Avalon edita un cofre con todas las películas del personaje más famoso de la Nouvelle Vague
El juicio cinéfilo rara vez se resiste a la tentación, a veces tan facilona, de resolver el juego picante de espejos conscientes e inconscientes entre el autor y el alter ego. Esa sospecha, ese misterio. ¿Puede haber autoría sin desdoblamiento? ¡Pues no será tanta autoría!, diremos. Unas veces resulta que el autor es un hombre retraído y poco agraciado que se proyecta en galanes que seducen a rubias inaccesibles o en otros universos paralelos: así tenemos un reflejo de asimetría. Es la vía negativa, la vía morbosa que escarba en unas carencias, en unas idealizaciones en liza con lo real. Después está el reflejo directo, impudoroso y simpático, que alumbra una biografía abierta en canal. El artista y su desnudo manifiesto. Antoine Doinel, personaje y alter ego de François Truffaut y encarnado por Jean-Pierre Léaud, es ese ejemplo que ahora buscamos para esta segunda modalidad. “Reconoció un poco su historia detrás de esta historia que había sido la mía”, escribe sobre su actor el cineasta, en el texto Las aventuras de Antoine Doinel. Ya sabíamos que los espejos son también un rito entre vampiros y pigmaliones.
La perspectiva desde la niñez y adolescencia a la plena (¡nunca plena!) madurez en cuatro películas y un largometraje: un recorrido de Léaud y Truffaut en bici tándem. Desde 1958 hasta 1978, Doinel es una corriente paralela y autónoma de la Nouvelle Vague. Un arrecife de golfería en medio de un cine desusado, cultista, dirigido a las nuevas gramáticas, en esos escenarios (también de Chabrol, Rohmer, Godard) de apartamentos que siempre tienen muchos libros apilados en las baldas. AVALON ha editado estas películas con abundante aliño de extras y un cuidado libreto crítico. Para no perderse. Un auténtico cofre mitómano de ese tipo, Doinel, que fue primero un niño triste y en blanco y negro, y después un golfo de arranques histriónicos, dignísimo y sentencioso que tanto recuerda al posterior Woody Allen y que nunca se suena los mocos en clínex de papel.
Los títulos son Los 400 golpes (1958), Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970), El amor en fuga (1978). Hay que añadir el menos conocido mediometraje Antoine et Colette (1962), perteneciente a El amor a los veinte años, una de esas películas de varios directores afines que ruedan diferentes historias. En este caso, los otros fueron Marcel Ophüls, Andrzej Wajda, Renzo Rossellini, y Shintarô Ishihara. Vean también el documental Two in the wave (2010) sobre la relación entre Truffaut y Jean-Luc Godard, con el actor Léaud de por medio (ha actuado en 7 ocasiones para el autor de La gran escapada). Un documental que en cierto modo explica históricamente y justifica toda esta visión seguida de la saga, esta edición de AVALON.
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Mira que es difícil decir esto en Jot Down, pero esto es lamentable.
All you need is names, pipipiribiri.
«(…)dignísimo y sentencioso que tanto recuerda al posterior Woody Allen y que nunca se suena los mocos en clínex de papel»
Será que el POSTERIOR Woody Allen recuerda a él. ¿Woody Allen es su abuelo? Porque, creo, defender ‘Midnight in Paris’ sentenciando: «No está de más entrar en territorios conocidos de vez en cuando. Hay que ser muy moderno para buscar cosas experimentales todo el puto día. » , hablando en plata, tiene cojones.