
Uno de los aspectos más asombrosos de la sexualidad humana es su creatividad inagotable. Hay otras especies, naturalmente, que muestran rasgos de inventiva. En El anillo del rey Salomón, Konrad Lorenz habla de un pavo real blanco del zoo de Schönbrunn, en Viena, que poco después de la primera guerra mundial se enamoró de una tortuga gigante de las Galápagos, a la que cortejaba sin descanso mostrando el abanico de sus plumas. Uno imagina al pavo temblando en un estado de excitación permanente, y preguntándose cómo podría acoplarse con aquel enorme reptil de caparazón blindado, sin apenas fisuras.
De modo semejante, en su libro El zoo humano, Desmond Morris cita a un diminuto mono ardilla que convivía en otro zoo con un gran roedor, una liebre saltadora de El Cabo, que era unas diez veces mayor que él. Con gran intrepidez, el pequeño mono solía abalanzarse sobre el lomo del roedor dormido y emprendía los movimientos copulatorios de rigor. Lejos de avenirse, la liebre saltadora hacía honor a su nombre y brincaba por toda la jaula, hasta que conseguía desprenderse del ávido mono.
Dice Morris que, a falta de un compañero adecuado, un animal cautivo puede intentar, virtualmente, copular con cualquier objeto que esté a su alcance. Y menciona el ejemplo de una hiena solitaria del zoo de Londres que se apareaba con el plato circular de su comida, colocándolo entre sus patas posteriores y haciéndolo rodar rítmicamente de un lado a otro.
Yo mismo he visto a un erizo común encerrado en un recinto, que montaba una piedra redondeada y se frotaba con ella bajo la luna, al tiempo que emitía unos gemidos muy semejantes a los humanos.
Los anteriores son ejemplos de animales enjaulados, que desarrollan esas conductas sustitutorias a falta de los estímulos habituales. Lorenz considera que el caso del pavo no tiene remedio, y comenta al respecto: «Es típica la irreversibilidad de este curioso proceso de fijación de la vida instintiva en un objeto determinado». Morris, más optimista, asegura: «En cuanto el estímulo natural es introducido en el medio ambiente, el animal vuelve a la normalidad. En los ejemplos que he mencionado, los machos volvieron inmediatamente sus atenciones a las hembras de su propia especie cuando estas estuvieron a su alcance. No estaban atrapados en sus sustitutos de hembras».
Morris pretende también que la especie humana está mucho mejor equipada que las demás para resolver, mediante la masturbación, el problema de la ausencia de un compañero, y menciona la zoofilia como otro recurso posible. Considera que es más frecuente de lo que parece y establece un paralelismo entre los zoos y las grandes concentraciones urbanas, donde en su opinión todos nos encontramos cautivos. Quizá haya algo de eso, y en el fondo nos parezcamos más al pavo de Schönbrunn o al pequeño mono ardilla de lo que sospechamos.
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Algunos de los casos de «Psychopathia sexualis» están dibujados por el gran Rober Crumb, lo que añade, si cabe, más perversión al asunto. Para no perdérselos…
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exelente. si es posible, envienme material a mi mail
Dinintel, podrías referir hacia algún link, estuve buscando pero no encuentro las ilustraciones de Crumb para Psychopathia sexualis
Qué buen artículo. Parece un cuento de ficción que parece un artículo real. Me recordó un poco al estilo de algunos cuentos de Borges; esos cuentos de estilo ensayístico, y que hablan sobre libros que no existen.
¿Existe alguna forma de encontrar el libro en internet?