Jot Down Cultural Magazine – Pasado, presente y futuro entre el sol y mi corazón

Pasado, presente y futuro entre el sol y mi corazón

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La memoria se pierde. ¿Sabe la dama que alguna vez fue peón? Recordar nos emociona y a la vez nos reduce a un estado de melancolía. Nos permite ser quienes somos y es tan natural decir «soy yo» que no hay espacio para lamentar el conjunto opuesto, el de todo aquello que no recordamos. A veces no lo hacemos porque hemos construido murallas para evitar el dolor, pero otras son desmemorias orgánicas. Terrible, la degeneración del yo, la pérdida de la persona que fuimos, nódulos amiloides corroyendo el cerebro, destruyendo la memoria, el ayer, el hoy, el mañana. Un niño pequeño de apenas siete años caminando por las calles de Brooklyn de los años cuarenta, viajando solo en tranvía. Acaba de terminar la guerra. El soldado besa a la enfermera. Todo será pasado. Escuchemos a ese niño.

El tranvía 5060 sobre el Puente de Brooklyn en 1945. Foto: New York Transit Museum (DP).

La memoria desata tormentas demenciales, abre cielos turbios y, a la vez, despierta corazones henchidos e ilumina mañanas verdaderas. Es un todo en uno. El peso del recuerdo trae sabores y peces espada que cruzan el alma de las sirenas que habitan las corrientes del Atlántico. Son soles de las estaciones urdiendo historias. La mayoría tan inciertas que quizás nunca sucedieron; la realidad del pasado no existe en nuestro presente.

Resulta trivial, pero el presente (que será el pasado) es real ahora, mientras lo vivimos, pero llegará un instante en que se convierte en algo lejano y confuso. ¿Cuándo deja de ser real? ¿En qué momento el recuerdo es solo eso, recuerdo, atisbos de algo que quizás sucedió, quizás no? Lagunas asomándose al vacío de la mente. Cierro los ojos. Veo un tablero. Los cierro más. Se puebla de piezas. Aún más y el niño sabe moverlas y pronto le gana a su hermano mayor, a su padre. Promesa de la primavera, sin barcos que lo lleven a navegar.

Ahora es Madrid, que es pasado. Un dibujo. Una elipse. Una radio, futura sombra. Un estallido metálico, lejanía de mares, calles sinuosas, árboles de tilo, pseudoacacias triacantadas en el jardín botánico. Un libro abierto en la cuesta de Moyano. Sobre un banco de piedra, sentado, esperando los días, susurrando a las noches del Retiro de un Madrid temprano. Y entonces, en ese tablero, con esas piezas y no otras, comienza la partida. El pasado, el presente y el futuro. Los ojos se abren y con el pensamiento siguen el movimiento, como una pieza de ajedrez.

Koltanowsky y Najdorf podían jugar decenas de partidas a la vez sin mirar los tableros, simultáneas a la ciega. Hace unos meses, el jugador húngaro GM Timur Gareev jugó de esta manera ni más ni menos que cuarenta y ocho partidas a la ciega al mismo tiempo, subido a una bicicleta estática. Ganó treinta y cinco, perdió seis y empató siete. Prodigios de memoria, todo en el cerebro, cada partida, cada jugada, cada variante, cada plan, cada amenaza. La memoria crea espacios, cada partida jugada es un pedazo de la imaginación del jugador. No existen, son simplemente destellos sinápticos.

¿Qué hacer delante de ese tablero pasado que ya no existe o de aquel que existirá en el futuro y que hoy solo es una posibilidad, una certeza de lejanía?

Hay que arroparse de esas certezas, hay que saber arrastrarlas por el fango, tomarlas por delante y atacar. El futuro, la radio, todo será cierto, pero diferente. Verse en el futuro delante de un tablero, moviendo las piezas, cavilando, la mano inquieta, pensando en el desastre que acecha. Y entonces. Entonces.

Como una pieza de ajedrez, me inmolaré recordando a los ausentes, espejos del alma, proyectos abstractos, ideas inacabadas, trampas inoportunas, vidas maltrechas, heridos de la calle, hermanos de leche, de sierpes, de arenas, de vicios, de histéresis inconclusas.

Como una pieza de ajedrez, recorreré el espacio, punto por punto, estación por estación, estrías de barro bajo los pies, andaré por caminos trazados de profundidades insólitas.

Como una pieza de ajedrez, soñaré el sueño del poder, de la venganza, de la tragedia, del mito de Sísifo, de Penélope tejiendo sus telas inacabables. De Ulises volviendo y revolviéndose sobre las entrañas de las harpías.

Como una pieza de ajedrez, atravesaré el espejo y esperaré a que todo lo que pueda suceder, suceda. Opondré mi mirada a la mirada de mi oponente; sí, mirada frente a mirada, voluntad frente a voluntad, yo quiero, yo puedo, tú quieres, tú puedes.

Como una pieza de ajedrez, encontraré el pensamiento y en la razón no solo al otro, al que está al otro lado del espejo, sino a mí mismo: mi realidad aumentada por la realidad del otro, mi voluntad contrariada por la del otro, la lucha de contrarios, la del mundo contra sí mismo.

Como una pieza de ajedrez, me tumbaré sobre la arena con el alma prendida de un duende, de una doncella fantasma, del espíritu de un corcel cuatralbo, enterrado en el mar. La poesía de los poetas inundará los días.

Como una pieza de ajedrez, saborearé el alma, me esconderé de los astros, de los animales, del peso de las nubes en el cielo, de la escarcha fresca de la mañana, del estruendo de los aviones que estremecen la sutil materia de las palabras heridas de azul.

Como una pieza de ajedrez, del juego, con el juego, hervidero de preposiciones hasta/hacia/para/por el juego, en donde nos reconocemos humanos donde nos vemos jugando con Alicia, persiguiendo personajes de feria, paradas de monstruos, reinas furiosas, sombrereros locos, sombras colosales que nos acechan al otro lado del espejo.

Como una pieza de ajedrez, moveré el mundo, desollaré la carne viva, la sangre de los héroes, el grito de los inocentes, la bestia de colores imposibles. Entraré al reino donde todo puede suceder.

Como una pieza de ajedrez, buscaré la belleza del sacrificio inopinado, la burla de las posiciones finales: un peón por aquí, una torre por allá, todo inútil; el rey abatido por las huestes contrarias en una tragicomedia shakespeariana.

Como una pieza de ajedrez, amaneceré en tu cama listo para comenzar el día, el café calentando hasta la última célula de nuestro ser. El silencio, el tumulto, lo aprendido y lo desaprendido, la sonrisa, porque somos ya uno ahora aquí, en el presente que será pasado cuando lleguemos al futuro.

Como una pieza de ajedrez, dejaré que el vuelo de los pájaros trace una curva, una parábola y una elipse entre el sol y mi corazón: migración tras migración desde un bosque oscuro hacia un oasis de aguas limpias y estivales.

Brooklyn ya no tiene tranvías. El niño sigue buscando el camino a casa. No, nunca podremos volver a escondernos en el jardín botánico. Todo esto para mover un peón hacia el abismo.

One Comment

  1. En tiempos del mundo light que nos toca, escribir como tú lo has hecho “a corazón abierto” conmueve e invita a iniciar un viaje interior. Hermoso texto.

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