Por poner las cartas sobre la mesa desde el principio: Roberto Bolaño hubiera ganado el Nobel de Literatura de no haber sido por su temprana muerte en la cumbre de su talento literario. Podría tatuarme sus frases más lapidarias en el cuerpo, como Guy Pearce en Memento . Una de ellas, sacada de su magistral conferencia Literatura + enfermedad = enfermedad me define con la suficiente precisión como para que la use en todas partes: “Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz”.
Así que si algo no será este artículo en dos partes (que se prevé largo e intenso al estilo Jot Down, ¡abróchense los cinturones!) es imparcial.
Tras este aviso para navegantes podría empezar el reportaje con un zoom a los orígenes de Bolaño y su infancia feliz en Los Ángeles (no los de California sino los de Bíobio, en Chile) y repasar el improbable camino que le llevó de poeta marginal en México a superviviente arruinado en Barcelona y narrador samurai en Blanes, pero prefiero un trayecto más propio de los detectives literarios que pueblan sus páginas: ir descubriendo a Bolaño a través de lo que deja ver de sí mismo en sus magníficas novelas, más o menos en el orden en que fueron cayendo en mis garras.
2666: en la sala de lecturas del infierno
“ Un oasis de horror en un desierto de aburrimiento” Charles Baudelaire
Leí por primera vez 2666 tras una recomendación entusiasta del gran Rafa Valdemar : nunca le estaré lo suficientemente agradecido. Durante la primavera de 2007 permanecí un mes en Munich por motivos laborales, y casi todos mis ratos libres los pasé leyendo 2666 bajo un árbol del Englischer Garten o dando vueltas sin rumbo en los tranvías. Hablando de las novelas terribles de Osvaldo Lamborghini —de una brutalidad tal que haría palidecer al Chuck Palahniuk más bestia—, Bolaño dejó escrito que hay libros que dan miedo, no por ser de terror a lo Stephen King sino porque “más que libros parecen bombas de relojería o animales falsamente disecados dispuestos a saltarte al cuello en cuanto te descuides”. Así me sentí yo respecto a 2666 , y más de una vez sentí un escalofrío al pasar sus páginas que me obligó a cerrar el tomo y dejarlo sobre el césped muniqués como quien se aleja de un bloque de uranio de Fukushima.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Bolaño über alles!
Pingback: Roberto Bolaño, el último perro romántico
Magistral articulo de un magistral artista
En twitter
¿Qué pasa en Twitter? Qué suspense…
Me imagino que responde a tu pregunta de «¿dónde coño os escondéis?
Ah, OK, jajaja, es que me cuesta imaginarme Twitter como coto de caza de poetas… También es cierto que desembarqué ahí hace poco, seguiré investigando.
Y de todas formas, era más entretenido cuando los poetas se reunían en bares. :-P
Hola
¡increíble reportaje!
La fotografía del Campo Algodonero de Cd. Juárez se encuentra en el libro o de quien es?
Estoy interesada en esa fotografía para una pieza del Museo en el que trabajo
saludos cordiales.
Pingback: Roberto Bolaño, el último perro romántico | Cuéntamelo España
Los poetas hoy tienen vergüenza de serlo.
Roberto Bolaño es el estilo, la defensa insobornable de una forma de mirar el mundo: exigente por comprometida, diferente por original y hermosa por estética. Su muerte provocó la noche en la esperanza de la mejor literatura.
Gran retrato. Una vida literaria marcha atras.
http://planetamancha.blogspot.com/search/label/Roberto%20Bola%C3%B1o
Pingback: Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia | Hay que joderse
Pingback: La cena, de Herman Koch
Pingback: MIRADAS A ROBERTO BOLAÑO GRACIAS AL “ARXIU BOLAÑO” DEL CCCB. | A PROPÓSITO
Aquí https://www.facebook.com/patarrealismo
Pingback: Dos artículos para disfrutar a Haruki Murakami