La Pasión según Nicolas Cage

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 Supercage ha llegado: el Método tiene las horas contadas.

Situémonos: Nueva Orleans, abril del 2011. Una típica casa con jardín, en una típica calle tranquila de un típico barrio residencial estadounidense. Todos hemos visto la estampa en las películas —ambiente familiar, céspedes impolutos, un sedán aparcado junto al poste del buzón, una bici que algún niño ha dejado por ahí, una canasta de baloncesto sobre la puerta del garaje, una vieja caseta sobre un árbol… ¡ah, el american way of life!— así que podemos imaginar perfectamente el escenario. En el interior de la casa vemos a una apacible pareja de jubilados que disfruta de su dorado retiro, probablemente viendo La ruleta de la fortuna mientras toman un té con galletas confortablemente sentados en el sofá, planeando la compra del día siguiente. ¡Cuánta paz! El venerable matrimonio se siente satisfecho con la ubicación de su hogar; sí, han tenido que padecer algún que otro huracán, pero han sido afortunados y su parte de la ciudad no estuvo entre las inundadas por el Katrina. Ahora disfrutan del cálido clima de Louisiana, con sus tardes luminosas y sus noches templadas. Qué hermosa escena, ¿verdad?: Mr. y Mrs. Abuelitos Americanos viviendo apaciblemente sus últimos años en la adorablemente predecible comodidad de un pizpireto suburbio de clase media.

Hasta que llegó él.

De repente, la pacífica velada de té con pastas queda interrumpida por un súbito alboroto: alguien o algo (¿otro Katrina?) está montando un cisco en la entrada de la vivienda. Para un matrimonio de edad avanzada debe de haber pocas cosas que no hayan visto ya, pocas experiencias que puedan todavía sorprenderlos. Pero la realidad puede más que la ficción, y lo que sin duda no esperaban nunca ver era a Nicolas Cage (sí, el actor) vociferando ante su puerta, completamente fuera de sí y en estado de más que notable ebriedad. La estrella de Hollywood intenta echar a ambos jubilados de la casa, defendiendo a base de alaridos la rocambolesca teoría de que aquella casa ¡es la suya! (cuando, detalle sin apenas importancia, la vivienda que Cage de verdad había alquilado estaba tres casas más allá). Una situación completamente surrealista. Cuesta ponerse en el lugar de los pobres ancianos, quienes seguramente se preguntaron si no habrían sido abducidos por uno de los DVD del propio Cage y se habían convertido para siempre en extras de Bad lieutenant. Estas cosas sólo pueden pasar en América. No se me ocurren situaciones equivalentes en España, a no ser que uno tire a agarrar el último yogur con fibra que quedaba en el expositor del Mercadona y de repente le sea arrebatado en las narices por un enfurecido José Coronado gritando en plan Gollum “¡es mío! ¡es mío!”  (lo sé, lo sé… los chistes de yogures de Coronado, ¡nunca envejecen!). Pero no, esas cosas no pasan. La verdad es que ni siquiera en los USA. Salvo, claro está, cuando Nicolas Cage es el protagonista.

The Cage Rage: desalojando ancianos desde 1995

El frenético asalto al hogar de unos pobres jubilados a quienes el enloquecido Cage se había empeñado en tomar por peligrosos “okupas” era solamente el final de una blitzkrieg particular contra el mundo, emprendida por el famoso actor durante toda una apoteósica jornada que terminaría con sus huesos en la comisaría. Una marcha triunfal que había comenzado en una discusión a gritos con su mujer en un local público, con algún empujón incluido —que pudo valerle cargos de violencia conyugal, aunque ella decidió no denunciarlo—, seguida de un wagneriano festival de berridos a pleno pulmón en plena calle, aderezado con puñetazos varios a los coches que estaban aparcados; una curiosa manera de dejar su autógrafo en capós ajenos. Algo que, sin duda, los respectivos dueños agradecieron considerablemente. Gestos amistosos de una estrella de Hollywood, como lo fue el confraternizar —a la fuerza— con un indefenso matrimonio que estaba tranquilamente tomándose unas copas en un bar y que tuvo la poca fortuna de caerle en gracia a nuestro sociable protagonista (“¿Cómo me pongo en contacto con vosotros? ¡¡DADME VUESTRO NÚMERO!!”) o ligando con un par de chicas, haciendo proposiciones con una elegancia digna de Beau Brummel (Le dice a una chica: “…tú podrías ser una aspirante” —mira a la otra chica— “… pero tú no”). En fin, todo muy campechano y desenfadado. Podrá decirse lo que se quiera sobre él, excepto que sea un individuo envarado que se ciñe siempre al protocolo. No en vano hablamos de un hombre que toma setas alucinógenas con su gato —sí, le da “setas mágicas” a su gato, ¿qué pasa?—; que se arruinó a base de coleccionar cabezas de jíbaros, cobras albinas y coches que habían pertenecido al Sha de Persia, además de pujando en subastas para arrebatar la adquisición de una auténtica calavera de dinosaurio a otro distinguido comprador interesado, Leonardo DiCaprio (francamente, el que semejantes reliquias biológicas puedan terminar en manos de esta gente produce verdadero pánico… ¿millones de años de historia de nuestro planeta en manos de Cage y DiCaprio? ¿En serio?). Un hombre que le ha puesto a su hijo el nombrecito de Kal-El (el nombre original de Superman cuando nació en el planeta Kripton), sin duda como homenaje a la gesta de la policía californiana, a la que tuvo ocupadísima intentando recuperar un ejemplar original del número 1 de Action Comics —el cotizadísimo debut de Superman en papel— que al parecer le habían robado… quizá el robo fue obra de alguna pareja de jubilados de esas que tanto disfrutan “okupando” ilegalmente la morada del pobre Nicolas. En definitiva, un hombre al que filmaron en la salida de un club gritando con voz pastosa consignas dignas de los templarios —“¡moriré por honor!”— o que dice que la cocaína es algo que recetan los médicos para combatir la sinusitis. Nicolas Cage: ese hombre.

Pero bueno, todo esto son anécdotas sin importancia. Ya sabemos que algunas estrellas de Hollywood terminan perdiendo completamente la chaveta: su amigo del alma Charlie Sheen —otro con frecuentes problemas de resfriado— es un perfecto ejemplo de ello, o el inefable Mel Gibson, convertido en la versión apostólica del increíble Hulk. Y no vamos a hacernos los inocentes a estas alturas: eso nos gusta. Así que no negaremos que semejantes descarrilamientos de trenes resultan siempre divertidos de contemplar, aunque en el fondo uno llega a veces a compadecerse de ellos… moderadamente al menos (estaría más preocupado, eso sí, si mis abuelos viviesen en el radio de acción de algún actor taquillero).

El amigo Nic, feliz tras haber confeccionado su último guión con plastilina.

Desvaríos antisociales aparte, y si hablamos estrictamente de cine y no de sus esfuerzos por rivalizar con el curriculum vitae de Atila el Huno, lo más fascinante de Nicolas Cage es el ensañamiento con el que ha dilapidado su propio prestigio profesional, convirtiendo su carrera en uno de los chistes más recurrentes en los medios estadounidenses. Y hablamos de un actor que, años ha, tuvo mucho prestigio. A uno podía gustarle su manera de actuar o no —servidor de ustedes se encontraba en el segundo grupo— pero es innegable que durante una época Nicolas Cage fue un intéprete casi universalmente respetado. Apareció en películas de culto como Rumble fish, Birdy, Peggy Sue se casó, Arizona Baby, Corazón salvaje… incluso llevó su ahora infame histrionismo al máximo en la curiosa El beso del vampiro y la verdad es que salió indemne. Porque en aquella película, sorprendentemente, ese histrionismo encajaba como un guante en el argumento, ya que tenía que interpretar a un esquizofrénico. Es más, a mediados de los noventa Nicolas Cage alcanzó el cenit gracias a la resacosa Leaving Las Vegas, con la que ganó el Oscar al mejor actor, amén de un aluvión de otros premios y nominaciones. Aquel largometraje lo estableció definitivamente en la cumbre del negocio, además de inspirar una de las estrofas musicales que más nervioso me ponen… por cortesía, cómo no, de Amaral. Eso sí, cuando Amaral te han dedicado una canción ya sabes que eres alguien —el dúo debe de tener alguna canción sobre Mark Zuckerberg al caer, al tiempo— aunque la frase en que Amaral mencionan a Cage tenga el mismo sentido de la métrica que el motor de un Seat Ibiza.

Pero me estoy dispersando. Volviendo al tema: no sabría decir si es que el éxito se le subió a la cabeza o sencillamente se la golpeó con el calentador de gas al salir a tender la ropa, pero quienes habían creído ver en Nicolas Cage al nuevo icono sensible-indie-romántico de la pantalla tuvieron que desengañarse bien pronto. Primero, porque el actor empezó a estrenar “blockbusters” de acción (Con-Air, La roca) que le hicieron perder el aura “independiente” y que difícilmente inspirarían canciones románticas… aunque aquel cambio de orientación tenía cierta lógica, si se piensa que Cage quiso aprovechar la oportunidad que le brindaba su nueva fama para rodar varias películas taquilleras con las que amasar una fortuna y comprarse la siempre necesaria cabeza de dinosaurio que, al parecer, debe adornar el salón de todo estrellón hollywoodiense que se precie. De acuerdo, Cage quería dinero, y a veces para ganar mucho dinero se necesita trabajar en películas estúpidas. Comprensible. Pero para lo que ya no había explicación alguna, excepto la de que Cage hubiera descubierto que era alérgico a la aleación con la que fabrican los premios que acababa de recibir, fue su decisión de extrapolar el método de interpretación de El beso del vampiro —esto es, y perdonen ustedes el exabrupto: hacer el gilipollas sin el menor sonrojo ante las cámaras— a cualquier película que rodase a partir de ese mismo momento. Había nacido un nuevo Cage: más y mejor Cage que nunca. Había nacido el Supercage.

Creo que hay algo en que estamos todos de acuerdo: esta es la imagen más genial en la historia de Internet.

Durante los años posteriores a Leaving Las Vegas —los años en que su trayectoria derivó hacia el cine de acción palomitero— el proceso de “supercagezicación” del actor no fue un proceso uniforme y se manifestaba más en unas películas que en otras. Aún tuvo tiempo de realizar algunos papeles apreciados por la crítica, como en Adaptation, aunque quizá fuera solamente porque resulta difícil imaginar un rodaje en el que Meryl Streep permita que Nicolas Cage le robe escenas con técnicas propias del Jim Carrey más pasado de vueltas. Pero estos trabajos más o menos respetables empezaron a escasear, y se han ido convirtiendo en esporádicos oasis en mitad de una filmografía cada vez más disparatada. Siendo justos, podemos decir que todos los grandes actores han hecho malas películas. Sí, eso es cierto. Pero también es verdad que resulta difícil imaginar a un actor de primera fila —y que gozara del respeto de la crítica y la industria— que haya encadenado tantos subproductos sin el más mínimo miramiento. Lo que en su día nos parecieron tropiezos aislados causados por la codicia recaudatoria —como aquella apoteósica Cara a cara, espectacular estropicio al alimón con John Travolta, el otro gran especialista en dinamitar su propio prestigio cada vez que lo recupera por casualidad— ahora se han convertido en la tónica general de una carrera caracterizada por 1) la ausencia total de criterio para seleccionar las películas que rueda y 2) una embarazosa tendencia a la incontinencia gestual que raya en el síndrome de Tourette. En otras palabras: la carrera de Nicolas Cage se ha transformado en un auténtico circo. Tanto es así, que incluso se han escrito brillantísimas parodias al respecto, como aquella de College Humor en la que el agente de Cage acaba totalmente desesperado por la afición de su cliente a elegir guiones cada vez más absurdos.

Los despropósitos que Nicolas Cage ha ido sumando a su bagaje cinematográfico no sólo se hicieron más frecuentes, sino que su nivel iba de mal en peor. Cada cual tendrá su opinión al respecto sobre cuáles son verdaderamente malos y cuáles son medianamente salvables. A mí, por ejemplo, Knowing (en España Señales del futuro) no me pareció tan, tan mala como a los críticos, aunque admito que el visionado se hubiese hecho bastante más llevadero sin tener a un Cage que, aun actuando al ralentí, parece siempre a punto de sufrir una apoplejía. Pero bueno, desde luego no es Lawrence de Arabia. Tampoco creo que nadie considere cosas como Atrapados en el paraíso o Windtalkers obras maestras precisamente. Ni tampoco Next, National treasure, Ghost rider, La mandolina del capitán Corelli… aunque esta última contiene la mejor/peor carcajada de la historia del cine, con la que Cage deleita a una estupefacta Penélope Cruz que, supongo, no daría crédito a lo que estaba viendo cuando rodaban la secuencia. Hasta llegar a la que es, muy posiblemente, la absoluta cumbre del anti-método Stanislavski y la película por la que Nicolas Cage —a su pesar, imagino— pasará a la historia: The wicker man. No solamente es una película horrenda (aunque de tan mala llega a resultar recomendable) sino que la interpretación de Cage cae a niveles deliciosamente abismales, hasta el punto de que los internautas se dedican a confeccionar sus recopilaciones de secuencias favoritas y el film es ahora una verdadera obra de culto. En esas recopilaciones siempre destaca, cómo no, la ya legendaria secuencia de… (¡oh! Esto va a ser un spoiler… bueno, ¡da igual! Amigo lector, creo que puede seguir leyendo tranquilamente, porque francamente ¡dudo que nadie en su sano juicio pueda considerar que le habré “arruinado” esta película!). Bueno, como decíamos: la secuencia en donde torturan al protagonista con abejas, que se ha convertido por méritos propios en toda una referencia cultural internáutica.

“Not the bees! They’re in my eyes!!”

En definitiva, la caída en barrena de Nicolas Cage ha sobrepasado el punto crítico y ahora ya casi nadie quiere volverlo a ver protagonizando buenas películas (excepto su agente, supongo, si es que al pobre hombre todavía no lo han encerrado en una celda acolchada). Nicolas Cage ha creado un nuevo género cinematográfico, las “Cage movies”, y eso es precisamente lo que ahora esperamos de él: un bodrio detrás de otro, a poder ser repleto de salidas de tono, sobreactuaciones psicóticas y secuencias donde pierda completamente el oremus de la manera más hilarante posible, mientras trata de convencernos de que está “interpretando”. Sus nuevos fans entendemos que esto es cruel, porque Cage tiene serios problemas —de sinusitis, de sociabilidad extrema— y mientras tanto el mundo se mofa de él, de lo cual Nicolas se venga aterrorizando a jubilados en sus casas. Lo sé, es duro. Pero el cine es un entretenimiento sin corazón. Y una película mala de Cage es mucho, muchísimo más entretenida que cualquiera de sus películas buenas. Las compilaciones de “Cagiest Moments” (“momentos más Cage”, ¡fantástica denominación!) de sus diferentes películas son auténtico oro. Y lo que es mejor, gracias a su nueva trayectoria nos ahorraremos nuevas canciones de Amaral, porque el nuevo estilo de nuestro lunático favorito produce instantes que encajarían mejor como estribillos de Metallica (¿decenas de miles de espectadores coreando “How’d it get burned! How’d it get burned!” en un festival heavy?… ¡lo veo!).

Comentábamos que Mel Gibson también parece haberse vuelto loco, pero en su caso filma La pasión de Cristo y así da salida a buena parte de sus, al parecer considerables, instintos sangrientos. Al menos Gibson es capaz de centrarse lo suficiente como para dirigir películas, incluso películas que tienen una cierta calidad… lo cual paradójicamente lo convierte en una figura trágica, porque ya sólo podemos detestarle, sabiendo que si es capaz de hacer frente a toda una filmación es que no se comporta como se comporta porque está loco, sino porque se trata sencillamente de un individuo desagradable. Hay poco divertimento ahí. Gibson es un sujeto sórdido y más que divertirnos, nos horripila. Pero lo de Nicolas Cage es otra cosa. Es el rey de la comedia involuntaria. El tipo dice que morirá por honor en la entrada de los garitos nocturnos… eso es algo que no se ha visto ni en la “Ruta del Bakalao”. Actualmente resulta totalmente imposible distinguir al Cage real de los personajes que interpreta en sus largometrajes, y para qué engañarnos, ¡eso es fantástico!

Es posible que en un futuro las vicisitudes de Nicolas Cage terminen y rehaga su vida, aprendiendo de los errores cometidos y protagonizando un par de películas “de madurez” que le devuelvan el respeto artístico, ese prestigio que ha dilapidado tras casi dos décadas haciendo el cafre de plató en plató. Si incluso Mickey Rourke ha conseguido rehabilitarse artísticamente —y lo de Rourke en su vida real sí que no admite comparación, ni siquiera con el guión más alocado que él mismo haya podido interpretar— también Cage podrá hacerlo, no lo dudamos. Pero la verdad es que no tenemos ninguna prisa en que llegue ese día de redención porque, mientras continúe la auto-crucifixión de Nicholas Cage, podremos seguir asistiendo a la delirante epopeya cinematográfica del hombre que más veces ha cambiado de peinado en la historia del celuloide —en dura competencia con Divine— y eso, amigos míos… eso es todo un espectáculo digno de verse. Not the bees!

“Llevamos ya diez minutos de película… es la hora de apabullar a todos con un Momento Cage”

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21 comentarios

  1. gamelu

    Genial, pero… ¿y el papelon de teniente corrupto, donde me parece a mi que no está actuando sino siendo él mismo?

  2. Dan Defensor

    Venía a comentar lo que dice Gamelu. Vi hace poco el “remake” de Herzog con muchas reservas por mi parte porque la original es una de mis películas favoritas. Por suerte Herzog parece que ni siquiera la había visto y dejó que Cage básicamente hiciese lo que le viniese en gana desatando su lado psicótico, para suerte nuestra.

  3. J.Luis

    Delirante y originalísimo tema para hablar de un actor. He pasado un buen rato, leyendo este etxto.

    Enhorabuena.

  4. My hair is a bird. Your argument is invalid

  5. Not The Bees

    what’s in the bag, my career or something?

  6. Se ha dejado “Hechizo de Luna”, con CHER! (y estaban bien los dos, flipante)

  7. Ya le viene de familia, eso de dar trompicones. Los Coppola van de la gloria al infierno y de regreso sin despeinarse. Excelente lectura.

  8. A mi Weather man y El señor de la guerra me parecieron interesantes.

    Parece que el agente lo sableó y está obligado a hacer pelis a cascoporro, de ahí que haga muchas y muy malas.

  9. “John Travolta, el otro gran especialista en dinamitar su propio prestigio cada vez que lo recupera por casualidad”

    jajajaj que descripción más aguda de los dos sujetos, muy buena Miguel, muy buena.

    La comparacion con M. Rourke no la veo, Mickey es un tipo listo y Nicholas is not.

  10. Donde mejor lo he visto, aparte de en “Leaving Las Vegas”, es también en “Bringing Out the Dead” (“Al límite”), de Scorsese, donde hay escenas en las que su rostro encaja de perlas.

  11. Para mí películas como Cara a cara o La roca, por ejemplo, más que tropiezos son productos sin demasiadas pretensiones que consiguen lo que buscan: entretener. Sin embargo, The wicker man o Ghost rider son abiertamente nocivos.
    Por lo visto, el bueno de Nicolas actuará en la nueva película del aclamado guionista Charlie Kaufman. Veremos si empieza a levantar cabeza o sigue en esta línea.
    Gran artículo.

  12. De ahí que sus dos mejores interpretaciones hayan sido, probablemente, las de ‘Leaving Las Vegas’ y ‘Los Impostores’.

  13. Coincido en que su mejor papel fue el de “Leaving Las Vegas”, aunque no hay que olvidar aquel pequeñito pero potente papel en la memorable “Rumble Fish” de Coppola…
    En cuanto al Teniente Corrupto, en mi opinión no le llega ni a la suela al original “Bad Liutenant” de Abel Ferrara (1992), protagonizada por un Harvey Keitel descomunal. Saludos.-

  14. Gran artículo! Por mi parte, aún le tengo bastante cariño a Nicolas por mucho que haga películas chorra.

  15. Se le ve muy convincente con el traje de Supermán…No, prefiero quedarme con su actuación en Corazón Salvaje, y su chaqueta extravagante como “expresión de su personalidad”, creo recordar.

  16. Joffre

    Genial artículo, he acabado en youtube descubriendo un mundo en las recopilaciones de fragmentos vergonzosos de Cage.

    He entrado en la wikipedia para confirmar que se había casado con la hija de Elvis Presley (yo lo habría mencionado) y he descubierto esta perla.

    In February 2011, Cage claimed to have created a new method of acting he calls “Nouveau Shamanic”. He claims to have used the acting style throughout his career and one day plans to write a book about the method.

  17. Sol Invictus

    Como ya comenta alguien por arriba, El señor de la guerra es una película interesante que Nicolas Cage no logra destruir en lo más mínimo (se limita a pasear una constante cara de póker que no desmerece a su personaje en la línea “soy un cabrón sin escrúpulos”; es paradójico que haga un gran favor a su personaje precisamente a raíz de su deficiente actuación). Aunque por supuesto en esa película tenemos a Jared Leto, que siempre arregla un poco las cosas.

  18. Genial artículo. Me ha divertido mucho. Felicidades al artífice.

  19. Pingback: Anónimo

  20. Pingback: ¿Cuál es la actuación más lamentable que hemos visto en el cine?

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