En la zona: cuando todo te sale bien - Jot Down Cultural Magazine

En la zona: cuando todo te sale bien

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Stephen Curry. Foto: Cordon Press.

Stephen Curry. Foto: Cordon Press.

Los mejores momentos de nuestras vidas no son los momentos pasivos, receptivos y relajados. Los mejores momentos suelen ocurrir cuando el cuerpo o la mente de una persona son llevados al límite en un voluntario esfuerzo para conseguir algo difícil y significativo. (Mihaly Csikszentmihalyi)

Una antigua parábola hablaba de un carpintero chino a quien las autoridades encargaron construir el soporte para una campana. Era un trabajo del que dependería su reputación profesional, por lo que sintió una responsabilidad abrumadora. Tras aceptar el cometido, el carpintero desapareció durante un tiempo. Nadie supo de él hasta que regresó para entregar el soporte ya terminado, cuya perfección causó revuelo. Lo había tallado con tal finura, precisión y nobleza de formas que circularon excitadas habladurías sobre la inequívoca inspiración divina de su trabajo.

Interrogado por los admirados receptores de tan hermosa pieza, el carpintero habló de su método para preparar la mente ante un trabajo como aquel. Se había entregado a la meditación y el ayuno durante una semana. Al tercer día había conseguido alejar de su cabeza cualquier pensamiento sobre las recompensas materiales que el encargo iba a reportarle. Después del quinto día había dejado de pensar en las consecuencias, positivas o negativas, que pudiera acarrear sobre su prestigio. Después del séptimo día ni siquiera pensaba en sí mismo, ni en su propia mente, ni en su propio cuerpo. Fue entonces cuando empezó a caminar por el bosque hasta encontrar un árbol en cuyo tronco pudo visualizar el soporte para la campana, como si ya hubiese sido terminado y estuviese esperando ser extraído del tronco. El carpintero, desdeñoso ante la idea de una influencia sobrenatural sobre su obra de arte, insistió ante quienes lo escuchaban en que todo había estado en su mente.

El éxtasis de saber qué hacer y cómo hacerlo

Aunque usted no sienta interés por el baloncesto, es posible que haya oído hablar del que hoy es el jugador de moda en la NBA, Stephen Curry. Se lo considera uno de los mejores tiradores en la historia de este deporte, con una gran habilidad para anotar canastas desde lejos. Pues bien, en el 2013 asombró a espectadores y periodistas encestando en un solo partido once tiros triples de un total de trece intentos. Un 84% de acierto con tantos intentos es algo insólito en la NBA. Cuando el propio Curry intenta doce o trece tiros triples en un partido suele aspirar a acertar entre seis y ocho. No es raro que acierte incluso menos. Para hacernos una idea de la enormidad de estos números, hubo otra superestrella, Kobe Bryant, que consiguió anotar doce triples en un partido, pero necesitó dieciocho intentos, un 66% de acierto que, siendo espectacular, está muy por debajo del 84% de aquella noche mágica de Curry.

Hablando en términos estadísticos fue algo extraordinario. Ni siquiera los grandes especialistas como Curry pueden aspirar a protagonizar veladas así con frecuencia. Un jugador como él, en la soledad de una cancha vacía después de un entrenamiento, es muy capaz de encestar un triple detrás de otro con porcentajes de acierto que resultarían impensables en plena competición. Sabemos que Pete Maravich era capaz de lanzar interminables secuencias de tiros consecutivos sin fallar uno solo durante los entrenamientos. Pero en esos momentos el jugador apenas tiene nada más en lo que pensar que en sus tiros a canasta. Durante un partido, en cambio, el cerebro se enfrenta a muchos más estímulos. Están el público, el resultado, la clasificación en la liga, las necesidades de los compañeros de equipo, los requerimientos del entrenador, las tácticas preestablecidas. Está la condición física y mental del propio jugador, que puede variar mucho de una jornada a otra. Y están los rivales, siempre dispuestos a impedir cada intento de canasta. Con todo esto en la cabeza, con los sentidos tan ocupados en tantas cosas diferentes, es impensable que incluso el más curtido profesional consiga porcentajes de acierto similares a los que obtendría mientras practica en sus horas libres. Pero en ocasiones, muy pocas, sí ocurre. Y entonces vemos desplegado en su máxima expresión un fenómeno mental al que en deporte se le llama «estar en la zona». Vean este vídeo. El locutor, cada vez más entusiasmado por lo que está viendo, lo dice en algún momento: «He’s in the zone right now».

La psicología empezó a dar cuenta de este fenómeno a partir de los años setenta. El psicólogo húngaro Mihály Csíkszentmihályi había visto los horrores de la posguerra durante sus años más jóvenes, pero también había visto a individuos que en mitad de la desolación general eran capaces de reconstruir una vida con significado. Esto le hizo preguntarse sobre las causas de la felicidad, los factores que contribuyen a experimentar una vida plena y «digna de ser vivida». Instalado en los EE. UU., observó que el porcentaje de personas que se declaraban felices no había cambiado con el tiempo pese al incremento de la riqueza general. Aunque la pobreza y la incapacidad para cubrir las necesidades básicas sí contribuían a la infelicidad, la riqueza por sí misma no producía el efecto contrario, al menos no superado cierto umbral que permite cubrir esas necesidades básicas.

También observó una conducta peculiar en ciertas personas creativas que centraban buena parte de su tiempo en actividades que no les reportaban beneficios económicos o de prestigio social. Por ejemplo, se sintió fascinado por la actitud de algunos artistas que, cuando se sentían inspirados, dejaban a un lado por un tiempo todo lo que no era su arte, incluyendo comer, dormir o las actividades sociales y sexuales. No se trataba de un estado obsesivo como los que la psicología ya había estudiado. Por ejemplo, no se podía asimilar al «hiperfoco», un exceso de concentración que algunas personas experimentan cuando realizan ciertas actividades, el cual es difícil de controlar y puede llegar a tener consecuencias negativas sobre la conducta en general, incluso sobre el rendimiento de esa misma actividad que está centrando la atención del sujeto. A través de numerosas entrevistas a personas creativas y deportistas de competición, Csíkszentmihályi perfiló un estado mental que no tenía consecuencias negativas como una obsesión. Era un estado pasajero de bonanza creativa, que ejemplificó con lo que un «importante compositor» le dijo durante una larga entrevista, describiendo cómo experimentaba los momentos en los que se sentaba ante una partitura para escribir música y, de repente, se sentía sumido en un estado de inspiración:

Entras en un estado de éxtasis, hasta tal punto que te sientes casi como si no existieras. He experimentado esto una y otra vez. Mi mano parece actuar por sí sola y yo no tengo nada que ver con lo que está pasando. Me limito a sentarme ahí, contemplando lo que sucede en estado de maravillado asombro, mientras la música fluye por sí misma.

De los testimonios de todos los sujetos que describían este estado mental, Csíkszentmihályi pudo deducir que se producía de manera espontánea y no planeada, generando de manera invariable una sensación de fluidez casi carente de esfuerzo a la hora de realizar la tarea que centraba su atención. El frecuente uso de la metáfora de la fluidez inspiró a Csíkszentmihályi para bautizar ese estado mental como «flujo». Tanto Csíkszentmihályi como otros estudiosos de la conducta han sintetizado mediante miles de entrevistas las características básicas de la experiencia, que de manera muy resumida son: concentración total, claridad de pensamiento, serenidad, seguridad en uno mismo, percepción distorsionada del tiempo, disfrute por el mero hecho de realizar la tarea y una sensación de éxtasis. Los estudios posteriores —como uno de 1996 que estudiaba la percepción de la experiencia entre atletas de primer nivel y otro de 1999 que lo hacía entre los jugadores de tenis, pero hay varios— han producido resultados casi idénticos que apoyan su descripción del fenómeno. En cualquier caso, la experiencia de flujo, el entrar «en la zona», dejaba en los individuos el recuerdo de unos momentos de plenitud y felicidad.

Cuando andes, camina

Cuando te vistas, vístete. Cuando andes, camina. (Proverbio taoísta)

Los psicólogos no tardaron en descubrir que en textos antiguos, sobre todo en libros filosóficos orientales, había referencias a estados mentales muy parecidos al flujo. Por ejemplo en el taoísmo chino, donde aparecía con nombres tan descriptivos como «la voluntad que mengua», o en el budismo zen japonés, donde se lo denominaba con una de las varias acepciones de la palabra satori, iluminación. La visión oriental resultaba reveladora, ya que consideraba el fenómeno como algo conductual, no asociado al mundo metafísico. Parábolas como la taoísta del carpintero chino que abre este artículo describen técnicas para intentar favorecer la aparición de un estado mental que podemos considerar de flujo. Esto forma parte integrante de la visión filosófica del taoísmo, el budismo zen y otros sistemas de pensamiento. La experiencia de plenitud en la acción, o dicho de otro modo, la acción sin esfuerzo, estaba detrás de un concepto como wu wei (de difícil traducción: hacer sin hacer, hacer sin forzar). El wu wei solía ilustrarse con la metáfora del agua fluyendo en el cauce de un río —el agua se mueve, pero no necesita forzar la acción de moverse—, la misma metáfora que usaron algunos de los entrevistados por Csíkszentmihályi. En cualquier caso, estados mentales muy parecidos han sido descritos en muchas otras tradiciones culturales o religiosas.

Mihaly Csikszentmihalyi. Imagen: Ehirsh (CC)

Mihaly Csikszentmihalyi. Imagen: Ehirsh (CC)

El estado de flujo fue descubierto mediante métodos subjetivos (entrevistas) y pronto relacionado con testimonios antiguos que también eran subjetivos (filosofía), lo cual podía despertar un lógico escepticismo. Pero la ciencia no tardó en demostrar la veracidad del estado de flujo, al descubrir que en condiciones de elevada concentración puede llegar a producirse una respuesta biológica anómala que coincide con la percepción subjetiva del flujo. En una ocasión se midieron las respuestas corporales de músicos que tocaban piezas de cierta complejidad. Para un músico no resulta fácil tocar siempre a su mejor nivel y hacerlo suele requerir mucha entrega. Así, la ejecución de piezas difíciles o la improvisación producían un aumento del ritmo cardiaco, la presión arterial, la tensión muscular o la sudoración. Todo esto era de esperar. La sorpresa llegó cuando algunos músicos, pese a continuar tocando con notoria concentración y competencia, mostraban de repente una disminución en esas mismas respuestas parasimpáticas. El corazón latía más despacio, la tensión arterial disminuía y los músculos se relajaban, algo que en principio no parecía tener mucho sentido. Cuando después se les preguntaba sobre esos momentos en los que el cuerpo se relajaba de manera ilógica, los músicos describían esa fluidez y plenitud, esa sensación de control, un estado de disfrute puro en el que se habían olvidado del entorno y de sí mismos. Momentos en los que su música se convertía en el único foco de atención sin requerir ningún esfuerzo de concentración suplementario. Es más, el esfuerzo disminuía. Los electrodos no mienten; los sujetos experimentales no estaban engañando a los experimentadores, ni tampoco se habían sugestionado a sí mismos. El estado de flujo era real.

Volviendo a los jugadores de baloncesto, algunos dicen que en esos momentos todo transcurre más despacio a su alrededor, que pueden anticipar sus jugadas sin ningún sentimiento de presión o ansiedad, incluso que la canasta parece ser más ancha (a menudo han usado la imagen del estanque o de la piscina). Mientras están en la zona, no juegan intentando encestar; saben que van a encestar. Pero por supuesto, para conseguir una canasta segura gracias a la experiencia de flujo ha de cumplirse una condición: para encestar, usted ha de saber cómo lanzar. El propio Csíkszentmihályi, recordando el éxtasis del compositor que hemos mencionado antes, suele decir con ironía que «yo podría quedarme mirando mi mano durante semanas y nada maravilloso ocurriría, porque no sé componer». Así, la experiencia de flujo le permite llegar al máximo rendimiento personal en una actividad cuyos mecanismos básicos usted domina, mientras persiga unos objetivos que estén a su alcance. El flujo no es magia, y nunca servirá para rendir en algo cuya técnica usted desconoce, o para conseguir una meta que está más allá de sus capacidades. Si usted juega al tenis, es posible que sienta que entra «en la zona» cuando se enfrenta en un torneo de aficionados, pero eso no le sucederá si juega contra Roger Federer, porque el desafío es demasiado grande. Salir a la pista con la convicción de que va a perder no le ayudará a alcanzar un estado de tensión competitiva y de concentración que le permita aspirar a llegar a la zona.

La importancia de la motivación intrínseca

El tao del que puede decirse que es el verdadero tao, no es el verdadero tao. (Tao Te King, Lao-Tsé)

El cerebro humano puede procesar una cantidad de información en un momento dado y no más. Es un asunto complejo. Para empezar deberíamos meternos en un jardín funcional, separando las tareas voluntarias y las involuntarias. Nuestro cerebro no se limita a pensar o percibir de manera consciente, es también como una sala de máquinas que se ocupa de muchas funciones corporales sin que nuestro yo necesite ponerse a cargo. Pero como todo eso no nos interesa para la cuestión tratada, vayamos a lo sencillo y consideremos el cerebro como una máquina para procesar información de manera consciente. Centrémonos en sus funciones cognitivas manejadas por el yo y en los sentidos, lo cual es una visión incompleta del cerebro, pero servirá.

Hay algo en lo que todos los especialistas están de acuerdo: como máquina cognitiva, el cerebro tiene unos límites. Se habla de cantidades de información que están entre los sesenta y los ciento diez bits por segundo, aunque son estimaciones difíciles de concretar. Pero bueno, es fácil de entender que cuantas más tareas realiza al mismo tiempo, menos recursos dedica a cada una de ellas. Usted puede hablar por teléfono mientras vigila que no se le queme la cena. Puede pintar la casa mientras escucha la radio. Puede planchar ropa mientras mira la televisión. Pero en estos casos una tarea se vuelve un poco más automática mientras dedica el resto de su atención a la otra. En ninguna de ellas está rindiendo al máximo. De hecho, rara vez rendimos al máximo en nuestras tareas habituales, porque casi siempre estamos rodeados de estímulos. Además, nuestro caudal de pensamiento es tan veloz como inagotable. Todo esto hace que nuestro cerebro se parezca a un ordenador en el que funcionan varios programas a la vez. Ninguno de los programas puede acceder al 100% del procesador o de la memoria RAM. Esta función multitarea es útil en la vida diaria, desde luego, y nos hubiésemos extinguido de no poder buscar alimento mientras a la vez vigilamos la aparición de animales peligrosos. Pero llevando una vida como la que llevamos hoy, con un ámbito laboral o académico que suele exigir un rendimiento dado en tareas muy concretas durante periodos de tiempo prolongados, esta característica multitarea puede convertirse en una debilidad. No importa cuán solitaria sea su profesión; incluso sus propios pensamientos pueden suponer una distracción intrusiva.

Volvamos al deporte profesional, que produce los ejemplos más visibles. Si está jugando al fútbol y tiene que lanzar un penalti, el saber que de ello depende un título puede llevarle a cometer un grueso error aunque durante todo su desempeño profesional anterior se le haya conocido precisamente por acertar esa clase de disparos. El penalti fallado por Roberto Baggio en la final del Mundial de 1994 constituyó una verdadera anomalía estadística en su carrera. Resultó evidente que las circunstancias externas pesaron más que su probada habilidad como lanzador. Por esto, la experiencia de flujo es un valioso material de estudio. Cuando todos los recursos cerebrales disponibles se dedican a una única tarea, sin distracciones, el individuo percibe que esa tarea le resulta mucho más fácil. Todos los procesos paralelos dejan de interponerse y desaparecen la ansiedad, la presión, la duda. Dicho de otra manera; si usted puede conseguirlo, su cerebro, durante el flujo, le muestra que va a conseguirlo.

Suena un tanto a libro de autoayuda, pero, si pensamos en la analogía del ordenador, es algo que puede deducirse de forma intuitiva, sin necesidad de estudios científicos. Prácticas tan antiguas como la meditación Vipassana, y otras formas similares de meditación, se basan en ese mismo principio. Intentan eliminar pensamientos superfluos para facilitar un estado mental que según sus respectivas filosofías puede tener diversos nombres, sea el conocimiento del verdadero yo, o el éxtasis. En el cristianismo, sin ir más lejos, prácticas de oración como el uso del rosario son una forma de meditación similar y han utilizado mecanismos parecidos para facilitar la tarea de contactar con Dios, algo que en el cristianismo podemos considerar un equivalente de la iluminación oriental. Pero aunque a menudo se haya podido relacionar con diversas creencias religiosas, no se trata de ningún misterio esotérico. El que ciertas formas de meditación intenten separar el yo del constante ir y venir de pensamientos que produce nuestro cerebro para «observarlos» desde fuera ayuda a desarrollar una mayor sensación de control sobre el propio pensamiento. No hay nada de mágico en ello.

Ahora bien, al contrario que la meditación, la cual conlleva un proceso de aprendizaje, el flujo aparece ante una actividad desafiante y no puede ser domesticado. Eso sí, se pueden mejorar las condiciones para que se produzca. Muchos deportistas intentan favorecer su aparición aislándose antes de las competiciones o realizando rituales para concentrarse. Aun así, es una experiencia esquiva. Cuando el Tao Te King decía a sus lectores que el camino verdadero a la iluminación no es el verdadero camino, no lo hacía por jugar con las palabras. Si no había un camino concreto que condujese a la iluminación, tampoco lo hay hacia la experiencia de flujo. De haberlo, la psicología deportiva hubiese conseguido que casi todos los baloncestistas anotasen once triples por partido y ni siquiera Stephen Curry es capaz de repetir la proeza cuando él quiere, aunque sin duda le hemos visto entran «en la zona» muchas otras veces. Con todo, las antiguas formas de meditación que buscan vaciar la mente de distracciones son una buena pista a seguir.

Además, la experiencia de flujo parece estar relacionada con la personalidad. En una misma disciplina y a niveles de ejecución similares, algunos individuos son más propensos que otros a tener experiencias de flujo. Parece que la característica más importante es la motivación intrínseca: personas que disfrutan de su actividad por la actividad misma, más allá de las recompensas que esta pueda proveer, ya sean recompensas sociales, de prestigio o materiales. Michael Jordan, a quien hemos visto muchas veces entrando en la zona y de quien podemos sospechar que ha experimentado el flujo muy a menudo, iba al colegio botando un balón durante todo el camino, todos los días. Sin duda le motivaba algo más que pasar un buen rato jugando; el mejorar y aprender le otorgaba recompensas intrínsecas. El pequeño Maradona jugaba al fútbol incluso cuando no había luz en la calle. Hay individuos que practican una disciplina por el mero placer de aprenderla, de mejorar, de poner sus habilidades a prueba. Lo hacen de forma voluntaria y durante periodos de tiempo continuados, más allá de lo que podemos considerar los momentos usuales de ocio. Esto les lleva a conseguir un gran dominio de las técnicas y, lo que es importante, también una buena percepción de sí mismos mientras están ejecutando esas técnicas. Su retroalimentación es muy buena, entienden con rapidez cuándo están fallando en algo y no tardan en averiguar por qué; esto es uno de los mecanismos que se agudiza durante el flujo. Se conocen tan bien como ejecutantes de una disciplina que su mente está preparada para aprovechar al máximo los estados de intensa concentración.

Es obvio que los artistas o deportistas profesionales que tienen la suerte de convertir una actividad que aman en profesión son una minoría. La mayor parte de las personas realizan trabajos que no aman, que no resultan desafiantes ni creativos, que son demasiado monótonos o que les ofrecen poca recompensa más que el salario. Esto impide que la actividad laboral pueda convertirse en una parte importante de la significación que cada persona da a su vida, como sí ocurre con actividades que producen recompensas intrínsecas y experiencias de flujo (música, deportes, diversas artes, etc.). Como no siempre es posible conciliar vida laboral y motivación intrínseca, cabe considerar el tiempo de ocio como una importante herramienta para aquellos cuyo trabajo resulte poco estimulante, ya que durante el ocio la persona sí puede elegir actividades hacia las que sienta una motivación intrínseca que le haga sentirse recompensado. Emplear el tiempo de ocio en actividades poco significativas aleja a la persona de las recompensas intrínsecas; es verdad que la evasión fácil, en el sentido de optar por actividades de ocio que requieran escaso esfuerzo y que no conlleven una elevada curva de aprendizaje, cumple un papel útil en momentos concretos, pero no ayuda a construir una vida significativa paralela a una vida laboral sin estímulos. En cambio, el aprendizaje de actividades creativas o desafiantes cuya ejecución haga disfrutar a la persona puede terminar facilitando, con el tiempo y el aprendizaje, que experimente esos momentos de plenitud y éxtasis que convertirán esa actividad en parte significativa del concepto de sí mismo. Hoy, el sistema educativo —y qué decir del laboral— no es proclive a que los individuos descubran tareas que despiertan su motivación intrínseca, y ese descubrimiento se debe no pocas veces a la casualidad, o a un interés temprano que con fortuna será propiciado desde los agentes educadores, aunque con más frecuencia nacerá pese a esos agentes y su influencia homogeneizadora. La idea de que la especialización y el cultivo cuidadoso de las propias capacidades se limitan al ámbito académico o laboral es un error. Una tarea no necesita producir buenas notas, dinero o prestigio para ofrecer una valiosa recompensa. En ocasiones la recompensa es la tarea misma. Y esto, nos dicen los teóricos del fluir, es una forma de producir felicidad. Quién dijo que la ciencia no podía terminar mostrándonos el camino.


16 comentarios

  1. Grandísimo artículo, en contenido y forma, maravillosamente escrito.

    Una pequeña corrección en un tecnicismo insignificante: es el sistema simpatico el que produce la respuesta estimulante (acelera el corazon, aumenta la presion arterial y la sudoraciòn) que disminuiría en los musicos cuando alcanzan el estado de flujo.
    El parasimpatico tiene el efecto contrario!

  2. Supongo que habras leido el articulo de Gonzalo Vazquez sobre el tema. Si no es asi, leelo. Buen resumen el tuyo.

  3. Muy bonito artículo.

    No estoy del todo de acuerdo con el tema de Curry, 11 de 13 siendo Curry no es una anormalidad estadística excesivamente improbable (alrededor de un 1%, lo cual quiere decir que en una temporada de media le puede salir una vez). Un ejemplo cercano es la actuación del compañero de Curry, Klay Thompson el año pasado metiendo 37 puntos en un solo cuarto.

    Pero independientemente del detalle, la lectura ha resultado muy gratificante.

  4. Parece que los números no están tan de acuerdo con el mito de la “hot hand” en el baloncesto. Este artículo clásico del año 85 demuestra a través de datos de dos equipos NBA como la probabilidad de meter un tiro no es más alta por el hecho de haber metido el anterior. (The hot hand in basketball: On the misperception of random sequences)
    http://wexler.free.fr/library/files/gilovich%20%281985%29%20the%20hot%20hand%20in%20basketball.%20on%20the%20misperception%20of%20random%20sequences.pdf

  5. Pingback: En la zona: cuando todo te sale bien

  6. Como ya han comentado más arriba este es un artículo hermoso. Me gusta especialmente que relacione prácticas deportivas con otras espirituales o artísticas y, leyéndolo, me han invadido varios personajes que han entrado en este trance maravilloso del que trata el artículo. No me es difícil imaginar a Kafka de noche escribiendo y robandole horas al sueño; Van Gogh pintando sin descanso aunque no hubiese vendido un cuadro o a Salinger encerrado en su casa escribiendo textos que no quería que leyera nadie… Después están deportistas que hemos podido ver como Federer, Maradona, Messi o Jordan en noches o tardes en las que sabes que va a ser imposible pararlos, si eres un contrario lo mejor que puedes hacer es disfrutar de algo que se podría describir como un acto de Dios -la repetición tiene mucho que ver en todo ello, algo que, por otro lado, se explica muy bien “relatos de un peregrino ruso”-.
    Sin duda la felicidad depende de que encontremos algo que por el simple hecho de hacerlo nos reporte alegría y sin duda hay días en los que te ves frente al ordenador -por hablar de mi caso en particular- escribiendo historias que no sabes si nadie va a leer pero que sin las cuales mi existencia no sería la misma.
    Supongo que todo se puede resumir en la idea de Sísifo subiendo la piedra una vez más y aproximándose a la cima y qué duda cabe de que, incluso él, sentía dicha cada vez que lo conseguía.
    Gracias por el artículo

  7. Excelente artículo! Al terminar de leerlo me vino a la cabeza una expresión que creo que sintetiza de forma feliz la esencia del asunto: estar en estado de gracia.

  8. Excelente explicación de la necesidad de centrarse en el camino, tener objetivos pero no vivir condicionado por ellos. De que lo importante que es prestar atención al momento presente. Muy bien hilado y con el baloncesto de fondo, pero en realidad, transmitiendo una forma de entender el deporte y la vida.
    Enhorabuena por el artículo, de verdad.

  9. Pingback: Anónimo

  10. Muy bien escrito. Gran artículo.

  11. Tuve una experiencia similar que se repitió varias veces a lo largo de unos dos o tres veranos y que solo he vuelto a experimentar parcialmente y de forma más limitada en alguna ocasión aislada después. En ese entonces acababa de cumplir cuarenta y aún seguía jugando en el equipo de fútbol de la universidad por puro placer. Obviamente, la diferencia de edad se notaba en casi todo: velocidad, reflejos, saltos, fuerza, resistencia. Pero, como no quería quedarme atrás y, como por suerte, aún contaba con el apoyo de mis compañeros de equipo, intentaba concentrarme al máximo en la tarea. Empezaba a concentrarme mucho antes del calentamiento y no terminaba con el partido (recuerdo que me hablaban al final de un encuentro y yo percibía todo como si estuviera a varios metros de altura, muy lejos). También recuerdo haber tomado mucha agua en ese entonces, cada vez que podía. De hecho, sudaba mucho. Lo mejor (mi posición era de un “nueve cansado”, como yo mismo me burlaba de mí) era cuando quedaba en medio de los defensas y podía sentirme como si estuviera en un campo de juego virtual, entonces todo se ralentizaba y podía ver a los jugadores en cámara lenta y amagar mientras iba viendo el efecto de cada finta como en un experimento, de modo que podía mejorar la siguiente, como cuando uno domina un truco de magia y está concentrado solo en el paso siguiente porque el anterior sale “sedita”. Una especie de clarividencia. Ahora como entrenador, procuro ayudar a mis pupilos a alcanzar ese estado de concentración. Muchos no creen lo que les cuento y ese simple hecho los limita y no llegan a saber lo que se pierden. Otros consiguen estados parecidos. Sospecho que en la repetición constante y concentrada está el origen de ese estado “supracorporal”, por llamarlo de alguna manera. También lo he conseguido escribiendo, que es otra de mis actividades principales, y pintando durante horas: el llamado flujo. Pero ese estado de gracia en el que cuerpo (en movimiento) y mente (guiando y adelantándose a esos movimientos) encuentran su felicidad como pareja, es incomparable. Saludos desde Alemania.

  12. Excelente artículo. Si alguien quiere profundizar en este tema, que se lea: El juego interior del tenis.

  13. Muy buen artículo pero echo de menos alguna referencia a excelsos trabajos científicos para los cuales, sin duda, el estado de gracia del autor han sido claves. Por poner dos ejemplos, la matemática gaussiana o la teoría de la relatividad general se la debemos a “la zona”.

  14. Lástima que discrepe en un matiz del último párrafo, por lo demás me ha encantado. Pero un trabajo que no sea vocacional ni creativo puede llevar a un estado parecido si se le encuentra el punto. Se le puede encontrar otra motivación (encontrar soluciones a problemas, por ejemplo) que te lleve a un éxtasis parecido. Al menos, la satisfacción que me da a mi cuando lo consigo, es parecida a cuando estaba en racha jugando a baloncesto (aunque lo celebro menos que entonces). Y de paso hace que el trabajo sea menos monótono.

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