El infierno es usted

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House of cards

Para analizar una serie como House of cards (teniendo en cuenta que el verbo analizar se ha convertido en los últimos tiempos en una especie de ejercicio hiperbólico que consiste en buscar capas y más capas de sustancia como un castor enloquecido) habría que tener en cuenta unas cuantas cosas, siendo la más básica eso llamado perspectiva. ¿Es House of cards una boutade? Desde luego; ¿es una serie política? Más bien no. No del modo en que el original británico era una serie política. Entonces, ¿de qué demonios habla House of cards? Pues del ejercicio del poder, naturalmente, entendido como un grand guignol, una delirante comedia negra con hechuras de drama sobre la —aparentemente— compleja estructura que delimita cualquier ámbito de decisión (llámese política o matrimonio).

La rotura de la cuarta pared, así de entrada (con Kevin Spacey liquidando al perro del vecino a los diez segundos de iniciado el piloto mientras se dirige al espectador) es una declaración de intenciones bastante obvia, no en el sentido de complicidad que uno podía esperar, sino más bien en el de testigo de cargo, el tipo que se sentará ante el juez a decir “yo estaba allí, señoría, lo vi todo”. Es un recurso que se usa a modo de ariete cada vez que el espectador se siente tentado de sentir cierta empatía por el protagonista (su uso en el discurso del funeral es aterrador). En cierto modo, es el voyeurismo que ha practicado David Fincher desde Seven y que aparece sobre todo en El club de la lucha. Allí es una voz en off que inquiere al espectador hasta el giro en forma de bofetón, aquí es un rostro que llegados a cierto punto se ríe en nuestra jeta. No es gratuito que esa relación tan directa con el respetable sea —ya de entrada— intolerable. Lo que Fincher pone sobre la mesa es la indefendible bajeza de su criatura. “Pero quiérela”, te pide. Naturalmente, la mezcla de desprecio y admiración que sentiremos por el sujeto (descomunal Kevin Spacey) dependerá directamente del crédito que le otorguemos. Si uno se agarra a la famosa suspension of disbelief de Samuel Taylor Coleridge le resultará mucho más fácil entrar en este mundo de orgías romanas donde para follar nadie se quita ni los zapatos, y esa es precisamente la clave de House of cards: la fe. O te la crees y apuestas o te importa un pito y diez minutos después del arranque cambias de canal y pones Mad Men.

Básicamente la sinopsis de House of cards es bastante simple: Francis Underwood, un tipo al que han prometido el cargo de secretario de estado, ve como su jefe —el presidente de Estados Unidos— le jode vivo (“—Me lo prometió —Lo siento, las circunstancias han cambiado —Precisamente para eso son las promesas: son inmutables sean cuales sean las circunstancias”) y aprovecha la dolorosa coyuntura para trazar un plan que no solo le dé el puesto original, sino que le otorgue el dominio absoluto sobre el tipo que le ha engañado. En realidad, esto podría ser perfectamente una trama de Yo, Claudio o de Sí ministro. Y en ese sentido House of cards podría ser —sin esforzarse— una combinación de ambas, un híbrido que trastea con la sonrisa congelada y los alambiques del poder. Como un deshollinador cuya misión es atascar aún más la chimenea.

Tampoco es baladí lo de llamar “shakesperiana” a la serie. Pero eso es porque desde aquel magistral triunvirato de HBO (The wire, Los Soprano y Deadwood) lo de mentar a Shakespeare cada diez minutos se ha convertido en un clásico a la hora de hablar de la tele. “Oh, es shakesperiano”. Hay quien ve a Shakespeare en Breaking bad o en Mad Men de la misma forma que algunos ven a Ricardo III en House of cards. Seguramente todos tienen algo de razón, porque el bardo de Avon creó tantos personajes tan reconocibles que la ficción no puede ignorarles. En House of cards están Shylock o Lady Macbeth (qué jodidamente mala es Robin Wright, y qué bien que hace de —jodidamente— mala) y hasta Romeo y Julieta (pero estos aman la pasta, el poder y el sexo, lo del amor se lo pasan por el forro). Sí, House of cards es shakesperiana, pero eso no es lo que define a la serie sino su absoluta lealtad a la subversión, de un modo casi enfermizo. Es malo sobre malo, sobre malo. Pero no solo es malo, sino gamberro: son hijos/as de puta que te degollan con cara de estar contándote un chiste. De la misma forma que Tyler Durden o —sí— Mark Zuckerberg son revolucionarios que poco tienen que ver con la definición clásica, el protagonista de House of cards tiene un extraño sentido de la revolución: solo existe para perpetrar sus propósitos y es el único beneficiario de la misma. Para aquellos que negaron la mano de Fincher en la serie quizá esa sería una reflexión oportuna: al director le fascinan los tipos, digamos, insólitos: John Doe, en Seven; Martin en Millenium; Zuckerberg en La red social; Durden en El club de la lucha. Todos atravesados por un eje mesiánico, divinidades embarradas que un día hacen caer las torres que albergan las centrales de las tarjetas de crédito y al siguiente cambian el mundo desde la habitación de una residencia de estudiantes en Harvard (un día habría que hablar de las ventanas en la obra de Fincher). El protagonista de House of cards es también un titiritero (de una especie distinta) pero cortado por el mismo patrón que los anteriores, convencido de que su naturaleza (y el uso que él hace de ella) viene justificado por un poder más grande que él mismo. ¿Política? Eso es para niños.

Se puede disertar sobre la dirección de la serie (Fincher es productor, pero está claro que sus instrucciones han ido a misa), de la fotografía (neutra, apagada, deliberadamente decadente) y del casting (maravilloso), pero lo que importa a la hora de ver House of cards es el despliegue de cinismo, de amoralidad, de depravación, que se esconde tras cada gesto, tras cada conversación. No sabría recordar una serie tan apabullantemente pesimista (solo Black mirror puede competir en ese sentido) como esta propuesta de Netflix. En el “vale todo” de House of cards se huele a cenizas desde el piloto, y ya no vale con ser escéptico o cascarrabias, hay que ir un poco más lejos. Ya que cambiar el mundo no es una opción, jodámoslo a fondo, hasta dejarlo irreconocible, qué coño, de eso se trata, ¿no? En esa especie de lección constante de que uno siempre puede caer más bajo, House of cards se lleva la palma y es una serie que puede examinarse casi desde un punto de vista antropológico, un retrato sociológico de la elite que dinamita los puentes y luego nos cobra los explosivos. Lamentablemente, muchos de los paisajes humanos (aun grotescos por muy pasados de vueltas que parezcan) que propone la serie son tan reconocibles en el plano real que llamar ficción a esto es como llamar alta política a lo que pasa en el Congreso de los Diputados o estadista a un tertuliano.

Desde luego no es una serie para todos los públicos (una expresión odiosa, que en este caso significa simplemente “absténgase si no tiene interés en ver a una caterva de personajes repugnantes actuando como lo que son”), pero una vez aceptadas las reglas del juego House of cards es como perder dinero a la ruleta: divertido pero doloroso. Dice el personaje de Spacey a un vagabundo: “nadie le ve, lo que usted dice no le importa a nadie”. En realidad, Spacey está hablándole directamente a usted, a mí y al resto de mortales. Es un mensaje chabacano, barato si se quiere, pero desde luego la sofisticación del marco hace que la foto merezca la pena.

House of cards es una serie de 100 millones de dólares, dirigida por uno de los mejores directores del planeta y podemos hablar cuanto queramos de las claves y los códigos del producto, pero al final eso es lo que todo el mundo ve. El problema al hablar de un show como este es tratar de evitar el enfoque metafórico y los soliloquios, pero es inevitable acabar dándose con un canto en los dientes: House of cards es una metafora, y un soliloquio y un monólogo infernal. Ah, y los periodistas son tan malos como el resto. O un poquito más.

House of cards 2

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18 comentarios

  1. Peter Guillam

    El perro es del vecino. Sigo leyendo.

  2. «Divertido pero doloroso.» Veámosla pues.

  3. Insisto. Vean antes la serie original de la BBC, House of Cards, que es tan inglesa que se emitió en pleno relevo de John Major a Margaret Thatcher iniciando los 90. Dudo que la versión de Netflix sea más vitriólica. El guión, por cierto, es una adaptación de la novela británica. Está en Filmin (4 episodios).

  4. Ale Paez

    Excelente…

  5. Nathan Jessep

    Brillante cabronazo, el Underwood…

  6. Pingback: House of Cards: Netflix innovando | ROCKNROLLMOTHERFUCKERS!!!

  7. «y hasta Romeo y Julieta (pero estos aman la pasta, el poder y el sexo, lo del amor se lo pasan por el forro)»

    ¿qué tienen entonces de Romeo y Julieta, salvo ser la imagen en negativo de ellos, lo opuesto a ellos y por tanto, lo más alejado de ellos?

    Metemos a Shakesperare con calzador. ¿Por esnobismo o por intentar dotar de grandeza y cierta legitimidad moral lo que es deleznable y miserable?

    Esa pregunta, me dirán es moralismo barato. Lo acepto, siempre que se reconozca que es el mismo moralismo barato que hay en identificar lo opuesto como igual.

    Pero vale, el moralismo satánico, tan barato como el tradicional, está de moda, es guay. Lo admito, siempre que no intente presentarse como una evolución moral. Sigue siendo lo mismo pero de signo opuesto.

  8. LO PRIMERO QUE ME VINO A LA MENTE CUANDO SE CITO AL PERRO ES LA GENIAL ESCENA DE LA GENIAL PELICULA MARGIN CALL. MOTIVOS PARA PENSAR EN UNA V DE VENDETA FINAMENTE CALCULADA. SPACEY CRACK HABRA QUE VERLA

  9. Pablo

    Excelente serie y muy buena nota. Un pequeño detalle que no me gustó como resolvieron en la trama: Underwood se «ensucia» las manos en un momento. Me parece que ese hecho no cuadra con el dibujo del personaje que han hecho.

  10. EDUARDO

    Detecto cierto paralelismo entre Francis y Dexter, en ambos caso la empatia que sentimos por ellos nos permite identificarnos con lo peor del género humano desde el sillón de casa. Salvamos las apariencias pero, ¿cómo somos en el fondo?

  11. Los hijos de puta no «degollan» a nadie. Todo lo más «degüellan».

  12. La serie original británica le da mil vueltas, e Ian Richardson (Urquarth) otras mil a Kevin Spacey (Underwood)

    • Completamente de acuerdo con Jacob. La original británica es bastante mejor, menos pretenciosa y más sutil. Y el trabajo de Richardson es sencillamente alucinante a años luz de Spacey.

  13. Será mejor la de UK, pero para los que no la pudimos ver, ésta, es válida. Además, nada mejor que ver USA en paños menores…

    http://acanaya.blogspot.com.es/2013/02/house-of-cards.html

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