Crónica del FICXixón 49 (II)

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Inside Man

Hay pocas cosas en el mundo que generen más confianza que un hombre adulto con una careta de gorila de dibujos animados preguntando a desconocidos qué tal lo han pasado en una sala oscura. Amparado en esta máxima y aprovechando que los de Filmax están repartiendo material promocional de Copito de nieve —cuyo preestreno mundial se hace durante el FICXixón y un servidor lo presencia con toda la dignidad del mundo—, me endoso la máscara de cartón de Floquet de Neu y con tan hábil disfraz me introduzco en modo ninja entre los grupos de profesionales del celuloide para tantear cómo les ha ido a las películas que no he podido presenciar. De Take shelter alguien dice que es que lo que M. Night Shyamalan hubiera soñado parir y otros no se muestran tan convencidos, a Hors Satan le llueven tsunamis de mierda, la argentina El estudiante ha gustado mucho y se recomienda encarecidamente, nadie se moja con Los pasos dobles por no enfadar a Isaki Lacuesta o a Carlos Boyero según el caso, Icerberg divide como propuesta patria en forma de curiosidad arriesgada, Los muertos no se tocan, nene parece una buena idea —cerrar la trilogía de Rafael Azcona imitando los medios de otra época, incluso el cartel de Mingote es un homenaje en sí mismo— con mejor suerte en lo estrafalario de la propuesta que en el fondo y Avé se intuye disfrutable moderadamente.

Embriagado de tanto conocimiento cinéfilo y palabrería polisilábica decido proseguir con mi odisea personal y exprimir la acreditación volviendo a las salas y juzgando por mí mismo.

Las proyecciones

Había tanta expectación flotando en aire durante el pase de prensa de Dark horse que podías coger un pedazo y guardártelo para luego. No era una mala idea viendo lo frío de la nueva obra de Todd Solondz, director con culto culpable de Hapiness y de esa locura que utiliza a varias actrices para un mismo protagonista llamada Palíndromos. El guión de Dark horse ha sido el primero de este caballero en ser apreciado por la CAA (Creative Artist Agency) y el propio Solondz comentó en algún momento tal reconocimiento de forma jocosa: “Eso ha ocurrido porque no hay violaciones, nadie abusa de niños y no hay ninguna masturbación. Lo cual me ha llevado a preguntarme ‘¿Por qué no se me ha ocurrido esto hace algunos años?”. Dark horse renuncia a lo escabroso y curiosamente a la vez se convierte en la película menos interesante de su director. Jordan Gelber interpreta a Abe, Peter Pan treintañero obeso coleccionista de figuritas de acción y bostezos en el trabajo de oficina en la empresa de su padre (labor que evade pujando por muñecos de Thundercats en internet), que a pesar de su edad vive enquistado en casa de sus dos progenitores, Christopher Walken con el pantalón a la altura de los pezones y Mia Farrow. También tenemos a Justin Bartha, aquel que acompañaba al peluquín de Nicolas Cage en las infumables películas de La Búsqueda, como hermano triunfador.

El término “dark horse” se refiere a aquel caballo por el que nadie apuesta en una competición y acaba cruzando la meta el primero. Abe, convencido de que tal definición está hecha a su medida, conoce a Miranda (Selma Blair) durante una boda y no tarda mucho en proponerle matrimonio; lo sorprendente es que la chica de manera inexplicable decide aceptar.

Jordan Gelber y Selma Blair están estupendos disfrazados de unos personajes aficionados a rebozarse en el patetismo y la desgracia —algo muy del estilo de Solondz, quien siempre ha tenido cara de estar en este mundo a la fuerza—, pero la pareja protagonista no puede hacer mucho más por levantar la obra porque el director va con el freno de mano puesto. Más convencional de lo esperado, con algunos recursos (como los sueños del protagonista) desganados, un chiste visual con el obvio logo de Toys’ R ‘Us difuminado que arrancó un par de carcajadas y unos quince minutos finales donde el humor negro de Solondz se pone en plan irónico y no se avergüenza de calzarse un destino delirante y muy cruel para el personaje. Solondz remonta el vuelo un poco en dicho desenlace, pero ya llega tarde. No hubo aplausos.

Con el cuerpo con ganas de marcha me dirigo a Attack the block; Joe Cornish debuta en el cine como director amparado por los productores de Shaun of the dead y Hot Fuzz. El hombre define su criatura como Super 8 millas y el chiste no anda muy lejos de la realidad: si en Super 8 J.J. Abrams situaba a un niño estadounidense y sus amigos de clase media-alta en un idílico pueblecito enfrentándose a un monstruo alienígena, en Attack the block Cornish arranca con un grupo de adolescentes de los barrios bajos londinenses perpetrando un atraco a una chica indefensa (Jodie Whittaker), para poco después convertirlos en testigos de la llegada a la tierra de un extraterrestre rabioso contra el que la muchachada encapuchada reacciona como haría todo chico criado bajo la ley de la calle: moliéndolo a hostias. El problema para ellos será descubrir que la amenaza del espacio exterior viene acompañada: pronto empiezan a llover alienígenas por toda la ciudad.

Attack the block funciona de maravilla frente al público. Se atreve a juguetear con los roles al convertir a los villanos iniciales en héroes, recupera el espíritu del cine fantástico ochentero de Los goonies, Critters o E.T. de manera más inteligente y fresca que Abrams (puesto que, mientras el hijo adoptivo de Steven Spielberg jugaba al quirófano mimetizando las formas, Cornish se atreve a reinventar la fábula adolescente modernizándola sin permitirle perder alma), y ni siquiera se viene abajo por no gozar de un presupuesto de superproducción, convirtiendo el ingenio en su principal arma con muy buenos resultados: la fugaz escena que presenta a los chicos sin que aparezcan en pantalla a través de unos grafittis en la pared y unas sombras provocadas por un destello es cojonuda, y en el diseño de los alienígenas se opta por una solución imaginativa: otorgarles el aspecto de gigantescos gorilas de peluche imposiblemente oscuros y con filas de dientes fosforescentes, consiguiendo pese a sus límites un resultado estético fabuloso en los bichejos. No se puede decir lo mismo de toda la cinta; en alguna ocasión patina un poco en la puesta en escena (la persecución en bicicletas) pero son taras insignificantes en el conjunto.

Attack the block tiene mucho ritmo: en cuanto se supera la ingeniosa premisa inicial no pierde aire y prefiere seguir de sorpresa en sorpresa metiendo a los protagonistas a luchar dentro del block del título. Tiene un reparto meritorio en el que nos topamos con la revelación de John Boyega —HBO lo ha fichado para caracterizar a Mike Tyson de joven en la serie Da brick, ahí es nada— interpretando a Moses, el duro líder de la banda. También tenemos al desconocido Aleix Esmail como Pest, chaval con gorrito a lo Manu Chao que va cargado de petardos y rezumando encanto (“Let’s get tooled up! Somebody call pest control?), e incluso se perdona la inncesaria participación en forma de cameo/personaje de Nick Frost —traído por los pelos para aprovechar la marea de público de sus cintas con Simon Pegg—. Tiene cierto componente gore sin ponerse colorado. Tiene mucha crítica social implícita (el diálogo sobre el novio de la chica es genial). Tiene una banda sonora aposentada en lo electrónico impecable. Tiene a un traficante de drogas que baila llamado Hi-Hatz (Jumayn Hunter). Tiene una jerga impagable de los chavales en V.O. —esta es una de esas películas a las que un doblaje puede hacerles perder un tercio de la gracia—. Tiene al guapete Luke Treadaway con un peinado imposible escuchando aquel temazo que pinchaban en La Haine. Tiene una moraleja que no nos empapiza con ñoñerías. Y tiene mi dinero.

Toca reunirse en el pase de prensa de Faust del ruso Aleksandr Sokurov, cierre de su tetralogía sobre la naturaleza del poder, serie en la que anteriormente ha lidiado con figuras históricas reales: Adolf Hitler en Moloc, Vladimir Lenin en Tauro y el emperador Hirohito en El Sol. Previo al comienzo de la sesión, unas filas más atrás, Carlos Pumares comenta con una amiga “Yo las películas de este señor siempre voy a verlas y cada vez las entiendo menos.” Y en un ejercicio de periodismo suicida yo lo casco vilmente aquí en exclusiva como si esto fuera la Cuore. Ojeo el dossier de prensa y compruebo que la sinopsis aclara que esta no es una adaptación de la obra de Goethe, sino una lectura entre líneas de la misma. Continúo leyendo: “¿De qué color es el mundo que da luz a ideas tan colosales? ¿A qué huele?”(sic). Decido fumarme el dossier y en ese momento comienza la película. En pantalla se anuncia Fausto basada en la obra de Johann Wolfgang Von Goethe y el resto de la sala procede al unísono a acompañarme fumándose sus respectivos dossiers de prensa.

Lo de Sokurov es para die-hards de su cine. Mefistófeles es reinterpretado como un ser en las antípodas de la figura de la obra de Goethe, Fausto pretende el amor de Margarete y por ello firma con su alma. Faust es pretendidamente opáca y no concede tregua. Los que se esperaban panorámicas en una producción ambientada en el siglo XIX se quedaban con las ganas; la cinta ha sido ideada para proyectarse en un formato confinado al recuadro, apelmazando la imagen en un aspect ratio masoquista, y la sensación general es la de estar viendo las desventuras del doctor Fausto y su acompañante mefistofélico en la televisión del vecino a través de una ventana demasiado pequeña al fondo de un pasillo. Más inexplicable es la distorsión de las lentes en ciertas escenas, pero eso va de la mano con la impermeabilidad general de la película. Eso sí, la dirección artística es notable y muy heredera de las tonalidades pictóricas de Herri met de Bles y similares artistas. Pero lo de haber fichado a Bruno Delbonnel como director de fotografía ya supera todo pensamiento racional al no existir paralelismo alguno entre los trabajos de Delbonnel —Amelié, Largo domingo de noviazgo, Harry Potter y el misterio del príncipe— y el noble estilo de yo-planto-la-cámara-aquí-por-mis-cojones de Sokurov. Faust presenta a personajes de infinita verborrea y situaciones que saltan de lo genial (un ataúd transportado a través de un túnel con dificultad por culpa de un carromato de cerdos) a lo demasiado obtuso (casi la totalidad de la película) formando un puzzle muy cafre para el espectador desprevenido. No sufro en exceso durante la proyección porque durante las más de dos horas de cinta pasan bastantes cosas; el problema es cuando esas cosas implican a una mujer que da a luz un huevo cocido para después tratar de comérselo y unos personajes que se tocan mucho entre diálogos desbocados y un humor demasiado particular.

Ideal para el análisis sesudo y académico, intragable para el vistazo casual. Decepcionante con tanta fanfarria: Faust viene del festival de Venecia con el León de Oro bajo el brazo y con Darren Aronofsky diciendo que esta es una película que cambia vidas. No se escuchan aplausos y la sala se vacía con un montón de caras tristes que denotan que su vida no, pero al menos su existencia a corto plazo es ahora más gris al tener que buscar a un traductor para fagocitar lo que acaban de ver.

Terri se presenta con un reparto encabezado por Jacob Wysocki, su papada y John C. Reilly. Wysocki interpreta al chico exageradamente obeso que bautiza la cinta, un chaval que en el día a día ha de lidiar con las burlas de sus compañeros en el ámbito escolar y la convivencia con su tío, un hombre enfermo que tiende a perder un poco la cabeza con la medicación. Terri ha decidido que la mejor forma de enfrentarse al mundo es sudar por completo de él, y con esa actitud y un espíritu libre adopta el pijama como única prenda posible para el devenir diario y escolar, paseándose por las aulas son la misma pinta con la que se va a la cama. Fitzgerald (Reilly) pronto pondrá el ojo sobre la tonelada de adolescente y ejercerá de tutor y amigo del chico. Además entrarán en la vida de Terri dos personajes también repudiados por el resto de estudiantes: Chad, el compañero/gremlin (Bridger Zadina) y Heather (la guapa adolescente Olivia Crocicchia), una estudiante con un curioso concepto de cómo matar el tiempo en clase. Dirige Azazel Jacobs, quien en la rueda de prensa que ofreció en FICXixón comenzó desvelando lo obvio: que John Hughes forma parte de su nostalgia. La obra de Jacobs en cambio no perdura, es correcta sin más, demasiado apalancada en esa morfina de Sundance de hacer todas las películas indies en plan une-los-puntos: ejercicio interior muy profundo, ritmo aletargado y olvidándose de desembocar realmente en algo. Aún así la audiencia extrae algo positivo: la revelación de que el pijama es el nuevo chándal.

De cabeza a Punk’s not dead, de Vladimir Blazevski. Mirsa es una otrora famosa estrella del punk abrazada al anarquismo que ya entrado en años malvive en Skopje, capital de Macedonia. Su camello le propone reunir a la banda original para participar en un concierto multicultural en Albania organizado por una ONG. A Mirsa se la trae muy al fresco la ONG, Albania, el mundo en general y la multiculturalidad, pero reunir al grupo para una actuación le puede y decide ir a la caza de cada uno de los componentes a los que perdió la pista años atrás. Comedia negra con personajes acabados persiguiendo sueños por pequeños que sean, conflicto étnico entre albaneses y macedonios muy presente y mugre exquisitamente punki: lo técnico carece de virtuosismo y prefiere ser básico y sucio, el ambiente es tan creíble que huele a eructo de cerveza y el casting es (como solo podía ser) físicamente feo. Muy feo. Solo se salva la novia del protagonista, y mientras me pregunto si han ido a cazar talentos a algún polígono de Macedonia imagino que si hicieran un remake español lo protagonizarían Albert Pla, Manolo Kabezabolo e Iñaki Uoho. Entretenida pese a no ser especialmente brillante. Creo que Macedonia la propone como película extranjera para los Oscar, y pese a que se pasan de optimistas lo comprendo: en la película una madre teje una bufanda con un punk’s not dead y los protagonistas, tras adoptar una rana como mascota, la inician en la droga. Dos detallazos dignos de los paladares más exquisitos.

Me asomo a la sesión dedicada a Studio Film Bilder, una colección de cortometrajes de animación del mencionado estudio alemán que se vanagloria de ser indie y poseedor de una envidiable libertad creativa. Presenta Thomas Meyer-Hermann, fundador del estudio, y flota un par de centímetros sobre el suelo del gusto que le da asistir por primera vez a un festival de cine independiente (es decir, no centrado en exclusiva en la animación) como invitado para proyectar los cortometrajes de su estudio. Meyer cae bastante simpático y el traductor suda un poco de hemoglobina durante la presentación. Se proyectan ocho cortometrajes que repasan parte de la historia del Studio Film Bilder del 94 hasta el 2010: No room for Gerold, un corto sencillo que juega con animales digitales antropomórficos que comparten piso; Rubicon es animación de toda la vida para ilustrar la solución a un acertijo clásico llevada hasta la locura; The Runt dibuja con trazos infantiles la pérdida de la inocencia; The creation (dirigida por el propio Meyer) repasa con genialidad la historia de la creación; 12 Years es un chiste breve de cuidada factura; The final solution una aventura humorística de sci-fi de animación más sencilla pero muy pasada de rosca; Ring of fire una fábula de trazo grueso en un lejano oeste muy pornográfico y Love & Theft una batidora de imágenes, iconos de la cultura pop (de Bob Esponja a Hitler, pasando por Spiderman o Betty Boop), psicodélica, hipnótica y fascinante. Muy curioso todo.

Un apunte: además de su vertiente indie, Studio Film Bilder también ha firmado diversos encargos comerciales (“Hay que comer” afirmaba Meyer al señalar que existía esa dedicación paralela a encargos externos), y alguno que otro nos pueden sonar un poco. Y otros puede que no tanto, pero fueron clásicos en otras tierras.

Un monzón lluvioso parece asolar Gijón y me refugio en la cafetería del antiguo instituto, donde pido un café y el camarero tiene la gentileza de servirme un trozo del núcleo terrestre en una taza. Con las papilas gustativas cauterizadas me encamino al salón de actos en el que proyectan Vampires. Jesús Palacios hace las presentaciones: Vampires es un mockumentary cachondo sobre vampiros belgas rodado por Vicent Lannoo, director que tiene en su haber una película dogma (Strass). Palacios recuerda que en Bélgica ya tienen tablas en el terror/humor aplicado al falso documental (Ocurrió cerca de su casa) y aprovecha para soltar varias puyas a Crepúsculo y la plaga reciente de vampiros de formato club Disney. En el presente caso estos belgas son vampiros Pro de los de toda la vida, de los que se comen a los miembros de dos equipos de rodaje antes de que aparezca en pantalla el título de la película. Vampires es una versión con mordiscos de Los Osbourne: un equipo de reporteros se adentra en la vida cotidiana y familiar de unos vampiros. Lannoo tira puñaladas sociales afiladas: la familia sobrevive gracias a la seguridad social y se nutre de inmigrantes ilegales suministrados por la policía (uno de los personajes llega a quejarse de “tener que cenar siempre negros”). Las ocurrencias del guión son constantes e hilarantes: la hija pequeña está en una edad difícil y desata su rebeldía más punk vistiendo de rosa y renegando del color negro, quiere ser humana y se suicida continuamente al estilo clásico, e incluso se echa un novio mortal y sus padres tratan como pueden de superar el disgusto. A Lannoo le da por investigar las relaciones sociales, sexuales, educativas y festivas de los chupasangres y todo resulta descojonante, incluso superando la sencillez formal de la propuesta (sin demasiados alardes económicos, hasta los colmillos se notan falsos en los primeros planos) Y entre dentelladas un público bastante animado disfruta y ríe. Bastante.

(Continúa)

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3 comentarios

  1. Attack The Block hay que verla, es un must como una casa. Genial apunte de todas las virtudes de la película. Tiene el disfrute de los Goonies con un punto de gamberrismo de barrio contemporaneo.

    Y estoy de acuerdo en que doblada puede perder parte de su gracia.

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