Crónica del FICXixón 49 (I)

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Leía en algún periódico local que Ángel Sala, el director del Festival de Sitges al que cuatro listos quisieron enviar a la horca por programar una película en la que un serbio gordo viola a una muñeca de Famosa, comentó lo envidiable del cartel de la 49 edición de FICXixón. No le faltaba razón al hombre. FICXixón es ese evento cinéfilo que se aleja de la pomposidad impostada de otros certámenes y prefiere apostar por el amor al cine, por educar la retícula del espectador y sobre todo invitarle a sentarse para amar u odiar las propuestas menos mainstream del panorama actual.

Cuenta la leyenda que José Luis Cienfuegos es una semideidad indie que se pasa el año masticando películas para luego contemplarlas proyectadas en su lóbulo frontal. La realidad es que es la cabeza visible de un equipo admirable que se encarga de construir casi artesanalmente y con un mimo envidiable una cita anual que está a punto de cumplir el medio siglo. Un certamen de cuyas riendas se hizo cargo Cienfuegos en el 95 tras muchos vaivenes y etapas de remodelaciones. No en vano el origen del festival era un evento, Certamen de Cine y Televisión para Niños, que 49 años atrás combinaba cine e infantes iniciando su existencia con, agárrense, la proyección de Las aventuras di Topo Gigio. Para después alejarse del target preadolescente y pasar por las manos de Aladino Cordero, de forma extraordinariamente breve, y Juan José Plans, quien lo mediatizó con una fanfarria de estrellas hasta llegar al director actual y su equipo, responsables de un viraje hacía lo alternativo y menos obvio (pero en absoluto falto de calidad) que además vino acompañado del reconocimiento popular y profesional. Incluso se permiten un elegante detalle en una de las secciones actuales del festival, concretamente Enfants terribles, al mantener vivo el espíritu primigenio del evento enfocando una programación destinada al público de menor altura como objetivo principal. Y sin tratarles como idiotas.

La cita

Comenzaré aclarando algo, en la redacción de Jot Down Magazine son todos bastante elitistas y suelen darme de lado, entendiendo por “dar de lado” que muy a menudo me señalan y murmuran entre ellos, que de vez en cuando alguien se acerca a mi despacho a tirarme unos cacahuetes y que durante mi cumpleaños consideraron por votación que lo que más ilusión me haría sería un plato de sopa caliente y compañía femenina de pago. La sopa me la comí, pero a la cabra no me la tiré por guardar las formas. Es por todo esto que mi propuesta de acudir como enviado especial a ver que estaban cocinando en Gijón durante esos días fue recibida con aplausos, vítores, lo que creo que era una garrafa de champagne y un par de disparos al cielo. Nueve días de proyecciones nonstop significaban nueve días que los compañeros de redacción me tendrían lejos de la oficina. Y por tanto lejos de ellos.

Ignorando cualquier motivación perversa de mis compañeros y alentado por vivir una maratón cinefílica, acudí raudo a la flamante Gijón y me presenté formalmente ante las oficinas de la organización del FICXixón. Tras cuatro días haciendo calvos frente a su ventana, una persona se dignó a salir para preguntarme educadamente qué podía hacer por mí para que me fuese de allí.

Acreditado oficialmente, gritando como un desquiciado, con el pase de prensa en la mano alzada y sujetándome los pantalones con la otra  atravesé la ciudad a velocidad superlumínica para consumar mi cita con la pantalla.

FICXixón 49 acababa de empezar.

A partir de esta línea, cine y más cine, la selección de películas a las que Jot Down Magazine se enfrentó, a pelo y con mayor o menor fortuna.

Devorando cine

Dicen que Richard Ayoade, aquel que en televisión encarnara al gran Maurice Moss en la divertidísima The IT Crowd, no solo sabe dirigir videoclips (Super Furry Animals, Vampire Weekend, Kasabian) sino que se atreve con el largo y me dispongo a comprobar si la inmersión vale la pena. Submarine es su carta de presentación, adaptando la novela de Joe Dunthorne. Protagoniza Craig Roberts, un chico que parece hijo bastardo de una unión impúdica entre el protagonista de Harold & Maude y el cantante Alex Turner de los Artic Monkeys (quien, todo sea dicho, compone la banda sonora), encarnando a Oliver Tate, un chaval de Wales creciendo en aquellos maravillosos ochenta mientras trata de perder la virginidad, intenta no perder a su novia e investiga si su madre se pierde en los brazos de un gurú new age. Ayeoade se monta una fiesta con la cámara y nos invita aunque paga Ben Stiller, despega a lo loco sobrado de ritmo, sorprende con mucho humor a base de polisílabo resabiado y demuestra un gran sentido de la composición visual apoyándose en una genial fotografía y una planificación de estilo para nada avergonzada de las moderneces que le inspiran, plagándola de despuntes de ingenio a la hora de contar la historia. Fresca, muy recomendable y poniendo cualquier futuro proyecto de Ayeoade en el punto de mira.

Como no temo a nada ni a nadie, me adentré en el ciclo Géneros Mutantes donde proyectan Rubber, brutal marcianada de Quentin Dupieux, el electro-músico detrás de aquel peluche llamado Flat Eric que hacía headbanging al ritmo de Flat Beat, artista que cuando no está pinchando o remezclando con sistemas analógicos se dedica a sentarse detrás de una cámara y desbocar un montón de demencia delante de la misma. Rubber es al mismo tiempo un thriller, una cinta chusca de serie B, una crítica al cine mainstream y en general una locura. En la escena inicial un coche derriba una serie de sillas en un desierto, un sheriff sale del maletero y agarra un vaso de agua para luego escupir un monólogo de presentación delirante: “En ET ¿Por qué el extraterrestre es marrón? Por ninguna razón. En Love Story ¿Por qué los protagonistas se enamoran? Por ninguna razón […] La película que van a ver es un homenaje al ‘Por ninguna razón’”. El protagonista de Rubber es una rueda que se despierta en un vertedero y se aficiona a reventar cabezas con el poder de su mente. También le gusta ver la tele.

Rubber es graciosa a ratos, tediosa a ratos, un vídeo de Fat Boy Slim de 85 minutos, un chiste de una sola nota, una destrucción del blockbuster y la road movie, un anticlímax continuo que se ríe de lo establecido por el cine común. Una genialidad o un timo dependiendo de la persona. En la propia película hay una audiencia que contempla, y comenta, la historia desde la distancia y a través de unos prismáticos, hay personajes que dejan de actuar cuando creen que no están siendo observados y el plano final es toda una declaración de intenciones. En la sala de cine un chico aplaudió maravillado, un grupo de chavalas gritaron “¡Qué estafa!” y una octogenaria alcanzó la catarsis, levitó sobre las butacas y dio a luz a un triciclo. Por ninguna razón.

Nueve y media de la mañana, pase de prensa para Play. Obra del sueco Ruben Östlund a quien algunos ya han comparado con Michael Haneke y Roy Andersson. Ciertos comentarios ponían la obra por las nubes. Basada en sucesos reales ocurridos oficialmente más de setenta veces en Gotemburgo hará unos pocos años. Un grupo de chavales negros abordan a dos chicos en un centro comercial y con la excusa de querer recuperar un supuesto móvil robado comienzan un cruel juego psicológico, un bullying de pandilla que degenera en una especie de secuestro en el que los cautivos son sometidos a absurdas peticiones. Östlund se abraza a la cámara más estática, apuntala el plano fijo colocando al espectador como observador casual en vez de dictarle lo que tiene que mirar. Historia a base de secuencias largas no aptas para los más impacientes y acostumbrados a las reglas del cine más convencional, un casting de chavales que bordan de manera espectacular sus roles y una frustrante sensación de rabia por empatía con los acosados. Notable. En una escena un chico se defeca de miedo, literalmente y de forma visible, en ese mismo momento alguien abandona la sala indignado por lo explícito de la imagen. Por lo visto hay gente cuyo intestino grueso es una fábrica de flores.

Proyección de Hollywood Talkies, documental de sesenta minutos de Óscar Perez y Mia de Ribot que pasó por el festival de Venecia. El punto de partida promete: la historia de un grupo de actores y actrices españoles que se encaminaron a Hollywood para re-rodar versiones de las grandes películas de estudio sustituyendo a los actores americanos con el fin de atrapar el mercado hispano. Se ve que en la época faltaba aún tiempo y neuronas para que alguien en la meca del cine se diese cuenta de que era más fácil doblar las películas que rehacerlas. El mediometraje es curioso pero no cala: voz en off, planos fijos de paredes, plantas y ventanas, mucha pausa e imágenes estáticas de los protagonistas. La ausencia de extractos de las películas y sus versiones duele un poco y los directores se explican: “Teníamos muchas fuentes, pero sólo elegimos los retratos. Eso es porque los retratos miran directamente al espectador, le increpan”. A mitad de la proyección me planteó comenzar un posiblemente fructífero negocio de mercado negro de cafés cargados entre la audiencia. “Es austera pero muy sensorial.”. Pues vaya. Las anécdotas narradas tienen miga y gracia pero escucharlas mientras te muestran un seto meciéndose al viento, por mucho que ese seto lo hayan ido a rodar a Los Angeles, no funciona tan bien como debiera.

Pase de prensa de L’Apollonide de Bertrand Bonello, a quien se le dedica un ciclo este año. Dos horas en un burdel parisino es una excusa perfecta. Para una película también. Bonello se busca un interesante reparto femenino para desnudarlo y a ratos encorsetarlo en una especie de desfile de lencería mientras cuenta las perversiones varias de las meretrices en ese puticlub sin ventanas del siglo XX. Una de las chicas envía vello púbico a sus amantes cuanto quiere finiquitar la relación, uno de los clientes se lleva una pantera negra al burdel como quien lleva su gato a una fiesta, el director se atreve con anacronismos musicales en forma de bailes al son de canciones sesenteras, la sífilis aletea por ahí y diferentes roles son asignados a las protagonistas (la joven virginal, la drogadicta, la exótica). Bonello lo pinta todo muy bien saltando en lo plástico de Delacroix a Renoir (en ese respiro en forma de escena de campiña) y contraponiendo la pomposidad con las frías habitaciones en las que las protagonistas se esconden para descansar y abrazarse. Lo malo es que el guión carece de algo realmente interesante e invita al bostezo varias veces. Cuando Bonello se casca un par de escenas sangrientas de manera repentina, y sonora, media sala chilla de forma exagerada y noto el seísmo de butacas. El personaje desfigurado brutalmente podría tener sus ecos de aquel expresionismo alemán de El hombre que ríe, pero uno tiene más reciente El caballero oscuro y no puede evitar pensar que la chica mutilada lleva un cosplay muy currado de Joker. Tramas que desembocan en obviedades (incluida una venganza felino mediante) y un plano fantasioso que redefine muy a lo bestia el concepto de llorar como forma de expeler fluido corporal. Durante dicho clímax porno-lacrimógeno un espectador cercano (que previamente al comienzo de la proyección se había pasado diez minutos enumerando a cuanto famoso conocía en el mundillo) mostraba su inconformidad llevándose las manos a la cabeza, hundiéndose en su butaca y repitiendo el mantra “PeroporDiosquebochorno”. A un servidor aquella salida de madre no le desagradó en exceso y en cambio sí que encontró más lamentable el cerrar la película con una metáfora chusca alejada de la época del filme. Algún aplauso inexplicable. Minutos después de abandonar la sala visualizo mentalmente al espectador abochornado comentando el mal rato vivido por la infamia de película junto a un grupo de caballeros de monóculo y chistera que asienten entre ellos y arrojan whiskys muy enfadados a una chimenea.

Les Géants, es una cinta belga de Bouli Lanners. Protagonizada por dos hermanos, Zak y Seth, atrapados en el tedio de un verano en el que su madre parece haberlos dejado abandonados sobreviviendo con muy poco dinero en la casa de su abuelo fallecido. Para pasar el tiempo dedican sus horas a interesantes actividades lúdicas propias de la infancia: ejecutar gamberradas, hacer nuevos amigos, conducir ilegalmente un coche destartalado, jugar en la campiña, robar comida al vecino, colarse en viviendas ajenas, fumar hierba, alquilar la casa de campo a un camello peligroso. Cosas de niños. Uno de los chicos afirma en un momento querer vivir en España porque allí encontrará “fiesta, mujeres y trabajo” y parte de la sala no puede evitar descojonarse. Mutación rural moderna del Huckleberry Finn de Mark Twain y el Cuenta conmigo de Rob Reiner. Premiada en Cannes. Resucitando el Cinemascope para obtener unas estampas maravillosas de tonos veraniegos y hermosos paisajes rústicos. Al igual que ocurrió con Play sorprende todo el jugo que algunos directores pueden sacar a actores tan jóvenes como Paul Bartel, Zacharie Chasseriaud y Martin Nissen. Lanners escribe con buena cadencia y poca concesión a la desgana, le falta tratar de alcanzar una línea de meta un poco más pretenciosa en la historia y esa belleza paisajística de rio funciona. Algunos aplausos.

Está demostrado que el ciclo lunar durante noviembre es mucho más salvaje e inexplicable que el resto del año, provocando mareas que joden bastante los chakras de las personas. A eso hay que añadir todos esos estudios científicos que demuestran como durante los últimos años las plantas han desarrollado una increíble capacidad para, durante la presente estación, generar unas esporas defensivas (como en la infame El incidente) que irónicamente bajan las defensas de la población masculina induciendo a auténticos Machos Alfa a experimentar el equivalente a una menstruación psicológica.

Todo lo anterior es mentira. Estoy intentando justificar que viendo La guerre est déclarée haya tenido que aguantar la congoja para no dar la nota frente a mis compañeros de butaca. Valérie Donzelli filma una historia sobre una pareja que ha de lidiar con el cáncer al enfrentarse al recién descubierto tumor cerebral de su bebé. La historia no tira por el melodrama sobreexplotado de película-con-cáncer, la pareja protagonista (Romeo y Julieta, conscientes de que sus nombres les condenan a un destino catastrófico desde la primera escena) rezuma energía ante la situación: en un momento dado, con una buena y una malísima noticia sobre la mesa, sentencian su credo “Centrémonos en lo positivo”. Mientras tanto ambos aguantan como pueden el largo tratamiento al que ha de someterse el hijo: desbarran en fiestas, apuran cigarrillos furtivos, se desahogan cuando la ocasión lo requiere o se confiesan sus miedos durante una delirante, y genial, conversación en cama. La particularidad es que tanto Donzelli como Jérémie Elkaïm (coprotagonista y coautor del guión) han tenido que enfrentarse en la vida real a la misma historia, el niño de nueve años que aparece en las escenas finales es realmente el hijo de ambos. El mismo en el que se basa la trama y el mismo que ha padecido la enfermedad en la vida real.

Si para algo existen las películas es para provocar la emoción y por ello cada una lo intenta a su manera: toda obra juega a buscar la empatía, la risa, el miedo o cualquier otro sentimiento, las que pierden son aquellas que han de contentarse con provocar indiferencia. En La guerre est déclarée los personajes se construyen rápida pero eficazmente (el curso y devenir de la relación inicial se concentra en un montaje de escenas), el logro es que en algún momento llegan a importarnos y por eso mismo lo que les ocurre nos afecta. Incluso con escenas tan ridículas como una sección musical con cabezas flotantes.Y es que Donzelli salta entre los recursos posibles (del musical inesperado a la presencia de un narrador, las imágenes fugaces y celulares o la elipsis temporal). El público francés la aupó con ganas y ahora huele a nominación al Oscar. Ecos de Francois Truffaut, hipsters modernos, Jacques Demy o Wes Anderson (esa última escena: cámara lenta y música, tandém eficaz y marca de la casa Anderson). Pese a sus defectos por alguna inexplicable razón la Declaración de guerra me encanta, me colapso con el cosmos y me metamorfoseo en una adolescente que irradia hormonas por sus orificios. La gente se deja los nudillos aplaudiendo. Salgo del cine pensando en inventarme una justificación absurda basada en ciclos lunares y ecosistemas desquiciados para escribir la reseña.

Días después una reputada reportera cinematográfica me comenta sobre la cinta: “Lloré con la película, a pesar de la falsedad de toda ella.” Actúo en consecuencia frente a tan meditada afirmación: le regalo un sopapo a palma abierta, bramo como un loco, echo a correr agitando los brazos y me refugio entre temblores en un rincón con perlas resbalando por mis mejillas.

Me acerco tímidamente, de puntillas y con dudas a The future. Un profesional de la prensa escrita me resumió una hora antes su elegante opinión de la misma con unas dogmáticas palabras: “Mierda no, lo siguiente”. Como la especie humana por lo general me ha demostrado estar equivocada en casi todo prefiero dejar los prejuicios en una papelera de la entrada.

Miranda July sorprendió a bastante gente con Tú y yo y todos los demás en el 2005 y se dio unos paseos por Sundance y Cannes recolectando alabanzas, pellizcos en el culete y premios. La zagala en cuestión siempre le ha hecho ojitos a cualquier forma de expresión en la que pudiera proyectar un componente artsy: ha grabado discos, ha escrito libros, ha dirigido cortometrajes, se ha encargado de videoclips y ha sido responsable de varias perfomances. Incluso esta película surge de una de aquellas mencionadas perfomances. En The future se muestra un poco más humilde y se conforma con escribir el guión, dirigir la cinta, interpretar a uno de los personajes principales y ponerle voz al gato que ejerce de narrador, aunque corre el rumor de que también ha puesto las calles y levantado los edificios del decorado con sus manos desnudas.

The future es la historia de dos weirdos modernos, Sophie y Jason (Miranda July y Hamish Linklater), pareja ideal y complementaria en sus rarezas que parecen creados a partir de un barro primordial formado por restos de El País de las Tentaciones y una pila de Moleskines usadas, hipsters de manual hasta tal punto que utilizan Macs como ordenadores de cabecera y muy probablemente piensan en Hélvetica. Tan curioso dúo decide adoptar un gato moribundo y dicho acto conlleva una revelación vital. A raíz de esto, ambos deciden dejar sus trabajos de golpe y se proponen dar un giro a sus vidas. El futuro les deparará decisiones importantes, mostrará revelaciones extrañas, pondrá a prueba la confianza en ellos mismos e incluso modificará el transcurso natural del tiempo. La realizadora se pone fantasiosa y juega a ser una beta de Michel Gondry en formato Pitchfork. July se saca de la chistera a un gato -llamado Paw Paw, ahí es nada- que ejerce de cronista de la historia, se le otorgan poderes a un personaje para permitirle detener el tiempo en una situación que prefiere no afrontar, toca la cultura blogger y de vídeo youtubense y crea unos diálogos marcianos que se destapan divertidos en su bizarrada (“Hi, person” se saludan al despertarse). Pero no acierta del todo.

The future resulta fallida porque July se queda a medio gas en alguna carretera entre el punto de mira-que-moderno-soy (como el David O. Russell de Extrañas Coincidencias) y la genialidad de Spike Jonze. Eso sí, impecable el trabajo de Nikolai von Graevenitz en la fotografía, de Jon Brion en la banda sonora y de Christie Wittenborn en el vestuario, culpables de gran parte de ese palpable aura naif modernete. El resultado es una curiosidad irregular.

Detalle chirriante: Si vas a poner a un gato de narrador procura que los planos que reflejen su cautiverio no estén planificados con las manos de alguien enfundado en un par de guantes de peluche.

(Continúa)

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6 comentarios

  1. ese_joose

    el gateque MOLA…. «life, death….and ñam! birds»

    • Y yo que no tengo claro si el gato está ahí para servir de mero detonante de la trama, como representante del niño que no llega a tener la pareja protagonista o (lo más probable) porque a la July le molan los gatetes y le hacen mucha gracia.

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