
El cielo sobre Berlín nos recibe engalanado con una densa armadura de nubes que hace tambalearse a nuestra nave. Si conseguimos atravesarla, habremos llegado a la ciudad prometida. Berlín refleja como pocos lugares los devenires de su historia. Cada vez que el ojo se vuelve a mirarla ya parece otra, más maltratada, más mimada, más sexy. Cuando Wim Wenders quiso retratarla hace veintiocho años, esta ciudad no solo era otra, sino que eran dos. Dos ciudades grises salpicadas de descampados donde antes se irguieron los edificios más suntuosos de Europa.
En la visión de Wenders, Berlín está custodiada por ángeles con gabardina que hacen lo que pueden por consolar a los habitantes de este particular purgatorio de espacios desiertos y muros infranqueables. Los ángeles son los únicos que pueden traspasarlos a su antojo, y gracias a ellos disfrutamos de una visión omnisciente y meditativa de la ciudad. La cámara de Henri Alekan los sigue por los aires y a pie de calle para mostrarnos lugares emblemáticos de la ciudad, hitos de tiempo conservados para recordar, y otros a punto de desaparecer. Apenas dos años después de la filmación caía el muro y Berlín volvía a ostentar su estatus de capital de la Alemania reunificada, entregándose a un faraónico proceso de reconstrucción urbanística que dura hasta nuestros días. Quizá intuyendo lo que se avecinaba, Wenders tuvo la voluntad de documentar la ciudad de entonces, enmarcada en una reflexión sobre el tiempo, sobre la aceptación del pasado y la dicha del cambio.
Se podría acusar a su película de tener un argumento laxo, un guion a ratos forzado y un ritmo lento. Pero, ¿acaso importa? ¿Acaso se ha de juzgar El cielo sobre Berlín con estos parámetros? La película nos ofrece la ciudad tal y como era entonces, el destello de belleza de lo que va a desaparecer. Hoy apenas queda rastro de las barreras que la encorsetaban. Paseando por los sitios que Wenders filmó en ocasiones resulta difícil conciliar sus imágenes con lo que vemos.
Potsdamer Platz

«Ich kann den Potsdamer Platz nicht finden. (…) Das kann er doch nicht sein (…) ich gebe so lange nicht auf bis ich den Potsdamer Platz gefunden habe!». «No puedo encontrar la Potsdamer Platz. (…) Esto de aquí no puede ser (…) ¡No me rendiré hasta que la encuentre!». Así habla un Homero octogenario encarnado por el actor Curt Bois mientras camina trabajosamente por un inmenso descampado. ¿Dónde está el café donde solía sentarse? ¿Y los tranvías, y la gente? Ni siquiera hay alguien a quien preguntar. Si la buscara hoy seguiría sin encontrar su Potsdamer Platz, ni tampoco hallaría rastro de ese inmenso descampado. El punto cero de Berlín es hoy un complejo que alberga diecinueve edificios, entre ellos un centro comercial, un casino, varios cines, hoteles y rascacielos.
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Ay, me ha sabido a poquísimo.
Por favor, que alguien encargue a Violeta Leiva una segunda parte.
Muchas gracias. Por el texto y los recuerdos asociados a mi ciudad favorita de Europa.
Me uno a la peticion.
aqui lo teneis! http://www.jotdown.es/2015/12/el-cielo-sobre-berlin-tan-lejos-tan-cerca/
Fantásico. Me encantó, como en los libros «El Nueva York de las películas de Woody Allen» o el «Truffaut/París». Visitar una ciudad a través de lo que vemos en una película que amamos es una curiosa experiencia. Me encantaría saber cómo es la Roma de «Ladrón de bicicletas», mi película favorita.
Parece que el autor sólo conoce Kreuzberg y alrededores. Será un hipster más, tal vez.
Una pintada sobre este dice: «Iss rotes Apfelmus!» ((«¡Come puré de manzana rojo!»
La traducción corrrecta es ligeramente otra. :-)
«¡Come puré de manzanas rojas!» (el pure de compota es siempre de un tono amarillo caramelo, más oscuro cuanto más se oxide)
De nada