el nacimiento, la culpable de esta tendencia.
Hoy por hoy se reproducen de manera masificada y empobrecida los ideales que alumbraron la Modernidad; resulta natural, pues, que incurramos en el mismo error en que cayeron tanto los capitalistas de Smith como la izquierda hegeliana encabezada por Marx: sacrificar todo al progreso, y entender éste como mejora de la técnica.
Poco sentido tiene hablar de progreso cuando éste engloba, en exclusiva, el plano de lo tecnológico. El progreso, si es que tal cosa existe, ha de ser moral y no de otro tipo.
¿De verdad se sienten más «progresados» que aquellos que siglos atrás nos precedieron? Añoro yo su sencillez de ánimo, su fuerza y su nobleza, y veo cómo alrededor mío abundan, por lo general, la avidez de calmar deseos superfluos, el odio, la vagancia y la hipocresía.
Además, cuando Sócrates criticaba la escritura no lo hacía desde el prejuicio ignorante del reaccionario: de sobra se utilizaba ésta, cuando vivió, en la vida pública, y también en los sectores privilegiados. De hecho, los primeros restos escritos de griego antiguo que se conservan datan del IX aC, mientras que el célebre filósofo vivió en el VI-V, y gentes de su entorno -Platón mismo- la utilizaban con soltura.
Hemos mamado tanto de la cultura de la tecnología que nos resulta extraño considerarla perniciosa y, sin embargo, se nos aparece como perfectamente natural que se escriban artículos en su defensa.
¡Ojalá una situación verdaderamente crítica nos abra los ojos! Y podamos dejar este lastre de por vida.
Como paradójico y liviano remedio, nos quedan los pensamientos y los testimonios de otros retrógrados que la industria ha conservado. Lean, por ejemplo, Las Analectas de Confucio, Las Meditaciones de Marco Aurelio o, por aportar una visión menos arcaica, las Cartas Kallias de Schiller.
Si buscan verdad y consuelo a este respecto, allí lo encontrarán.
Qué tiene que ver el culo con las témporas?
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TheBMJ acaba de publicar el artículo: Tobin Martin J. Put down your smartphone and pick up a book BMJ 2014; 349:g4521 disponible en: http://www.bmj.com/content/349/bmj.g4521 donde el autor aopina que para que los médicos hagan una buena toma de decisiones clínicas se requiere un profundo conocimiento que proviene de la lectura de la información en los libros en lugar de en las pantallas.
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4 años tarde para el comentario, pero me parece que estamos en constante discusión en la cuestión tecnológica. La tesis que sostengo con la cuestión tecnológica y sobre todo la actual -era de las redes sociales, la constante publicación y exhibición de lo que estamos haciendo que se vuelve adicción- es que, así como hubo momentos en que quién leía un libro creía que allí estaba la verdad absoluta y no reconocía la subjetividad del mismo sino que veía todo en un plano objetivo, todavía no sabemos utilizar y afrontar los avances tecnológicos a en los que nos encontramos.
Considero que la tecnología es efectivamente una de las herramientas más eficaces para el desarrollo de nuestra sociedad, pero a veces llegan primero que nuestra capacidad de usarlas con conciencia y criterio. Por ejemplo, nuestro uso del smarthphone nos tiene en constante distracción a muchos jóvenes y la mayoría de nosotros no sabemos utilizarlos. La foto en instragram, el comentario en twitter, el mensaje de whatsapp, la contestación del correo.. si bien esto es un avance y como vemos la contestación es inmediata, nos es muy fácil perdernos en esa burbuja comunicativa y se nos hace muy difícil focalizarnos en una tarea, fijarnos objetivos y cumplirlos, no frustarse y ser paciente, formar relaciones estables, tener emociones estables etc. Justamente porque no tenemos ese momento de silencio con nosotros mismos ya que acumulamos y acumulamos.
Como dije previamente, no quiero dejar de remarcar la importancia de la tecnología y la conectividad, pero debemos tener un uso responsable con intervalos en los que estemos conectados e intervalos en los que estemos «desconectados» del mundo comunicacional online y si se quiere estemos más conectados con nosotros mismos, viviendo el momento presente y ver lo que tenemos a nuestro al rededor.
Gran publicación.
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