A los veintisiete años, Sebastián Losada ya era un veterano que empezaba a sentirse cómodo, por fin, en un mismo lugar. Establecido en Vigo tras varios rebotes, «el Pipiolo» estaba ante la que parecía que iba a ser su mejor temporada en años, la temporada de su definitiva consagración. La llamada de Javier Clemente para la selección española, aunque fuera en partido amistoso, suponía sin duda un paso adelante en su carrera. Titular en el Celta junto a Gudelj, Losada dejaba atrás el chasco de la final de Copa del año anterior ante el Zaragoza de Víctor Fernández.
Un nuevo chasco en una carrera de chascos, un «no pudo ser» constante.
Andaba la selección española en esos años de continua agitación que marcaron el período Clemente: tras el esperanzador Mundial de 1994, el técnico vasco buscaba un delantero que pudiera algún día sustituir a Julio Salinas sin conseguir encontrarlo. La gente pedía a Raúl, el adolescente que acababa de debutar con éxito en el Madrid de Valdano, pero a Clemente lo que dijera la gente le importaba más bien poco así que prefirió al recién nacionalizado Juan Antonio Pizzi, que había vuelto ese año a Tenerife después de una corta estancia en Valencia.
¿Quién podía acompañar a Pizzi? La lista era larga y en principio Losada no aparecía por ningún lado: primero, porque ya parecía de vuelta de todo; segundo, porque el perfil de segundo delantero que buscaba Clemente era muy parecido al del primero: algo así como Bakero o Luis Enrique o incluso Caminero o Guerrero reconvertidos. Luchadores que iniciaran la presión y que llegaran desde atrás, por sorpresa. Cuando se había decidido por un perfil tipo Felipe o Juanele, la cosa había salido mal, así que riesgos, los justos.
Con todo, Losada tenía una ventaja: era listo. Había pasado por la desolación de fallar el último penalti en aquella tanda maldita de Leverkusen con el Español, había visto cómo sus intentos por hacerse con un sitio en el once inicial del Real Madrid se veían frustrados año tras año por la competencia con Hugo Sánchez y Butragueño, e incluso había tenido que padecer a Jesús Gil y Gil en su apogeo, los años en los que el presidente se metía en el jacuzzi de Marbella a llamar vagos y peseteros a sus jugadores hasta que alguno —pocos fueron— decía basta.
No solo eso. Si alguien había hecho de Losada una promesa, ese era Javier Clemente. No pasaba de ser un canterano prometedor en el Castilla, subcampeón del mundo sub 20, cuando Clemente lo pidió para la maravillosa colección de veteranos y noveles que era aquel Español de 1987. La extraña mezcla del talento de Soler, Valverde o Losada con la contundencia de Urquiaga, la inteligencia de Lauridsen y la agilidad carismática de Tommy N´ Kono. Aquel equipo destrozó al Milan de Sacchi y se plantó en Leverkusen para el partido de vuelta de la final de la UEFA con un 3-0 de ventaja, dos goles de Losada, uno de ellos de verdadero ariete.
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Una maravilla de artículo…Yo, que ya no soy un chaval, me acuerdo de partes de la historia de Losada (lo de Gil, obviamente) pero no recordaba cómo había acabado. Eres grande, Guille Ortiz.
Repito, porque no sé la razón de que se me haya borrado el comentario: la Liga de Maradona con el Sevilla fue la temporada 92/93 (jugando 26 partidos de Liga), no la 93/94.
Losada era de los que más prometía en ese equipo del Español tan bueno. Tenía muchísima clase, pero a veces la personalidad y cierto malditismo también cuentan. De todas formas Losada era un futbolista atípico: no era un futbolista vocacional, era de familia de clase media-alta, y dejó el fútbol a los 27 para hacerse abogado. Como curiosidad que no se menciona en el artículo, fue candidato a presidente de la Federación Española en 2004 con este resultado:
Angel María Villar: 98
Gerardo González: 78
Sebastián Losada: 1
Votos nulos: 1
Él no era una nulidad, lástima.
Como buen abogado, primero cobró un tercio de la ficha de la temporada que le quedaba de contrato en el Celta, y luego se retiró. Podemos acusarle de mediocre pero no de tonto.
La impresión que dejó en el Celta era que era bueno técncimente pero con menos sangre que un ficus.