
Ay, el Barça. Otro año más el calendario se ha agotado súbitamente en diciembre, sin prórrogas ni preavisos, dejando al equipo a ciento ochenta minutos del Madrid, empatando en Getafe con sus demonios, sometido a ordalías de propios y extraños.
Qué mal lo pasamos con el fútbol. Pocas cosas son tan deudoras de nuestro entusiasmo y acreedoras de nuestro pesar. Como esas novelas del libertinismo francés en las que la marquesa de Merteuil de turno y su correspondiente vizconde de Valmont exhalan pasión pero sobre todo celos, decepción y amor no correspondido. Eso es el fútbol. Una relación descocada y tormentosa. Hoy los culés comen helado en pijama mientras ven Notting Hill por enésima vez.
Recuerdo la época de Gaspart y alrededores. Sus tres años de regencia, el último de Núñez y el primero de Laporta. Qué desastre para las vitrinas. Yo estaba en la Universidad y solía ver los partidos en un bar llamado A Casiña con mi hermano, mi amigo Andrés y otros ilustres del barcelonismo compostelano. La Champions era entonces una quimera y la Liga se la repartían entre el Deportivo, el Valencia y el Madrid. Ante semejante sequía, buena era la Copa del Rey. Al final se la quedaron otros, pero era curioso ver la defensa que los culés hacían en cada cruce de su valor como título. El torneo del K.O., enunciaban confundiendo descripción con argumento. Prefiero ganar la Copa a ganar la Liga. Supongo que es más fácil engañarse a uno mismo que aceptar las cosas como son. Y que la realidad no te estropee una bonita historia.
Después del fútbol solíamos ir al Xeitoso a ponernos como Las Grecas, y al cerrar regresábamos a casa para ver hasta las tantas el programa de Nino Dolce, Cocinero y amante. Cuando de madrugada todavía se hacía buena televisión. No tener nada en que invertir el día siguiente era toda una ventaja, desde luego. La vida del universitario antes del Plan Bolonia era un camino de rosas, y nosotros no éramos tan groseros como para desaprovecharlo.
A clase íbamos poco o nada, no estoy muy seguro. Nos ocupábamos en asuntos más metafísicos como dormir, camelar a algún Erasmus, camelar a alguna Erasmus y hacer el cafre con nocturnidad y alevosía. Una vez llegué a casa de Giri después de comer, a eso de las diez de la noche. Él estaba aún desayunando, comiendo leche con galletas en bata. Dejó el cuenco en una mesa y nos dijo: «Me voy a duchar; hoy tenemos fiesta». En apenas dos horas había más de setenta personas en aquel piso de estudiantes. Al día siguiente los vecinos inyectaron silicona en la cerradura de su puerta para que no pudiésemos volver a entrar. En esas cosas nos entreteníamos.
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Enorme
Joder A Casiña, que mítico. Me tengo pasao por ahí con algún coleguilla culé por esa época y con esa misma edad. Qué tiempos!!, puto torneo del KO
Mucho mejor era antes que ahora.
Genial. Todo tiempo pasado fue mejor.