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Inside Man
Hay pocas cosas en el mundo que generen más confianza que un hombre adulto con una careta de gorila de dibujos animados preguntando a desconocidos qué tal lo han pasado en una sala oscura. Amparado en esta máxima y aprovechando que los de Filmax están repartiendo material promocional de Copito de nieve —cuyo preestreno mundial se hace durante el FICXixón y un servidor lo presencia con toda la dignidad del mundo—, me endoso la máscara de cartón de Floquet de Neu y con tan hábil disfraz me introduzco en modo ninja entre los grupos de profesionales del celuloide para tantear cómo les ha ido a las películas que no he podido presenciar. De Take shelter alguien dice que es que lo que M. Night Shyamalan hubiera soñado parir y otros no se muestran tan convencidos, a Hors Satan le llueven tsunamis de mierda, la argentina El estudiante ha gustado mucho y se recomienda encarecidamente, nadie se moja con Los pasos dobles por no enfadar a Isaki Lacuesta o a Carlos Boyero según el caso, Icerberg divide como propuesta patria en forma de curiosidad arriesgada, Los muertos no se tocan, nene parece una buena idea —cerrar la trilogía de Rafael Azcona imitando los medios de otra época, incluso el cartel de Mingote es un homenaje en sí mismo— con mejor suerte en lo estrafalario de la propuesta que en el fondo y Avé se intuye disfrutable moderadamente.
Embriagado de tanto conocimiento cinéfilo y palabrería polisilábica decido proseguir con mi odisea personal y exprimir la acreditación volviendo a las salas y juzgando por mí mismo.
Las proyecciones

El término “dark horse” se refiere a aquel caballo por el que nadie apuesta en una competición y acaba cruzando la meta el primero. Abe, convencido de que tal definición está hecha a su medida, conoce a Miranda (Selma Blair) durante una boda y no tarda mucho en proponerle matrimonio; lo sorprendente es que la chica de manera inexplicable decide aceptar.
Jordan Gelber y Selma Blair están estupendos disfrazados de unos personajes aficionados a rebozarse en el patetismo y la desgracia —algo muy del estilo de Solondz, quien siempre ha tenido cara de estar en este mundo a la fuerza—, pero la pareja protagonista no puede hacer mucho más por levantar la obra porque el director va con el freno de mano puesto. Más convencional de lo esperado, con algunos recursos (como los sueños del protagonista) desganados, un chiste visual con el obvio logo de Toys’ R ‘Us difuminado que arrancó un par de carcajadas y unos quince minutos finales donde el humor negro de Solondz se pone en plan irónico y no se avergüenza de calzarse un destino delirante y muy cruel para el personaje. Solondz remonta el vuelo un poco en dicho desenlace, pero ya llega tarde. No hubo aplausos.

Attack the block funciona de maravilla frente al público. Se atreve a juguetear con los roles al convertir a los villanos iniciales en héroes, recupera el espíritu del cine fantástico ochentero de Los goonies, Critters o E.T. de manera más inteligente y fresca que Abrams (puesto que, mientras el hijo adoptivo de Steven Spielberg jugaba al quirófano mimetizando las formas, Cornish se atreve a reinventar la fábula adolescente modernizándola sin permitirle perder alma), y ni siquiera se viene abajo por no gozar de un presupuesto de superproducción, convirtiendo el ingenio en su principal arma con muy buenos resultados: la fugaz escena que presenta a los chicos sin que aparezcan en pantalla a través de unos grafittis en la pared y unas sombras provocadas por un destello es cojonuda, y en el diseño de los alienígenas se opta por una solución imaginativa: otorgarles el aspecto de gigantescos gorilas de peluche imposiblemente oscuros y con filas de dientes fosforescentes, consiguiendo pese a sus límites un resultado estético fabuloso en los bichejos. No se puede decir lo mismo de toda la cinta; en alguna ocasión patina un poco en la puesta en escena (la persecución en bicicletas) pero son taras insignificantes en el conjunto.
Attack the block tiene mucho ritmo: en cuanto se supera la ingeniosa premisa inicial no pierde aire y prefiere seguir de sorpresa en sorpresa metiendo a los protagonistas a luchar dentro del block del título. Tiene un reparto meritorio en el que nos topamos con la revelación de John Boyega —HBO lo ha fichado para caracterizar a Mike Tyson de joven en la serie Da brick, ahí es nada— interpretando a Moses, el duro líder de la banda. También tenemos al desconocido Aleix Esmail como Pest, chaval con gorrito a lo Manu Chao que va cargado de petardos y rezumando encanto (“Let’s get tooled up! Somebody call pest control?”), e incluso se perdona la inncesaria participación en forma de cameo/personaje de Nick Frost —traído por los pelos para aprovechar la marea de público de sus cintas con Simon Pegg—. Tiene cierto componente gore sin ponerse colorado. Tiene mucha crítica social implícita (el diálogo sobre el novio de la chica es genial). Tiene una banda sonora aposentada en lo electrónico impecable. Tiene a un traficante de drogas que baila llamado Hi-Hatz (Jumayn Hunter). Tiene una jerga impagable de los chavales en V.O. —esta es una de esas películas a las que un doblaje puede hacerles perder un tercio de la gracia—. Tiene al guapete Luke Treadaway con un peinado imposible escuchando aquel temazo que pinchaban en La Haine. Tiene una moraleja que no nos empapiza con ñoñerías. Y tiene mi dinero.

Lo de Sokurov es para die-hards de su cine. Mefistófeles es reinterpretado como un ser en las antípodas de la figura de la obra de Goethe, Fausto pretende el amor de Margarete y por ello firma con su alma. Faust es pretendidamente opáca y no concede tregua. Los que se esperaban panorámicas en una producción ambientada en el siglo XIX se quedaban con las ganas; la cinta ha sido ideada para proyectarse en un formato confinado al recuadro, apelmazando la imagen en un aspect ratio masoquista, y la sensación general es la de estar viendo las desventuras del doctor Fausto y su acompañante mefistofélico en la televisión del vecino a través de una ventana demasiado pequeña al fondo de un pasillo. Más inexplicable es la distorsión de las lentes en ciertas escenas, pero eso va de la mano con la impermeabilidad general de la película. Eso sí, la dirección artística es notable y muy heredera de las tonalidades pictóricas de Herri met de Bles y similares artistas. Pero lo de haber fichado a Bruno Delbonnel como director de fotografía ya supera todo pensamiento racional al no existir paralelismo alguno entre los trabajos de Delbonnel —Amelié, Largo domingo de noviazgo, Harry Potter y el misterio del príncipe— y el noble estilo de yo-planto-la-cámara-aquí-por-mis-cojones de Sokurov. Faust presenta a personajes de infinita verborrea y situaciones que saltan de lo genial (un ataúd transportado a través de un túnel con dificultad por culpa de un carromato de cerdos) a lo demasiado obtuso (casi la totalidad de la película) formando un puzzle muy cafre para el espectador desprevenido. No sufro en exceso durante la proyección porque durante las más de dos horas de cinta pasan bastantes cosas; el problema es cuando esas cosas implican a una mujer que da a luz un huevo cocido para después tratar de comérselo y unos personajes que se tocan mucho entre diálogos desbocados y un humor demasiado particular.

Terri se presenta con un reparto encabezado por Jacob Wysocki, su papada y John C. Reilly. Wysocki interpreta al chico exageradamente obeso que bautiza la cinta, un chaval que en el día a día ha de lidiar con las burlas de sus compañeros en el ámbito escolar y la convivencia con su tío, un hombre enfermo que tiende a perder un poco la cabeza con la medicación. Terri ha decidido que la mejor forma de enfrentarse al mundo es sudar por completo de él, y con esa actitud y un espíritu libre adopta el pijama como única prenda posible para el devenir diario y escolar, paseándose por las aulas son la misma pinta con la que se va a la cama. Fitzgerald (Reilly) pronto pondrá el ojo sobre la tonelada de adolescente y ejercerá de tutor y amigo del chico. Además entrarán en la vida de Terri dos personajes también repudiados por el resto de estudiantes: Chad, el compañero/gremlin (Bridger Zadina) y Heather (la guapa adolescente Olivia Crocicchia), una estudiante con un curioso concepto de cómo matar el tiempo en clase. Dirige Azazel Jacobs, quien en la rueda de prensa que ofreció en FICXixón comenzó desvelando lo obvio: que John Hughes forma parte de su nostalgia. La obra de Jacobs en cambio no perdura, es correcta sin más, demasiado apalancada en esa morfina de Sundance de hacer todas las películas indies en plan une-los-puntos: ejercicio interior muy profundo, ritmo aletargado y olvidándose de desembocar realmente en algo. Aún así la audiencia extrae algo positivo: la revelación de que el pijama es el nuevo chándal.

Me asomo a la sesión dedicada a Studio Film Bilder, una colección de cortometrajes de animación del mencionado estudio alemán que se vanagloria de ser indie y poseedor de una envidiable libertad creativa. Presenta Thomas Meyer-Hermann, fundador del estudio, y flota un par de centímetros sobre el suelo del gusto que le da asistir por primera vez a un festival de cine independiente (es decir, no centrado en exclusiva en la animación) como invitado para proyectar los cortometrajes de su estudio. Meyer cae bastante simpático y el traductor suda un poco de hemoglobina durante la presentación. Se proyectan ocho cortometrajes que repasan parte de la historia del Studio Film Bilder del 94 hasta el 2010: No room for Gerold, un corto sencillo que juega con animales digitales antropomórficos que comparten piso; Rubicon es animación de toda la vida para ilustrar la solución a un acertijo clásico llevada hasta la locura; The Runt dibuja con trazos infantiles la pérdida de la inocencia; The creation (dirigida por el propio Meyer) repasa con genialidad la historia de la creación; 12 Years es un chiste breve de cuidada factura; The final solution una aventura humorística de sci-fi de animación más sencilla pero muy pasada de rosca; Ring of fire una fábula de trazo grueso en un lejano oeste muy pornográfico y Love & Theft una batidora de imágenes, iconos de la cultura pop (de Bob Esponja a Hitler, pasando por Spiderman o Betty Boop), psicodélica, hipnótica y fascinante. Muy curioso todo.
Un apunte: además de su vertiente indie, Studio Film Bilder también ha firmado diversos encargos comerciales (“Hay que comer” afirmaba Meyer al señalar que existía esa dedicación paralela a encargos externos), y alguno que otro nos pueden sonar un poco. Y otros puede que no tanto, pero fueron clásicos en otras tierras.

(Continúa)








Attack The Block hay que verla, es un must como una casa. Genial apunte de todas las virtudes de la película. Tiene el disfrute de los Goonies con un punto de gamberrismo de barrio contemporaneo.
Y estoy de acuerdo en que doblada puede perder parte de su gracia.
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