Jot Down Cultural Magazine – Latinoamérica redonda: el poder del balón

Latinoamérica redonda: el poder del balón

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Soldado custodiando a los presos políticos retenidos en el Estadio Nacional de Chile, 1973. Foto: Cordon.

El caso Zozulya —el jugador ucraniano rechazado por la grada del Rayo Vallecano por sus presuntas vinculaciones con la ultraderecha de su país— ha reavivado el debate sobre fútbol y política. Para algunos es un cóctel innecesario. Para otros, son harina del mismo costal. Echando un ojo a la historia del último siglo y medio, desde que se inventó este deporte, no parece haber lugar a disputa. Desde su mismo nacimiento el fútbol se convirtió en fenómeno de masas, y por lo tanto en arma política. Un gráfico ejemplo es Latinoamérica, una entidad más o menos algodonosa que comparte el amor por el fútbol —salvo en el Caribe, adscrito al béisbol, y aun así— y también una historia inestable, con una sucesión infernal de gobiernos militares en el siglo XX, a la par que se desarrollaba el llamado deporte rey. A veces herramienta contestataria, casi siempre instrumento interesado del poder, el fútbol siempre ha sido un actor a tener en cuenta.

Tan redituable es para la política que su nombre llegó a invocarse para bautizar una guerra. Fue Ryszard Kapuściński quien tituló «La guerra del fútbol» a una crónica sobre el conflicto entre Honduras y El Salvador en 1969. En realidad él mismo explica en el texto que la causa real no fue el fútbol, sino problemas de otro calibre: una disputa demográfica y económica. Pero una eliminatoria premundialista sirvió para tensar más los ánimos y empujarse al enfrentamiento. Debía haberse llamado guerra de las Cien Horas, que es lo que duró; sin embargo, para la posteridad quedó como la guerra del Fútbol, señal de que hay algo más en ese deporte que humanos corriendo tras una pelota en un prado. Quizás un solteros contra casados, y ni siquiera. El fútbol sin contexto es como un partido sin balón, y su frontera con la política termina siendo más borrosa que el pasado de Zozulya. Estos otros cuatro episodios latinoamericanos así lo atestiguan.

1. De negros y anarquistas

Cuando los ingleses, después de dejar la pelota y el reglamento, subieron al barco y se fueron de vuelta a sus frías tierras, no sabían que con su invento deportivo acababan de aportar un elemento importante al activo laboratorio social que era la América de aquella época. En cada país, la construcción de su fútbol retrata a su sociedad. En Brasil, por ejemplo, a la élite blanca se le ocurrió aplicar sus patrones habituales y le quiso poner puertas al campo: prohibieron alinear negros. Aunque parezca increíble, hasta la década de 1920. Arthur Friedenreich fue el mayor goleador de la historia. Era nieto de alemán y brasileña, mulato de ojos verdes y pelo rizado, y para jugar escondía, a duras penas, su mezcla natural. Se cuenta que tardaba un mundo en salir al campo porque se alisaba el pelo y se ponía una redecilla en la cabeza. Su negritud disfrazada le permitió jugar en la selección de Brasil, y en 1919 un gol suyo le dio el primer título a la verde-amarela, el Sudamericano.

En aquella época, el club Fluminense empezó a ser apodado Pó de Arroz por el talco que otro crack mulato, Carlos Alberto, usaba para blanquearse la cara (el club sostiene que en realidad lo usaba como after shave). Aún hoy la hinchada de Flu saluda la entrada de su equipo en el campo con una nube gigante de pó de arroz. Unos años después, otro club de Río, Vasco Da Gama, revolucionó el fútbol brasileño al aceptar oficialmente a negros en sus filas. Fue el primer gran club que lo hacía y obligó a que poco más de un año después se eliminaran las restricciones raciales en Brasil. Era 1925 y todo estaba, en el país y en el campo, por hacer.

En Argentina el fútbol se instaló con fuerza en la década de 1880 de la mano de los ingleses, con sus navieras, ferrocarriles y talleres (no hay más que echar mano del nomenclátor de clubs argentinos para comprobarlo). En un principio coto exclusivo de escuelas británicas y recoletos reductos poscoloniales, enseguida el deporte sirvió para agitar las estructuras de un país tan floreciente como desigual. Osvaldo Bayer, escritor e historiador, glosa en Fútbol argentino el poder del anarquismo (y el socialismo) en los orígenes del fútbol austral. A inicios del siglo XX se popularizó una frase con sello ácrata: «Misa y pelota: la peor droga para los pueblos». Frente al opio redondo, intelectuales de izquierda y asociaciones obreras resolvieron fundar sus propios clubs y cambiar la cultura de un deporte que había sido hasta entonces cosa de señoritos.

Así nació en Buenos Aires Mártires de Chicago, fundado por socialistas y anarquistas como tributo a los obreros cuya muerte se conmemora hoy cada primero de mayo. Poco duró el nombre, pues enseguida se impuso otro, hoy conocido por todos: Argentinos Juniors. Chacarita, otro club de la capital, fue fundado en una sede socialista del barrio. Un primero de mayo, claro. Independiente de Avellaneda, uno de los clubs más laureados del continente, también fue fundado por obreros de una fábrica —independientes del patrón—. Otros ejemplos como Libertarios Unidos —gráfico nombre, hoy llamado Colegiales—, El Porvenir o el Progreso de Montevideo dejaron patente un origen político explícito en la efervescente Sudamérica futbolística.

En los años treinta llegó el profesionalismo, en parte una solución a las huelgas de los futbolistas que denunciaban ser tratados como mercancía humana, y después el deporte, ya negocio, se precipitó hacia lo que todos sabemos. Hoy aquellos clubs argentinos, instituciones sin ánimo de lucro que aglutinan barrios o ciudades en torno a la actividad deportiva, pueden convertirse en sociedades anónimas deportivas, en una iniciativa alentada por aquel que fue presidente de Boca Juniors y hoy lo es del país, Mauricio Macri. Algunos clubs y una coordinadora de hinchas tratan de frenar al llamado Fútbol S. A., tan lejos de aquellos pioneros.

2. Paripé a puerta vacía

21 de noviembre de 1973. Comienza el partido en Santiago. Chile saca de centro y sus jugadores empiezan a pasarse la bola mientras avanzan en cohorte hacia el área de la URSS. Hasta cuatro jugadores la tocan en un tuya-mía dentro del área rival, hasta que Chamaco Valdés, capitán, remacha a gol sin oposición, a puerta vacía. 1-0 y Chile logra la clasificación para el Mundial de Alemania 1974. Fin del encuentro, si es que se puede llamar así, porque el rival no se ha presentado al partido y el equipo local ha jugado sin oponente durante quince segundos, en una pantomima que parece sacada de los Monty Python, si no fuera por lo trágico del trasfondo.

Para entender el paripé hay que ir un par de meses hacia atrás. El 11 de septiembre los internacionales chilenos debían ir a la ciudad deportiva de la selección para probarse ropa, pues se iban al día siguiente a Moscú a jugar la ida de la repesca para alcanzar el Mundial. Al llegar, les avisaron de que acababa de producirse un golpe de Estado. Les sorprendió, pero no les sonó a chino: Chile vivía una tensión política insoportable y algunos de ellos, por su filiación política, lo sabían de primera mano. Ese 1973 fue el año del Colo-Colo. Su base era la de la selección, y en ella jugaba un delantero, llamado Carlos Caszely, que atraía la atención de todos, un fuera de serie de cuerpo rechoncho, desgreñado, mofletudo y bigotón, con regate de pellizco y remate de dinamita. Caszely marcaba chicharros a puñados a la vez que mostraba sin tapujos su ideario, próximo al del Gobierno de Allende. Él y sus amigos jugaban como los ángeles y estuvieron a punto de ganar la Copa Libertadores, lo que mantenía de algún modo pendiente, si no unido, a un país fracturado. Pero perdieron en la prórroga del partido de desempate contra Independiente de Avellaneda. Según algunas tesis —la de Luis Urrutia y su libro Colo-Colo 73, el equipo que retrasó el golpe—, una vez tumbado el club que daba alegría al pueblo, no había razones para demorar lo que se barruntaba hacía meses: un pronunciamiento contra el Gobierno.

Con Allende muerto, la eliminatoria contra la URSS cobraba otra dimensión: levantó un telón de acero particular y puso en duda incluso el concurso de Chile, como sopesó el propio Augusto Pinochet. Finalmente viajaron a Moscú. La recepción fue fría, amarga, tiesa como el cemento del Estadio Lenin. Por unos días la política cambió radicalmente el contexto del partido, que se disputó el 26 de septiembre. Las pocas fotos disponibles descubren gradas atestadas. No se puede comprobar en vídeo porque nunca se divulgó. Parece, eso sí, que Figueroa, central rocoso, anuló a Blojín y Chile se llevó un valioso 0-0 a casa. Un empate con sabor a victoria en plena guerra fría.

Cuando regresaron a Santiago se encontraron un país en pedazos. El ejército en el Gobierno, la represión en la calle y el horror en el Estadio Nacional, convertido en uno de los mayores centros de detención de la dictadura, por donde entraron miles de obreros, activistas y estudiantes en las semanas siguientes al golpe militar. De día, sentados en las gradas. De noche, bajo los tablones, en las escotillas, donde eran torturados. Y allí era, justamente, donde debía disputarse la vuelta dos meses después. En repudio a la nueva situación, la URSS se negó a jugar en Santiago. La FIFA de Stanley Rous anunció un viaje para «inspeccionar» el campo. El 24 de octubre una delegación de encorbatados entraron al césped junto a gerifaltes del ejército, esto es, del Gobierno. Diez minutos y un par de posados después, se fueron a los vestuarios. Había agua en las duchas y estaban limpios. Nada que objetar. Ni el ahogo de las voces ni las cadenas ni las picanas eléctricas se escucharon en aquella visita, pese a que hay constancia de que hubo detenidos hasta noviembre, y se dio por buena la celebración del partido. Pese a todo, los soviéticos se negaron a viajar. Eso le daba la clasificación inmediata a Chile, pero los ideólogos del régimen tuvieron la idea de montar una tramoya en el estadio, en el que la selección le pisaría la cabeza al comunismo.

Diecisiete mil personas vitorearon la jugada, quince segundos ridículos que aún hoy hacen taparse la cara a jugadores que declararon sentirse como marionetas. Caszely siguió su carrera en España —jugó en el Levante y el Espanyol—, pero en Chile fue marcado por el Gobierno y él respondió con audacia: en el besamanos tras la clasificación se negó a darle la mano a Pinochet. Más tarde sería vetado para la clasificación al mundial 78 por el presidente de la federación chilena, a la postre general y subdirector de los carabineros, una evidencia de que el fútbol es un arma más efectiva que las balas o los camiones de agua. Como pasaría poco después con Argentina, la mejor muestra de normalidad era ofrecer al mundo un partido de fútbol y ganarlo. Aun sin oponente.

3. Al otro lado de la barbarie

El dictador Jorge Videla celebrando un gol de la selección Argentina a Alemania en el Mundial de 1978. Foto: Cordon.

Cambiaba la FIFA de manos pero las costumbres continuaban. En la inauguración del mundial del 78, João Havelange, presidente del ente mundial, era condecorado por Jorge Rafael Videla en el Estadio Monumental de Buenos Aires, vecino de la siniestra Escuela de Mecánica de la Armada, donde funcionaba un centro clandestino de detención, agujero de la muerte. En los últimos años saltaron a las imprentas y las pantallas relatos de futbolistas que sufrieron la represión en sus carnes, como Claudio Tamburrini, el portero del club Almagro al que chuparon y encerraron en otro centro de detención, la Mansión Seré, de la que escapó y huyó. Pero existen otras historias, las del otro lado de la barbarie, consumadas en nombre del Estado por hombres de fútbol.

Edgardo «el Gato» Andrada pasó a la historia como uno de los grandes porteros del fútbol argentino. Internacional e ídolo de Rosario Central de los años sesenta, jugó también en el Vasco da Gama brasileño. Él estaba bajo palos en el penalti que supuso el gol número mil de Pelé. En 1976, año en que se inició la dictadura, regresó a Argentina. A finales de los noventa se recibió en un juzgado una denuncia anónima sobre Andrada. Años más tarde se desclasificaron los archivos del llamado Personal Civil de Inteligencia de la dictadura. Entre los más de cuatro mil agentes aparece su nombre. Andrada se dedicaba a recabar información y la soplaba al ejército, según las investigaciones que detalla el periodista Gustavo Veiga en Deporte, desaparecidos y dictadura. Las cosas se complicaron más cuando un exmilitar y la propia fiscalía lo acusaron de formar parte del grupo que había secuestrado y asesinado a dos militantes peronistas en 1983. Andrada lo negó siempre y fue absuelto por falta de pruebas en 2012. Pese a ello y a la presunción de inocencia, fue expulsado de Rosario Central, donde trabajaba con las categorías inferiores.

A Juan de la Cruz Kairuz no lo llevaron a juicio, pero él sí a un abogado por calumnias, después de que este lo acusara de haber encabezado un secuestro junto a otros miembros de la policía. Él, Kairuz, reconoció formar parte de esa fuerza, pero dijo que no iba a trabajar, porque él era entrenador de fútbol. Kairuz jugó en Primera (Newell’s Old Boys) y a esas alturas era técnico en Jujuy. Treinta años después, mientras entrenaba al Gimnasia y Tiro de Salta, dimitió por la acusación presentada ante el club. El juicio por calumnias lo perdió.

Hay casos más cinematográficos recogidos por Veiga: un árbitro, Francisco Bujedo, y su juez de línea, Ángel Racedo, dirigían los partidos en fin de semana y por la semana participaban en operativos clandestinos en Mar del Plata, ciudad donde desaparecieron trescientas personas en los dos primeros años de la dictadura. Ocurría que en las sombras de la noche la jerarquía se invertía y el linier pasaba a ser jefe del árbitro. En cierta ocasión ni les hizo falta quitarse el traje de árbitros: descubrieron a un militante en uno de los equipos y se lo llevaron desde el propio campo. Ambos fueron condenados en 2013. Racedo murió dos años después. Bucedo fue condenado en 2016 a ocho años. En el juicio se le vio con los ojos cerrados y la cara tapada.

Y no podía faltar la figura del directivo vinculado estrechamente a la dictadura. Guillermo Suárez Mason fue jefe del I Cuerpo del Ejército y jefe del Estado Mayor. Además, era el hombre fuerte de Argentinos Juniors. Con el traje de represor cometió todo tipo de tropelías, según quedó determinado por la justicia. De civil, dominó el club y llegó a negociar el traspaso a Boca Juniors de aquel chico llamado Diego Armando Maradona. Suárez Mason murió en 2005, pero futbolísticamente se le acabó la peseta seis años antes, cuando lo expulsaron como socio de Argentinos. El mismo club que había sido fundado, recordemos, en honor a los Mártires de Chicago. El círculo cerrado.

4. Socráticos y democráticos

Igual que Argentina, Brasil ganó un Mundial durante su propia dictadura, y lo hizo con el mejor fútbol que se recuerda. Fue en México 1970, en lo más crudo del régimen, mientras en los sótanos se agolpaban los militantes de izquierdas que —aun así— festejaban los goles de la selección. Después de esa cita Brasil bajó el nivel futbolístico, coincidiendo con el ocaso de Pelé. Y solo lo elevó con la nueva década con un grupo de jugadores que más parecían hacer ballet que jugar con una pelota. Era el Brasil del 82 y estaba comandado por un capitán que era un joven veterano, de planta inopinada y visión periscópica del juego. Medía 1,91 m, pero calzaba un 37 y jugaba, siempre que podía, de tacón. Era médico de formación. Se llamaba Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira.

Difícilmente haya habido personaje en el fútbol más identificado con la izquierda que Sócrates, o en todo caso que lo haya expresado con más determinación: cada gol lo celebraba puño derecho en alto, mirando a la grada. 1982 era el año de su Mundial —que no lo fue por la «tragedia de Sarrià»—, pero también el de Corinthians. Allí, en el club más popular de São Paulo, Sócrates triunfó. Pero no solo en el campo. Como en una alineación de astros, un plantel liderado por tres futbolistas —Wladimir, el obrero del balón, Casagrande, el joven rebelde, y por supuesto Sócrates, el líder natural— consiguió hacer una revolución pacífica desde donde más les dolía a los militares. Como suele ocurrir, una cadena de circunstancias y casualidades se aliaron, entre ellas la de fichar a un director deportivo —el sociólogo Adílson Monteiro— que no sabía nada de fútbol, pero que dio una libertad nunca vista en un club brasileño. Sócrates y compañía comenzaron a votar todas las decisiones del plantel, desde un fichaje a la concentración previa a los partidos, pasando por los esquemas tácticos. «Un sistema de democracia perfecta», según dijo el propio Sócrates. «Votábamos hasta para decidir si el bus tenía que parar para que alguien bajara a mear». Y todos votaban, de la estrella del equipo a la encargada de la lavandería.

Porque, antes de nada, se trataba de mejorar las condiciones de trabajo en un medio en el que el futbolista era tratado como un cacho de carne. Paralelamente a la autogestión, el grupo de barbudos y melenudos empezó a hacer propaganda antidictadura, sin ambages. De algún modo predicaban con el ejemplo. La democracia era posible, solo había que mirar al Corinthians, que, casualidad o no, ganó así un bicampeonato por primera vez en treinta años. Con el impulso se vinieron arriba. Monteiro contrató a Washington Olivetto, publicitario top de São Paulo, que creó la frase «Democracia Corinthiana» y la estampó sobre el dorsal 9 de Casagrande en la camiseta blanca del Timão, en una foto icónica del fútbol mundial. El poder del símbolo —se parecía sospechosamente al logo de Coca-Cola— traspasó cualquier límite esperado. No había redes ni internet, pero el Corinthians era el fenómeno que podía minar los cimientos de la dictadura.

No se detuvieron en su apuesta. Al no tener patrocinador en la espalda, arriesgaron y serigrafiaron su causa: «Día 15 Vote», porque la dictadura había permitido elecciones regionales. Aquello fue un disparador, el antídoto contra la alienación del supuesto hincha adormecido. «Lo más importante fue discutir política con lenguaje del fútbol en un país de gente sin educación. El fútbol es lo universal en este país, lo que nos unifica porque todos lo entienden», dijo Sócrates. Dio en la clave mucho antes de sesudos análisis sobre política y deporte. La camiseta fue vetada por la censura. Pero ellos siguieron, mientras se proclamaban campeones del campeonato paulista. Llegó 1983 y también llegaron a la final a doble partido. En el partido definitivo aquel día el eslogan cambió. Y la puesta en escena significó el culmen del movimiento. Al Estadio Morumbi salieron con una pancarta larguísima con la que posaron frente a los fotógrafos y las cámaras de televisión: «Ganar o perder, pero siempre con democracia». Ganaron.

En abril del 84 se vivió el epílogo del movimiento. En el centro de São Paulo se celebró un mitin que pedía elecciones directas, en el que hablaron las cabezas visibles de Corinthians frente a un millón y medio de personas. Sócrates tiró el órdago futbolístico, hoy dirían populista: «Si finalmente se aprueban las elecciones directas, no me voy del país». Se refería a que no ficharía por el fútbol italiano, que lo cortejaba desde hacía meses. En el colmo del anticlímax, no se aprobaron las elecciones y Sócrates se fue a la Fiorentina, donde duró un año, lo mismo que la dictadura tardó en darse por vencida. Por cierto, en la Fiore fue hostigado por la directiva del club, presidida por un aristócrata y senador democristiano que no toleraba bien las ideas izquierdistas del brasileño, hasta que se fue. No suena tan desconocida esa historia.

Sócrates y su camiseta del Corinthians, 1983. Foto: Jorge Araújo (CC).

9 comentarios

  1. Argentina no disputó ningún partido contra Alemania en el Mundial 78

  2. Gustazo de artículo, lo he disfrutado.
    ¡Gracias!

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  4. Esto solo pasaba en America Latina.
    No hablemos de Franco que el no utilizaba el Futbol, es solo de republicas bananeras.

  5. Comienzo con un tema europeo.
    “El caso Zozulya…”
    Y me lo llevo al otro lado del mundo.
    ” en arma política. Un gráfico ejemplo es Latinoamérica…”
    Si esta pagina fuera de America lo entenderia, lo que en realidad hace es mirar a otro lado.

  6. “también una historia inestable, con una sucesión infernal de gobiernos militares en el siglo XX”.
    Bueno como uruguayo que soy , me lo tomo con humor. Viniendo de un medio español solo puede ser sarcasmo. Ya quisiera una dictadura de aqui haber durado lo de lo que Franco, y antes el ensayo de Primo de Rivera

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