Vicente Verdú: «En España hay un cambio de valores»

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Los cinco edificios de la Ciudad de los Periodistas levantados por la Asociación de la Prensa de Madrid hace décadas muestran cuán precaria es la situación de los “plumillas” hoy día. Pocos de los trabajadores procedentes de Ciencias de la Información y derivados podrían costearse un piso en esta zona de Madrid. Entonces eran menos y la profesión de periodista una conjunción de tópicos donde la noche y la mala vida hacían del diario un lugar romántico y lleno del ahora perseguido humo. Muchos de esos lugares comunes estaban justificados, desde luego, y en ellos se curtió Vicente Verdú; escritor, doctor en sociología por la Universidad de la Sorbona y uno de los vecinos de la Ciudad de los Periodistas. En su casa nos recibe el que fuese jefe de opinión y jefe de Cultura de El País y escritor de una nutrida obra que cuenta con los premios Espasa y Anagrama de Ensayo en su haber. Con «Noviazgo y matrimonio en la burguesía española», «El fútbol, mitos, ritos y símbolos», «El estilo del mundo», «No ficción» o «El capitalismo funeral», Verdú se ha consolidado como uno de los analistas más prestigiosos de la sociedad actual y de sus transformaciones.

Unos meses antes de la realización de esta entrevista, Vicente Verdú había concluido precisamente una serie en el periódico donde mostraba la experiencia acumulada durante sus vidas de un conjunto de personas destacadas en su campo, como el novelista Umberto Eco, o el primer Nobel africano, Wole Soyinka, entre otros. Era el momento de extraer su experiencia, partiendo justo de esa serie de conversaciones que mostraban algunas características peculiares.

Vicente Verdú: Las entrevistas que he hecho últimamente han sido siempre entrevistas en las que solamente ha hablado el entrevistado (ríe). Apenas les he hecho un par de preguntas y ellos se han enrollado. Hay poco desbarajuste. La mejor entrevista es la que se deja hablar al entrevistado. Y en un clima en el que esté a gusto. Y que la pregunta sea sensata, cabal y cerca de sus intereses o ideas. Así fue muy sencillo.

Me llamó la atención que en estas entrevistas preguntase por cuestiones poco habituales, como el estado de salud, que incluso en otros contextos podía considerarse fuera de lugar o una relativa impertinencia. Como pequeña venganza de sus entrevistados me atrevo a preguntarle por la suya:

Les preguntaba naturalmente porque estas gentes ya no son jovenzuelos y la salud les resulta determinante. Y después porque yo creo que afecta mucho a la gente, hablábamos de cómo estaban y así no parecían personajes esculpidos en mármol, sino seres humanos que no lo pasan bien tanto por cuestiones físicas como por cuestiones morales. También les preguntaba por su pareja, hijos, estado de felicidad…

En este caso, centrándonos en la salud, parece que asistimos a una contradicción. Por una parte hay un celo enorme en su cuidado –haga deporte, no como esto, cuídese, no fume- y por otra la sociedad de consumo, muy centrada en el ocio, impele a salir a la calle y comer, beber, drogarse…

Todo es un proceso. Cuando no se sabían los males que causaba el tabaco no había tanto énfasis en las prohibiciones sobre fumar. En cuanto a la bebida se ha descuidado por una cuestión cultural. Los alcohólicos dicen que el alcoholismo es una enfermedad perniciosa, incurable y fatal. Comprarse un tetra-brick de vino es muy sencillo en comparación con tomar cocaína o heroína, que ya es más caro y complicado, hay que quedar con el camello… y además ha habido una mítica sobre el creador bohemio de salud destruida, bien por enfermedades que no podía evitar, como la tuberculosis, la sífilis etc., o bien por alguna adicción que potenciaba en teoría su talento. Casi siempre era una adicción al alcohol. Pero creo que para escribir hay que estar fuerte, bien físicamente. Y ya en el siglo XX esto va cambiando poco a poco con la preocupación por ejemplo por la higiene o el deporte. La contradicción se produce sobre todo por la exaltación del consumo como un presente continuo, o sea, vamos a disfrutarlo al máximo, vamos a tomar drogas… Y eso choca con los conocimientos científicos acerca de la salud. Se sabe que el tabaco o el alcohol acortan la vida, y la acortan bastantes años.

¿Cree que la prevención contra el tabaco puede extenderse en la misma medida contra el alcohol en breve? Por cierto que no estamos haciendo mucho caso de la teoría [amablemente Vicente Verdú nos ha ofrecido en su casa un pequeño aperitivo acompañado de vino y cerveza]:

(Ríe) Lo que pasa con el tabaco es que ha habido muchos intereses que han permitido que sortee ciertas tendencias en contra. En Estados Unidos llevan 30 años de pleitos contra las tabacaleras.

Antes comentaba que para escribir es necesario estar fuerte. No ha sido por tanto usted un escritor con botella de absenta al lado.

Yo he sido un deportista siempre. Me ha gustado hacer deporte en todos los campos. Y claro, en unas épocas te encuentras mejor y más despejado que en otras, depende.

Con respecto al deporte ha realizado algunos estudios sobre simbología del fútbol, cuya importancia aparente parece haberse disparado. Por ejemplo acaparando la información de lo que antes se consideraba el telediario. Y así en muchos otros aspectos.

El fútbol es una cosa que está en relación con todo el consumo de lo que ahora se llaman productos culturales. Está en relación con el videojuego en cuanto que no tiene un fin prescrito. No es la novela o el cine, donde sabes que ya hay un único fin escrito previamente. En segundo lugar está la participación. En el fútbol se interactúa. El público asistente participa de un ambiente determinado en el campo. Y por último es un asunto muy gratificante en cuanto a vivirlo con los demás. A la gente lo que más le gusta es la gente.

Ha comparado el fútbol al videojuego, otro campo que ha crecido muchísimo y ha trascendido a su propio mundillo de hace unos años. Tienen detrás guionistas o directores comparables a los de las películas en el sentido clásico y también la edad media del jugador ha crecido. Los videojuegos eran cosa de niños y adolescentes. Hoy también de adultos.

España es un buen productor de videojuegos. Yo he visto empresas de videojuegos por dentro y tienen a cien personas trabajando. Y están trabajando, si lo comparamos con el cine, en vestuarios, en ambientación, en la interpretación –en este caso animando a los personajes- … un buen videojuego es un producto muy complejo. Mucho más complejo que el cine.

Junto a ello también ha cambiado la percepción exterior del jugador de videojuegos. Hasta hace no mucho un persona adulta que jugase a un videojuego podía ser tachada de crío, de infantil.

Eso ya me parece un asunto anacrónico. Seguir así… es como cuando empezaba la televisión en España. Y años después los intelectuales seguían diciendo que era la caja tonta. Tontos son ustedes. No se daban cuenta de la importancia que tiene la televisión en todos los aspectos. Y hablo de aspectos que debían de interesar a los intelectuales, como estar informado sobre lo que sucede en el mundo y por tanto tener conciencia del mundo. Ahí crece una cierta solidaridad con otros lugares. También permitía que la familia se reuniese en torno al aparato. Y entonces los intelectuales decían que la televisión desunía a la familia. Ahora, cuando tenemos una conexión a internet en cada habitación nos damos cuenta que la televisión estaba más relacionada con el hogar. La familia estaba junta, se comentaba la película que se estaba viendo. Todos esos tópicos se lanzaron contra la televisión porque era un producto nuevo y porque estábamos inmersos en aquello que Umberto Eco llamaba apocalípticos e integrados en la cultura de masas.  Lo que para unos era democrático para otros era la degradación de la tradición de la cultura. Creo que seguir aplicando este tipo de críticas, ahora al videojuego, ha quedado desfasado.

Por lo que ha dicho nos encontramos con una Internet que te conecta con alguien de Australia pero pone un muro con respecto a tu padre, tu madre, tu esposa etc., al menos en comparación con esa reunión que antaño permitía el televisor puesto en el salón. Aunque supongo que no será para tanto.

Bueno, no es el demonio que haga el mal en todos los aspectos (ríe). Si la gente quiere estar en su habitación con su conexión a internet y no juntos es porque no interesa estar juntos. El padre es un coñazo, la madre ya se pasa de ella, al hermano no lo aguantas. La familia siempre ha sido bastante difícil, pero cuando ya se ha visto que uno se puede quitar de encima muchos coñazos… pues se los quita.

La familia es otra de las cuestiones que trata con frecuencia, sobre todo en relación a un modelo de familia cambiante. Antes muy unido y ahora disgregado. Sobre todo porque se tienen varias parejas a lo largo de la vida y ese núcleo familiar va evolucionando.

Esto ahora mismo en España se está viendo con mucha claridad. La familia siempre ha sido muy importante en España, pero en estos momentos en los que hay desempleo, la gente está hipotecada, se encuentra con deudas, lo han echado de casa o lo han desahuciado… pues la familia cobra ahí un nuevo valor, un valor de servicio muy importante. Pero de servicio. No estás regresando a casa porque buscas el amor de tu padre y de tu madre sino porque buscas un techo o un plato de sopa.

Debido justo a la crisis quizá este choque sea más agresivo en España o en otros países del ámbito mediterráneo, más proclives en cierto modo a ese concepto de familia tradicional unida, que en otros países.

Aquí ha pasado lo que ocurre en países con una cultura rural más presente cuando hay un choque así. La familia extensa era más corriente. En los medios urbanos la familia es más mononuclear: el padre, la madre, los niños y ya está. Si a eso añades por ejemplo que en Estados Unidos el joven que termina la high school se va si puede hacerlo con o sin beca a una universidad que escoge siempre lejos de casa… y mientras aquí diciendo “ah, pobre chico que tiene que irse de Alcoy a Valencia a estudiar porque no hay universidad en Alcoy”. Todas las ciudades españolas de al menos 50.000 habitantes tienen universidad. En Estados Unidos existe la posibilidad de quedarse también, pero la gente no quiere quedarse cerca de casa, quiere emanciparse. Es lo que vemos en las películas. Terminan el bachillerato y esa noche misma, tras la fiesta de graduación, los chicos jóvenes se van a una residencia en la playa o a un hotel, se acuestan con la novia o con la amiga y ahí se establece un corte, un rito de paso. Los chicos empiezan a buscarse la vida por su cuenta, a lo mejor no del todo pero a veces sí. Se pagan la matrícula de la universidad mediante un crédito que pagan después. Y son gentes que vienen educadas de antes de la adolescencia en todo esto de buscarse la vida. He vivido en Estados Unidos y he visto a los chicos de 12 años ganándose su dinero vendiendo por ejemplo bocadillos por las casas. O se ofrecían para recoger las hojas de los jardines o calles cuando llega el otoño. O la nieve en invierno. Aprendían a ganarse la vida.

Sí parece que en ese aspecto, aunque no con gente tan joven, sí que se ha progresado algo. Por ejemplo con becas como Erasmus.

Sí, todavía no de una forma parecida a la de Estados Unidos, pero sí. Cada vez los jóvenes poco a poco tienen menos miedo a salir por ahí y establecer relaciones. Muchos no tienen inconveniente después de la carrera en aprender idiomas en otro país mientras trabajan de camareros. Se va cambiando poco a poco.

Esa cultura del esfuerzo, por llamarla de algún modo, viene con retraso.

En Estados Unidos es que no viene de ahora. Hay que darse cuenta de que es una escala de país que no tiene que ver con la nuestra. Aquí la gente pone reparos por irse a trabajar a Alcobendas cuando antes tenía el trabajo en el Paseo de la Castellana. En Estados Unidos se van a miles de kilómetros de casa y no pasa nada. Luego no se ven. El irse significa no verse, estar más aislados, no conocer a nadie.

¿Cómo cree que puede afectar todo esto al ámbito económico? Sobre todo ahora que la crisis hace más significativas estas diferencias que comenta.

También hay que tener en cuenta que muchas veces estas diferencias están aumentadas porque aquí no hay trabajo. Eso de incorporarse a los trabajos con treinta y tantos  años es porque antes seguramente no ha habido oportunidad. Este es un fenómeno que está ocurriendo. Por otra parte las cifras señalan a España como el tercer país donde hay más fracaso escolar. Y más abandonos antes de concluir el bachillerato. Antes de la crisis muchos jóvenes dejaban los estudios y se ponían a trabajar en una playa o en la construcción. Se han ido de casa y han ensayado una vida independiente. Esto ha fracasado con el desplome de los sectores turístico e inmobiliario.

Estábamos hablando de crisis y durante meses se señala constantemente una especie de culpables abstractos. Uno los mercados. Otro los valores, en relación a una constante mención a crisis de valores, pero también  de una forma muy abstracta.

Se han perdido unos valores y se han ganado otros. Hay un recambio de valores. Antes la fidelidad se consideraba un valor positivo y la infidelidad negativo. Eso hoy día significaría tener el mismo coche, la misma pareja, la misma casa toda la vida y morir en el nicho de tus padres. Cosas que antes se consideraban positivas hoy no lo son para una sociedad más dinámica, más cambiante. Antes una cierta adaptabilidad se podía considerar como falta de principios. Ahí está la famosa frase de Groucho Marx: “Si no le gustan mis principios tengo otros”. Había unos principios a marchamartillo. Hoy unas ideas preconcebidas muy fuertes pueden convertirte en una persona con dificultades para cosas como la que hablábamos, cambiar tu lugar de residencia. O para aceptar a otras culturas. O para asumir nuevos modos de vida o a otras relaciones. El mundo se ha mezclado mucho y no puedes seguir aferrado a unos principios y unas costumbres.

Da la sensación de que todos estos cambios están sucediendo muy deprisa. Aunque claro, esa misma impresión podía tener alguien en el siglo pasado, el anterior o el anterior.

Hay un libro que me gusta mucho, lo estoy leyendo estos días. Se llama Años de vértigo. Así se llamó a los primeros años del siglo XX. Apareció el coche, apareció la electricidad, apareció la aspirina, apareció la bicicleta, el psicoanálisis, las vanguardias artísticas. También son años contra el régimen tradicionalista y severo procedente de la época victoriana. Llegan el valor del deporte, de las mujeres. Fueron años de vértigo. Algo que está sucediendo ahora con el nacimiento de un nuevo mundo: el ciberespacio. El ciberespacio es una realidad paralela que lo trastorna todo.

Sin embargo hay una conciencia clara de que ese cambio se está produciendo. De participar de él tras verlo nacer.

Bueno, ya la primera guerra mundial se explicaba como el colofón de un cambio de época. La segunda fue una réplica de la primera. Desencadenó después las revoluciones anti-colonialistas. Y la CÍA. Todo esto hizo vivir aquella época como una época extraordinaria. Después apareció la crisis del petróleo, que hizo dudar de que el progreso tuviera una continuidad. Y si uno quiere más llega la caída del Muro en el 89 y un tiempo en el que se pensó que vendría una época de prosperidad continuada e interminable, que los ciclos habían desaparecido, que no habría más depresiones… y catapum. No ha faltado diversión y amenidad (ríe). Yo creo en la nuestra es muy razonable llamarla época nueva porque una cosa muy importante para los seres humanos son los seres humanos, como he dicho antes. La gran revolución de esta tecnología de ahora es la información y la comunicación. Ya no son las amebas ni los cohetes espaciales, ni la física cuántica. Nos estamos refiriendo a los seres humanos.  Todo esto está haciendo vivir a la humanidad por primera vez en su historia como una unidad. Por eso resulta menos soportable que la gente pase hambre, que sufran injusticias, que haya ablación del clítoris, que haya una hambruna, que no haya dinero para medicinas que curan enfermedades que ya están resueltas en el mundo avanzado, como la viruela, la malaria o el sida… en fin. Lo resumiría diciendo que es la toma de conciencia de una humanidad única y de unos derechos iguales para todos. Ahora llega la agitación en los países islámicos. Se pensaba que el islamismo iba a ser la alternativa a Occidente y ahora resulta que no querían luchar por imponer el islamismo en el mundo, sino combatir de una forma exasperada contra esos regímenes dictatoriales.

Y paradójicamente en un mundo lleno de tecnología de la información y la comunicación nadie ha sido capaz no digo ya de prever sino de al menos intuir que se iban a producir las luchas de esta forma.

Es lo que tiene el futuro, que está lleno de elementos impredecibles (ríe).

Intentemos hacer una predicción además llevando el futuro de nuevo al terreno individual, al envejecimiento, que sirvió de punto de partida para esta entrevista. ¿Qué cree que va a ofrecer este mundo unitario a los más mayores? No faltan las voces que constantemente recuerdan que todo va fatal para los ancianos.

Yo creo que el porvenir no traerá consecuencias negativas para las personas mayores sino al revés. El porcentaje de personas mayores se va incrementando, llegará a superar el 30% dentro de poco. Los partidos políticos, como ya sucede en Alemania, irán estando cada vez más atentos a sus demandas, igual que el consumo. La música, la moda…

Ya se habla desde hace tiempo del desarrollo de drogas adecuadas a esa edad. Ya nada de chinchón y dominó.

(Ríe) Sí, yo creo que esa temporada de la juventud como patrón de todas las cosas, ese énfasis en la juventud que hay desde los 50 y 60, aunque empezase antes, pero fue ahí donde se potenció, pues todo eso ha ido en declive porque la pirámide poblacional ha visto como bajaba la natalidad y la gente mayor aumentaba.

¿Dónde queda la muerte en esta sociedad de consumo? Parece que no tiene lugar. Salvo para las empresas funerarias.

La muerte no tiene lugar para nadie (ríe). La única muerte que podía soportarse era esa muerte que mandaban las pestes. Entonces la muerte era un fenómeno natural como si nevara o saliera el sol. Pero desde haca ya mucho tiempo es tan sólo una tragedia personal.

 

Fotografía: Jesús Llaría

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4 comentarios

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  2. Verdú parece hablar de la televisión anterior a las privadas. Desde luego que era una maravilla en comparación con la cloaca pútrida que es ahora, pero olvida que, mucho antes del ordenador en cada cuarto, había un televisor en cada cuarto. Y, diga lo que diga, siempre será mejor un medio de comunicación interactivo que la caja oligofrénica y unidireccional.

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