Domingo, diez de la mañana. Hace un frío polar, las hojarascas del otoño se amontonan en las aceras mojadas, apenas pasan coches por la glorieta de Atocha. Los policías municipales, aburridos y soñolientos, se vigilan a sí mismos. Unos metros por delante de donde yo paso, un viejo lanza un escupitajo verde al suelo desde la puerta de un bar. Dos chicos recién salidos del afterhourstraen los ojos como platos, lo miran todo con asombro pero no pueden pronunciar palabra —se les despeña en el abismo que se extiende entre neurona y neurona—. Un hombre emboscado en su abrigo lleva en la mano un cucurucho de periódico con churros grasientos y humeantes. Junto al quiosco de La Once hay un travesti con minifalda vaquera, medias altas fosforitas y zapatillas Nike rosas del número 48. En la entrada del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía una pequeña fila de turistas aguarda el momento de la apertura. La exposición estrella del momento es “Locus Solus”, aclamada unánimemente por la crítica como un acontecimiento cultural de primer orden.
Mi temor más acendrado al entrar en un museo de arte contemporáneo consiste en profanar sin querer alguna obra. Quizá me siento a descansar en un cubo de acero de Richard Serra pensando que se trata de un banco, o cuelgo mi abrigo en un árbol de George Brecht creyéndolo un perchero más del guardarropa. También está el peligro contrario de confundir el utensilio con la obra: ¿eso es un equipo de extinción de incendios o la enésima genialidad del último premio Turner? ¿Se habrán dejado los operarios del museo un cacharro olvidado en mitad de la sala? ¿Será ese el cuartito de la señora de la limpieza o una instalación antiretropostmoderna? En este sentido Duchamp ha hecho mucho daño. Desde que a este hombre se le encendió la bombilla, el mundo se ha convertido en una colección infatigable de ready-mades. Después de Duchamp y Andy Warhol, el aura de la obra de arte reside únicamente en la firma.
La labor hermenéutica resulta una gimnasia agotadora. Forzamos los ojos para tratar de entender esta obra, aquélla y la de más allá; en la mayor parte de los casos, lo mismo nos da el socorrido “Sin título” —para qué me voy a molestar, pensará el artista— que el epígrafe metafísico, culturalista, pretencioso, que en vez de dar pistas se oculta en la mística o en la referencialidad teórica. Miramos y remiramos con la esperanza de que las mismas musas que no quisieron visitar al artista nos concedan un toque en la cabeza con su varita mágica para “completar el sentido de la obra”. Nada. ¿Será que nos pierde el secular prejuicio mimético (el arte debe imitar la realidad)? ¿Acaso nos falta sensibilidad estética? ¿O es que somos unos cazurros que no hemos leído lo suficiente (por ejemplo, los ensayos de T. W. Adorno o Arthur C. Danto)? Nos encogemos de hombros. No sabemos ni quiénes somos. Casi ni nos atrevemos a confesarnos en silencio lo que pensamos. En el fondo nos resistimos a aceptar nuestra ignorancia, nuestra incapacidad de apreciar estas cosas, nuestro salvajismo. Algo falla, y este algo tenemos que ser nosotros, a la fuerza.
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Creo que este artículo es acertado hasta con la foto de portada. Lo mejor del MNCARS es lo que casi podría estar en el Prado.
¿Pero qué es esto, Ernesto?
Flojo, flojo, ultraflojo,
Gracias, Passereau. Aprovecho para decir que, menos la de Roussel con sombrero y bastón, las demás fotos las hice yo en el museo.
Un paseo, Fall Tropez, es sólo un paseo. OK, asumo que en cuanto a Roussel es poca cosa (no sé si ultrapoca).
Hay que completar la información con los enlaces. Como éste de la revista «Carta» del MCARS en el que viene un artículo de César Aira, que seguramente da en el clave sobre las interpretaciones rousselianas:
http://www.museoreinasofia.es/publicaciones/revista-carta/carta2.pdf
La expo tiene obras muy buenas aunque es bastante para expertos. Da la impresión de que este director del museo solamente hace exposiciones para que los críticos se queden con los ojos en blanco ante su sapiencia. No me parece mal que haya este tipo de exposiciones sobre un libro que se ha leído uno de cada 10.000 visitantes del museo, pero mezcladas con muestras un poco más populares estaría mejor. Si el director solamente quiere que vayan sus amigos a ver las exposiciones que abra una galería de arte.
Puede uno interesarse por la exposición aún no habiendo leído a Roussel. Recuero la exposición «Atlas», que estaba muy bien, por ejemplo. Yo es que no sé, pero lo del Thyssen, con Mario Testino… Y siendo medio en el sótano, como si les diera algo de vergüenza. Lágrimas de Eros, Eros y Tánatos… No sé. Quizás no te refieres a eso, de todas formas. Un saludo.
No es que sea flojo, es que la exposición es lo que es. No creo que este artículo sea sobre Raymond Roussel, no debería, y así, con una ligera orientación y descripción no está mal aunque sea la parte más impersonal y más de «lista de la compra» del artículo. Yo también lo he leído como un paseo y lo he terminado y me ha entretenido y he sonreído con la introducción. ¿Que debería haber sido precedido por uno dedicado a él?, quizá, pero no como el reciente y soporífero que hay por ahí del OuLiPo, por favor; o quizá no, que tampoco es esto un aula y no es necesario seguir un temario.
Me sorprende que los guardiantes del arte moderno te dejaran hacer fotos de la exposición, yo ni lo intenté.
A mí me gustó ver su letra y me gustó el minilaberinto por el que me metí e incluso casi me perdí aunque fuera de veinte metros cuadrados. ¿Te metiste tú o lo rodeaste? Me sobraron unos quince minutos de exposición. En la parte final, yo, ignorante de estos temas, la última parte más que verla con interés ya la visité un poco en diagonal y con desconcierto. Pero al entrar pensaba que saldría asqueado, como me suele pasar con prácticamente todo lo relacionado con el Reina Sofía, y no fue así.
Menos en la sala del Guernica (y quizá en alguna otra en que haya un cartel), está permitido hacer fotos en todo el MNCARS.
Cada museo tiene sus normas.
El otro día estuve en el IVAM de Valencia (uno no escarmienta, o le puede la curiosidad…) y allí sólo dejan hacer panorámicas de las salas, no fotos de obras concretas.
No, no me metí en el laberinto.
He vuelto hoy, a Locus Solus, en calidad de acompañante. Y me he fijado en un pequeño detalle: Cortázar no acaricia, si no que intenta levantar el mármol bajo el que, impertérrito, vigila todo lo negro Raymond Roussel. Escalofriante.
Muy buena exposición, sin duda. A mi me encanta el Museo Reina Sofía, creo que visitarlo es lo mejor que hacer en madrid