Para analizar una serie como House of cards (teniendo en cuenta que el verbo analizar se ha convertido en los últimos tiempos en una especie de ejercicio hiperbólico que consiste en buscar capas y más capas de sustancia como un castor enloquecido) habría que tener en cuenta unas cuantas cosas, siendo la más básica eso llamado perspectiva. ¿Es House of cards una boutade? Desde luego; ¿es una serie política? Más bien no. No del modo en que el original británico era una serie política. Entonces, ¿de qué demonios habla House of cards? Pues del ejercicio del poder, naturalmente, entendido como un grand guignol, una delirante comedia negra con hechuras de drama sobre la —aparentemente— compleja estructura que delimita cualquier ámbito de decisión (llámese política o matrimonio).
La rotura de la cuarta pared, así de entrada (con Kevin Spacey liquidando al perro del vecino a los diez segundos de iniciado el piloto mientras se dirige al espectador) es una declaración de intenciones bastante obvia, no en el sentido de complicidad que uno podía esperar, sino más bien en el de testigo de cargo, el tipo que se sentará ante el juez a decir “yo estaba allí, señoría, lo vi todo”. Es un recurso que se usa a modo de ariete cada vez que el espectador se siente tentado de sentir cierta empatía por el protagonista (su uso en el discurso del funeral es aterrador). En cierto modo, es el voyeurismo que ha practicado David Fincher desde Seven y que aparece sobre todo en El club de la lucha. Allí es una voz en off que inquiere al espectador hasta el giro en forma de bofetón, aquí es un rostro que llegados a cierto punto se ríe en nuestra jeta. No es gratuito que esa relación tan directa con el respetable sea —ya de entrada— intolerable. Lo que Fincher pone sobre la mesa es la indefendible bajeza de su criatura. “Pero quiérela”, te pide. Naturalmente, la mezcla de desprecio y admiración que sentiremos por el sujeto (descomunal Kevin Spacey) dependerá directamente del crédito que le otorguemos. Si uno se agarra a la famosa suspension of disbelief de Samuel Taylor Coleridge le resultará mucho más fácil entrar en este mundo de orgías romanas donde para follar nadie se quita ni los zapatos, y esa es precisamente la clave de House of cards: la fe. O te la crees y apuestas o te importa un pito y diez minutos después del arranque cambias de canal y pones Mad Men.
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El perro es del vecino. Sigo leyendo.
«Divertido pero doloroso.» Veámosla pues.
Insisto. Vean antes la serie original de la BBC, House of Cards, que es tan inglesa que se emitió en pleno relevo de John Major a Margaret Thatcher iniciando los 90. Dudo que la versión de Netflix sea más vitriólica. El guión, por cierto, es una adaptación de la novela británica. Está en Filmin (4 episodios).
Excelente…
Brillante cabronazo, el Underwood…
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«y hasta Romeo y Julieta (pero estos aman la pasta, el poder y el sexo, lo del amor se lo pasan por el forro)»
¿qué tienen entonces de Romeo y Julieta, salvo ser la imagen en negativo de ellos, lo opuesto a ellos y por tanto, lo más alejado de ellos?
Metemos a Shakesperare con calzador. ¿Por esnobismo o por intentar dotar de grandeza y cierta legitimidad moral lo que es deleznable y miserable?
Esa pregunta, me dirán es moralismo barato. Lo acepto, siempre que se reconozca que es el mismo moralismo barato que hay en identificar lo opuesto como igual.
Pero vale, el moralismo satánico, tan barato como el tradicional, está de moda, es guay. Lo admito, siempre que no intente presentarse como una evolución moral. Sigue siendo lo mismo pero de signo opuesto.
LO PRIMERO QUE ME VINO A LA MENTE CUANDO SE CITO AL PERRO ES LA GENIAL ESCENA DE LA GENIAL PELICULA MARGIN CALL. MOTIVOS PARA PENSAR EN UNA V DE VENDETA FINAMENTE CALCULADA. SPACEY CRACK HABRA QUE VERLA
Excelente serie y muy buena nota. Un pequeño detalle que no me gustó como resolvieron en la trama: Underwood se «ensucia» las manos en un momento. Me parece que ese hecho no cuadra con el dibujo del personaje que han hecho.
Detecto cierto paralelismo entre Francis y Dexter, en ambos caso la empatia que sentimos por ellos nos permite identificarnos con lo peor del género humano desde el sillón de casa. Salvamos las apariencias pero, ¿cómo somos en el fondo?
Los hijos de puta no «degollan» a nadie. Todo lo más «degüellan».
La serie original británica le da mil vueltas, e Ian Richardson (Urquarth) otras mil a Kevin Spacey (Underwood)
Completamente de acuerdo con Jacob. La original británica es bastante mejor, menos pretenciosa y más sutil. Y el trabajo de Richardson es sencillamente alucinante a años luz de Spacey.
Será mejor la de UK, pero para los que no la pudimos ver, ésta, es válida. Además, nada mejor que ver USA en paños menores…
http://acanaya.blogspot.com.es/2013/02/house-of-cards.html
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